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Capítulo I

Tras el rectángulo iluminado del cristal opaco, donde se puede leer bajo el número 313: “M. MORANDI Y CIA. ASESORES INMOBILIARIOS”, se oye el rítmico golpeteo de una máquina de escribir.

El inmueble de oficinas está silencioso. Son casi las once de la noche y la mayoría de ellas han cerrado hace más de tres horas.

Joaquín, el encargado del edificio, recorre los pasillos solitarios pulsando los picaportes, controlando que todos los despachos estén cerrados. Al llegar a la puerta 313, la luz interior despierta su atención, abre y se asoma a su interior:

–¡Eh…Don Raúl! ¿Todavía trabajando? ¿Qué va a hacer con tanta guita, eh?– y uniendo la acción a la palabra, entra sin esperar respuesta de su ocupante.

Raúl Vergara, contador y asociado de la empresa, enfrascado en el boleto de compra venta que estaba preparando, se sobresalta al escuchar el vozarrón del individuo y levanta la vista del teclado tratando de identificar, por sobre el borde de la lámpara de escritorio, a la borrosa figura que se enmarca en la puerta de la oficina.

Hace girar la pantalla como un reflector y descubre a su inesperado interlocutor:

–¡Ah…es usted Joaquín! ¿Qué tal, cómo anda?

–Bien. ¿Y usted don Raúl?

–Bien, gracias. La verdad que me asustó un poco. Estaba tan metido en lo que escribía que no lo sentí cuando abrió la puerta. ¿Qué hora es?

–Son casi las once, don Raúl– responde Joaquín– ¿Tiene trabajo extra?

–No mucho. Sólo un boleto de venta medio complicado, que necesitamos tener listo para mañana a primera hora. Por eso me quedé. Se trabaja mejor estando solo. Ya lo tengo listo. Si me espera, cierro y salimos juntos.

Sin aguardar respuesta, Raúl se pone de pie, cierra el cajón del escritorio, coloca la funda a la máquina de escribir y, tras echar una mirada en torno, verificando que esté todo en orden, apaga la lámpara y se encamina hacia la salida, donde lo aguarda sonriente Joaquín.

–Qué tipo pesado– piensa Raúl mientras permite que el otro, con evidente obsecuencia, lo preceda hasta el ascensor, le abra sus puertas y lo acompañe incluso hasta el subsuelo, donde tiene estacionado su automóvil.

Don Joaquín se apresura a llegar hasta el coche, le sostiene la puerta abierta hasta que Raúl entra, se sienta y lo pone en marcha. Luego la cierra suavemente y se queda mirando sonriente su imagen reflejada en el vidrio polarizado de la ventanilla.

–¡Qué pelotudo! ¿Qué hace ahí, parado sonriendo estúpidamente? ¡Váyase hombre. Déjese de jeringuear!– murmura calladamente Raúl, sin bajar el vidrio.

Como respondiendo a esos pensamientos, con una última sonrisa Joaquín se retira mientras masculla entre dientes:

–¡Engrupido de mierda! Por los pocos pesos que da de propina y que seguro los afana de la oficina, se cree que tengo que tratarlo como a un rey. Qué se habrá creído. Seguro que en la casa le lava los calzones a su mujer y aquí, ni te mira si no lo llevas por delante, igual que ahora, que se va sin saludar! ¡Qué trabajo podrido, qué lo parió!

Ya en la calle, Raúl enciende un cigarrillo mientras espera que el semáforo le dé paso. Con la luz en amarillo, arranca acelerando y tiene que aguantarse los insultos del conductor de un “fitito” que cruza algo demorado y al que esquiva por pocos centímetros.

Le contesta con un gesto obsceno, sacando su mano izquierda por la ventanilla durante largo rato, aun cuando ya no es posible que el otro lo vea.

–¡Qué día, Dios mío!– exclama para sí.

Se siente tremendamente fastidiado con todo lo que lo rodea. Incluso consigo. Con su trabajo, que le permite vivir más o menos bien, pero no como él quisiera.

Además, las exigencias de su mujer son mayores cada día. No le alcanza nunca el dinero que le da. Siempre encuentra motivos para nuevos gastos. Ahora hace yoga, cosmetología y participa dos veces por semana en reuniones de “contemplación interior”.

Se ha preguntado mil veces: ¿Qué es eso? No lo sabe. ¿Qué beneficio obtiene? Tampoco. Lo único verdadero de todo ello es que los martes y viernes tiene que cenar solo, comiendo lo que Laura le deja en la heladera y que la mayoría de las veces es un poco de jamón y queso, con la clásica notita: “No me esperes levantado, regreso tarde. Un beso. Laura”.

