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¿Qué quiere decir triangulación oral?
ОглавлениеLa iniciativa de proponer una figura como la de la triangulación oral y sugerir de tal forma un eje vinculante entre prácticas culturales básicas como las del comer, el beber y el hablar supone, lo admitimos, una serie de riesgos en la comprensión del sentido que se le quiere otorgar. Por ejemplo, si mantenemos como constante la trinidad de factores formulada, igual hubiéramos podido optar por una serie de tres elementos que, cual vagones alineados y encadenados, se ordenarían bajo una secuencia invariable; quizá remitirnos a una especie de trípode, en cuanto soporte de un cuarto elemento representado por la cultura que los alberga y otorga sentido; de repente imaginar un trinche tácita y prioritariamente vinculado al comer, como actividad oral por excelencia; en fin, si se quiere, dar cuenta de un trío vocal cuyas intervenciones se fueran alternando en función de cada interpretación por ejecutar. Aunque todas esas figuras puedan ser útiles para nuestros propósitos, en tanto consiguen graficar algunos de los rasgos recogidos durante la investigación, queremos insistir del modo más preciso posible en la lectura que debe otorgársele a la aludida triangulación en el caso del proyecto que presentamos.
Así, Cabrera Infante (1987) señala que en algunas cintas de Hitchcock se articula, de ambos lados de la pantalla, un posible triángulo entre el perseguido, el perseguidor y el mismo espectador (p. 44). El narrador cubano agrega que, en medio de tal configuración, la cámara operaría, no es un detalle menor, cual si fuera una hipotenusa. Nos gusta la posibilidad de jugar con la hipótesis de que, a lo largo de las distintas etapas de la investigación, hayamos operado cual camarógrafo, oscilando a veces en el enfoque del ángulo que queremos privilegiar (el de la comida, de la bebida o del habla) o deteniéndonos, en otras ocasiones, ante la variedad de matices de cada cuadro resaltado. Contamos también con que las técnicas de investigación implementadas (grupos focales, entrevistas semiestructuradas, observaciones participantes o participaciones observantes e incluso los recortes hechos sobre las fuentes textuales consultadas y los conceptos puestos en relieve) hayan dado cuenta, en cada situación descrita, de la complementariedad alcanzada entre las tres prácticas referidas, vale decir, los actos de comer, beber y hablar. Igualmente, proponemos que el protagonismo alcanzado por alguna de aquellas prácticas opera, con no poca frecuencia, en desmedro de las dos restantes, de tal manera que da pie a singulares relevos y a distintas saliencias entre el habla y la comida, entre el habla y la bebida o entre la comida y la bebida, según el acontecimiento así lo exija.
Respecto a la susodicha triangulación, sugerimos al lector que, al menos por unos instantes, suspenda el carácter abismal o la mutua exclusión en la que el entendimiento académico instala a los sentidos metafóricos respecto a aquellos que, pretendidamente, ocuparían el plano de lo exclusivamente literal; que suspenda, pues, esa suerte de brecha trazada entre el significado canónico y unos sentidos figurados o desplazados de su acepción formal, quizá acogiéndose a lo que Derrida (1997) propusiera en su lectura sobre la diseminación. Lo cierto es que, en un sentido genérico, la lengua coloquial no establece distinciones muy claras entre lo metafórico y lo literal o, para utilizar una dupla categorial en desuso, entre denotación y connotación. Quizá es en el terreno académico, allí donde priman distinciones conceptuales más o menos refinadas, donde más claramente notamos el escaso interés concedido, aquí y allá, a las manifestaciones diarias de lo oral, en la medida que esta última dimensión suele reconocerse como demasiado adherida a una pretendida “naturaleza”, al mundo fenoménico de lo corporal o al de las sensaciones; se concluye, por ello, que carece de la dignidad y los atributos que justificarían, en último término, un estudio pormenorizado de sus variantes.
El lector podría advertir, con Lacan, que al estimular una suerte de intuición perceptiva correremos el riesgo de opacar, en paralelo, el entendimiento de la estructura misma del fenómeno (Lacan, Miller, Leclaire, Milner y Duroux, 1973, p. 45). Notemos, sin embargo, cuánto tal cosmovisión y el sesgo intelectualista que le es inherente pueden ser contrariados por los logros de la infografía, el marketing audiovisual y la publicidad todoterreno, por no hablar de los muy actualizados memes y emoticones a los que las redes electrónicas dan paso. Habría que añadir que la teoría gestáltica de la percepción partió de una base concebida en clave fisiológica, para transitar luego a un reconocimiento más fino del peso de las marcas culturales en su consabido impacto sobre los registros visuales y auditivos efectuados por el organismo. Gradualmente, entonces, nos vemos incluidos en una lectura gráfica generalizada, lo que ratifica la idea de un pensamiento visual, tal cual fuera propuesta por Arnheim (1986).
