Читать книгу La horrible noche - El conflicto armado colombiano en perspectiva histórica - Forrest Hylton - Страница 15
DE ARRIBA HACIA ABAJO
ОглавлениеDespués de las guerras de independencia, Colombia surgió como una de las naciones latinoamericanas más devastada, desunida y deprimida económicamente, con míseras comunicaciones, poco comercio exterior, sin instituciones bancarias y con una baja capacidad fiscal. Las obras públicas eran inexistentes y el mercado interno era minúsculo. Un ejemplo de ello es que para el año de 1890 costaba más transportar café de Medellín a Bogotá que de Medellín a Londres.2 En las décadas de 1850 y 1860, breves booms en las exportaciones de quinina y tabaco, este último con un pico de demanda durante la guerra civil estadounidense, no condujeron a una transformación socioeconómica y la pobreza de la aristocracia de Bogotá —consumista en exceso e improductiva— era el tema de duras críticas.3 Debido a la escasez de créditos, los prestamistas antioqueños, que se habían enriquecido gracias a las ganancias del comercio alrededor de la minería del oro a finales de la era colonial e inicios de la republicana, operaron como financistas sin intentar aglutinar facciones dirigentes alrededor de ellos. En 1854, incluso armaron un escándalo al decir que se separarían de Colombia para volverse parte de los EE. UU.4
La diferenciación geográfica extrema ha sido siempre un factor ineludible en la política colombiana y ha permitido que las élites afiancen su poder en lo referente a tierras, cargos políticos y participación en el mercado en los ámbitos regional y local. El país está rasgado por tres grandes cordilleras que se abren en forma de abanico desde el sur, y que a su vez están divididas por los ríos Cauca y Magdalena. Hacia el sureste se extiende una vasta extensión de tierras bajas tropicales que tijeretean el ecuador, entrecruzadas por innumerables ríos que desembocan en las cuencas del Orinoco y del Amazonas. Hacia el norte y el oeste se extienden las costas del Caribe y el Pacífico y la selva impenetrable del istmo de Panamá, mientras que en los departamentos de Arauca y Norte de Santander, en la frontera con Venezuela, se encuentran las principales reservas de petróleo del país. La mayoría de la población ha estado siempre concentrada en las regiones montañosas subtropicales más frías. Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, tiene una temperatura promedio de 14°C. Pero las ciudades propiamente dichas estuvieron por siglos separadas por tortuosos caminos y montañas intransitables, tal como permanecieron para los campesinos en las zonas fronterizas.
La pésima conexión vial y el aislamiento geográfico han tenido un efecto crítico en la conformación de los grupos dirigentes. El control militar centralizado era intrínsecamente más difícil en Colombia que en sus vecinos; relativo a la población, el Ejército fue siempre cerca de un tercio del tamaño de los ejércitos de Perú o Ecuador.5 Aunque tampoco pudieron escapar a la lógica de la fragmentación territorial, los grupos civiles y la Iglesia adquirieron roles mucho más estelares como líneas de transmisión del poder que en cualquier otro lugar. Al delegar autoridad en los dirigentes partidistas locales, los terratenientes-comerciantes-abogados de Bogotá ayudaron a intensificar, en vez de mitigar, las divisiones y desigualdades regionales. La ciudadanía de la Colombia de finales del siglo XIX y principios del siglo XX no adoptó un sentido de pertenencia común con la nación representada por un gobierno central, sino con la membresía exclusiva a uno de los dos partidos políticos. La política, definida en términos de amigo-enemigo, fue un asunto de suma cero en las regiones y municipios, y las afiliaciones partidistas trascendieron las líneas raciales, de clase, étnicas y regionales.6
Aunque los dos partidos han derramado la sangre el uno del otro con frecuencia, el paradigma político clásico de división oligárquica entre conservadores y liberales, estructurado a lo largo de líneas ibéricas, ha persistido. Característico de los nuevos Estados independientes latinoamericanos del siglo XIX, este sistema en el que una élite dominante de terratenientes, abogados y comerciantes manipulaba un sufragio restringido en el que aquellos que tenían el voto eran clientes en vez de ciudadanos, se dividía típicamente en dos alas. Mientras los conservadores eran primero y ante todo devotos del orden y, como sus contrapartes en Europa, de la religión, por lo que sostenían una alianza cercana con la Iglesia católica, los liberales se declararon a sí mismos a favor del progreso y fundamentalmente anticlericales. En cuanto a lo económico, pese a que las diferencias ocupacionales no eran particularmente pronunciadas y mucho menos decisivas, la riqueza terrateniente tendía a estar concentrada más dentro del ala conservadora, a la vez que las fortunas comerciales estaban principalmente repartidas entre los liberales. Aparte del anti-clericalismo liberal, no había mayores líneas ideológicas divergentes. La división civil, casi puramente sectaria, estaba salpicada por pronunciamientos y tomas de poder por parte de los jefes militares rivales, en nombre pero no siempre con la aprobación de uno u otro de los partidos políticos opuestos.
Aunque el país estaba dividido entre dos grandes lealtades políticas, esto no mostró un patrón regional sistemático. Al comienzo de la República, pocas zonas exhibieron un predominio claramente definido como de uno u otro partido, con dos excepciones: el Litoral Caribe era liberal y Antioquia era conservadora.7 El poder era una maraña intrincada de rivalidades locales a todos los niveles, comunidades o municipios, codo a codo dentro de cada región. Liberales y conservadores fueron desde el comienzo, y continúan siendo, altamente facciosos como organizaciones nacionales.
Originalmente, la división entre liberales y conservadores tenía una fundación ideológica racional en la sociedad colombiana. Los liberales eran miembros de la élite de terratenientes, abogados y comerciantes con una mentalidad laica, seguidores de Santander y hostiles a lo que se entendía como los compromisos militaristas y clericales del último periodo de la carrera de Bolívar como Libertador. Los conservadores, que tenían vínculos más cercanos con la aristocracia colonial o los círculos oficiales, se identificaban con el orden centralizado y la disciplina social de la religión. Las ideas importaban en las disputas entre ambos, comenzando con la directriz del gobierno de Santander de que el tratado de Bentham sobre legislación penal y civil fuese de estudio obligatorio en la Universidad de Bogotá ya para el año 1825 (algo inconcebible hasta en Inglaterra inclusive cincuenta años después). La furiosa reacción clerical finalmente condujo a la reintroducción de los Jesuitas —quienes habían sido expulsados de las colonias por la monarquía española en 1767— para dirigir escuelas secundarias; y luego sobrevino su reexpulsión en 1850.8