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Capítulo Cuatro

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Ver descender a los elefantes hasta el río había sido increíble, pero Megan estaba calada hasta los huesos, y se llevó una grata sorpresa cuando llegaron a su destino. Había pensado que dormirían en una tienda de campaña, y en vez de eso se encontró con que se alojarían en un complejo turístico de lujo con bungalows.

Lo que no le hizo tanta gracia fue descubrir que Harris había malinterpretado su relación con Cal. Había reservado un bungalow para los dos con una sola cama.

–No te preocupes; me ocuparé de eso –le dijo Cal–. Mientras te das una ducha y te cambias iré a hablar con el gerente; seguro que tienen algún bungalow libre.

Cuando se hubo marchado, Megan entró en el cuarto de baño y se desvistió. Aquello era la gloria, pensó mientras se daba una ducha caliente, pero no debía acostumbrarse. En los campos de refugiados muchas veces tenía que apañárselas con un cubo de agua fría, y hasta eso allí era un lujo.

Cal le había prometido que le dejaría volver a Darfur si superaba los ataques de ansiedad. Quería volver, tenía que volver. Dedicarse a aquellas pobres gentes que no tenían nada había hecho que sintiese que su vida tenía un propósito después de que todo su mundo se hubiese derrumbado.

Había sido tan ingenua que no había descubierto lo del desvío de fondos de la fundación hasta unos días antes de que Nick se suicidara. Había dado por hecho que su marido era rico, y había gastado dinero alegremente. ¿Cuánto del dinero robado había pagado su extravagante estilo de vida? No tenía forma de saberlo, pero, aunque no pudiese devolver el dinero, al menos podría compensar a las personas a las que estaba destinado ese dinero poniéndose a su servicio.

Ya se había vestido y estaba secándose el corto cabello cuando llamaron a la puerta. Era Cal.

–No ha habido suerte –le dijo–. Por lo visto esta noche ha llegado un grupo grande de turistas y no les queda ningún bungalow libre. Incluso les he preguntado si no tendrían una cama supletoria; nada.

–¿Y no podrías compartir bungalow con Harris?

–Él también tiene solo una cama. He ido a decirle que se había equivocado al hacer la reserva y el viejo granuja se ha limitado a sonreír y a decirme que no ve dónde está el problema y que saque provecho –paseó la mirada por el bungalow, que salvo por el cuarto de baño, era una única habitación en forma de L. Cerca de la ventana había un sofá y dos sillones alrededor de una mesita baja–. En fin, dormiré en el sofá.

Megan comprendió que no le quedaba más que aguantarse.

Mientras Cal se duchaba, abrió la bolsa de la cámara digital que él le había comprado en Arusha y se puso a hojear el manual de instrucciones.

Unos minutos después salió del baño recién afeitado, peinado y vestido con unos vaqueros y un polo de manga larga. A pesar de su atuendo informal, su porte, llevara lo que llevara, siempre tenía un aire elegante.

–Pareces salido de la portada de la revista GQ.

Él sonrió.

–Y tú Ingrid Bergman en ¿Por quién doblan las campanas? –respondió–. ¿Nos vamos a cenar?

Todavía estaba lloviendo, pero había un paraguas en un rincón de la entrada. Cal salió al porche y lo abrió para resguardar a Megan mientras cerraba la puerta con llave. Luego se aventuraron bajo la lluvia por el camino de ladrillo hasta el restaurante.

El complejo turístico había sido en sus orígenes una plantación de café cuyos propietarios alemanes se habían exiliado al final de la Primera Guerra Mundial. Los jardines y algunos de los antiguos edificios se habían conservado, y habían sido magníficamente restaurados. Un alto muro de ladrillo rodeaba la propiedad, protegiéndola de los animales salvajes.

Harris estaba esperándolos en el restaurante. Ya estaba contento por el whisky que había estado tomando, y les hizo la cena muy entretenida con sus anécdotas. Megan agradeció su presencia, porque le evitó estar a solas con Cal y le ahorró la conversación incómoda que seguramente habrían tenido. Le caía bien el viejo pícaro, a pesar de su propensión al alcohol y las palabrotas. Incluso cuando flirteó con ella descaradamente se lo tomó con buen humor.

–¿Quiere acompañarme al bar a tomar una copa antes de retirarse? –le preguntó Harris guiñándole un ojo cuando el camarero se llevó los platos del postre–. Incluso podríamos dejar que viniese el rancio de Cal si nos lo pide con amabilidad.

–Gracias, pero apenas puedo mantener los ojos abiertos –dijo Megan levantándose–. No puedo hablar por Cal; a lo mejor a él sí le apetece esa copa.

Los dos caballeros se habían levantado por cortesía con ella, y Cal le dijo a Harris:

–A mí tendrás que disculparme también; ha sido un día largo y sé que querrás que mañana salgamos temprano.

–¿Por qué?, ¿dónde vamos mañana? –inquirió Megan.

–Espera y verás –la picó Cal–; así es más divertido.

