Читать книгу Consejería de la persona: Restaurar desde la comunidad cristiana - Pedro Álamo Carrasco - Страница 10

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CAPÍTULO 3

Agentes de restauración: la persona afectada

Son varios los agentes que intervienen en el proceso de restauración, desde el Espíritu Santo hasta los miembros de la Comunidad. No obstante, la persona afectada es la más interesada en todo este proceso y, necesariamente, en ella está la clave de su progreso. De forma paralela hemos de situar la acción sanadora del Espíritu Santo, la labor de acompañamiento pastoral y la edificación de los miembros de la Comunidad. Todo ello configura la misión de la Iglesia que se articula en la práctica de la tolerancia, el perdón y el amor de los unos a los otros.

Por motivos didácticos vamos a considerar cada uno de los agentes involucrados de forma separada; pero, como hemos indicado antes, se trata de acciones paralelas, muchas veces simultáneas, para que se pueda experimentar sanidad y restauración integral en el seno de la Comunidad.

De poco serviría una acción pastoral dirigida a la persona afectada y descuidar la parte que le corresponde a la iglesia. Cuántas veces hemos visto a los pastores desarrollar estrategias de recuperación y la iglesia no les ha acompañado en ese proceso; y, por el contrario, cuántas veces los pastores han mostrado actitudes inflexibles que han impedido la recuperación de los que han caído y la iglesia ha dado muestras de madurez, tolerancia y misericordia. Por ello, insisto en la necesidad de que todos los agentes de restauración actúen de forma concomitante.

En mi opinión, la evolución favorable del proceso de restauración dependerá, en gran medida, de las actitudes y de las acciones que llevará a cabo la persona afectada después de haber tocado fondo.

Consideraciones

Primero, cada persona sigue un proceso particular de deterioro que puede ir desde unos minutos hasta algunos meses. Esto significa que cada caso es diferente y lo que ha pasado a alguien no tiene por qué ocurrir a otros necesariamente.

En segundo lugar, cada persona tiene sus fortalezas y sus debilidades. Es decir, hay un umbral de vulnerabilidad que puede ser más o menos consciente. Esto nos tiene que ayudar a evitar el juicio apresurado cuando alguien ha caído en aquello que nos parece inverosímil e indigno en un creyente. En la medida en que seamos conscientes de nuestra propia debilidad, nos permitirá desarrollar actitudes de solidaridad y misericordia con el hermano que ha tropezado.

En tercer lugar, cada persona tiene una medida diferente sobre tocar fondo y esa medida escapa a la razón. Para unos puede ser haber destruido a la propia familia; para otros, la pérdida del empleo; para otros, verse esclavizado por el

alcohol; para otros, el desasosiego que producen los complejos de culpa al llevar una doble vida...

En definitiva, tocar fondo significa llegar a un punto de inflexión que permite a la persona tomar conciencia de su propia situación y querer cambiar el curso de su existencia buscando la ayuda y soporte necesarios.

En cuarto lugar, tenemos que hablar de las actitudes. Una actitud[1] es una predisposición para actuar, aprendida, dirigida hacia un objeto, persona o situación que incluye dimensiones:

- Cognitivas: creencias, opiniones y pensamientos.

- Afectivas: sentimientos, evaluaciones positivas y negativas.

- Conductuales: intenciones y acciones de la persona.

Esta definición no es compartida por la totalidad de los especialistas, pero incorpora conceptos que son muy interesantes a la hora de valorar la conducta de una persona en una situación determinada y que la distingue de otra en la misma situación.

Cuando un cristiano ha caído, toca fondo y desea reaccionar, ¿cuáles son sus actitudes? Es decir, ¿qué piensa, siente y decide sobre lo que ha ocurrido, sobre sí mismo, sobre los demás, sobre las consecuencias de sus actos, sobre la iglesia, sobre Dios...? Esto es muy importante, porque nos dará una visión real de lo que puede pasar desde este momento en adelante.

No se trata de desear cambios pensando solo en los demás, por presiones externas sino, primeramente, en uno mismo. Seguro que este enfoque será más positivo, traerá mejores resultados y los cambios serán más duraderos.

Pongamos un ejemplo. Un miembro de la Comunidad tiene problemas con el juego y se da cuenta, con el paso del

tiempo, de que las cosas están empeorando, que está perdiendo el control, que está malgastando los recursos de su familia, que esta situación le ha generado unas deudas elevadísimas que no sabe cómo va a saldar...

Esta persona tiene que reaccionar no solo por temor a ser descubierto por su familia y amigos o por la vergüenza que supondrá ser sorprendido en la propia Comunidad Cristiana. Lo importante será ayudarle a analizar sus actitudes: qué piensa, siente y decide respecto a sí mismo, primeramente. El segundo paso es analizar lo que piensa, siente y decide respecto a su familia, amigos, iglesia... y, por supuesto, respecto a Dios. Las actitudes que desarrolle serán un buen baremo para anticipar lo que puede resultar en el futuro.

Al hablar de las actitudes de la persona que ha caído, tenemos que incorporar el ingrediente espiritual. Es decir, la persona, ¿está arrepentida?, ¿es consciente de que su vida está deshecha?, ¿comprende el perjuicio que se ha causado a sí mismo y a los que le rodean?, ¿hay muestras de quebrantamiento? Estas preguntas parecen triviales, pero nos ofrecen pistas claras que permitirán realizar un diagnóstico preciso sobre la toma de conciencia de la persona en conflicto.

