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Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica (Efesios 2: 8-10).

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Observa que el regalo de la vida espiritual es lo primero. Las buenas obras vienen como resultado. Ese tipo de buen comportamiento no es como el intento de un prisionero que busca impresionar al director del penal para lograr la libertad condicional anticipada. Más bien, es la expresión alegre y agradecida de un prisionero liberado inesperadamente. El motivo es la ausencia de miedo, no su presencia. El apóstol Juan escribió: “… el amor prefecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Juan 4: 18).

Este es el yugo “fácil” de Jesús del que hablamos en el prefacio. No tenemos que trabajar para la salvación, ya sea que esas obras sean genéricas, buenas acciones o comportamientos expresamente religiosos, como la oración, el estudio de las Escrituras u otros rituales. Dios nos da la salvación, la vida, el amor y todo lo que necesitamos por adelantado, incluido un propósito en este mundo. Ese es su regalo para nosotros (ver Romanos 6: 23). Cuando nos damos cuenta de esto, cuando esa declaración penetra hasta la profundidad de nuestros huesos, vivimos, entonces, una vida que expresa gratitud al amar a Dios y a los demás. Hacer lo contrario sería falso y forzado.

Las personas religiosas pasan por alto este mensaje y recurren a los rituales y regulaciones, la ética y las actividades que se les prescriben como la manera de lograr lo que Dios ya les ha ofrecido como regalo. Al hacerlo, se pierden la vida de Dios y no satisfacen su sed espiritual.

Imagínate a una persona sedienta que sostiene una copa de agua. Ahora, imagina que esa persona lame el exterior de la copa en un intento de calmar su sed. Esa es una imagen de la religión. Las personas religiosas tienden a centrarse en la copa y olvidarse de los contenidos. Discuten sobre qué copa es la mejor, pero se olvidan de beber de alguna de ellas. Algunas copas están recargadas de adornos y otras son simples. Las personas se sienten atraídas por los diferentes estilos de recipientes, pero ninguno de ellos los sacia. No digo que no haya copa que no pueda ofrecer algo refrescante, solo que la religión en sí no es lo que refresca. De hecho, cuando creamos que hemos encontrado la copa apropiada, probablemente debamos descartarla, porque entonces habremos confundido los contenidos con el recipiente, la sustancia con la estructura, la fe con la forma. La fe puede expresarse en muchas maneras, pero eso no es lo que satisface. La Biblia llama idolatría al proceso de confundir la forma con la sustancia, y les sucede todo el tiempo a personas bienintencionadas.

La Biblia cuenta una historia de un día en que Dios usó la estatua de una serpiente para ayudar a generar fe entre su pueblo. Unas serpientes venenosas empezaron a atacar a los israelitas durante su travesía por el desierto y muchos morían. Ellos clamaron a Dios para que eliminara a las serpientes, pero, en lugar de eso, Dios propuso un plan más creativo.3 Él podía sanarlos a todos de una vez y por cuenta propia, pero, como normalmente suele hacer, encontró una manera de asociarse con su gente para producir resultados. Así que hizo que Moisés construyera una estatua de serpiente y les dijo a los israelitas que miraran a la estatua de la serpiente con fe para que hubiera sanidad. La estatua fue una idea de Dios y cumplió bien su propósito (ver Números 21: 4-9). Sin embargo, más adelante en la Biblia, encontramos que las personas se enamoraron tanto de la estatua de la serpiente que comenzaron a adorarla en lugar de al Dios que se las había dado (ver 2 Reyes 18: 4). Lo que estaba destinado a ser un regalo de Dios se había convertido en un ídolo, un obstáculo para su relación directa. En lugar de adorar a Dios, terminaron por adorar la forma que tomó su poder en algún momento de sus vidas. Terminaron lamiendo la copa.

A veces, las personas que saben que soy un seguidor de Cristo me preguntan si creo que todas las religiones llevan a Dios. Supongo que esperan que yo sostenga que solo la religión cristiana es el camino a Dios o que dé la respuesta abierta de que todas las religiones lo hacen. En lugar de eso, elijo una tercera alternativa. Les digo que no creo que todas las religiones conduzcan a Dios porque ninguna religión conduce a Dios. La religión no lleva a la gente a Dios más de lo que una copa apaga la sed.