Cuando salieron, la lluvia había cejado y las nubes se habían alejado, dejando tras ellas un cielo cuajado de estrellas. De las hojas de los árboles caían gotas de lluvia mientras regresaban a su bungalow.

–¿A qué hora nos espera Harris mañana? –le preguntó Megan.

–Sobre las seis. Es mejor salir temprano si queremos ver animales. Puede que se pase la mitad de la noche bebiendo, pero no te preocupes, mañana será el primero en levantarse.

–Conoces muy bien a Harris. ¿Cómo lo conociste?

–En parte fue cuestión de suerte. Hace unos años llevé a uno de nuestros principales donantes a ver algunos de nuestros proyectos en África. Era aficionado a la caza, y quería ir de safari mientras estuviera aquí. Harris estaba disponible y le contraté.

–¿Y tú también cazaste?

–No, yo solo los acompañé y tomé algunas fotos. Harris pensó que era un blandengue, y seguramente lo sigue pensando, pero nos hicimos amigos. Desde entonces le he mandado a otros clientes, pero lo de la caza nunca ha ido conmigo; abatir a esos hermosos animales solo por diversión…

–Vaya, eso me gusta de ti –le dijo Megan con sinceridad–. Y ahora que lo pienso, todavía no te he dado las gracias por «ordenarme» a venir a este safari. Hasta ahora ha sido increíble.

Megan esperaba que él dijera algo, pero Cal se quedó callado y se recordó que no la había llevado allí por placer.

–He estado pensando –continuó ella– que si intentas dormir en el sofá, como eres tan alto, estarás muy incómodo y no dejarás de moverte en toda la noche, y no dormiremos ninguno de los dos, así que mejor dormiré yo en él y tú te quedas con la cama. Yo soy más bajita y después de haber estado trabajando en campos de refugiados puedo dormir en cualquier parte. Fin de la discusión.

–De acuerdo –respondió él tras un breve silencio–. Me inclino ante tu sentido común. Pero por lo menos, para que no me sienta mal por mostrarme tan poco caballeroso, elegirás tú primero la almohada que quieras.

Habían llegado al bungalow.

–¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí? –le preguntó Megan mientras abría la puerta–. Por decirme eso no vas a estropear ninguna sorpresa, ¿no?

–Usaremos este sitio como campamento base unos cuantos días, así que puedes deshacer el equipaje. Después… bueno, ya te enterarás en su momento.

–Perdona, pero estoy acostumbrada a ser yo quien controle mi vida.

–Lo entiendo, pero durante los siguientes nueve días tu única responsabilidad es relajarte y pasarlo bien. Dejémosle la organización a Harris; para eso le pago.

–¿Y tú qué sacas de esto?

Por el respingo que dio Cal, parecía que no se había esperado esa pregunta. Al ver que no respondía, Megan se dispuso a entrar en el bungalow, pero antes de que pudiera cruzar el umbral, Cal le puso una mano en el brazo y le dijo:

–Todavía es temprano. Sentémonos un rato aquí en el porche. Te traeré una manta por si te da frío.

–Gracias.

Megan se sentó en el banco del porche a esperarlo y, momentos después, Cal regresó con una manta ligera de lana, lo bastante grande como para taparlos a los dos cuando se sentó a su lado.

Megan se sintió abrumada por su proximidad; siempre había encontrado a Cal intimidante como un león. Había algo en él que mermaba la confianza que tenía en sí misma.

–Antes me has hecho una pregunta –dijo Cal.

El corazón a Megan le dio un vuelco.

–Es verdad. No me debes nada, Cal, y no hay motivo para que tengas ninguna deferencia conmigo. De hecho, tengo la sensación de que aún me culpas de la muerte de Nick, así que… ¿por qué invertir tu tiempo y tu dinero en este safari? Por eso te lo pregunto; ¿qué esperas sacar tú de esto?

Cal se movió en el asiento.

–Quizá poner paz en mi conciencia; o al menos obtener algunas respuestas. No he conseguido superar la muerte de Nick. Durante años fue mi mejor amigo, y creía que lo conocía, pero parece que estaba equivocado. Quiero pasar página, pero para eso necesito comprender a Nick, entender qué lo llevó a suicidarse. Necesito verlo a través de tus ojos.

Megan tragó saliva. Tal y como había imaginado, no le había preguntado directamente por el dinero, pero hablar de aquello hacía que le aflorasen emociones dolorosas. Y sabía que era ella quien había sacado el tema, pero, aunque habían pasado dos años, aún no se sentía preparada para hablar de su matrimonio.

–No creo que pueda ayudarte –le dijo–; cuando se descubrió el desvío de fondos y Nick se quitó la vida para mí fue un golpe, igual que para ti.

–¿Y has podido pasar página?

Megan se quedó pensando cómo responder a aquella pregunta. Su modo de afrontar la muerte de Nick había sido huir, pero el pasado seguía ahí, como una cicatriz imborrable, y ahora Cal quería reabrir la herida y hurgar en ella.

–Quizá podamos ayudarnos el uno al otro –insistió él–. Creo que hablar nos haría bien a los dos.

