Читать книгу El Prode - Marcelo Tramannoni - Страница 11
ОглавлениеCapítulo v
Deja el receptor en la horquilla con un ademán brusco mientras muerde una maldición y se deja caer agotado, sobre el borde de la cama.
Un acceso de tos lo obliga a doblarse convulsivamente sobre su vientre. Cuando pasa el ataque, tiene los ojos llenos de lágrimas y la nariz húmeda. –¡Maldita gripe, carajo!– Hace una semana que lo tiene en casa, sin fuerzas para nada. Para colmo tiene unas operaciones pendientes en la oficina y no ha podido comunicarse con su cuñado en todo el día. –¡Ese maldito inútil, bueno para nada!– exclama entre dientes y el esfuerzo le provoca otro acceso de tos. En qué estaría pensando cuando se dejó convencer por su hermana y le dio trabajo en la inmobiliaria. Tenía que haber dejado que se pudriera en aquella miserable oficina del Ministerio.
Seguro que cuando empezaran a pasar hambre, su hermana no hubiera aguantado al lado de un tipo así. Indolente, perezoso y sin aspiraciones. Hubiera sido una solución, ya que ahora no tendría que soportarlo como socio y estar atento a los problemas que genera en la empresa. Raúl no sirve para la profesión. Está lleno de escrúpulos y ha malogrado operaciones por ponerse del lado equivocado, pensando antes en los demás que en sí mismo o en la sociedad. –¡Cómo si los demás se preocuparan por él y lo tuvieran en cuenta antes de joderlo!– La situación económica que hoy detecta su cuñado, ha sido el resultado de largas discusiones en procura de hacerlo cambiar. Pero reconoce que él, como maestro, ha fracasado junto con su alumno.
Vuelve a levantar el teléfono y marca por enésima vez al número de su oficina. Siente cómo repiquetea la llamada al otro extremo de la línea, pero nadie responde. Mira el reloj, son poco más de las once de la noche. ¿Por qué no está Raúl en la oficina? Sabe que para mañana hay un asunto importante, en el que está en juego una buena comisión y seguro que no ha preparado nada. ¡También con la otra joyita que tiene en la empresa: Rogelio! Mucha ropa de moda, cigarrillos importados y agenda llena de teléfonos de mujeres. Pero de trabajo, dedicación y capacidad, nada.
Otra recomendación de Laura. –¿Dónde los consigue?– Bueno…Raúl es el marido…pero éste otro –¿De dónde salió? ¡Ah… si, ya recuerda! Es el hijo de una antigua compañera de estudios que le pidió el favor de encaminarlo en algún trabajo, para alejarlo de las malas compañías. Y él se preguntó muchas veces si Rogelio puede considerarse una buena. Es un individuo que sólo piensa en ganar dinero con el menor esfuerzo y gastarlo luego en ropas y amiguitas. No es un personaje muy recomendable que digamos.
Cansado de escuchar el llamado del teléfono sin recibir respuesta, lo arroja sobre la horquilla y se dirige a su estudio.
Le tiemblan las manos cuando intenta abrir la gaveta del escritorio. Debe hacer un gran esfuerzo para aquietarlas y poder colocar la llave en la cerradura. Finalmente abre el cajón, retira una agenda y regresa al dormitorio. Se sienta nuevamente en la cama, casi sin aliento y cubierto de transpiración. ¡Qué mal lo ha dejado la fiebre! Apenas puede tenerse en pie. Para colmo, ese dolor en el pecho, después de cada acceso de tos, lo tiene bastante preocupado.
–Hola … conteste por favor!– la voz suena en sus oídos. No se ha dado cuenta, abstraído en sus pensamientos, que ha discado mecánicamente y la comunicación se ha establecido.
–Hola … con el señor Raimundez, por favor…– se apresura a contestar.
–Habla Raimundez. ¿Quién es?
–Soy yo … Manuel…Manuel Morandi. ¿Cómo estás viejo?
–¡Manuel, qué sorpresa! ¿Qué es de tu vida? Hace años que no te veo. ¿Cómo andan tus cosas, querido amigo?
