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Capítulo 4 Funeral en el campamento
ОглавлениеLa noche del domingo al lunes casi no pude dormir. Apenas amaneció, ya estaba en pie, pronta para la ceremonia que se realizaría en el campamento. Tomé el desayuno lo más rápido que pude. No me quería perder ningún detalle.
–¡Cuánta gente! –le comenté con mi padre, mientras nos dirigíamos al lugar en donde se llevaría a cabo la ceremonia.
–Se calcula que por lo menos mil personas están aquí –respondió mi padre, mirando alrededor–. El anuncio sobre el fallecimiento de la señora de White fue enviado el sábado a las iglesias próximas a Richmond. Muchos vinieron desde las ciudades de alrededor de la Bahía de San Francisco, y hasta de lugares más distantes. Aunque sea lunes, un buen número hizo planes para darle el último adiós.
Miré alrededor, buscando a Gary. Creí que sería interesante quedarme cerca de él. ¡Ah! Allí estaba él, con su familia. Por lo visto, había conseguido despertarse antes que yo. Vestía un traje negro, y ya estaba sentado bien adelante, desde donde tenía una vista privilegiada. Victoria me vio y me saludó con su manito.
–Mama –dije, con una mirada suplicante-. ¿Podemos quedarnos cerca de la señora MacPierson?
–Sí, hija –respondió–. Creo que tu padre va a estar ocupado con la programación, y allí estaremos bien cómodas. ¿Qué te parece, Alberto?
–Tienes razón –concordó mi padre–. Es mejor que se queden con la familia MacPierson; yo voy a ver en qué puedo ser útil durante la ceremonia.
Levanté un poco la falda de mi vestido y comencé a pedir permiso a las personas para poder llegar adonde estaba Gary. Mi madre me acompañó.
–¡Hola! ¡Buen día! –saludé a toda la familia-. ¿Podemos quedarnos aquí, con ustedes?
–¡Claro, querida! –la señora MacPierson señaló tres asientos que parecía que estaban reservados–. Gary comentó que seguramente te gustaría estar bien adelante y pidió que reserváramos esos lugares para tu familia.
–Muy gentil de tu parte... –le dije a Gary, sonriendo–. ¡Muchas gracias!
Él retribuyó la sonrisa y dijo:
–Parece que no soy el único por aquí que tiene un aprecio especial por la señora Elena.
Mi madre y la señora MacPierson comentaron sobre el número de personas presentes en la ceremonia. ¡Era realmente impresionante!
Me estiré un poco y observé, a la distancia, el ataúd oscuro en el que la señora de White reposaba.
–Parece que estuviera durmiendo –comentó Gary–. Vas a poder verla de cerca en el momento indicado. Mira, aquel es el pastor Andross –indicó mi amigo–. Es el presidente de la Unión del Pacífico; y es el organizador de la ceremonia. Creo que ya va a empezar.
Gary se acomodó en el asiento y quedó en silencio, mientras las personas que componían la plataforma se ubicaban en sus lugares.
Eran las 10:30 cuando comenzó la ceremonia, y todos cantamos el himno “Sweet Be Thy Rest” [Dulce sea tu descanso]. La letra y la melodía hablaban profundamente al corazón. Aprecié especialmente la segunda estrofa, que mencionaba la conclusión de la obra y el recibimiento de la corona eterna.
Enseguida, el pastor E. W. Farnsworth realizó la lectura bíblica. Abrí mi Biblia, para acompañar los textos que hablaban sobre la resurrección: 1 Corintios 15:12 al 20, 35 y 42 al 45; y 2 Corintios 4:6 al 18, y 5:1 al 10. La oración fue realizada por el pastor John Loughborough. Él mencionó que, aunque las aflicciones nos sobrevengan y aunque los obreros de esta causa puedan deponer sus armaduras por causa de la falta de fuerza física, de todos modos el propósito de Dios sería cumplido.
Con aire solemne, un señor se preparó para hablar inmediatamente después.
–Este es el pastor Tait –me susurró Gary–. Es editor de Signs of the Times.
