Читать книгу La fidelidad en el tiempo - Mercedes Navarro Puerto - Страница 12
La fidelidad y sus tentaciones narcisistas
ОглавлениеLa intercambiabilidad entre fidelidad y perseverancia antes mencionada no es la única idea que ha convertido a la fidelidad en un concepto ñoño y desfasado. También ha contribuido a ello la vinculación de este valor con cierta mirada narcisista hacia el pasado. La fidelidad, tal como la entiendo, no es el espejo en el que una determinada religiosa o una determinada congregación se miran, como Narciso, para descubrir lo inmutable de sí mismas, o para admirarlo y amarlo, incapaces de abandonar la auto referencia. Esta mirada auto referencial al pasado queda fijada en conductas de inspección y vigilancia sobre la inmutabilidad de la imagen reflejada. Tales acciones equivalen, en la práctica, a matar y congelar eso mismo que quienes las realizan dicen apreciar. La realidad, sin embargo, muestra que esta mirada es una tentación presente a la que ceden religiosas y congregaciones. Se advierte, sin ir más lejos, en fijaciones hacia los propios fundadores y fundadoras, en intentos de volver a las fuentes, entendiendo por ello la repetición atemporal de actitudes e incluso valores que, de hecho, solo son comprensibles en su propio contexto (pasado), que requieren la traducción creativa y novedosa a las condiciones y al contexto presente, traducción que se teme y, por ello, se tiende a demonizar.
Esta advertencia sobre la tentación y la trampa narcisista de ciertos usos de la fidelidad no es exclusiva de la VR. Se percibe también en nuestro contexto social. Con otras connotaciones, de otra manera, pero, a fin de cuentas, mediante el mismo dinamismo. Un ejemplo concreto sería el estímulo, convertido en imperativo, a que cada cual sea fiel a sí mismo. Se trata de una frase cargada de ambivalencia. Es un imperativo que ha pasado, también, a la VR. Ello, en uno u otro contexto, nos confronta con un uso ambiguo del concepto de sí mismo/a, pues no sabemos a ciencia cierta cuál es su punto de referencia (13). La fórmula habitual, de la que se hacen eco la publicidad y los medios de comunicación, se expresa mediante el mandato “¡sé fiel a ti mismo!”. Puede estar llena de buenas intenciones, pero, de hecho, es sospechosa de esconder mucha violencia. La violencia, desde fuera, se introduce en la persona interpelada de manera que en lugar de resonar como mandato externo, susurra, como voz interior y propia, con la fuerza de la verdad, pues si algo tiene la frase “sé fiel a ti mismo/a” es su apelación a la verdad.
Esta conversión de fuera adentro alienta la falsa convicción de libertad de la persona que se exige ser fiel: nadie me obliga, yo sé que tengo que ser fiel a mí mismo, a mí misma. Pero ¿qué quiere decir eso, concretamente? ¿Quién es uno/a mismo/a? ¿La persona que fui hace diez, veinte o cuarenta años? ¿La institución que fue hace cien o cincuenta años? ¿Hay, por caso, un ente, personal o institucional, que responde a un sí mismo/a? Estas preguntas, lejos de ser vanas, acaban siendo ineludibles debido a que en ellas, de forma más o menos intencionada, encontramos una peligrosa idea de preexistencia, debido a que en ellas resuena un cierto esencialismo. En realidad, no es nada nuevo. El neoplatonismo ya postulaba la idea de una entidad preexistente, pura y auténtica, a la que cualquier concreción personal debía ajustarse en el transcurso de su vida. Es evidente que necesitamos cautela ante esta especie de moda que viene de tan antiguo.
La supuesta preexistencia (esencialista) de un sí mismo puede entenderse de muchas maneras. La tentación peligrosa, a mi juicio, es la comprensión de una realidad fijada (una “esencia”) de antemano que va haciéndose presente conforme pasa la vida. Una realidad prefijada que no debe perderse de vista so peligro de ser infiel a uno/a mismo/a. Subrayo lo de “fijada de antemano”, pues ¿quién y cómo se ha cristalizado? ¿Cuándo ha tenido lugar la fijación? En el contexto que nos ocupa existen respuestas prefijadas: el alma, la imagen de D*s (14), lo que D*s tiene preparado para cada cual, su voluntad, lo que dice el evangelio, lo que quiso el fundador o la fundadora, lo que dice “la Iglesia” (o sea, el Código de Derecho Canónico –en adelante CDC–, un determinado documento eclesiástico…). La tentación de volver la mirada hacia lo prefijado para atenerse a ello como el intento verdadero de ser fiel es, en mi opinión, muy peligrosa. Lo previamente fijado tiene, como es lógico, su propio contexto. Es posible y hasta probable que en su contexto fuera significativo, profético, “fiel” a necesidades de la sociedad y del mundo real, pero ¿lo es también ahora? ¿Se puede ser fiel, individual e institucionalmente, sin un serio esfuerzo de traducción de lo inicial a lo actual? Como veremos más adelante, eso no es posible, pero la tentación, repito, es muy fuerte. La llamo tentación porque resulta atractiva para quienes se sienten perdidas en este mundo confuso, porque es atractiva para las instituciones que ven perder a un ritmo acelerado el sentido de sí mantenido hasta hace muy poco, bien porque envejecen, bien porque se perciben obsoletas en sus quehaceres. La llamo tentación porque en el fondo lo que atrae es la necesidad de seguridades.