Desear y querer

Tenemos que incorporar un elemento más en nuestra reflexión. Hemos hablado de qué piensa, siente y decide la persona que necesita ser restaurada. Enrique Rojas desarrolla un excelente ensayo en el que distingue el deseo del querer.[2]

Podríamos decir que el deseo tiene que ver con la inmediatez, mientras que el querer afecta a lo duradero. El deseo es fugaz, el querer es permanente. Aplicando estos conceptos a nuestra reflexión, cuando una persona cae, tropieza, peca... (podemos expresarlo de diferentes formas), no solo ha de desear que se opere un cambio, sino que ha de quererlo. Esta matización es significativa, pues nos preservará de actos heroicos, impulsos internos que terminan en frustración. Una persona puede desear cambios en su propia existencia, pero tendrá que aplicar voluntad (querer) para llegar a la meta propuesta; de lo contrario, la persona puede ser tentada a coger atajos que no harán sino desviar la atención y engañar al corazón; siguiendo ese camino, los cambios serán aparentes, no duraderos y, por lo tanto, la restauración verdadera quedará desdibujada e impedida.

Ahora bien, insisto en que la restauración eficaz tiene que tener integrados los componentes que afectan al pensamiento, al sentimiento, a las intenciones y a la voluntad; todo ello constituye el ser personal y todo ello ha de ser considerado en el proceso de restauración. No estamos hablando solo del nivel espiritual sino, también, del emocional.

Es posible que, en el tropiezo, haya primado más el sentimiento (el impulso o el deseo) que la razón; a veces los impulsos (pasiones internas) son incontrolables. En la restauración, no podemos cometer el error de aplicar exclusivamente voluntad sin tratar los sentimientos o la emotividad de la persona, sus necesidades (carencias), sus metas, sus ideales... Una vez más nos encontramos con la exigencia de tratar al ser humano como una unidad, de forma integral, sin parcelas. A Dios le interesa toda la persona, no solo su espíritu.

Por todo ello, es imprescindible que la persona afectada y necesitada de restauración se involucre con todo su ser personal, deseando y queriendo cambios que estén orientados a la estabilidad y a la permanencia. Es decir, en una sociedad en la que prima lo superficial y externo, toda persona ha de luchar desde su interior y hacia su interior para poner orden en su propia vida.[3] El apóstol Pablo oraba por los creyentes en estos términos: para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu (Ef 3.16).

El apóstol Pablo anima a cada creyente a examinarse antes de participar de la Cena del Señor (1 Cor 11.28). La palabra usada y traducida como pruébese () significa hacer un examen. La misma palabra se usa en Gálatas 6.4, en el contexto de la restauración (6.1) para animar a cada persona a someter a prueba su propia obra. La versión griega del Antiguo Testamento traduce con el hebreo bähan, que es probar la autenticidad de algo mediante el crisol.[4]

La Escritura va todavía más allá cuando el salmista solicita: Examíname (, en los LXX), oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno (Sal 139.23-24). Esta oración refleja una clara conciencia de la propia fortaleza que una persona puede encontrar en Dios y, a la vez, de la sutil debilidad que anida en el corazón humano.

Este salmo es un canto al conocimiento que el Señor tiene de los que son suyos, incluso, desde antes de nacer. El salmista proclama que aborrece a los impíos que no aman a Dios; por el contrario, solicita que sea Él mismo quien le examine para que compruebe lo que verdaderamente hay en su interior. El examen del Señor será completo, imparcial, justo, verdadero; a Él no se le puede engañar dando una imagen falsa de lo que no hay en nuestro interior. Así, es necesario que la persona afectada se presente ante Dios para solicitar su ayuda, porque sabe todas las cosas; se trata de abrir el corazón a quien es capaz de socorrer en momentos difíciles.

Para que alguien pueda ser ayudado eficazmente, ha de reconocer su debilidad y abrir su corazón. Solo a partir de esa catarsis, podrá iniciar el camino de la restauración.

A partir de ahí, es imprescindible reconocer la necesidad de ayuda y asumir que habrá un proceso de rehabilitación. Por ejemplo, imaginemos una operación de rodilla en la que hay que reparar un ligamento roto. Actualmente, con las nuevas técnicas de intervención, se puede hacer casi todo, pero el proceso de recuperación es lento, de seis a siete meses. A la persona que ha sido intervenida no tienen que decirle que vaya con cuidado cuando empiece a apoyar el pie en el suelo y dé los primeros pasos. Ya es consciente de su necesidad (debilidad) e irá siendo guiado por un fisioterapeuta que le ayudará en los ejercicios físicos para su completa recuperación. En la vida espiritual ocurre algo similar. La persona que es consciente de que ha caído, no actúa como si nada hubiera pasado; es consciente de su tropiezo y de su debilidad, sabe que hay un proceso de recuperación y acepta que necesita ayuda. Una vez más, estas serán pistas que manifestarán la verdadera actitud de la persona en cuestión y determinarán en gran medida su propio desarrollo espiritual.

Reiteramos aquí que la persona afectada ha de ser la primera interesada en iniciar su proceso de restauración y, para ello, ha de asumir su problema, pensar, desear y querer un cambio (arrepentimiento) y, desde su quebrantamiento, edificar una nueva vida llena de esperanza, con nuevas ilusiones, caminando hacia la dignidad que ha de recuperar y que corresponde a los hijos de Dios.

[1] Florencio Jiménez Burillo, Psicología social (Madrid: UNED, 1990), II:11.

[2] Enrique Rojas, Los lenguajes del deseo (Madrid: Temas de hoy, 2004).

[3] Recomendamos el libro de Gordon MacDonald, Ponga orden en su mundo interior (Miami: Betania, 1989).

[4] H. Haarbeck, Prueba, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, III:436.

Recordemos que el crisol es un recipiente hecho de material refractario, que se emplea

para fundir alguna materia a temperatura muy elevada; en el proceso se eliminan los

materiales impuros.

Consejería de la persona: Restaurar desde la comunidad cristiana

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