Gary se refería a uno de los periódicos más conocidos en nuestro medio, en el cual se habían publicados muchos artículos escritos por la señora Elena.
–Creo que va a leer la biografía de la señora de White –añadió.
Gary tenía razón. Supimos que una reseña de la biografía había sido cuidadosamente preparada por el pastor Wilcox, de la Pacific Press, pero sería leída por uno de sus asociados pues Wilcox estaba ausente debido a un viaje que debía realizar al Este.
La lectura comenzó mencionando el hecho de que Dios puede hacer mucho utilizando a las personas. Todos los grandes movimientos, los reavivamientos y también las crisis de los siglos se centralizaron en seres humanos. Se citaban las historias de Noé, de Abraham y de otros personajes de la Biblia. También mencionó a Wycleff y a los hermanos Wesley. Luego, continuaba diciendo:
“Y en el movimiento del advenimiento, que debe dar al mundo el último mensaje de reforma, hay dos personas cuyas biografías incluyen el comienzo y el establecimiento del movimiento y su crecimiento mundial”. Estaba refiriéndose al pastor Jaime y a su amada esposa, Elena.
Se hizo una recapitulación de la historia de la vida de la señora de White y se destacaron los trabajos realizados en la costa del Pacífico.
“La obra en California fue inaugurada por los pastores John Loughborough y Daniel T. Bourdeau, en el verano de 1868. En el otoño de 1872, el pastor Jaime y la señora Elena visitaron San Francisco, Santa Rosa, Woodland, Healdsburg y Petaluma. Los mensajes de ella fueron recibidos por personas sinceras, y sus trabajos fueron muy apreciados. En febrero de 1873, el hermano y la hermana White fueron a Michigan, y luego retornaron a California en diciembre de aquel año para dar inicio a nuevos emprendimientos. En 1874, ellos participaron de dos reuniones campestres en Oakland. Aquí, la señora Elena habló especialmente sobre salud y temperancia”.
–¡Hace mucho tiempo!, ¿no? –le comenté a Gary, mientras hacía un cálculo mental–. Mi padre tenía apenas dos años de edad...
Él movió la cabeza en señal afirmativa y seguimos prestando atención.
“Fue en esa época que la obra de las publicaciones tuvo inicio en Oakland. La primera edición del periódico Signs of the Times data del 4 de junio de 1874”.
El editor continuó mencionando el surgimiento de la Pacific Press y cómo aquella institución había alcanzado un crecimiento fabuloso, y publicaba literatura religiosa y educacional. Por ese tiempo, ella ya se había mudado a Mountain View, también en California.
En este punto, se veía que el pastor Tait estaba visiblemente emocionado.
“Dios reveló a la señora de White que sería realizada una gran obra en la costa del Pacífico y en las ciudades alrededor de la bahía. Eso comenzó y se concretó muy rápidamente; pues varias iglesias fueron construidas en Oakland y en San Francisco, en 1875 y en 1876. Para ayudar en la construcción de estas iglesias, el señor y la señora de White vendieron todo lo que tenían en el Este”.
La biografía hizo referencia a la conexión de la señora Elena con el inicio del colegio en Healdsburg, que ahora era el Pacific Union College, cerca de Santa Helena, pues ella también había apoyado esa obra.
El hospital de Santa Helena también fue mencionado como un emprendimiento que surgió con el incentivo del matrimonio White, para que en California hubiera algo parecido al pionero hospital de Battle Creek. La señora Elena sabía lo que era sufrir físicamente y era sensible a los padecimientos de otras personas. Por eso, hizo los mayores esfuerzos para que fuesen establecidos más de tres instituciones médico misioneras en California: en Paradise Valley, cerca de San Diego; en Glendale, cerca de Los Ángeles; y en Loma Linda, que se transformó en el mayor y el más famoso hospital adventista.
El pastor Tait también habló de la vida de sacrificio de la señora Elena, de las tristezas que tuvo que enfrentar, de su compromiso en cumplir las órdenes de Dios y de la alegría de llevar esperanza a las personas. En varias ocasiones, ella estuvo muy cerca de la muerte, llegando incluso a ser desahuciada por los médicos; pero Dios la amparó y repetidamente le restauró la salud. Muchas veces, lo que ella recibía por sus libros era liberalmente donado para dar asistencia a las personas que estaban pasando alguna necesidad y colaborar con diversos proyectos.