Si se trata de trascender la bidimensionalidad de la figura para mejor recrear los planos de fondo y acompañar el espectáculo de la posible movilidad de los elementos en juego, sugerimos que nuestra triangulación oral pueda también pensarse en planos sesgados, inclinados u oblicuos. Triángulos que no debieran ser necesariamente equiláteros o que, a la manera de los icebergs, solo muestren en la superficie uno de sus lados o de sus puntas. Triángulos que, en fin, por estar unos más inclinados que otros hacia la comida, la bebida o el habla, configuren un espectro de tensiones o de coreografías, de pugnas o de acuerdos que recuestan el análisis y la reflexión sobre las singularidades rescatadas en cada caso, en vez de someterlas a un patrón explicativo único. Así ocurre, por ejemplo, ya lo hemos dicho, cuando se establecen circuitos que privilegian el habla y la comida en desmedro de la bebida, rescatándose pares que desarman momentáneamente el triángulo o que, visto desde otro ángulo, tanto lo contraen como lo elastifican. Para expresarlo en una frase que pasa por ser lugar común en la narrativa literaria, no queremos mostrar uno, sino muchos triángulos (Deleuze y Guattari, 2008, pp. 19-27); es, pues, esa variedad la que, en último término, venimos a presentar.
Finalmente, nuestra búsqueda no apunta tanto a la explicación del fenómeno de la oralidad en la cultura limeña, sino, más propiamente, a su necesaria comprensión. En el tránsito de una escena a otra, de un evento a otro, de un encuentro a otro, pretendemos alcanzar la comprensión de ese vasto terreno que la oralidad entreteje vía el beber, el comer y el hablar. Téngase en cuenta que el habla, la comida y la bebida tanto pueden constituir, en su imbarajable suceder, secuencias lineales e ininterrumpidas, como materializar configuraciones simultáneas en el tiempo y convergentes en determinado espacio. Invitamos al lector a que nos acompañe en esas inversiones y reversiones jerárquicas que los rituales de la cotidianidad ponen en juego y a los que el comer, el beber y el hablar prestan sus servicios, dependiendo ya sea de los momentos en los que su protagonismo es suscrito, o del modo como se reordenan, de continuo, sus pasos, sus saliencias y ocultamientos. He allí, entre otras posibilidades:
– La insularidad de la preparación de los alimentos en la cocina hogareña versus el carácter colectivo de las llamadas parrilladas, por lo general, situadas en el patio o en el jardín de la casa.
– Las distintas maneras de catar los potajes, según los evaluadores se encuentren en su propio hogar o en los distintos restaurantes a donde suelen acudir.
– Los entrecruzamientos entre el consumo alcohólico y el cortejo amoroso. Baste recordar un inventario coloquial que incluye desde los muy vagos “molestar” y “rondar” hasta los más explícitos “hacer la corte” y “hacer el punto”, por no referirnos al más vigente “gileo”.
– El adelgazamiento o minimización del habla, cuando no su conversión y canje al plano de las puras risotadas, tal cual ocurre en las juergas masivas a las que un beber indiscriminado da paso.
– El variopinto carácter de los encuentros y los festejos, según los distintos orígenes sociales, los patrones regionales o las pertenencias generacionales.
– La filosofía inherente al beber prototípico en nuestra cultura, que siempre traza una radical exclusión del acto de comer o procrastinándolo hasta donde sea posible.
– La reivindicación del comer durante la resaca, allí donde el ceviche o el caldo de gallina elevan sus respectivas credenciales, cuando no la práctica de “cortarla”, suerte de reenganche con una nueva ingesta alcohólica matinal.
Queda claro, entonces, que el espíritu del presente proyecto es eminentemente exploratorio, ergo, que no aspira a detectar constantes de amplio rango estadístico ni pretende deducir generalizaciones de tipo estructural. Todo lo contrario: se trata de un trabajo que, a partir de la búsqueda que posibilitan las técnicas cualitativas aplicadas y el respaldo que otorgan distintas fuentes bibliográficas, intenta adentrarse en un terreno que, tal cual fue anunciado en los informes preliminares, no es que haya sido precisamente privilegiado por las ciencias humanas en este país. Más aún, incluso reconociendo que en las últimas décadas se haya manifestado un cierto repunte de los estudios sobre la cotidianidad, tal gesto no resulta todavía demasiado significativo.
Hasta nuevo aviso, y según pudimos revisar, la indagación sobre lo cultural en el Perú apunta a cuestiones “de fondo”, tales como la identidad nacional e incluso a sus efectos más adversos, esos que nos remiten a las grandes brechas históricas siempre destacadas entre región y región, y no poco reflejadas en la disparidad de sus alcances y posibilidades. Bajo ese marco, la condición del indígena y la del criollo, y aun su polarización van a ocupar un lugar privilegiado en el análisis. Vale la pena preguntarse hasta qué punto los acercamientos al mundo del migrante en la capital o el reciente interés en la dimensión de la informalidad han abierto nuevos accesos a esa suerte de realidad paralela, nunca del todo integrada o quizá sometida a diversas modalidades de segregación, a la vez que revelan las fuertes resistencias frente a un espacio donde la cultura se embraga y apoya en manifestaciones que son conformadoras de la dinámica cotidiana en la que la oralidad se aloja. Quizá el inadvertido alcance de las prácticas orales, su densa imbricación con toda suerte de rutinas y hábitos de larga data, la imposibilidad de tomar la requerida distancia teórica respecto a ellas, en fin, los variados regímenes orales que coexisten de las más insospechadas e imperceptibles maneras y se bifurcan en los escenarios descritos en el presente trabajo, otorguen algunas pistas para entender su generalizada omisión y permitan, en el futuro, abordarlas con más frecuencia y naturalidad.