Читать книгу Instantáneas en la marcha - Lucero de Vivanco - Страница 13
ОглавлениеBarras de fútbol: entre la negación
y el reconocimiento
Diego García
En medio de las muchas imágenes que dejó la gran marcha del viernes 25 de octubre de 2019 en Santiago, una de las que fue recibida con más entusiasmo y esperanza, fue la brindada por las barras de fútbol. La hasta entonces llamada Plaza Italia, escenario habitual de celebraciones políticas o deportivas que solían desembocar en incidentes y destrozos, esta vez se convirtió en un alegre espacio de confraternidad entre barristas de la U y Colo-Colo que rechazaban, sin mediar violencia alguna (!), al Gobierno y en general al sistema político y económico imperante. Hubo quienes, a la vista de la evidencia y admitiendo que acostumbraban subestimarlo, no tuvieron más remedio que reconocer que el presidente Piñera obraba milagros. Días más tarde hizo su aparición un gran lienzo de las principales barras del fútbol chileno que rezaba “Perdimos mucho tiempo peleando entre nosotros”. Cuando el viernes 15 de noviembre, en medio de los incidentes que se habían hecho habituales en ese sector desde el inicio del estallido social, falleció el hincha de la U, Abel Acuña, quedó establecido que las acciones realizadas para brindarle en plena calle los auxilios médicos con que se intentó mantenerlo con vida, fueron resguardadas de la represión de carabineros por barristas de Colo-Colo. Semanas más tarde, con ocasión de la muerte del hincha de Colo-Colo, Jorge Mora, atropellado por un vehículo policial en los aledaños del estadio de Pedreros, el conjunto de las barras se reunió en la ahora rebautizada Plaza de la Dignidad para rendir, unidas, homenaje a Mora.
Como contrapartida, las decisiones respecto de si reiniciar o no las distintas competencias futbolísticas profesionales que la revuelta había dejado en suspenso, dieron ocasión a que las hinchadas mostraran su cara menos amable. Bajo la premisa de “Calles con sangre, canchas sin fútbol”, hubo barristas que protagonizaron hechos graves de violencia. El 22 de noviembre, luego de realizar un “arengazo por la Dignidad” en las puertas del estadio de Pedreros y enfrentarse a los carabineros, un grupo de hinchas de
Colo-Colo se dirigió al Estadio Bicentenario de La Florida e interrumpió el partido entre Iquique y Unión La Calera, agrediendo a parte del público. El 31 de enero, hinchas del equipo local,
Coquimbo Unido, invadieron la cancha durante el trancurso del partido que jugaban contra Audax Italiano, en protesta por la muerte de Jorge Mora, impidiendo que el partido pudiera continuar, agrediendo a un camarógrafo y destruyendo equipos de transmisión de televisión. El 4 de febrero, hinchas de Universidad de Chile iniciaron un incendio en un sector de la galería sur del Estadio Nacional mientras se disputaba un partido por Copa Libertadores entre la U e Internacional de Porto Alegre, enfrentándose luego a la fuerza policial fuera del estadio. El 15 de febrero, el partido entre
Colo-Colo y Universidad Católica disputado en Pedreros fue suspendido —cuando la visita ganaba 0 a 2— a causa de los continuos lanzamientos de proyectiles y bengalas al campo de juego por parte de hinchas locales, hiriendo incluso a un jugador del propio equipo albo, Nicolás Blandi. Este tipo de incidentes provocados por grupos normalmente organizados y no espontáneos, ha dado origen a discusiones desarticuladas y confusas, y a acusaciones cruzadas seguidas de los respectivos desmentidos, de si acaso las barras bravas del fútbol califican o no como protofascistas, siendo que muchos barristas precisamente reivindican su condición de antifascistas (Sepúlveda, Trejo).
Los “endeudamientos” de la transición
De acuerdo con Norbert Elias, el proceso de civilización se caracteriza por el esfuerzo de controlar la violencia. En el caso de sociedades con grados crecientes de industrialización, urbanización y división del trabajo, este control de la violencia se traduce en el monopolio de la fuerza por el Estado y el acatamiento de los ciudadanos, obtenido tanto por la coacción estatal como por el autocontrol gracias al desarrollo de una conciencia moral reflexiva. El esfuerzo civilizatorio descrito por Elias no se traduce en un proceso rectilíneo e irreversible. Uno de los supuestos de la modernización es que ella posibilitaría, gracias a la creciente diferenciación funcional y al alargamiento de las cadenas de interdependencia entre los individuos, una suerte de “democratización funcional”.
Sin embargo, allí donde la sociedad no logra integrar en sus cadenas de interdependencia a todos sus miembros, aquellos que van quedando al margen de las mismas se ven confinados a lazos segmentarios, vale decir, una identificación estrecha con grupos circunscritos dentro de límites reducidos, unidos principalmente por vínculos de adscripción familiar o territorial local (Elias y Dunning).
Pero las normas que regulan la reciprocidad entre miembros de un grupo segmentario no necesariamente regulan la relación entre grupos. Es lo que Sennett identifica como tribalismo (Sennet), que opera con solidaridad hacia los semejantes y agresión hacia los diferentes. Esa lógica tribal, en condiciones de exclusión social, se encuentra en el origen del fenómeno contemporáneo de la violencia en torno del fútbol, y más específicamente de las llamadas “barras bravas”. En este sentido, la existencia de violencia estructural en el conjunto de la sociedad ha hecho posible el surgimiento de las barras —sean o no barras bravas— como fenómenos identitarios complejos, y en los cuales la violencia desempeña una función que podría considerarse principalmente ritual o expresiva, y solo secundariamente instrumental. La violencia directa de los barristas podría ser leída como una manera de responder a la violencia estructural de la sociedad que los excluye de la posibilidad de llevar adelante en condiciones decentes una existencia autónoma, una manera de recordar, en nuestro caso, las promesas incumplidas por la democracia cuyas élites decidieron la despolitización y la desmovilización social, privilegiando el orden espontáneo del mercado como principal mecanismo de coordinación social, no obstante sus déficits de inclusividad.
En Chile, las barras organizadas surgen en la medianía de la década de 1980 como expresión de la ausencia de espacios genuinos para la construcción de la propia biografía en condiciones de participación democrática. De hecho, los fenómenos de anomia a los que autoridades y comentaristas se han referido profusamente tras el estallido de octubre y del que las barras serían un caso ejemplar, no son nuevos, ya habían sido detectados en la protesta de los jóvenes populares urbanos a mediados de la década de 1980 (Valenzuela). No en vano la canción “El baile de los que sobran”, uno de los himnos del estallido social en 2019, fue compuesta y divulgada en 1986. Entonces, tal como ahora, los jóvenes marginados “sabían” su condición de excluidos o subordinados y sabían además que la sociedad no había cumplido con las promesas que ella misma les formuló: mejores expectativas de vida que las de sus padres gracias a una mayor educación, en un ambiente de distribución equitativa del reconocimiento de la mutua dignidad. Hoy las condiciones son evidentemente distintas, pero el precio del mayor acceso a la educación es el endeudamiento crónico que constituye un modo sibilino de control social y dominación que frustra la posibilidad de una con-ciudadanía democrática entre libres e iguales. La existencia de barras bravas encuentra parte de su explicación en esa suerte de revancha de los barristas, una demostración al mundo que los barristas también cuentan: ser los protagonistas del espectáculo habitando los estadios y las calles como un espacio liberado de la insignificancia a que los condena la sociedad de mercado (Elias y Dunning).
Dilemas frente a la violencia
La rudeza de los barristas tiene parte de su origen además en la condición violenta de los propios deportes, que suponen una competencia por la superioridad física en algún tipo de destreza, desde el pankration de los antiguos griegos hasta el hurling inglés de fines de la edad media. Aunque los deportes modernos han estilizado esa condición que les era original, ella es propicia a la exaltación de un estereotipo de masculinidad agresiva, y que sigue siendo patente en casos como el boxeo o el rugby. Sumado a las identidades tribales a que aludimos más arriba y que se expresan de manera xenófoba, esta manera de entender la masculinidad desemboca a continuación en habituales expresiones de sexismo, misoginia u homofobia por parte de las hinchadas.
El estereotipo de masculinidad agresiva mide el propio valor y honor en el enfrentamiento violento, por lo que se hace patente que la represión policial de la violencia contestataria contribuye, paradojalmente, como combustible al escalamiento del conflicto entre barristas y fuerza policial. Este rasgo de las barras bravas se denomina “aguante”, que es un valor físico o moral que designa tanto la capacidad de resistir como la de desafiar a cualquier pretensión de imposición y a cualquier adversidad. Por ello, lo que está en juego en el ejercicio de la violencia directa es la acreditación del barrista como alguien que “es macho y no puto” (Aragón). Entre las feministas interesadas en el fútbol (un grupo en aumento constante), una de las luchas más enfáticas es por el cambio de este lenguaje. Los términos femeninos se usan invariablemente para insultar. A la Universidad Católica se le intenta degradar diciendo “las monjas”, a la U de Chile, “las zorras”, y a Colo-Colo, “las madres”.
La violencia es recurrente en cada enfrentamiento entre barras, o entre estas y la fuerza policial —considerada como “la barra brava del Estado” cada vez que actúa ilegítimamente y que asimismo pone a prueba su propio aguante—; tiene un carácter cíclico, y no puede tener fin porque la violencia de ambos bandos es finalmente sinérgica. Al fin y al cabo, la violencia directa de los barristas es solo parte de un ecosistema de violencia estructural a la que contribuyen también el exceso verbal de dirigentes, entrenadores y jugadores; su amplificación y espectacularización a través de los medios de comunicación y, finalmente, la propia violencia policial ilegítima (Aragón).
Por más que entre las personas no violentas pudiera haber algún tipo de condescendencia hacia la violencia contestataria por entenderla como efecto y no causa de violencias anteriores y más graves, lo cierto es que la aceptación activa o pasiva del lenguaje de la guerra es una gran derrota de la política, por cuanto implica la negación de la humanidad del otro. En el extremo, la exaltación de la violencia como elemento constructor de la identidad de las tribus so pretexto de romantizar a los combatientes constituidos ahora por fin en alguien significativo para algún otro, no puede ocultar por mucho tiempo que los entrega a la condición de carne de cañón, suprema manifestación del fracaso de la política, cuya misión es sustituir la violencia sobre los cuerpos por la capacidad de disentir solo dentro del universo de las palabras (Michelson). Pero, a no engañarse, esta violencia tampoco podrá detenerse con la beatería de quienes claman porque sea condenada “(con)venga de donde (con)venga”, como ya lo han desenmascarado irónicamente las redes sociales, ni tampoco con una apología escolástica del orden o de las normas, dispensada dominicalmente en columnas de opinión en el decano de la prensa nacional.
La presencia de las barras del fútbol en las manifestaciones de octubre de 2019 opera como una alegoría de las deudas que la democracia tiene con sus ciudadanos respecto de la realización de sus ideales de ciudadanía igualitaria, y la corresponsabilidad que nos cabe en remover las expresiones de violencia estructural de las cuales la violencia directa que vemos en los estadios y las calles probablemente sea apenas un síntoma. A quienes compartimos el deseo que las promesas de aquel lienzo unitario se perpetúen en una cultura de paz estructural, nos cabe la responsabilidad de construir sus bases. De lo contrario, aquel pacto entre las hinchadas terminará no siendo más que expresión de una racionalidad instrumental en espera de mejores condiciones para el retorno de una agresividad ritual desprovista de sentido de responsabilidad ante los otros. Cosecharemos lo que sembremos, no tiene más ciencia que esto.
© Ricardo Greene
© Ricardo Greene