Читать книгу Las Conversaciones de Jesús - Simon J. Kistemaker - Страница 16
ОглавлениеEl Padre de un Muchacho Epiléptico
Mateo 17:14-23 • Marcos 9:14-32 • Lucas 9:37-45
El Fracaso de los Discípulos
La epilepsia es una enfermedad que ataca el sistema nervioso central de una persona, causando convulsiones y períodos de inconsciencia. En los tiempos bíblicos, un epiléptico era llamado lunático, debido a que las fases de la luna afectaban su comportamiento. En los tiempos modernos, hay medicinas que previenen tales ataques y hacen posible que la gente lleve una vida normal, pero ese no fue el caso de cierto muchacho galileo que en tiempos de Jesús sufría de ataques de epilepsia. Sus padres aseguraban que un espíritu maligno lo arrojaba al piso, al agua y algunas veces al fuego. Si no hubiera sido por el atento cuidado de sus padres, el muchacho habría muerto. Ellos intentaron todo para encontrar una cura para la enfermedad de su niño, pero los años pasaron y nada funcionaba y el demonio continuaba controlándolo a su antojo.
El padre había escuchado acerca del poder sanador de Jesús y probablemente había conocido gente a quien le había sido restaurada su vigorosa salud. Él tomó a su hijo y salió con él en busca de Jesús. Eventualmente ellos llegaron a una alta montaña, probablemente el Monte Hermón, donde no encontraron a Jesús, pero sí a sus discípulos cerca de la base de la montaña. Ellos le dijeron al padre que Jesús había subido al monte con tres de sus discípulos y que en un momento regresaría. Así que el padre confió en aquellos nueve que quedaron.
El hombre les dijo a los discípulos que su hijo tenía ataques de epilepsia y que su enfermedad era causada por un demonio que lo poseía. Algunos de los discípulos dijeron que ellos habían expulsado demonios en el nombre de Jesús. Cuando el padre escuchó esto, le pidió a uno de ellos que expulsara al demonio para que su hijo pudiera ser sanado.
Primero Andrés trató de expulsar el demonio. En el nombre de Jesús, él le dijo al espíritu impuro que dejara al muchacho, pero su intento fue infructuoso. Luego Felipe lo intentó e igualmente falló y lo mismo pasó con Mateo y Tomás. En lugar de obedecer a los discípulos, el demonio agarró al muchacho, lo arrojó al piso y le hizo crujir los dientes. El muchacho echó espuma por la boca y se puso rígido. Tras repetidos y fallidos intentos, los discípulos entendieron que su situación era desesperada.
Mientras tanto, algunos maestros de la Ley empezaron a discutir con una multitud de personas que habían llegado. Ellos recordaron que una vez Jesús había expulsado un demonio de un hombre ciego y mudo y que algunos expertos en la Ley habían acusado a Jesús de expulsar demonios en el nombre de Satanás. Ahora estos maestros volvían y empezaban a discutir con los discípulos. Al no ser capaces de expulsar al demonio de un muchacho epiléptico, estos aprendices de Jesús probaron que Satanás tenía el pleno control y no ellos.
Justo entonces, Jesús bajó de la montaña con los tres discípulos y vio la escena. Tan pronto como la gente y los nueve discípulos vieron a Jesús, se sorprendieron. En la montaña, Jesús había sido transfigurado en gloria celestial. Aún después que Él bajó, los rasgos de esta gloria eran aún evidentes. Ellos corrieron a saludarlo; también los maestros de la Ley se acercaron a Jesús. Los nueve discípulos sabían que, aunque ellos no habían podido expulsar al demonio, Jesús sí lo haría.
Jesús le preguntó a la gente acerca de qué estaban discutiendo con aquellos maestros de la Ley. Entonces, el padre del muchacho epiléptico se dirigió a Jesús y respetuosamente lo llamó Maestro. Haberlo hecho en la presencia de los maestros de la Ley fue algo más que sorprendente, porque el padre reconoció que Jesús era el Maestro Supremo que nunca le fallaría. Las palabras fluyeron de su boca como una cascada. Él quiso confiar en Jesús y decirle que su hijo era sólo un niño. El padre le suplicó que mirara al muchacho y le evitara estos severos ataques.
El hombre agregó que un espíritu maligno había hecho que el muchacho quedara mudo. Él contó que frecuentemente el espíritu se apoderaba del muchacho y tomaba pleno control de él. También dijo que el demonio lo arrojaba al piso, lo hacía echar espumarajos por la boca, crujir los dientes y volverse rígido. Sin duda, estos ataques epilépticos eran obra de un espíritu maligno.
Luego, el padre le dijo a Jesús que le había pedido a sus discípulos que expulsaran al demonio, pero aunque ellos habían tratado, no lo habían conseguido. El espíritu los había rechazado y debido a ello, los había hecho quedar como tontos. El padre esperó atentamente la respuesta de Jesús. Si los discípulos habían sido incapaces de expulsar al demonio, seguramente el Maestro con su palabra liberaría al mucho del poder de este espíritu.
Jesús pareció ignorar la súplica de aquel padre. Él se dirigió a sus discípulos y los reprendió. Él reflexionó sobre el tiempo que había estado con ellos enseñándoles y haciendo milagros. Igualmente, reprobó a los maestros de la Ley y a la multitud, incluyendo al padre del muchacho. Él estaba decepcionado de tener que tratar con una generación incrédula, insegura e incapaz de comprender. Ellos parecían estar más interesados en cuestiones físicas que espirituales.
