Читать книгу Norah - Irene Lombardero Gestal - Страница 6
ОглавлениеEra tarde y el sol empezaba a ocultarse tras las montañas. El valle brilló con los últimos rayos del lucero y luego se rindió a la noche.
Había sido un día claro, sin nubes ni viento, y por lo que se podía ver, la noche también lo sería. La luna brillaba con todo su esplendor en el cielo acompañada por un harén de estrellas que no se separaban de ella. Iluminaban los árboles, las piedras, el río y todo aquello expuesto a ellas con una suave luz blanca que le concedía a todo un toque mágico, como salido de un sueño.
Al subir a su habitación tras haber cenado, Norah repetía la misma rutina. Abría ligeramente la ventana que dejaba entrar una suave brisa que la acariciaba mientras se cepillaba el pelo sentada en la cama. Luego se desvestía, se ponía su camisón y se acercaba a la ventana donde podía pasar horas. El valle en el que vivía era un lugar donde la temperatura se mantenía estable todo el año. Parecía que los días se repitieran uno tras otro prácticamente sin cambios.
En los días de más calor, al llegar la noche, Norah abría la ventana de su habitación y, apoyada en el alfeizar, contemplaba maravillada los juegos de luces y sombras entre cielo y tierra. Era una completa armonía entre ambos mundos. Cerraba los ojos y escuchaba con atención la melodía formada por el canto del búho, la música de los grillos y el correr del río por su cauce.
Esa noche no iba a ser menos, por lo que Norah hizo su rutina como cada día. La luna brillaba como nunca la había visto junto con las estrellas. De repente todo quedó en silencio. Estaba apoyada en la ventana y notó como un escalofrío le recorría todo el cuerpo; de pies a cabeza. En un primer momento pensó que era debido a que no estaba muy abrigada; pues como siempre solo llevaba puesto su camisón fino que le tapaba lo justo. “Vaya, parece que esta noche refresca un poco”, se dijo, mientras frotaba los brazos con las manos, no le dio importancia y siguió mirando al firmamento. Pasados unos minutos, un terrible dolor de cabeza se apoderó de ella. Era un dolor punzante, como agujas que se clavaban más y más en su cerebro. Dio dos rápidos pasos hacia atrás y puso las manos en la cabeza, en un intento desesperado porque el dolor remitiera. Intentó gritar, pedir ayuda, pero no fue capaz.
Por su mente aparecían imágenes de personas y lugares que no conocía. Flashes que la llevaban de un lugar a otro, un acantilado, un bosque, una playa, un castillo... El caos de imágenes cesó y paró en la imagen de una mirada. Una mirada de un hombre, o eso parecía. Los ojos eran de un color azul intenso, como el de un zafiro. Tenía las pupilas pequeñas. Pareció como si esos ojos se encontraran con los de ella, entonces las pupilas empezaron a dilatarse y oyó una voz en su cabeza que dijo “Norah”. Después de eso la mente le quedó en blanco y el dolor cesó. Norah se sentía cansada, abatida y de repente notó que la visión le fallaba. Intentó acercarse a la cama para tumbarse, pero no dio llegado y cayó al suelo inconsciente.
Ella no lo sabía pero sus días como una chica normal habían terminado. El destino del reino, estaba ahora en sus manos.