Mientras escuchaba aquel relato, me sentí profundamente emocionada. No pude impedir que algunas discretas lágrimas rodaran por mi rostro, especialmente cuando el pastor Tait leyó lo siguiente:
“La señora de White ha sido difamada y calumniada por sus enemigos, habiendo recibido muchos de ellos sus advertencias y su reprobación. Los que la conocen pueden juzgar mejor su vida. Ella fue humana, sujeta a todas las enfermedades y las debilidades comunes de los seres humanos; pero encontró en Cristo un precioso Salvador y Ayudador. Él la llamó para que hiciera una obra impopular, y ella aceptó. Dios la usó. Verdaderamente, ella ha sido una madre en Israel. Nuestro Señor expresó el más sereno juicio del corazón humano cuando dijo que un árbol es conocido por sus frutos. A la luz de esto, la vida de nuestra hermana y su bendecida influencia sobre todos aquellos cuyas vidas fueron tocadas por ella son un testimonio de su carácter y obra. Aunque esté muerta, ella continúa hablando”.
Gary sacó del bolsillo de su saco un pañuelo blanco y me lo extendió. Él tocó suavemente mi mano, en un gesto de simpatía. Yo tenía plena seguridad de que él entendía mis lágrimas silenciosas. Mi madre notó la gentileza de Gary, pero mantuvo la discreción. Ella sabía cuánto había aprendido a apreciar su amistad durante aquel primer campamento. Quedé muy impresionada con el respeto de Gary por las cosas de Dios y su consideración para con los pioneros de nuestra iglesia.
Cuando el pastor Tait terminó la lectura, el pastor Andross abrió la Biblia en Apocalipsis 14:13: “Entonces oí una voz del cielo, que decía: ‘Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor. Sí –dice el Espíritu–, ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan’ “.
–Realmente –me comentó mi madre en voz bien baja-, si hay alguien de quien se puede decir eso, es la señora Elena.
Miré nuevamente el ataúd, y las palabras del pastor Andross sonaron nuevamente en mis oídos. Él hablaba del deseo que tenemos, como seres humanos, de ver la muerte vencida para siempre, cuando la gloriosa mañana de la resurrección comience y nuestros seres queridos despierten del sueño de la muerte. Una promesa bíblica fue leída del libro de Oseas (13:14), en la que Dios afirma que rescatará a sus hijos del poder de la sepultura y los redimirá de la muerte. Fue mencionada también una promesa del libro de Isaías (26:19), que asegura que los muertos vivirán. Serán llamados para despertar y cantar de alegría. La muerte será para siempre vencida, y los que duermen en el Señor despertarán.
Concordé en que, a pesar de la tristeza de aquel momento, nosotros teníamos una maravillosa esperanza. Cerré los ojos mientras escuchaba las últimas palabras del pastor. La señora Elena había dedicado más de setenta años de su vida a servir fielmente al Señor, y ahora dormía el último sueño. Sin embargo, pronto resucitaría con el sonido de la trompeta que va a anunciar el retorno de Jesús. Sí, ella escuchará la voz del Señor y volverá a vivir. ¡Ese pensamiento me llenó de alegría!
El sermón no podía terminar sin una apelación a que fuésemos fieles a Dios tal como la amada señora Elena de White lo había sido. Y que pudiésemos decir, como el apóstol Pablo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe”.2 Con esas palabras, el pastor terminó su predicación.
Cantamos un himno más y el pastor Farnsworth cerró la ceremonia. Quise devolverle el pañuelo a Gary, él me dijo que lo guardara.
Se indicó un lugar a donde podíamos acercarnos, para que todos aquellos que deseábamos despedirnos de la señora de White tuviésemos la oportunidad de hacerlo. Gary se ofreció a acompañarme, y nos dirigimos hacia la gran fila que se estaba formando.
2 2 Timoteo 4:7