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VIII

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Alice Dane y Stefano Zamagni estaban absortos en la paz que reinaba en San Lazzaro di Savena, casi irreal con respecto a la capital Emiliana.

–Todavía debo conocer al comandante de los carabinieri –dijo Stefano Zamagni – ¿Querrías ir a verlo conmigo?

– ¿Por qué no? –respondió Alice Dane con un aire de curiosidad.

–Entonces, podemos ir ahora, ¿te parece?

–Sí –respondió ella.

Así que salieron del piso del policía y caminaron por vía Roma, poco después entraron en vía Jussi. A la derecha vieron el edificio de comandancia de los carabinieri. Tocaron al timbre y la puerta se abrió.

A ambos les pareció que entraban por primera vez en una prisión en la que no debían trabajar.

Detrás del único escritorio presente en la oficina estaba sentado un hombre en cuyo uniforme había algunas insignias. Dedujeron inmediatamente que aquel hombre debía de ser el comandante.

–Buenos días, comandante –dijo Zamagni.

–Buenos días. ¿Puedo serviros en algo? –preguntó el comandante.

–No. Hemos venido sólo para una visita de…cortesía, más o menos –respondido el policía.

–Entiendo.

–Soy Stefano Zamagni, vivo en San Lazzaro di Savena desde hace poco y quería conocerle. Ella es mi amiga Alice Dane.

–Franco Bulleri. Un placer conocerles.

– ¿Ha dicho…Bulleri? –preguntó con curiosidad Alice Dane.

–Sí, ¿por qué? –dijo el comandante.

– ¡Oh! Porque también el alcalde se llama Bulleri.

–Entiendo. Es mi hermano –explicó el hombre.

Mientras tanto sacó fuera del cajón del escritorio una cajita, la abrió y cogió un fino cigarrillo de color oscuro.

– ¿Quieren uno? –preguntó.

–No, gracias –respondieron casi al unísono los dos policías.

El comandante mantuvo en la mano el objeto oscuro aproximadamente un minuto haciéndolo dar vueltas entre el índice, el medio y el anular de la mano izquierda, después de lo cual cogió una cerilla, la encendió y aplicó un poco de fuego al extremo del extraño cigarrillo. Dio una chupada y sopló el humo hacia la cara de Alice que mostró una mueca de desaprobación.

Franco Burelli cerró la caja y la volvió a poner en el cajón del escritorio. Mientras el comandante disfrutaba de aquella especie de cigarrillo, un vicio de familia, pensó Alice, Stefano Zamagni le hizo una pregunta:

– ¿Cuál es la tasa de criminalidad en esta ciudad? Sabe, he llegado aquí hace poco y es un tema que me interesa mucho.

–Muy bajo –respondió con sequedad el comandante.

–Nos alegra saber esto –dijo Alice, feliz.

–Por el momento sólo algún robo –precisó Franco Bulleri.

–Gracias por la información –respondió Zamagni.

–De nada, figuraos. Tener informados a los ciudadanos sobre lo que sucede todos los días en la ciudad en la que viven es un componente esencial del trabajo de un comandante de carabinieri –respondió Franco Burelli.

–Debemos irnos. Hasta pronto.

–Hasta pronto –respondió el comandante.

Alice Dane y Stefano Zamagni salieron de la oficina del comandante y se fueron de nuevo a vía Jussi, luego cogieron a la derecha por la avenida de la Repubblica para volver a casa.


Para Marco Finocchi acababa de terminar el turno de trabajo, debía ir sólo un momento a la oficina del capitán que lo había hecho llamar, según le había dicho un compañero. Por lo que le habían dicho debía tratarse de una buena noticia.

Se sacó el uniforme y fue a ver a Luzzi que lo estaba esperando sentado detrás del escritorio.

–Hola, capitán –comenzó, ansioso, Marco Finocchi.

–Hola, Finocchi –le contestó el capitán.

– ¿Necesitaba hablarme? –preguntó él.

–Sí. Bien… he pensado en asignarte un coche patrulla por el servicio que has desempeñado yendo a buscar información sobre ese atracador –explicó Giorgio Luzzi.

Una pequeña muestra di euforia se estampó sobre la cara del agente: sólo cinco meses y ya tengo mi coche, pensó para sí mismo.

–No sé cómo agradecérselo, capitán –dijo él.

–No te preocupes. ¡Ah, casi me olvidaba! Es el coche patrulla número 22 –concluyó el capitán. –Puedes utilizarlo desde mañana.

–Gracias –dijo Marco Finocchi.

Salió de la oficina y luego por la puerta que daba al exterior de la comisaría para volver a casa.

