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III

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Mientras la vida y la muerte me usaban como banderín jugando a tirar de la soga, seguía tendido y rendido en una de las camas de terapia intensiva, y en simultáneo presenciaba la sala de descanso para médicos de guardia. A través de la radio de un viejo minicomponente se escuchaban canciones melosas en español. ¿Esto le gustaba a la doc? Pensaba que descubriría enfermeras y médicos en off side, pero encontré a una enfermera pintándose las uñas, al doctor Sansone leyendo el Bhagavad-gītā y a la dama de amarillo acompañada de un musculoso grandote, muy fachero y con un dragón tatuado en su brazo izquierdo, que le servía café. Este tipo me recordaba a alguien. El banderín tenía ganas de que la vida diera un tirón lo suficientemente fuerte y lo trajera de su lado, solo para escupirle el asado al forzudo este que conversaba muy de cerca con Jazmín y parecía ser enfermero o colega.

—Ya pasó bastante. Un año es suficiente para un duelo, ¡qué tanto! A mí me parece que, en el fondo, lo estás esperando —le dijo el musculoso.

—No, no. Nada que ver. Pero sí, lo quiero mucho. Diez años no se olvidan así nomás.

Observé que no era el único espía. El doctor Sansone paraba la oreja mientras supuestamente leía filosofía hindú y la enfermera seguía de reojo la conversación mientras le pasaba la tercera capa de esmalte azul a sus uñas cuadradas y cortitas.

—¡Bueno, basta! No se portó bien con vos, después de tantos años. Y ese debería ser motivo suficiente para seguir adelante.

—Es una gran pérdida para mí…

—¡No perdiste nada!

—Sí que perdí, perdí tiempo.

—Sos joven, nena. Mirá si tenían hijos o te casabas… ¡era peor! —intervino el doctor Sansone, mientras Chayanne cantaba de fondo un lento de los años 2000.

—«Y qué más da perder, si te llevaste todo mi ser…» —cantaba el musculoso, que no se parecía en nada a Chayanne, pero sí bastante a Ricky Martin.

—Eso, escuchá a los que tenemos un poco más de recorrido. Yo hubiera dado todo por avivarme antes de tener hijos con mi ex. Pero ojo, ¡no cambiaría a mis mellis por nada del mundo! Si ese fue el precio que tuve que pagar por ellos, lo pagaría una y mil veces más —se confesó la enfermera mientras flameaba sus manos para que se secara el esmalte.

—Exacto. La vida va marcando el ritmo, así que no desesperes —cerró enigmático y musical el doctor Sansone, y salió de la habitación.

—Admiro la sabiduría y la resiliencia de este chabón —dijo Jazmín emitiendo un profundo suspiro.

—Todos lo admiramos, la verdad —agregó la enfermera—. No habrá sido fácil criar solo a ese chiquito enfermo.

En mi cabeza nuevamente retumbó la idea de que la paternidad era un desafío, un salto al vacío. Empezaba a sentir una especie de celosa molestia con respecto al doctor Sansone por el tono apasionado con el que la flor había manifestado su sentir. En menos de quince minutos ya tenía dos contrincantes: el enfermero y el doctor. Contando al ex, eran tres.

Amarillo

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