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Capítulo Iii

Se contempla en el espejo del techo. ¡Cómo le cuesta mantener la línea de la cintura! El tratamiento que hizo durante todo el mes, no le ha dado el resultado esperado. No puede usar las pequeñas trusas que están de moda. Hizo la prueba de colocarse una y por debajo de los pantalones parecía que tenía el abdomen y las nalgas cortadas por la mitad. Cuando su marido la vio, no pudo contener la risa y le dijo que parecía un ocho con piernas.

¡Qué estúpido! Como si él no hubiera perdido gran parte de su antigua elegancia. Claro que nunca tuvo mucha, pero ahora, tiene menos, casi nada.

Mentalmente lo compara con Rogelio. Al pensar en el muchacho no puede evitar estremecerse. Gira la cabeza hacia la puerta del baño, tras la que se oye el golpeteo de la ducha. Trata de imaginárselo. Alto, espigado y atlético. Cubierto de espuma y frotándose con ese vigor que pone en todo lo que hace.

Hace tres años que lo conoce y ni una sola vez, de las muchas que salieron juntos, ha podido competir con el ardor del joven. En cada encuentro, ha quedado totalmente agotada. Incluso hubo momentos en que se sintió rogar por favor, que la dejara descansar un instante. Rogelio parece poseer un vigor inacabable. Habitualmente, cuando se retiran del hotel, ella siente un agotamiento casi total, una pesadez que, si bien es placentera, sólo la predispone a dormir. En cambio él, da la impresión de haberse levantado recién, tras un prolongado descanso, de tan fresco y activo que se lo ve. Hasta bebiendo, puede más que ella. El licor parece no hacerle efecto nunca, tome la cantidad que tome.

El ruido de la ducha ha cesado. La puerta del baño se abre y Rogelio avanza hacia el lecho, frotándose el cuerpo con el toallón, con fuerza, casi con rabia. Brillan los ojos del muchacho al contemplar la figura tendida sobre las sábanas. Laura es toda una mujer. Algo mayor que él, es cierto, pero sabe arreglarse, tiene clase y sabe vestirse muy bien, con prendas que disimulan esos kilitos de más que redondean sus formas.

Todo ello contribuye a que él se sienta cómodo a su lado y, por otra parte, es una amante deliciosa. Sobre todo muy generosa con sus obsequios y también con ella misma. Se le brinda en su totalidad y nunca dice que no a ningún capricho de él. Si todo ello se suma la circunstancia de estar casada, se llega al hecho simple e innegable de constituir el ideal de la amante perfecta.

Su condición de esposa, facilita la relación, ya que al no poder salir todos los días, a él le queda mucho tiempo disponible para ocuparse de otras conquistas, con mayor libertad y sin tener que hacerlo a escondidas o dando mil rodeos como con Laura.

Ella le sonríe tendiéndole los brazos. Él arroja el toallón a un costado, se pone de rodillas junto al lecho y comienza a recorrerle el cuerpo con besos cortos y muy suaves. Sabe cómo eso le gusta y la excita. Laura gira sobre sí misma y se aleja del joven, poniéndose de pie casi de un salto, mientras lo amenaza con un dedo y exclama, entre risueña y enojada:

–¡Eso no vale! Quedamos en que hoy nos iríamos pronto, pues nos demoramos mucho con tu sastre y vos…vos ya estás volviendo otra vez a las andadas. ¿Es que nunca quedas conforme? ¿De dónde sacas tanta energía?

–¡Tú eres la que me motiva y provoca!– se excusa él– ¡No puedo quedarme quieto, viéndote junto a mí y menos así … vestida de Eva! –y poniéndose de pie hace ademán de perseguirla. Ella simula terror, recoge su ropa en desorden y huye hacia el baño, estallando ambos en carcajadas.

Poco después y ya en el coche de Laura, mientras maneja, Rogelio piensa que ha sido un error aceptar la proposición de ella de visitar ese Hotel nuevo, sobre la ruta Panamericana. Él hubiera preferido cualquier otro alojamiento en la Capital. Mira de reojo su reloj, ya son casi las nueve de la noche. Si no se apresura no podrá encontrarse con Graciela. Hace más de un mes que ha venido insistiendo sistemáticamente, hasta obtener la promesa de una cita. Sería el colmo que, por demorarse más de la cuenta con Laura, quede mal con Graciela y para peor en la primera salida.