No cabía en sí de gozo por aquello que le había sucedido allí dentro. Debía celebrarlo y él ya sabía incluso cómo hacerlo.

El agente llegó delante de la puerta de su casa, extrajo la llave del bolsillo izquierdo de la chaqueta, la metió en la cerradura y entró.

Sentada en el sofá estaba Elisabetta. Llevaba puesto un vestido ligero debido al calor que hacía en el interior del piso y estaba leyendo una revista de cotilleos.

El novio la saludó.

–Hola –dijo ella – ¿Cómo te ha ido hoy? –le preguntó.

–Genial.

Elisabetta se alegró por él.

–Hace unos minutos que el capitán me ha asignado un coche patrulla personal –le explicó, todavía eufórico.

–Tenemos que celebrarlo –dijo ella sacándole las palabras de la boca.

–También lo estaba pensando.

Marco Finocchi cogió una botella de champaña francés del bueno, la abrió y sirvió un poco en dos vasos que había preparado Elisabetta.

–Chin, chin –dijeron al mismo tiempo y vaciaron los vasos en pocos sorbos.

–Ahora podemos… –comenzó a decir él.

–Si quieres… –dijo ella.

Se entendieron enseguida. Fueron juntos al dormitorio y comenzaron a besarse. Como dice el dicho… Una cosa llevó a la otra…

De los sencillos besos pasaron a las efusiones más decididas, luego…él le desabotonó el vestido y ella acercó una mano a la pernera del pantalón y se los sacó.

Él le tocó los pechos suaves mientras ella se sacaba la ropa interior blanca que llevaba.

Continuaron con aquello durante mucho tiempo hasta que se cansaron, después de lo cual se tumbaron en la cama casi exhaustos. Esa noche seguramente dormirían como lirones. O al menos eso creyeron.


Eran sobre las tres de la madrugada en casa de Finocchi cuando sonó el teléfono.

¿Quién será a una hora tan intempestiva de la noche?, dijo para sí Marco.

– ¿Diga? –respondió Elisabetta.

–Hola, ¿está Marco? –respondió una voz siseante.

–Sí, pero… ¿quién es? ¿qué quiere? –preguntó ella un poco atemorizada por el tono de voz que oía desde la otra parte de la línea.

–Bien, vale… soy un viejo amigo. Sólo hay un problema: ha venido a buscar a quien no debía.

–No sé… pero, ¿qué quiere decir con eso? –preguntó Elisabetta cada vez más atemorizada.

– ¿Con quién estás hablando, Betta? –intervino Marco Finocchi.

–No lo sé… –dijo.

En ese momento la persona que estaba al otro lado de la línea, colgó.

Ella colgó a su vez y se tumbó pensativa sobre la cama.

– ¿Quién era y qué te ha dicho? –preguntó el novio.

–Ha dicho que era un amigo tuyo y que sólo había un problema, es decir que ayer has ido personalmente a buscar a alguien que no debías –le respondió Elisabetta.

–Ahora intentemos dormir –dijo él para tranquilizarla.

Se tumbaron de nuevo e intentaron dormir pero sin conseguirlo.

Después de tres cuartos de hora Elisabetta se acordó que tenía un frasco de píldoras para conciliar el sueño, así que se levantó y se dirigió a la cocina para coger un par de ellas: una para ella, la otra se la daría a su novio.

En cuanto entró en la cocina algo llamó su atención.

Era una extraña serie de señales en el suelo. En ese momento no comprendió comprender qué podían ser, luego, al acercarse, entendió que se trataba de una frase.

El significado era, sin embargo, sibilino. Estaba escrito:

¡Nos encontraremos de nuevo nosotros dos!

Quién sabe cuál es el significado de esto, pensó para sus adentros Elisabetta, luego llamó a Marco.

Él se levantó con un salto de la cama y fue a la cocina.

– ¿Qué pasa, Betta? –preguntó.

Y ella le señaló inmediatamente esa frase que había encontrado en el suelo.

–Estoy convencida de que esta porquería ayer no estaba –dijo ella.

– ¿Estás segura? –preguntó Marco.

–Segurísima, sin duda –respondió ella.

– ¿Quién puede haberlo escrito? –dijo Marco.

–No sabría decirte pero ayer no había nada de esto en casa –respondió.

–De acuerdo. Probablemente tengas razón pero debe haber una explicación a todo esto.

–Tienes razón –asintió Betta.

Intentaron tranquilizarse, entretanto comenzó a amanecer y entrevieron los primeros rayos de sol.

Aquel día Marco tendría el turno de la tarde y Elisabetta no tenía nada importante que hacer por la mañana, así que decidieron volver a la cama e intentar dormir.

Esta vez no se despertaron antes del mediodía.

El Precio Del Infierno

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