–No muy bien ...– responde –te llamé pues necesito un favor tuyo– y luego de una breve pausa agrega: –Es algo un poco delicado
–¡Por favor, lo que quieras Manuel!– exclama su amigo –¿De qué se trata?
–Te cuento– dice Manuel y pasa a explicarle el problema de salud que lo aqueja, las dudas sobre la responsabilidad de quienes, en su ausencia, han quedado al frente de la inmobiliaria y la consecuente necesidad de controlar, de alguna forma, que su cuñado Raúl, el inepto de Rogelio o cualquier otro empleado, respeten los intereses de la empresa y no aprovechen la circunstancia para desatender sus obligaciones o para obtener beneficios espurios o llevar a cabo acciones que puedan afectar el nombre de la sociedad.
Pone tal énfasis en su explicación, que al concluirla, tiene a su amigo totalmente dispuesto a ayudarlo. Quedan de acuerdo en que Raimundez se presentará en la inmobiliaria, dirá que es un inversor interesado en hacer una operación importante, para obligar que sea Raúl quién lo atienda y le pedirá asesoramiento y distintas alternativas para invertir un monto importante, con lo cual, además de comprobar cómo se desenvuelve él en particular, tendrá motivos para regresar a la empresa, lo que hará en distintos horarios para un control más generalizado del resto del personal.
Algo más tranquilo, Manuel cuelga el receptor y se recuesta un momento. Piensa cuánto trabajo implica la lucha diaria para subsistir. Para colmo, no cuenta con la ayuda de nadie. Su hermana y su cuñado, es toda la familia que le queda luego de enviudar y ninguno de ellos lo considera para nada. Claro que el sentimiento es recíproco, Si bien con su mujer tampoco tenía mayor apoyo, pero por lo menos se encargaba de controlar al personal de servicio, mantenía la casa más o menos ordenada y siempre había un plato de comida a la hora indicada.
Ahora todo eso es su responsabilidad. Le paga una fortuna a una mucama y la maldita cocina para el demonio y limpia aún peor. Eso viene a confirmar su teoría: “las mujeres no sirven para nada y algunas, menos que eso”.
Tratando de no pensar en esos problemas, busca un número en la agenda y vuelve a discar. Cuando lo atienden, pide hablar con su corredor de Bolsa.
–¡Hola don Morandi! ¿Cómo anda esa salud? ¿En qué puedo serle útil? – pregunta una voz aflautada y melosa, al otro extremo de la línea.
–Estuve pensando en lo que usted me ofreció días pasados– comienza a decir Manuel, pero es interrumpido por su interlocutor:
–¡Qué bueno! ¡Se decidió mi amigo! Yo le dije que era una buena inversión. Son valores poco conocidos todavía. En cuanto la empresa se fusione con la japonesa, van a pegar un salto en la Bolsa que hará un agujero en el techo, se lo aseguro.– y como no recibiera respuesta o comentario, prosigue: –Es una oportunidad única. Sólo gente como usted o como yo podemos hacer este tipo de negocio. ¡Deje para los tontos las operaciones simples! ¡Estamos en condiciones de quintuplicar en poco tiempo todo el capital que invirtamos! ¡Se lo aseguro don Morandi…se lo aseguro!
Manuel ha permanecido en silencio durante todo el parloteo del otro. Hace tiempo que tiene ganas de dar un buen golpe financiero que le produzca excelentes beneficios. El negocio de bienes raíces no le va mal, pero ambiciona aumentar aún más su fortuna.
Esta oportunidad que se le presenta, a través de Otero, el comisionista de la Bolsa, es inmejorable. Aquél tiene buenos contactos y le debe algunos favores. Por eso, conociendo al escribano que va a intervenir en la fusión de la empresa metalúrgica nacional, con otra japonesa de renombre mundial y el alza que tal incorporación ha de provocar en las acciones de la primera, se ha apresurado a ofrecerle la compra de un importante paquete accionario de la misma, a valores realmente irrisorios.
Por otra parte, como la inversión piensa hacerla al margen de sus operaciones inmobiliarias, no tendrá que explicar nada en la empresa ni compartir beneficios.