Acicateado por la preocupación, pisa el acelerador mientras piensa cómo convencer a Laura para que le deje el coche y poder usarlo para pasar por la Facultad de Derecho a buscar a Graciela. Vuelve a mirar el reloj. Le parece que las agujas han dado un salto hacia adelante. Acelera aún más. Tiene que estar libre antes de media hora, si quiere llegar a tiempo para el final de la conferencia, que ha servido de excusa a la joven, para disponer de unos minutos extras y encontrarse con él.

Parece mentira que en pleno siglo XX, todavía queden chicas que no salgan de noche sin autorización de sus padres. Pensándolo bien, no le desagrada que sea así. Por lo menos será una experiencia nueva y le dejará a él toda la iniciativa.

Ya está un poco cansado de frecuentar mujeres como Laura o como otras mucho más jóvenes y que en la primera salida ya se insinúan o se expresan abiertamente dispuestas a acostarse con él sin más preámbulos. La variante que le ofrece Graciela, excita su curiosidad y fortalece su ego. Lograr vencer la resistencia que hasta ayer le ofreció ella, ha sido un gran logro, por eso lo importante de esa primera cita formal.

Obtener nuevas concesiones de parte de ella, ir de a poco venciendo sus defensas hasta lograr poseerla, constituyen los alicientes que lo llevan a acelerar aún más provocando que el coche se incline demasiado cuando gira frente al monumento a Urquiza y lo vuelva a hacer cuanto retoma la Avenida del Libertador, frente al Jardín Zoológico.

Laura que ha venido fumando en silencio, al tiempo que se toma del borde del tablero, para mantener el equilibrio, le llama la atención:

–¡Eh muchachito…el coche es mío! ¡Cuidalo un poco más y andá más despacio! De lo contrario no va a durar mucho.

–Disculpame Laura– se excusa el muchacho al tiempo que afloja un poco el acelerador– Lo que pasa es que estoy un poco descompuesto. Posiblemente haya sido la bebida fría que no me ha caído bien y quiero llegar cuanto antes. Perdoname por favor– agrega con una sonrisa forzada y con un simulado rictus de dolor en sus labios, para enfatizar aún más la excusa que se le acaba de ocurrir.

–Está bien. Disculpame vos– responde Laura– Pero me podías haber avisado que te sentías mal y hubiera manejado yo. ¿Podés conducir?

–Si… todavía sí. No te preocupes. Me siento algo mal, pero no es para tanto –argumenta él, tratando de que sus palabras suenen falsas, como si intentara disimular su verdadero estado y tiene éxito. Laura al verlo hablar entre dientes, piensa que realmente está muy descompuesto y que no quiere alarmarla, por lo que insiste:

–No te creo. Tu cara no indica nada bueno. Pará en la primera farmacia que encuentres. Te compro algún calmante, te lo tomás y después seguimos camino.

–¡No Laura, por favor! –exclama él– En serio, no es para tanto. Te lo aseguro. Ya se me pasará

–¡No se te pasará un cuerno!– le interrumpe ella, casi a los gritos, para agregar un poco más suave, mientras pone la mano sobre la rodilla del joven y se acerca a él todo lo que le permite la consola que separa ambas butacas –¡Por favor Rogelio, haceme caso! Si no tomás algo, no te vas a mejorar así nomás. Por favor…

El muchacho, considerando que la comedia ha llegado al punto que él quería, luego de un corto silencio, como si estuviera pensando las palaras de ella, responde:

–No te preocupes mi amor. En casa tengo lo suficiente para calmar el dolor que siento– y agrega luego de una pausa –Te propongo algo más simple y efectivo. Claro que quizás, a vos no te parezca bien…– La última frase la dice mirando con ojos inocentes y doloridos a Laura, quién se apresura a preguntar:

–¿Qué es lo que no me puede parecer bien? ¡Primero estás vos y después todo lo demás! ¡Decime qué querés … por favor decímelo!