En este sentido, creo que el mandato “¡sé fiel a ti misma!” puede convertirse en una trampa para la fidelidad. En el contexto eclesiástico clerical resuena, institucionalmente, como una arenga al inmovilismo. Cuando se pide y se ordena a alguien o a una institución ser fiel a sí misma, se pretende con frecuencia que esa persona o institución busquen en sí aquello inmutable, lo que no cambia ni debería cambiar. “Sé fiel a ti misma” parece entenderse como, “adapta el cambio a lo estático, acomoda lo dinámico y libre a lo pasivo y sometido”.
La expectativa y el mandato de la fidelidad continúan como una constante de los hombres hacia las mujeres dentro (y fuera) de la VR. Cuanto más fuerte es la presión y más explícito el mandato, mayor es la sospecha de cuánta duda existe. Dudan de la fidelidad de las mujeres los hombres de iglesia, los teólogos, el clero en general y muchas religiosas, sean o no miembros de los equipos de gobierno. Esta duda se convierte en permanente desconfianza, y la desconfianza genera y refuerza la inseguridad. La suma y derivación de estas actitudes se traduce en miedo, y el miedo impregna lo más osado de la fidelidad evangélica hasta encogerla y hacerla irreconocible. En estos momentos, la mayoría de las instituciones de la vida consagrada se encuentra en medio de una parálisis real, amparada en unos conceptos, cuando menos problemáticos, de fidelidad carismática y eclesial.
Todo ello muy contrario, desde luego, al carácter dinámico e histórico de la fidelidad. Muy lejano a una fidelidad que introduce la eternidad en el tiempo.
De todo lo mencionado, lo peor es el miedo que subyace al deseo de seguridades que vuelve acríticamente la mirada hacia lo prefijado, hacia el inmovilismo. La fidelidad y el miedo son incompatibles. La fidelidad precisa de la osadía, de la valentía, del riesgo y su incertidumbre, de la paradoja de su indecisión, pues en ella late la pregunta, más importante que cualquier respuesta. La parálisis generada por el miedo es un muro colocado ante los ojos que impide ver el horizonte. Ese muro afecta seriamente a la visión. El horizonte, que hace perceptible la lejanía, es necesario para tener y mantener una buena visión. El recorte sistemático de la distancia para el ojo es uno de los métodos asociados a la prisión y la tortura. Es un mecanismo represivo. El ojo necesita del juego entre cercanía y lejanía que le proporciona el horizonte. El recorte de la visión afecta a la mente y al buen funcionamiento de toda la persona. El recorte de la perspectiva conduce a reforzar las racionalizaciones que intentan hacer aceptable y lógica la parálisis.
El miedo es incompatible con la fidelidad, en su sentido genuino, pues fidelidad está asociada a la fe y a la confianza, ambas contrarias, opuestas, al miedo.
1- Jung llama a estos fenómenos “sincronía”.
2- Se trata de un concepto acuñado por el sociólogo Zygmun Bauman. Para una idea global de su desarrollo puede verse La modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2002.
3- Seguramente que en los medios de la VR masculina también, pero no tengo tanta constancia.
4- El verbo perseverar proviene del latín perseverare. Según el diccionario de la RAE el verbo significa “mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión”. Y en su segunda acepción: “durar permanentemente o por largo tiempo”.
5- Evidentemente esto no ocurre solo en la VR, pues la equivalencia suele ser la misma en otros ámbitos de la vida.
6- Puede verse, por extensión, la crónica de la comunidad benedictina de Joan CHITTISTER, Tal como éramos. Una historia de cambio y renovación, Ediciones Claretianas, Madrid, 2006.
7- Tal vez en las dos primeras décadas postconciliares.
8- Entre otras razones porque las religiosas cuadriplican el número de religiosos.
9- Piénsese, por ejemplo, en las tareas y roles que, en la teoría, han de ser compartidos igualitariamente, y no lo son, en absoluto, en la práctica, como es el caso de las tareas domésticas, la crianza y cuidado de los hijos e hijas, el cuidado de los necesitados (enfermos, padres, menores, ancianos…) y piénsese, también, en la presión psicocultural sobre la procreación.
10- Trata de la fidelidad en la VR Joan CHITTISTER, El fuego en estas cenizas, Sal Terrae, Santander, 1998, p. 120 y otras.
11- En latín, fidelitas se traduce como “fidelidad, constancia”. En la raíz de fidelitas está fides, que se puede traducir como: fe, confianza, lo que da origen a la confianza, lealtad, rectitud, autenticidad, palabra dada, fe o creencia en Dios, conjunto de verdades que se creen, revelación… El término fidelis, como adjetivo, se traduce “leal, seguro, firme, duradero, fuerte”, y como sustantivo, “amigo, íntimo”.
12- Un estilo de vida se concreta en instituciones específicas. Comparten elementos comunes, pero se distinguen entre sí sobre la base de otros muchos elementos diferenciales.
13- Esta idea, bastante divulgada, remite a un uso inadecuado de conceptos jungianos sobre el self.
14- Es habitual que use esta grafía de la palabra Dios, forma de mencionarlo original de Elisabeth Schüssler Fiorenza, dada la imposibilidad de ponerle género. Resulta muy difícil, si se escribe “Dios”, no asignarle, habitualmente e inconscientemente, una representación masculina.