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DESPUÉS DE LA TORMENTA

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FUERON COMO DOS o tres días con los amigos de mi papá invadiendo la casa. Se comieron todo y se tomaron todos los vinos caros que mi papá tenía como “inversión” (¡ja, ja, ja!).

Hablaban, hablaban, hablaban. Uno le recomendó fundar una universidad de la comida. Otro le dijo que escribiera sus memorias. Uno le señaló que hiciera libros de cocina.

Con Beltrán los veíamos hablar y comer, hablar y tomar, y no se iban nunca.

Mi mamá estaba hecha una furia. Solo hacía grrr (como la pantera del zoológico a las 9 a. m., antes del bistec de desayuno).

Beltrán ponía rock y había que cerrarle la puerta, porque o si no, los viejos no se escuchaban entre ellos. Y, además, la María podía despertarse.

En eso estuvieron, hasta que se terminó el pan, la mantequilla, el jamón, el queso y el vino. Entonces dijeron “chao”, todos al mismo tiempo, y se fueron (se acabaron hasta el papel del baño).

Mi papá quedó lleno de ideas, con la pizarra llena de frases y el refrigerador vacío.

Entonces, mi mamá, suave y cortante (es una pantera), le preguntó:

—¿Alguna idea buena?

—Sí.

—¿Muy buena?

—Sí, mi amor.

—Pero no estás muy convencido.

—Sí, lo estoy, pero es un cambio profundo en nuestras vidas.

¡Glup! ¿Iremos a vivir a una cueva? ¿Daremos la vuelta al mundo en un velero? ¿Iremos a colonizar la Antártica?

—Ya, Julio, dime.

—Poner un restaurante en nuestro garaje.

What?

¿Ponerse del lado del enemigo? ¿Un crítico de comida cocinando?

Mejor me voy a estudiar.

Parece que algún día tendré que ser yo el que mantenga esta casa, creo. Y ser el nuevo Super Mario Cabello.


Julito Cabello y las salchipapas mágicas

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