Entonces, Jesús exclamó: “¡Ah, generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho” (Marcos 9:19). Jesús los reprendió verbalmente, pero terminó de una forma positiva. Su orden de traerle al muchacho reveló su deseo de ayudar.
La Débil Fe de un Padre
El demonio también escuchó estas palabras. Cuando vio a Jesús, él supo que el divino poder prevalecería, porque Jesús estaba dispuesto a expulsarlo del muchacho. Renuente a salir, arrojó al muchacho al suelo haciéndolo convulsionar y echar espuma por la boca. Aunque el demonio había encontrado la horma de su zapato y entendía que había perdido, él hizo un espectáculo de fuerza para demostrar que era el único que había infligido toda esta miseria en el muchacho. Y había pruebas de que el mal del muchacho no era un simple caso de epilepsia.
Jesús le preguntó al padre cuánto hacía que el muchacho padecía esto. El padre respondió que su hijo había sufrido así desde niño. Él contó que el espíritu maligno había arrojado frecuentemente a su víctima al fuego o al agua, tratando de matarlo. El padre concluyó su ruego por ayuda con una expectante frase: “Si puedes hacer algo (Y sé que puedes), ten compasión de nosotros y ayúdanos” (Marcos 9:22).
Al declarar que Jesús era capaz de ayudarlo, el padre demostró tener fe, aunque débil. Jesús inmediatamente se enfocó en su declaración de “si puedes,” porque estas palabras demostraban la fe del padre. El hombre nunca dudó de la capacidad de Jesús. Con un juego de palabras, Jesús le respondió, “Para el que cree, todo es posible” (Marcos 9:23). El énfasis no estaba en la capacidad de Jesús sino en la fe del hombre. El padre respondió rápidamente con una afirmación espiritual y una solicitud: “¡Sí creo!¡Ayúdame en mi poca fe!” (Marcos 9:24). Él le imploró a Jesús que lo ayudara a superar su escasa fe.
En ese momento, Jesús notó el interés renovado de la multitud. Ellos corrieron hacia Él para ver si haría un milagro. Entonces Él reprendió al espíritu maligno y le dijo: “Espíritu sordo y mudo, te mando que salgas y que jamás vuelvas a entrar en él” (Marcos 9:25). Jesús habló con absoluta autoridad, de la que sus discípulos carecían. Su autoridad fue permanente y el espíritu nunca regresaría al muchacho.
El demonio no salió tranquilamente, sino que dio un fuerte alarido, sacudió violentamente al muchacho y luego salió. Su víctima parecía estar muerta. Indudablemente, a causa de los ataques, su respiración parecía interrumpida y su cuerpo se había vuelto rígido. Había obvios signos de muerte. El padre, que había estado atento y lleno de esperanza, vio a su único hijo sin vida tendido en el piso. ¿El demonio había ganado? ¿Jesús había fallado?
Jesús tomó la mano del muchacho, lo levantó y se lo entregó al padre. El muchacho se paró sobre sus dos pies completamente sano. Diciéndolo de alguna manera, él fue resucitado de la muerte. La fe triunfó y la duda desapareció. El padre recibió la gran recompensa de tener a su hijo plenamente restaurado, sano de mente y cuerpo. Y la gente estaba allí asombrada viendo el poder de Dios.
Jesús Enseña sobre la Fe
Jesús habría de enseñarles a sus discípulos el significado de la fe. Cuando ellos entraron a una casa, probablemente en los alrededores del Monte Hermon, los discípulos le preguntaron en privado por qué ellos no habían podido expulsar al demonio. Ellos habían tratado, pero habían fallado. A su llegada, Jesús los había reprendido por su falta de fe. Ahora ellos le pedían más información.
Jesús les dijo que, debido a la extrema pequeñez de su fe, ellos no habían podido expulsar al demonio. Si su fe fuera del tamaño de una semilla de mostaza, ellos serían capaces de decirle a una montaña que se moviera de un lado a otro y la montaña se movería. Nada les sería imposible. Su referencia a una montaña fue tal vez al Monte Hermon, en donde ellos estaban.
Lo que había faltado en su intento de expulsar al espíritu maligno fue oración. Si sólo ellos le hubieran orado a Dios y le hubieran pedido que los capacitara para esta tarea, entonces, en plena dependencia de Él, ellos lo hubieran hecho. En su lucha con un poder demoníaco, ellos habían olvidado consultar a Dios, y por eso, sin su divina asistencia, ellos habían fracasado miserablemente. La fe y la oración son armas formidables para enfrentar al demonio.
Aplicación
Las oraciones deberían ser ofrecidas a Dios con fe, porque sin fe es imposible agradarlo a Él, como nos lo dice el escritor de Hebreos (11:6). Aunque sabemos que Dios quiere que nos acerquemos a Él con oraciones basadas en la fe, somos como niños pequeños que quieren hacerlo todo por ellos mismos, sin la ayuda de sus padres. Y así fracasamos. Hemos hablado de confiar en el poder de Dios, el cual está a nuestro alcance si lo pedimos. Cuando ponemos nuestra confianza en Él, Dios recompensa nuestra fe y se deleita en nosotros.
Por el contrario, la persona que duda tiene una doble preocupación: carece del poder espiritual y es incapaz de recibir algo del Señor. Siempre que la duda aparece, la fe se esfuma. La fe es un don de Dios que Él está ansioso de darnos como respuesta a la oración.