–¿Hablar sobre Nick? –Megan sacudió la cabeza–. Si eso es lo que quieres de mí, has venido hasta aquí para nada; todavía me resulta demasiado doloroso hablar de él.

Cal alzó la vista hacia el cielo estrellado, y Megan estudió en silencio su perfil: la nariz aristocrática, la barbilla cuadrada, que le daba un aire de obstinación.

–Bueno, pues si no quieres hablar de él, ¿por qué no me hablas de ti? –insistió Cal–. No sé mucho de ti, excepto que eres enfermera. ¿Dónde te criaste?

Incluso hablar de su infancia era algo duro para ella, pero sabía que Cal no se iba a dar por vencido.

–Crecí en Arkansas, en un pueblo del que ni siquiera habrás oído hablar.

Cal la miró y enarcó una ceja.

–Nunca lo hubiera imaginado. No tienes acento sureño.

–Nací en Chicago y viví allí hasta los seis años. Mis padres murieron en un accidente de coche en Nochevieja. El conductor que los embistió iba borracho y no tenía seguro.

–Lo siento; debió ser muy duro para ti.

–Mi abuela se hizo cargo de mí, y se ocupó de criarme educándome «en la rectitud moral», como le gustaba decir. Era una buena mujer, y su intención era buena, pero estaba anclada en el siglo pasado y era muy estricta. Me pegaba con una vara cuando hacía algo mal, porque decía que así alejaba de mí al diablo, me hacía aprender de memoria largos pasajes de la Biblia, y todos los domingos me hacía ir a misa con ella a escuchar al pastor predicar furioso sobre el fuego del Infierno y la condena de las almas pecadoras.

–Cielos –murmuró Cal.

–Éramos tan pobres que llevábamos ropa de la caridad que nos daban en la iglesia, pero mi abuela tenía su casa en propiedad, junto con el terreno sobre el que se alzaba, y cuando murió, a mis diecisiete años, de un infarto, los recibí en herencia. Los vendí para pagarme los estudios en la universidad y nunca miré atrás.

–Y así fue como te hiciste enfermera, a imagen y semejanza de la abnegada Florence Nightingale.

Cal había dicho aquello en un tono sarcástico, pero teniendo en cuenta la vida de derroche que habían llevado Nick y ella, no podía culparlo por la imagen que tenía de ella.

–Bueno, al principio tenía mis sueños idealistas respecto a qué iba a hacer con mi título de enfermería –le dijo–, pero para cuando acabé los estudios no me quedaba un centavo, y el trabajo mejor pagado que pude encontrar fue en la consulta privada de un cirujano plástico de San Francisco.

–Ya. Y apuesto a que el buen doctor no contrataba a enfermeras feas.

–¿Cómo puedes decir algo tan horrible? –lo increpó Megan, reprimiendo un impulso de pegarle una bofetada.

Ya había dejado caer la máscara –no tenía ningún interés en conocerla mejor–, y volvía a tratarla de esa forma despectiva, como había hecho antes de la muerte de Nick.

–Hacía bien mi trabajo –le espetó–. Pero sí, teníamos que proyectar una determinada imagen: ir bien peinadas, maquilladas, llevar uniformes entallados… ¿Y sabes qué? Me daba igual. Después de haberme vestido durante años con ropa de segunda mano, resultaba agradable poder comprarme mi propia ropa y tener dinero para ir a una peluquería o hacerme la manicura. Aprendí muchas cosas de las mujeres que iban allí a operarse o a hacerse retoques: dónde comprar ropa buena, cómo vestirme con elegancia. Algunas incluso me invitaban a sus fiestas benéficas, y así fue como conocí a Nick. Y ya conoces el resto de la historia.

–Sí. Cenicienta fue al baile, conoció al apuesto príncipe, y vivieron felices por siempre jamás… o lo que fuera que pasó en realidad.

La ira prendió en Megan como una llama en un reguero de gasolina. Había intentado ser paciente y sincera con él para que Cal le pagase con sarcasmo y desprecio. Se volvió hacia él iracunda.

–Ahora me toca a mí hacer las preguntas, Cal Jeffords –le dijo–. ¡Yo no robé ese dinero!, ¡ni maté a Nick! ¡No he hecho nada inmoral o ilegal! ¿Con qué derecho te crees a juzgarme? ¿Qué he hecho para que me odies de esa manera?

–¿Odiarte? ¡Maldita sea, Megan, lo único que quiero es comprender qué pasó y comprenderte a ti? ¿Por qué tienes que hacerlo todo tan difícil?

–Eres tú el que hace que todo sea difícil –le espetó ella–. No has venido aquí a pasarlo bien; has venido porque quieres algo de mí. ¿Por qué no eres sincero conmigo por una vez para variar? ¿A qué estás jugando?

Cal maldijo entre dientes, la agarró por los hombros, atrayéndola hacia sí, y sus ojos se clavaron un instante en los de ella antes de que tomara sus labios con un beso violento, demoledor.

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