El relato de la Biblia es la historia de Dios que quiere que vayamos a él directamente, que nos ofrece herramientas para ayudarnos en nuestra relación, y que luego observa cómo se resquebraja nuestro corazón cuando nos enamoramos de las herramientas, en lugar de acercarnos a Dios. A través del profeta hebreo Jeremías, Dios expresa su decepción por nuestras tendencias:

“Dos son los pecados que ha cometido mi pueblo:

Me han abandonado a mí,

fuente de agua viva,

y han cavado sus propias cisternas,

cisternas rotas que no retienen agua”. (Jeremías 2: 13)

Dios mismo es la fuente de agua viva que quita la sed humana (véase también Jeremías 17: 13). Dios no le dice a su gente: “Oigan, escuchen, lo están entendiendo todo al revés. Están bebiendo del vaso equivocado. ¡Elijan el vaso correcto y luego me agradarán!”. ¡No! El Dios de la Biblia no aboga por una “copa” correcta con la que podamos experimentar su amor que aplaca la sed. Más bien, Dios nos invita a acercarnos directamente a él, la fuente de las aguas vivas. Y encima de eso, cuando nos negamos a acercarnos, él viene a nosotros y nos ofrece darnos su Espíritu, plantándolo en nuestro interior, su Espíritu que apaga nuestra sed. Esa es la historia de Jesús (ver Juan 4: 7-14; 7: 37-39).

Hay muchas profecías del Antiguo Testamento sobre el fin de la religión, y todas ellas se hacen concretas hasta cierto punto en la vida de Jesús. Por ejemplo, el profeta Isaías dice:

“Olviden las cosas de antaño;

ya no vivan en el pasado.

¡Voy a hacer algo nuevo!

Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta?”

Estoy abriendo un camino en el desierto,

y ríos en lugares desolados”. (Isaías 43: 18-19).

¿Puedes darte cuenta de la metáfora líquida? La Biblia a menudo compara el Espíritu de Dios con líquidos como el agua, el aceite, la leche o el vino. Jesús usó esa imagen líquida para proclamar el fin de la religión. Otros dos profetas hebreos predijeron un momento en que el “agua viva” fluiría desde el templo en Jerusalén hacia el resto de la tierra, trayendo un refrigerio espiritual a todas las personas (ver Ezequiel 47: 1-12; Zacarías 14: 8-9). Era una imagen vívida de la renovación global. Pero ¿cómo se cumpliría esa profecía? ¿Cómo se concretaría esa profecía líquida en la vida “real”? Las profecías pictóricas son tan difíciles de interpretar. El agua gorgotea desde debajo del templo y fluye hacia afuera para inundar la tierra seca y sedienta. ¿Qué significaba esa visión? ¿Adoraría un día el mundo entero al Dios de Israel al venir al templo judío para ofrecer sacrificios de animales? ¿Por qué la profecía describe el agua que fluye del templo a todo el mundo en lugar de representar a las personas que vienen a beber al templo?

Jesús creyó en esa profecía, pero creyó que se cumpliría de una manera radical que nunca se había escuchado. Su mensaje subversivo a la gente religiosa de su época fue que él reemplazaría el sistema de sacrificios del templo y que, a través de él, todo el mundo podría recibir la bendición de Dios directamente. El agua dadora de vida de las profecías saldría de él, el nuevo templo. Como veremos con mayor detalle en la parte 2, Jesús actuó como si su propia vida y muerte reemplazaran todo el sistema de sacrificios del templo. El mismo Jesús asumiría el papel de los tres: el del cordero sacrificial, el del sacerdote que ofrece el sacrificio e, incluso, el del templo. Jesús creyó que la profecía se cumpliría y que el “agua viva” fluiría del Templo, pero no como alguien lo hubiera podido anticipar. Él era el nuevo templo, y haría posible que todos nosotros llegásemos a ser parte integral de esa nueva realidad.

Jesús hizo público este mensaje en Jerusalén en un festival religioso llamado la Fiesta de los Tabernáculos. Uno de los rituales en esa celebración de varios días consistía en una procesión que llevaba agua al Templo, donde se vertía sobre el altar como una ofrenda simbólica. Aprovechando esta imagen acuática, Jesús tomó la iniciativa:

En el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús se puso de pie y exclamó:

El fin de la religión

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