Читать книгу Las Conversaciones de Jesús - Simon J. Kistemaker - Страница 11
ОглавлениеJuan el Bautista
Mateo 11:1-19 • Juan 1:15-36
Comienzos Prometedores.
Los escritores de los Evangelios identifican a Juan el Bautista, como un mensajero llamado por Dios. Su mensaje a la gente era que se arrepintieran y se bautizaran. Él era un profeta genuino enviado por Dios a Israel quinientos años después de que Malaquías, el último profeta del Antiguo Testamento, había profetizado acerca de él.
Malaquías había profetizado que después de él vendría un heraldo que prepararía el camino para el Señor. Este heraldo vendría vestido como el profeta Elías, sin temor, proclamando la Palabra de Dios. Juan, de hecho, había aparecido en el espíritu y el poder del profeta Elías para preparar a la gente para la venida del Mesías. Él sirvió como el anunciador de Jesús, el que preparó el camino delante de Él.
Juan nació en el seno de una familia de sacerdotes. Su madre, Elizabeth, era una descendiente directa del Sumo Sacerdote Aarón, y su padre, Zacarías, era un sacerdote que servía en el Templo de Jerusalén. Juan creció en las colinas del campo de Judea, probablemente al sur de Jerusalén. Él estaba plenamente familiarizado con el área del desierto del sur y occidente de la ciudad capital y con la región del Valle del Bajo Jordán.
Juan nació alrededor de un año y medio antes de Cristo y estaba relacionado con Él por medio de Elizabeth, su madre. Los padres de Juan estaban bien entrados en años cuando él nació y muy probablemente murieron durante su adolescencia, así que él recibió la guía espiritual de otros. Cuando tenía alrededor de treinta años, él comenzó su ministerio.
Llamado a Predicar y a Bautizar.
Juan era la voz en el desierto que llamaba a la gente a volverse a Dios. Él dijo a los sacerdotes de aquellos tiempos que mostraran sinceridad en su arrepentimiento. Él aconsejó a las multitudes que venían a escucharlo que compartieran sus posesiones con los pobres y reprendió a los recaudadores de impuestos, exhortándolos a ser más honestos en su trabajo, recolectando sólo lo que tocaba. Él instruyó a los soldados a no extorsionar a la gente con dinero ni a acusarlos falsamente y a estar contentos con su paga. Él, eventualmente regañó a Herodes Antipas, que se había casado con Herodía, la esposa de su medio hermano Felipe. Debido a ese regaño, Juan fue aprehendido y hecho prisionero. Juan predicaba que el Reino de los cielos estaba cerca y se reveló a sí mismo como un profeta de Dios. Debido a su predicación, la gente era atraída hacia este extraño hombre, quien, como Elías, caminaba por los alrededores vestido con ropa hecha de pelo de camello y usaba un cinturón de cuero alrededor de su cintura. Este habitante del desierto, que vivía solo y comía alimentos que incluía saltamontes y miel silvestre, exhibía todas las características del profeta Elías.
Él mostró a la gente que rechazaba la vida fácil y de lujos, urgiéndolos a encontrar una persona más poderosa y digna que él. Juan señaló entre la multitud a Jesús, el Mesías, que estaba solo en ese momento, entrando en la escena para tomar el lugar de Juan. En las propias palabras del mismo profeta, Juan debía disminuir en influencia y Jesús debía aumentar.
Cuando Juan estaba predicando el mensaje de arrepentimiento e invitando a la gente a bautizarse en el río Jordán, mensajeros enviados por las autoridades religiosas en Jerusalén le preguntaron a él si era el Mesías, a lo que él les respondió que no. Entonces le preguntaron si él era el profeta Elías y su respuesta de nuevo fue que no. Entonces ellos quisieron saber si él era el profeta acerca del cual Moisés había predicado que sería el Mesías y Juan una vez más lo negó. Y cuando le pidieron que revelara su identidad, él les dijo que era la voz en el desierto, señalada por Dios para preparar los caminos del Señor. Él era el mensajero enviado por Dios para tener todo listo para el Mesías.
