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Capítulo IV

Mira el reloj con impaciencia. Desde hace más de media hora ha perdido el hilo de la disertación. Su atención salta del reloj a la puerta de entrada del salón, donde espera ver aparecer la figura de Rogelio. Le cuesta reconocer que el joven la ha impresionado con su personalidad. Su facilidad de palabra, su elegancia, su sonrisa de niño grande han logrado conmoverla, y también, por qué no, ese impactante automóvil con el que casi la atropella días atrás. Creía estar inmunizada contra ese tipo de sentimientos desde que le ocurriera aquello.

—¡Cuánto tiempo ha transcurrido!

Los recuerdos surgen del pasado con dolorosa actualidad. La alegría del primer amor a los 15 años. La pasión de los besos juveniles. Los encuentros furtivos luego de las horas de clase. La primera salida nocturna. Las caricias cada vez más atrevidas, que encendían sus venas hasta la locura. Luego, la entrega con su carga de misterio, temor, dolor y placer. La angustia después del examen médico. El embarazo imprevisto, jamás considerado, ni siquiera imaginado posible.

El alejamiento de José María, aterrado ante la realidad de la que era responsable. Deambuló en soledad, buscando consejo o ayuda de parte de sus amigos. ¿Amigos? ¡Cobardes, no amigos! Consejos recibió de muchos, pero ninguno sincero y ayuda de nadie. Su vergüenza le impidió refugiarse en sus padres, ante el temor de un escándalo y consciente del dolor y la amargura que su error les ocasionaría.

Angustiada recurrió a distintos médicos, en procura de abortar. Ninguno quiso hacerse cargo, dada su edad y el hecho de concurrir sola. Hasta que llegó a conocer a Franco. Dijo ser médico, cuando la socorrió en la calle, luego de su desmayo y a quién, sin saber por qué, le confesó la verdadera razón del mismo. Él la acompañó hasta la puerta de su casa y al despedirse, le dijo que la ayudaría y le dio una tarjeta con la dirección de una clínica particular para que lo fuera a ver al día siguiente, previo llamarlo por teléfono.

Ella fue. Quizás un poco dubitativa por lo avanzado de la hora convenida. Él mismo la recibió al llegar, la tranquilizó respecto del horario, argumentando que era para disponer de más tiempo y privacidad. La hizo pasar de inmediato al consultorio, iluminado sólo por una lámpara de escritorio, detrás del cual se sentó y la invitó a hacer lo propio en una silla ubicada frente al mismo.

Casi no recuerda todo lo que le preguntó. Ella hizo una amplia confesión de lo ocurrido y expuso sus temores. El asintió en silencio, mientras parecía tomar nota. Luego la invitó a quitarse la ropa y tenderse en la camilla. Lo demás fue confuso. Una mascarilla sobre su rostro. Un vago olor dulzón. La extraña somnolencia. El rostro de Franco junto al suyo. Palabras entrecortadas. Los labios de el sobre los suyos. Sus piernas, como desprendidas de su cuerpo, flotando por sobre los hombros de él. La misma sensación, pero ahora desagradable, de sus encuentros con José María. Luego, como después de una eternidad, todo se detiene y el consultorio vuelve a adquirir sus proporciones normales. Franco la mira por sobre el hombro, sonriente, mientras termina de acomodarse el batían blanco y levanta el cierre de sus pantalones.

Toma conciencia de su desnudez sobre la fría camilla y el ardor que siente en su interior. No quiere entender lo que ha pasado. La realidad que intuye supera su imaginación. No es posible que eso le haya ocurrido a ella. Sin levantar la vista, baja de la camilla y se viste en silencio, ocultando su vergüenza detrás de un pequeño biombo. Demora el momento de salir, tratando de ordenar sus pensamientos y luchar contra la náusea que parece brotar de lo más hondo de sus entrañas y que amenaza ahogarla.

La voz de Franco la lleva nuevamente hasta el escritorio. Como entre sueños le escucha decir que la examinó atentamente, que ha comprobado su gravidez y que está dispuesto a intervenirla para interrumpir el proceso. Menciona una cifra. El importe la golpea como un mazazo. Sin saber cómo, se encuentra caminando rumbo a su casa, pensando cómo obtener el dinero requerido. Tratando además, de no recordar lo que ha pasado, de apartar de su mente la mirada socarrona de Franco, cuando la acompañó hasta la puerta de la clínica e ignorar la humedad de su entrepierna, que se ha extendido por su ropa interior.

Vuelve a recurrir al grupo de amigos. No alcanza a reunir ni la cuarta parte de lo que necesita. Totalmente abatida regresa a ver a Franco. Él la tranquiliza. Le asegura que se encargará de solucionar todo y para demostrarlo, pone sobre el escritorio una serie de formularios para que ella los firme. Dice que son parte del protocolo médico para prevenir cualquier eventualidad. Luego acuerda una cita para el próximo sábado a última hora de la tarde.

Ella llega puntual, acompañada de una amiga, más curiosa que servicial. Otra vez el batín esterilizado y la horrible camilla. El frío del metal en sus piernas desnudas la hace estremecer. Nuevamente el olor dulzón, el vértigo y la nada. Los rostros de Franco y de otra persona se superponen alternativamente. Sus voces lejanas le sugieren tener tranquilidad. El dolor lacerante, insoportable, que brota del centro de su cuerpo parece irradiarse hasta los rincones más profundos de su mente. Después, la paz absoluta de la inconsciencia. El despertar totalmente confundida en cuanto a tiempo y lugar. Cuando su visión se aclara un poco, lo primero que ve son los ojos brillantes de lágrimas de su amiga, que la ayuda a incorporarse y la sostiene mientras se viste con evidente torpeza.

La desconcierta y no entiende la razón de un vendaje que le cubre parte del muslo y la rodilla, dificultando aún más sus movimientos. Franco le explica que se trata de una treta para justificar, ante su familia, los días de reposo obligado que tendrá que observar hasta la nueva consulta. Le extiende un recetario con medicamentos e instrucciones, acuerda la fecha de la próxima visita y las acompaña hasta la puerta, donde las despide con un beso.

Sus padres aceptan sin sospechar nada, lo de un accidente en la rodilla. Todo parece encaminarse bien. Los días de descanso y la tranquilidad de su hogar, ayudan a sentir que ha superado la situación. Pero cuando concurre a la cita con Franco, comprueba que no es así. Él le reclama el pago de la intervención, le exhibe una serie de documentos firmados por ella y la amenaza con presentarlos a sus padres o a la justicia, si fuera necesario, a fin de obtener su cancelación. Claro que, también existe otra forma de abonarlos.

Logró recuperarlos, sí, pero pagando en especie. Uno por cada salida. Qué estúpida fue. Hoy, con sus conocimientos de leyes, sabe que aquellos documentos no tenían ningún valor. Estaban firmados por una menor sin recursos, y Franco nunca hubiera tenido oportunidad de reclamarlos judicialmente, sin verse comprometido en un acto penado por la ley, como lo es una intervención abortiva. Sólo hubiera podido avergonzarla ante sus padres, pero nada más.

Su odio hacia los hombres, nació aquella tarde, en el consultorio en penumbras, sometida entre sueños por quien luego la extorsionaría, abusando de su debilidad de carácter y de sus miedos juveniles.

Por otra parte, la falta de comunicación con sus padres, siempre ausentes, sumergidos en los problemas de la subsistencia diaria, solo preocupados por el mejorar económicamente, fue otro factor que la llevó a sufrir en silencio lo ocurrido. Con el tiempo llegó la cicatrización de sus heridas. Sus llagas se hicieron callos. Y la dureza de su alma la ocultó, para que fuera más eficaz, tras el disfraz permanente de su humildad, sencillez, dulzura e inocencia.

Esas serían sus armas en la solitaria lucha por vengarse del sexo opuesto. Humillarlo en toda oportunidad posible, al mismo tiempo que obtener con ello, si fuera factible, además de la satisfacción personal el mayor beneficio económico. Nunca será como su madre. Siempre sumisa y postergada. Trabajando en la casa a deshoras, para tener tiempo libre y correr a ayudar a su marido en el negocio de comestibles que ambos regentean desde que se casaron. Y su padre, un ser anodino y sin proyectos.

Cuánto sacrificio en vano. Toda una vida de renunciamientos para llegar a la edad madura sin tener nada. Obligados a negarse como seres humanos para dar prioridad a su condición de engranajes de una obsoleta sociedad burguesa, en la que sólo cuenta lo que de metálico se tiene. Nunca tuvieron otra inquietud que la de respetar el viejo axioma que dice: “dime cuánto tienes y te diré cuánto vales”. ¡Qué equivocados estaban! Paradójicamente, mientras por un lado luchaban para superarse económicamente, por otro se veían postergados permanentemente, al asumir nuevas obligaciones que los ataban cada vez más al carro de los sumergidos.

Ella no será así. Sólo aceptará unir su vida a un hombre, aún sin sentir amor por él, cuando esté segura de que posee fortuna y que ella podrá disponer de la misma. Será una forma de vengarse por lo que ha pasado, además de obtener todo lo que ambiciona y que hoy desea. Las mismas cosas que alguna vez le escuchó añorar a su madre y que nunca llegó ni llegará a lograr.

Los aplausos la llevan de vuelta al salón de conferencias. –¿Dios santo!– Si al profesor se le ocurre mañana pedir un resumen u opinión sobre el contenido de la disertación, no tiene idea de lo que dirá.

Las conversaciones aumentan de tono a medida que sus compañeros van saliendo. Permanece sentada hasta que casi no quedan más alumnos y recién se levanta. En el pasillo busca a Rogelio y se maldice a sí misma al sorprenderse pensando nuevamente en él. Se encamina hacia la salida de la Facultad, con paso lento y la vista baja, volviendo a adoptar la imagen de la Graciela, humilde y vergonzosa.

Trata de mantenerse un poco alejada de sus compañeros de curso. No tiene ganas de hablar con ninguno de ellos. Son todos tan insulsos e infantiles. No piensan más que en bailar, ir al cine y acostarse con quien sea, cuantas veces puedan. No ha encontrado a ninguno que tenga algo por debajo de la piel. Son totalmente huecos. En fin, parece que Rogelio no vendrá.

Deja pasar el primer colectivo que llega y queda sola junto al poste indicador de la parada. El coche que frena junto a ella y el sonido de la bocina la sobresaltan. Se da media vuelta alejándose algunos pasos de ese estúpido que pretende abordarla de esa manera. Una voz conocida, pronunciando su nombre la hace volver. La expresión de Rogelio, con medio cuerpo asomado por la ventanilla mientras agita una mano en amistoso gesto, la hacen sonreír. Tratando de no demostrar mayor emoción, se dirige hacia el vehículo.

–¡Perdoname Graciela!– dice el joven, mientras le abre la puerta para que suba– ¡El tránsito está insoportable esta noche! ¡Casi no llego! Tuve que pasar algunos semáforos en rojo para poder estar a tiempo.– y luego de una pausa agrega –¡Gracias a Dios que te encontré!

–No es nada– murmura Graciela a media voz – Lo importante es que hayas venido. Pensé que te burlabas de mí cuando me dijiste que ibas a pasar a buscarme

–¡Cómo me iba a burlar de ti! –exclama él– No hago más que pensar en vos desde que te hablé por primera vez y nunca me hubiera perdonado mentirte – luego de un breve silencio y con una sonrisa en los labios concluye –¡Como tampoco me perdono el golpe que te di el día que nos conocimos!

–La culpa fue mía –interrumpe Graciela– Crucé la calle sin fijarme. ¡Te juro que no sé cómo no me atropellaron antes! Creo que fue la providencia la que hizo que tú doblaras en ese lugar y yo casi me metiera de cabeza debajo de tu coche.

–Es cierto– confirma él– si no hubiera sido por eso, hoy no estaríamos aquí. ¡Lo que es el destino!

Graciela asiente con una sonrisa, mientras mira su reloj con aparente preocupación.

–¿Hasta qué hora tenés permiso? –pregunta Rogelio.

–No puedo llegar más tarde de la media noche– responde ella.