–Estamos cerca de tu casa– comienza Rogelio– Te dejo a un par de cuadras, yo sigo viaje hasta la mía, que también está cerca y una vez que me sienta mejor, te dejo el auto frente al taller de Valentín, a quién vos conocés, y mañana lo podés pasar a buscar o llamás a la inmobiliaria y le pedís a tu marido que me mande a retirarlo, como ya hicimos otras veces. A él le decís que estaba fallando y que lo dejaste para revisar. Yo me encargo del resto– concluye con una leve sonrisa a la que cubre de inmediato con una mueca de dolor, para continuar con la simulación.

–¡De acuerdo, me parece perfecto! –exclama Laura, totalmente convencida de la sinceridad de él y de que su propuesta es la más acertada. Por otra parte, no es la primera vez que el joven ayudante de su esposo, le ha hecho el mismo tipo de servicio. No resultará extraño que lo vuelva a hacer, por lo que agrega de inmediato: –Dejame aquí mismo. Estoy a pocas cuadras y las puedo hacer caminando o me tomo un taxi.

Rogelio aproxima el coche a la acera y detiene la marcha. Laura prende la luz interior y se mira atentamente en el espejo retrovisor, al que ha girado hacia ella, dándose los últimos toques a su peinado y maquillaje.

–Por las dudas– dice con un guiño picaresco, mientras vuelve el espejo a su lugar y cierra la cartera. –¡Y por favor, cuídate mucho. Andá derechito para tu casa y metete en la cama enseguida!

–Quédese tranquila mi amor. Voy de cabeza a la cama– contesta él, mientras piensa para sí: –Siempre y cuando Graciela quiera.

Laura apaga la luz interior, se inclina y lo besa suavemente, al tiempo que abre la puerta y se baja del auto. Ya sobre la acera, se vuelve y a través de la ventanilla efectúa nuevas indicaciones al joven que, impaciente, no ve la hora en que ella se aleje, para poder ir al encuentro de su reciente conquista. Por fin, luego de lo que le parecieron minutos interminables, Laura se despide y con rápido taconeo se aleja hacia el poste indicador de la parada de taxis.

Rogelio, con un suspiro de alivio, engancha la primera y se aleja a marcha moderada hasta llegar a la Avenida Callao. Allí dobla hacia el bajo y ya seguro, lejos de la vista de Laura, imprime mayor velocidad acicateado por el deseo de encontrarse con Graciela, la que ya debe estar saliendo de la Facultad, si la conferencia ha terminado a la hora prevista.

Mientras va esquivando vehículos por la avenida, piensa cómo se libró de Laura. Sonríe divertido. Pero no deja de reconocer que ella, si bien se muestra generosa en muchos aspectos, sólo lo es en apariencia. Nunca le da más de lo que él necesita o aparenta necesitar y cuando inventó problemas mayores, para obtener algún beneficio extra, ella eludió muy hábilmente el compromiso y no le pudo sacar nada adicional. No es ninguna tonta. Sabe que en la medida que él necesite de ella, lo va a tener siempre dispuesto a acompañarla en sus salidas. ¡Todo por la sucia guita! ¡El dinero mueve al mundo! Claro que él es un cretino que se mueve únicamente por dinero. ¡Qué solución sería acertar el Prode!

Todos en la inmobiliaria apuestan en ese juego, incluso Raúl. Si la varita de la suerte le fuera propicia, mandaría al demonio a Laura, al marido, a la empresa y se dedicaría a vivir la gran vida. Con plata, él elegiría y no sería elegido. Él mandaría y no sería mandado. ¡Qué vida puerca sin guita, carajo!

Mientras así divaga, como reaccionando ante las limitaciones que su situación económica le impone, acelera bruscamente, se adelanta por la derecha del vehículo que lo precede haciendo sonar insistentemente la bocina y entra por la Avenida Del Libertador hacia Figueroa Alcorta casi en dos ruedas, ignorando al semáforo que en rojo le prohíbe el paso.

El silbato de la policía femenina, a la que alcanza a ver de reojo, parada sobre el cantero central de la avenida, lo hace sonreír nuevamente y mientras la maldice, mentalmente se regocija en su fuero íntimo, pensando que además de abonarle el sueldo, mantener a su amante y prestarle el auto, esto último indirectamente, el marido de Laura también deberá pagar las infracciones de tránsito que él cometa.

El Prode

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