Algunos líderes religiosos, llamados fariseos, no estaban satisfechos con las respuestas de Juan y le pidieron saber por qué estaba bautizando a la gente si él no era el Cristo, ni Elías ni el profeta. Entonces Juan les dijo que había una diferencia fundamental entre él y el Mesías. Él les dijo que él bautizaba con agua, pero que el Cristo vendría y los bautizaría a ellos con el Espíritu Santo y con fuego.
Comparándose a sí mismo con el Cristo, Juan dijo: “Yo no soy digno ni siquiera de desatarle la correa de las sandalias” (Juan 1:27). Él añadió que Jesús, quien vendría después de él, sería superior a él porque existía antes que él. Esto parecía contradictorio porque, ¿cómo podría Jesús venir después de Juan y aún así aparecer antes en el escenario? Una persona mayor merece el respeto de alguien más joven. Por tanto, Juan podría recibir más honor, pero él se refería a Jesús y lo honraba a Él como el Cristo Eterno. Jesús podía decir a los líderes religiosos, “antes de que Abraham naciera, ¡Yo soy!” (Juan 8:58).
Bautizando al Único sin Pecado.
Juan se encontró con Jesús cara a cara en el río Jordán, cuando él estaba bautizando a la gente que se arrepentía de sus pecados. Su acto era diferente al ritual realizado por la comunidad de Qumran, porque él lo administraba una vez y simbolizaba el perdón de los pecados. Juan bautizaba a quienes se volvían a una vida sin pecado, se comprometían a servir a Dios y miraban más allá a la venida del Mesías.
Cuando Jesús se acercó a Juan y le pidió que lo bautizara, Juan estaba perplejo. Él objetó su petición diciendo que era Jesús quien debería bautizarlo a él. ¿Por qué necesitaba el Mesías ser bautizado? Jesús le dijo a Juan que debía permitir este bautismo para “cumplir lo que es justo” (Juan 3:15). La palabra de Jesús necesita una palabra de explicación. Lo que Él indicó fue que:
Él había entrado a la escena como el Mesías.
Él se identificaba con quienes había venido a salvar.
Él era el que portaba los pecados de su gente.
Él estaba listo para comenzar su ministerio.
En pocas palabras, Jesús debía hacer esto como lo haría su pueblo para poder ministrarlos efectivamente a ellos.
Juan era el mensajero y en el río Jordán era su deber señalar a la gente a Jesús. Él vio a Jesús acercándose y dijo: “¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29). Él miró al final de la vida de Jesús, porque en la cruz, Jesús era el cordero que sería sacrificado justo antes de la fiesta pascual judía. El siguiente día, cuando dos de sus discípulos se fueron con Jesús, Juan, señalándolo de nuevo, dijo: “¡Aquí tienen al Cordero de Dios!” (Juan 1:36). Él los dirigió a que siguieran a Jesús, para que pudieran conectar con su alianza y llegaran a ser sus discípulos. Nosotros asumimos que uno de ellos era Juan, el hijo de Zebedeo, y sabemos que el otro era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Jesús invitó a Juan y a Andrés a quedarse con Él la mayor parte del día y aprender de Él que en verdad era el Mesías, el Cristo.
La Duda y la Seguridad de un Prisionero.
Juan fue hecho prisionero en el lado oriental del Mar Muerto, debido a su reprensión a Herodes Antipas por haberse casado con Herodías, la esposa de su medio hermano Felipe. En la prisión, Juan escuchó acerca de la obra y el comportamiento de Jesús, quien entraba a la casa de los fariseos ricos y cenaba con ellos. También, Jesús era relacionado socialmente con aquellos que no eran queridos en Israel, como los cobradores de impuestos y las prostitutas.
A pesar de esto, Jesús inició su ministerio con el mensaje del arrepentimiento y la cercanía del reino de los cielos. Su mensaje se basó en parábolas y discursos. Además, a diferencia del bautista, Jesús vestía un ropaje costoso que había sido tejido todo en una sola pieza.