El hecho de que Otero también participará en la compra, le garantiza la seriedad del ofrecimiento y, además le ha manifestado que toda la operación podrá concretarse de manera tal, que poco o nada se habrá de enterar el Fisco, ya que tiene los contactos adecuados para ello. Indudablemente es una oportunidad única y no debe desperdiciarla.
–¡Eh, don Morandi! ¿Todavía está ahí? ¿Qué le pasa que se quedó callado?– la aguda voz en el auricular lo sobresalta y vuelve a la realidad.
–Nada …nada, amigo Otero, disculpe. Me distraje un momento. Este maldito resfrío me tiene a mal traer. No me deja coordinar bien– se apresura a contestar –¿Cuánto es lo que debemos invertir y para cuándo debe estar el dinero?– pregunta a continuación.
La respuesta que recibe le hace fruncir el ceño. La cifra que el otro le indica es cuantiosa y el plazo es bastante reducido, pero la fortuna que obtenga de la operación le permitirá solucionar todos los problemas que hoy lo aquejan. Podrá liquidar la inmobiliaria y mandar todo al carajo. Podrá decirles adiós a Raúl, a Rogelio y a todos los demás. La idea lo hace sonreír y piensa –¡Qué se vayan a la mierda! ¡Qué se arreglen como puedan!
Con todo ese capital se dedicará a invertir únicamente en aquellas operaciones que le aseguren una rápida ganancia. El dinero le dará el poder necesario para imponer sus condiciones, las que deberán aceptar quienes pretendan negociar con él.
Se da cuenta de que otra vez se ha apartado de la conversación, llevado por sus pensamientos. Se disculpa con su interlocutor, toma nota del importe y la fecha que el otro le indica y se despide prometiéndole que lo llamará en cuanto reúna el dinero necesario.
Regresa al estudio, retira las chequeras de sus cuentas bancarias y anota en un papel el saldo de cada una. El resultado acentúa aún más el surco de su frente. No es una cifra menor, pero el proyecto justifica una inversión mayor. Sus ojos, que brillan de codicia al imaginar las ganancias futuras, se entrecierran mientras piensa dónde obtener más dinero. La solución le llega como una revelación. En la oficina tiene pendiente una importante operación que, si Raúl ha redactado el boleto de compraventa como él le indicara, le permitirá contar con una significativa cantidad de dinero, que quedará en poder de la inmobiliaria por sesenta días, hasta escriturar, de acuerdo a lo pactado entre las partes, y él podrá disponer del mismo. Sin decir nada a nadie por supuesto.
El plazo del boleto le dará tiempo más que suficiente para retirar ese dinero, incrementar el monto de la inversión, concretarla en la fecha prevista y luego, con una mínima parte de sus ganancias, podrá devolverlo sin mayores inconvenientes, antes de la fecha de escritura Si eventualmente la fusión se demorara y la operación de Bolsa se atrasara algunos días, él hablará con el escribano que interviene en la escritura, quien es un viejo amigo, y le pedirá que la demore todo el tiempo que haga falta. Pero está seguro de que no será necesario recurrir a esa solución. El tiempo del que dispone es más que suficiente. Todo está a su favor para que el éxito corone su acción y al fin logre fortuna y poder.
Su imaginación pone frente a sus ojos un velo áureo. A través del mismo vislumbra un futuro cercano en el que sólo existen él y su dinero. Sus largos dedos sarmentosos se mueven sobre la tapa de la agenda, como si estuvieran acariciando billetes de banco.
Se pone de pie y se dirige hacia la ventana del dormitorio. Desde la planta alta de su chalet en Martínez, mira sin ver los coches que pasan por la avenida y que, con sus luces, en pantallazos irregulares, muestran su rostro donde se dibuja una mueca que quiere ser una sonrisa y en el que resaltan los ojos febriles de mirada ausente y lejana.
Su sombra, contra la pared del dormitorio, por extraño juego de proyección, convierte su magra figura de hombros caídos, cabellos sobre la frente y nariz prominente, en la grotesca caricatura de un ave de rapiña, voraz e insaciable.