–Bueno, algo de tiempo tenemos –dice él– ¿Qué te parece si aprovechamos que estamos cerca y nos tomamos una copa, en una de las confiterías que están en los bosques de Palermo, bajo las vías del tren?

–Bueno…como quieras– responde Graciela, luego de un ligero titubeo.

Poco después, luego de haber estacionado bajo la arcada del tren elevado, que oficia de discreta playa de estacionamiento y mientras saborean las bebidas, Rogelio enciende un cigarrillo para él y otro para la muchacha.

El joven, acostumbrado a las conquistas fáciles, se encuentra un poco confundido respecto de cómo comportarse con Graciela. Hay algo en ella que lo desorienta, pero no sabe qué es. Decide iniciar un avance lento, como para captar la reacción de la muchacha.

–Graciela … quiero decirte algo– comienza él, mientras pasa un brazo por sobre el respaldo del asiento de ella. –No es mentira que pienso constantemente en vos. Me has impactado como nunca lo ha hecho otra mujer.– hace una pausa para que ver la reacción de la joven, y prosigue: –Te juro que es la primera vez que no encuentro palabras para dirigirme a vos, y eso que soy un charlatán inveterado.¿Podés explicarme qué me pasa?

–No sé…–responde ella en voz baja, mientras lo mira a los ojos– No te lo puedo explicar, sólo decirte que a mí me sucede algo parecido y no le encuentro razón

Alentado por las palabras de ella, Rogelio apoya su mano sobre el hombro de la muchacha y la atrae suavemente hacia él.

Graciela sabe que no debe demostrar mayor interés, pero al mismo tiempo se siente confusa, quizás algo mareada por haber bebido con el estómago vacío. Deja que él la acerque más e inclina su cabeza hacia atrás, como invitándolo a besarla. Rogelio aprovecha la circunstancia y posa sus labios sobre los de la joven, para notar sorprendido, cómo se abren húmedos en un beso ardiente y nada superficial. Entusiasmado por la derivación que está teniendo la entrevista, deja de lado cualquier mesura y responde a la caricia con toda su experiencia, al mismo tiempo que su mano busca los botones de la blusa de la muchacha.

El aire fresco de la noche se hace sentir sobre el cuello de Graciela. Es como un silencioso llamado de atención y la joven vuelve a tomar conciencia de todo cuanto la rodea. Siente los dedos del muchacho luchar con los botones y se estremece al sentirlos sobre su piel. Pero hace un esfuerzo, apoya una mano en el pecho de él y con firmeza, lo separa de ella, al mismo tiempo que se toma el borde de la blusa cerrándolo sobre su cuello.

Rogelio la mira sorprendido sin comprender. –¿Qué habrá hecho de malo para que ella reaccione de esa manera? ¿Habrá interpretado mal el beso y se apresuró un poco con sus caricias? ¿Pero si fue ella la que lo alentó, al besarlo de esa manera, por qué ahora lo rechaza?– intrigado le pregunta: –¿Mi amor…qué pasa? ¿Por qué me rechazas?

–No me hagas caso…perdóname– se apresura a decir Graciela, con un suspiro, temerosa de que su acción aleje demasiado al joven, quién además de gustarle como hace tiempo no le gustaba ningún otro hombre, puede llegar a convertirse en el candidato ideal para sus planes futuros. No quiere otorgarle mucho más de lo que le ha permitido hasta ahora, sin estar antes segura de la fortuna que posee, como tampoco debe exagerar la nota y hacerlo huir, por parecer mojigata o peor, una frígida.

–Es que no estoy acostumbrada a estos lugares. Tampoco a que me besen como lo has hecho. Te ruego me perdones. Dame tiempo para ir aprendiendo a ser como a vos te gusta. ¿Querés?– y con esta última pregunta, se recuesta contra el pecho del muchacho. Éste, totalmente convencido de la sinceridad de ella, sólo atina a acariciarle los cabellos, mientras una sonrisa se dibuja en sus labios, al llegar a la conclusión de que ya la tiene conquistada. De ahora en más, todo será cuestión de tiempo y tacto para lograr la entrega total.

El Prode

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