Debido a estas cosas, la duda entró a la mente de Juan y cuando sus discípulos venían a él en su celda de la prisión, discutía con ellos acerca del estilo de vida de Jesús y del suyo propio. Él se preguntaba si Jesús sería en verdad el Mesías. Finalmente, él envió a dos de sus discípulos a preguntarle a Jesús: “¿Eres Tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mateo 11:3). Juan se sentía defraudado por Jesús, pues no creía que estuviera cortado de la misma tela que él. Juan necesitaba asegurarse de que Jesús conducía un ministerio de sanidad, de dar vista al ciego, curar al enfermo, restaurar al leproso, hacer que el sordo escuchara y que los inválidos caminaran, expulsar demonios, levantar y resucitar a los muertos, y predicar el Evangelio a los pobres.
Del Antiguo Testamento, Juan debería saber que sólo el Mesías podía llevar a cabo este ministerio de milagros. Jesús probó por sus palabras y sus hechos que Él en verdad era el Cristo enviado por Dios Padre. Y Juan debería estar más que seguro de que su trabajo como mensajero no había sido en vano. El reino de los cielos, sin ninguna duda, había llegado tal como el ministerio de Jesús lo probó.
Jesús habló bien de Juan el Bautista y le dio el honor más alto que una persona podía recibir. Él dijo que Juan era un profeta, cuyo lugar en la vida no podría ser superado por ningún ser humano. Él dijo que Juan era el profeta que aparecería como el antiguo Elías, enviado a preparar al pueblo para la era Mesiánica. La vida de Juan tuvo un final repentino en prisión, donde se le cortó la cabeza.
La Herencia Continua de Juan.
Tres días antes de la muerte de Jesús, Él estaba enseñando en el Templo de Jerusalén. Los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los ancianos se acercaron a Él y le preguntaron con qué autoridad estaba enseñando. En vez de responder directamente, Jesús les hizo a ellos una pregunta. Si ellos le respondían, Él a su vez respondería a sus preguntas.
Jesús les preguntó si el bautismo de Juan procedía del cielo o de la tierra. Cuando Juan comenzó su ministerio en el Jordán, estos líderes habían enviado sacerdotes y levitas a Juan con la misma pregunta.
Ahora, confrontando a Jesús, ellos debían responder a su pregunta respecto a la autoridad de Juan. Si ellos contestaban que la autoridad de Juan venía “del cielo,” Jesús les hubiera podido preguntar, “¿Por qué no le creyeron?” Ellos hubieran podido decir, “de la tierra,” desacreditando a Juan ante los ojos del público, que lo consideraba un profeta. Al ellos rehusarse a responder, Jesús tuvo la libertad de decirles que no les diría con qué autoridad Él estaba enseñando y haciendo milagros.
La influencia de Juan como profeta no cesó en el momento de su muerte. Algunos 25 años más tarde, en Éfeso, a más o menos unas mil millas de Judea, Pablo se encontró a doce discípulos de Juan el Bautista. Él los bautizó en el nombre de Jesús, recibieron el Espíritu Santo y predicaron en diferentes lenguas (Hechos 19:1-7). Ellos esparcieron el nombre de Jesús por donde iban con su Evangelio.
Aplicación.
El ministerio profético de Juan duró sólo medio año y tuvo un final abrupto en una celda. Él cumplió lo que Jesús había planeado para él, es decir, preparar al pueblo para la venida del Mesías. Su vida demostró la realidad de los eficaces planes de Dios, en los que los seres humanos toman una parte activa. La regla de vida de Juan respecto a Jesús fue: “A Él le toca crecer y a mí menguar” (Juan 3:30).
La repentina muerte de una persona en la mitad de su carrera nos deja atónitos y nos hacemos la inevitable pregunta: ¿Por qué? Dios no nos da una respuesta directa, pero nos hace saber que es Él quien determina la extensión de nuestra vida aquí en la tierra. Cuando nuestra labor está completo a los ojos de Dios, Él nos llama a casa. Pero mientras estemos en la tierra, Él quiere que nosotros mantengamos nuestros ojos fijos en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe.