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2. Visitando al visitante

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Quizá la valoración oscilante que el turista recibe en el Perú sea una espléndida gráfica de aquello que Goffman califica como identidad bifronte, sobre todo si colocamos en su real circunscripción al juego de emblemas y estigmas que, sin querer, tal turista activa. En este país se asume, cual lugar común, que la apariencia aria operaría a favor del visitante: los casos más patéticos de esa inclinación pueden llegar incluso al sometimiento servil o a la vergonzosa pleitesía con que, frecuentemente, se homenajea a tal personaje. En uno de los extremos de la gama, podemos reconocer al gringo itinerante, al turista que por encontrarse de paso solo consigue intercambiar su propio exotismo y su aire paternal con la expectativa y curiosidad nativa; en el otro borde, figura el visitante que acepta el reto, etnográficamente desafiante por así decirlo, de permanecer entre nosotros un tiempo considerable, el agente foráneo que se instala en períodos más prolongados y que, en consecuencia, debe administrar el desconcierto correspondiente que su recepción suscita. Sea como fuere, de un lado al otro, hay una notoria brecha, toda una metamorfosis que va de la amabilidad de los inicios a la cobranza ulterior, de las primeras impresiones al conocimiento trabado, con el tiempo, de ambas partes.

Será acaso que esas dos posiciones, si se quiere prototípicas, en las que instalamos al visitante —una remarcadamente empoderada por la imagen del progreso y la modernidad, postura que tampoco abandona, hay que decirlo, la posibilidad de algún beneficio material para el nativo, lo que provoca tratamientos mercantilmente oportunistas; y otra más fantasmal y desconfiada, que activa alertas ante propósitos desconocidos— no hacen más que reflejar dos regímenes, en el extremo complementarios, a manera de posefectos de un imaginario colonialista que, como el conocido eslogan, no nos abandona. De un lado, la postura pasiva ante una entidad que avasalla sin quererlo, que anonada históricamente y a la que atisbamos en contrapicado; del otro, la reactivación de una muralla contracultural que no es sencillo franquear, el ejercicio de unas estrategias que no son fáciles de decodificar para el otro; lo cierto es que en esa brecha tanto parece caber el hermetismo ante el extraño como unos atisbos de criollismo revanchista. Todo ocurre como si operase entre nosotros el juego postulado por Pitt-Rivers (1979), en el que la hostilidad ante el visitante se presenta primero, para luego propiciar la correspondiente hospitalidad, pero en orden inverso, dando paso primero a la amable hospitalidad, para luego desplegar todos los recursos propiciados por la indiferencia y la desconfianza históricamente acumulada. Es lo que en Brasil llaman, con una inmejorable figura, “cobranza”.

Es, pues, necesario invertir la dirección y el punto de vista de los encuentros entre los de allá y los de aquí, pues si bien podemos reconocer sin demasiado esfuerzo esa especie de alternancia en la que inscribimos al turista en particular o al visitante en general, también consideramos fructífero el dar cuenta de cómo opera tal dinámica desde la perspectiva de aquel o aquella que, con otros esquemas y parámetros, nos describe y acompaña socialmente. Visión puesta en juego por quienes, habituados a otras leyes y regidos por distintos valores, no dejan de sorprenderse por el aparente desorden y los márgenes de incertidumbre en medio de los que nos manejamos acá. Veamos algunos casos ilustrativos.

Así, premunido de otros dispositivos de análisis y registrando lo que hay de sinuoso en nuestras posturas opinativas y en las estrategias de coexistencia puestas en juego, véase, por ejemplo, la mirada con que el historiador norteamericano Stephen Stein desmonta el populismo político peruano, fenómeno que permanecería tercamente instalado en unas esferas que, si seguimos el hilo de su pensamiento, no encuentra mejor oportunidad para ejercer su activismo proselitista que durante los pasajes previos a las elecciones (Silva Santisteban, 1995, pp. 393-402). Auge y caída, se diría, de una militancia de corto aliento que vuelve a su ritmo inercial una vez decretada la clausura de los acontecimientos mediático-electoreros. La excepción, claro está, se yergue cuando la victoria partidaria corona los esfuerzos y las cifras invertidas, lo que abre ante los interesados el amplio arco de posibilidades de enriquecimiento nunca del todo ajeno a la mano corrupta que mece la cuna del poder. Stein piensa entonces que, en vez de una moderna dialéctica de dominadores y dominados, lo que en nuestra realidad se visualiza y ratifica es la existencia de sectores, claramente abismados entre sí: de un lado, élites de gente muy rica y, del otro, amplias mayorías sumidas en la pobreza. Visto desde los intereses del votante, el politólogo Steven Levitsky, norteamericano también y articulista del diario La República, ha sustentado el otro lado del mismo fenómeno, postulando lo que hay de oportunista e incluso de lúdico en el supuesto “voto indeciso”, o en aquel otro que se desenmascara “en boca de urna”, en las coyunturas electoreras en el Perú. Ese peruano vota en función de una tendencia, es claro, pero lo que hay de acomodo a ella está, sobre todo, cimentado en lo que habría de provechoso en ella, como si el lucro procurado por el político encontrara su respaldo y adecuado reflejo en el llamado chorreo al que aspira el ciudadano del que hablamos.

Por su parte, Jeanine Anderson, antropóloga norteamericana, no deja de sorprenderse del modo en que el embarazo femenino adolescente es asumido, en nuestro país, como una fatalidad aceptada con resignación; que la mujer de muchos sectores viva de atesorar variedad de secretos y, bajo tal aura, le otorgue a los detalles de su propia intimidad un aura prohibitiva y una estimación extrema; declara también haber experimentado toda suerte de distancias y efectos discriminatorios en función de su género y que algunas de aquellas trabas las ha debido recoger de sus propios colegas, varones todos de una prestigiosa universidad limeña (Pásara, 2016, pp. 45-56). Es interesante, por último, tomar en cuenta una advertencia de la investigadora cuando sostiene que faltan exploraciones sobre la órbita doméstica de la realidad peruana (matiz que nuestra búsqueda bibliográfica confirma) y que la propuesta de tal iniciativa suele ser recibida en la comunidad académica como una “típica inquietud femenina”.

Vayamos a un tercer caso, el de Mark Thurner, prestigiado estudioso de la problemática histórica del Perú y autor, entre otros textos, del exhaustivo El nombre del abismo. Meditaciones sobre la historia de la historia (2012). Thurner es artífice de un pormenorizado perfil en el que se integran los distintos matices documentales y requiebros esperanzados que la obra de Basadre contiene. Entiende, por ejemplo, que la obra más ambiciosa de Basadre, su conocida Historia de la República del Perú (1822-1933), carece, en gran medida, del necesario ensamblaje que suele solicitársele a las obras de gran talante, encontrándose más cerca de lo que bien podría ser, según Thurner (2012), una colección de observaciones y datos cuyo panorama totalizador está lejos de haber sido adecuadamente elaborado. El autor no duda en establecer un paralelo gráfico entre aquella copiosa documentación legada por Basadre con lo que, a sus ojos, emerge como la típica construcción arquitectónica limeña, aquella a la que siempre puede añadirse una planta más, en desmedro de su precario equilibrio, o quizá abandonar su culminación hasta un nuevo y siempre postergable aviso. Contra esa suerte de desarrollismo academicista metaforizado por Thurner, interesa consultar las advertencias formuladas por el arquitecto Roberto de Rubertis (2013): “[…] antes de describir y clasificar habrá que entender situaciones de las cuales aún no hay modelos cognoscitivos; se tratará de descifrar eventos observables solo en su fuerte dinamismo y cuyo interés reside justamente en los procesos de transformación” (p. 49). Insistimos en ello, pues en la óptica de Thurner parecen operar los tentaculares alcances de un etnocentrismo que, cuando actúan desde la postura de un especialista calificado, parecieran dotarse de una engañosa universalidad, cuando no nos alojan en la pegajosa impronta de las profecías autocumplidas.

Abstracción hecha del marco comparativo al que, tácitamente, podrían haber apelado nuestros “interpretantes”, para plantearlo con Pierce (Deladalle, 1996, pp. 137-144), el pequeño espectro de miradas que nos ofrecen estos especialistas foráneos, a propósito de distintos rasgos de nuestra idiosincrasia y con relación al sesgo de algunos razonamientos que imperan o dividen a los habitantes del Perú, retrata con claridad y crudeza singulares modos de actuar, pensar y jerarquizar bastante generalizados en nuestro entorno cotidiano. Pensar, por ejemplo, con Stein, que las opciones políticas están de saque viciadas o sesgadas por el eje del costo-beneficio y que más que clases sociales lo que tenemos en el país son clanes u oligarquías (las militares incluidas) que han sabido perennizarse en los círculos decisorios; dar cuenta, con Anderson, del modo en que los cambios propiciados en los roles de género, tan urgentes en el mundo contemporáneo, son procesados de un modo especialmente ralentizado en el Perú y que un fuerte bastión contra aquellos reclamados virajes se ancla, del más paradójico modo, en una esfera femenina instalada demasiado rígidamente en un orden conservador, a tal punto que esas resistencias abrazan tanto al sector popular y mayoritario como al colectivo elitista más acomodado; entender, con Thurner, que hasta los proyectos de mayor aliento y de más ilustre intención tienen algo de provisorio, como si estuviesen afectados de una cierta fragilidad o sean la simple resultante de una orientación mutante; sopesar, en fin, con Poole, las singulares y tempranas maneras con que se configuraron las discrepancias sobre la identidad de lo indígena en la ciudad del Cusco, de manera que anticipan las contemporáneas tensiones entre modernos y posmodernos respecto al dilema de la esencia y las apariencias.

En el anexo 1 se puede notar cuánto de lo observado en los párrafos anteriores (o a lo largo de esta sección) puede confirmarse, sin demasiadas dificultades, con los resultados obtenidos en un taller llevado a cabo con un grupo de jóvenes que venían cumpliendo en el país labores de voluntariado durante el año 2016.

Comer, beber y hablar

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