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Pedro Meier, el único habitante de Quiñihual

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El tiempo se estrella en Quiñihual al verlo a Pedro Meier, el único y último habitante de este pueblo perdido que ha quedado a la deriva entre los pastizales, las cortaderas, los cardos rusos resecos y las vías muertas. Pocos mapas lo señalan: este punto hace décadas que dejó de interesar a la cartografía, pero, mientras el mundo gira a una velocidad incalculable, en Quiñihual la soledad ha creado una burbuja impenetrable. El universo de Pedro es lo único que sobrevive. La belleza del silencio apenas se interrumpe cuando la puerta del almacén se abre. Estamos en un mundo paralelo, y una vez que se entra ya no se quiere volver al mundo actual. Por suerte la ruta queda muy lejos.

Pedro Meier tiene más de sesenta años y vive solo en Quiñihual, no hay nadie más que él, sus vacas, sus chanchos y Moncho, su perro fiel, que, a fuerza de querer ser un hombre, ha aprendido a abrir y cerrar la puerta del almacén. “No soy de hablar solo, pero a veces converso con él”, dice señalando al escudero canino. Las palabras caen suaves de la boca de Pedro, dueño de una mirada franca y ojos acostumbrados a la inmensidad, a ese horizonte que se ve por las ventanas de este almacén que tiene ciento veinte años y que es el exoesqueleto de Pedro; ambos son uno. “Papá lo compró cuando yo tenía siete años; desde ahí para adelante, siempre estuve acá. Pero antes había tanta gente, los bolseros que trabajaban en el tren y las familias que vivían en el campo llenaban el almacén; abríamos al amanecer y hasta la medianoche no se cerraba. Acá se hacían las compras que hoy la gente hace en un supermercado”, traza un análisis de la realidad de este paraje que supo ser pueblo.

“Todos los días siento felicidad de estar en este lugar, aunque cada tanto me gusta salir a ver otras cosas. Una vez por año me hago algunos viajes al norte. Pero uno está arraigado acá. Mi trabajo está acá, mi vida; cuando me levanto ya tengo cosas que hacer: atender a los chanchos, ir a ver las vacas, la aguada, las ovejas. Como hago todo solo, no doy abasto, y se me pasan los días. Trato de terminar antes el trabajo del campo para poder abrir más temprano el almacén”. Este boliche es de los mejores conservados de la provincia, quedan pocos así. Sus estanterías parecen no tener fin. Hay cajones para cada pequeña invención que se ha hecho en la Tierra, el mostrador tiene la suavidad de los buenos recuerdos y la amplitud del salón provoca bienestar, alimenta algo que está muy adentro del corazón: la chispa de la vida.

No hay carteles que indiquen la presencia de este pueblo habitado por un solo hombre. Se llega a Quiñihual por indicaciones de baqueanos y por intuición. Pasando San Eloy por la ruta provincial 76, hay que doblar antes de cruzar las vías y de allí hay que seguir derecho por un camino de tierra donde se ven pequeños paraísos parcelados de pampa y sierras. Al fin de todos los caminos está Quiñihual. “Es un pueblito perdido en el tiempo. En treinta años todo se vino abajo, se privatizaron los trenes, luego empezaron a descarrilar y después ya no pasaron más. Se cortó todo. Hoy, con el adelanto que hay, se precisa menos personal en el campo, y toda la gente, las familias y las casas, desaparecieron”. El vendaval de los tiempos modernos fue duro y de golpe se llevó hasta las casas de los que antes vivían aquí. El almacén resiste, y la estación de trenes es un iceberg que se hunde poco a poco. Entre tanto, Pedro recibe a sus clientes, y con ellos la única posibilidad de charlar con alguien. Las pocas palabras que se dicen germinan el presente.

Los italianos, que tienen el casino en Sierra de la Ventana y los mejores campos de la zona, le quisieron comprar el almacén y algunas de las tantas antigüedades que Pedro conserva en su mundo: “Les he dicho que no, cómo voy a vender si esta es mi vida”. La soledad lo ha hecho así de irredente para el sistema, que acaso la única batalla en el mundo la ha perdido en Quiñihual. “Sin el almacén sentiría una gran ausencia en mi vida. Extrañaría mucho, y más a la gente que viene todos los días. Tengo con ellos un rato de charla, y por eso aguanto”. Cuando las puertas están cerradas, sus clientes dan la vuelta y aplauden en la entrada a su casa; Moncho ladra y avisa, entonces Pedro deja de hacer lo que esté haciendo y abre el boliche. A la tardecita llegan los iniciados, que comparten una cerveza y la charla, mientras el sol acaricia los dorados pastizales y el fresco arrulla las voces.

Pedro es viudo, pero tiene una novia en Pigüé; sus dos hijos lo visitan, él eligió quedarse en el lugar donde nació. “Soy un sobreviviente, pero no me quejo, soy feliz acá”. Agudo observador de la realidad que está más allá de su reino, reniega de los nuevos habitantes del campo: “Quieren todo comprado. Antes acá con mi mamá hacíamos el queso, la crema y la manteca, hasta el jabón era hecho por nosotros”. Aquellas enseñanzas han forjado el hombre que hoy es. Ganado, chacra y almacén, de todo se encarga Pedro, solo. El día le alcanza además para abrir el boliche y ser dueño de este mundo. Quién pudiera ser como él.

Quiñihual, que fue un cacique que anduvo por la serranía, según cuenta la leyenda, es un espejismo real cuya existencia se pone en duda una vez que comenzamos a irnos del almacén. Es invierno, el sol se arrima al horizonte y la salamandra humea. Pedro acaricia el mostrador con un repasador, la cabeza de Moncho se ve a un costado. Hace ciento veinte años construyeron este almacén que parece un templo donde aún se practica la religión de la amistad y la charla. “Me toca a mí cuidarlo y darle continuidad, porque, una vez que se cierran estos lugares, ya no se vuelven abrir”. Todo el universo cabe en la mirada de este nombre cuando me despide; su pueblo, que es su vida, sigue vivo.

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