Pensar que cuando dejó de trabajar en el Ministerio y su cuñado le ofreció el puesto de contador en la inmobiliaria y asociarlo, le pareció que tocaba el cielo con las manos. Al principio todo anduvo bien. Pudieron satisfacer un montón de carencias y darse algunos gustos que hasta entonces tenían prohibidos. Cambiaron el departamento por otro más grande. Compraron un auto nuevo. Pasaron por primera vez un mes de vacaciones en Mar del Plata y renovaron por completo su vestuario.

Pero cuando todo eso se hizo rutina, Laura empezó a beber y a tener exigencias y caprichos cada vez mayores. Haciendo un breve balance, llega a la conclusión de que sigue teniendo problemas, quizás distintos a los de antes, pero que debe solucionar con mayor aporte económico y a los que se suman nuevos inconvenientes y frustraciones.

Laura nunca aceptó el hecho de no poder tener hijos y por eso, cuando no bebe sin medida, busca ocupar todo su tiempo libre en mil tareas, inútiles a los ojos de Raúl, pero a las que ella reviste de trascendental importancia, para justificar toda esa necesidad de llenar sus horas vacías.

Lo complicado del boleto que tuvo que preparar, lo había alterado un poco, luego el inesperado encuentro con Joaquín, después el tarado del “fitito” al que casi se lleva puesto y ahora, el pensar en Laura y sus manías, colman la medida y con un ánimo de mil demonios, deja el auto en la cochera y sube a su departamento.

Al abrir la puerta del living y ser recibido por la oscuridad y el silencio, cae en la cuenta de que es viernes y seguro que Laura no está. Confirma la ausencia recorriendo los ambientes vacíos y luego, ya en su habitación, reemplaza el traje, la corbata y los zapatos por un piyama y un par de cómodas pantuflas.

En la heladera encuentra el clásico cartelito, pero en lugar de los saludos, hay dibujado un par de labios femeninos y varias veces la palabra “Chuick”

–¡Puhaj…! ¡Qué cursi, Dios mío!– exclama para sí y lo rompe en pedacitos.

Retira el jamón, el queso, el sobre de mayonesa y una gaseosa. Lleva todo a la mesada de la cocina y mientras se prepara un emparedado, mira distraídamente en la televisón, las peripecias de un pirata enano que lucha contra un estrambótico tiburón. Cuando termina de acomodar el fiambre entre las rodajas de pan lácteo y se sienta dispuesto a disfrutar de alguna película de acción, han comenzado las noticias.

Habitualmente nunca presta mucha atención a las mismas, salvo el tramo deportivo, en especial cuando se anuncian los partidos de futbol del fin de semana y se barajan los resultados que, eventualmente determinen los puntos a considerar para definir la tarjeta ganadora del concurso de pronósticos deportivos o PRODE. El locutor concluye su monólogo a gritos, haciendo mención al pozo acumulado del mismo y que esta semana asciende a una cifra récord, varias veces millonaria.

–¡La pucha…!–piensa Raúl– ¡Con una fortuna así, qué fácil resultaría superar todos sus problemas! Mandaría todo al Demonio, incluso a Laura y todavía sobraría dinero para conocer Europa o EE.UU. y radicarse donde más le gustara.

Toda la vida ha querido viajar, pero nunca pudo llegar más allá de Montevideo y eso, únicamente cuando estuvo de luna de miel. Poco recuerda de la ciudad, ya que durante los diez días que estuvo en ella, apenas salió algunas horas del hotel.

–¡Qué linda época aquella!– piensa con nostalgia. Recién casado, lleno de ilusiones y proyectos, viviendo junto a Laura las emociones de descubrir todos los días cosas nuevas. Despertar a primera hora de la mañana, luego de una noche apasionada, sintiéndose todavía excitado y encontrar a una Laura dispuesta y más ardiente que horas antes.

Qué lejos le parece todo eso. El regreso a la vida diaria, los problemas cotidianos, la lucha por la subsistencia y la imposibilidad de darle hijos, pareció enfriar todo el ardor de Laura y hoy, sus relaciones se limitan a escasos encuentros cada vez más espaciados y en los que ambos simulan más de lo que gozan.

Por suerte existe Silvia. Qué pegada fue contestar aquel aviso donde se ofrecía permutar casa quinta por departamento en el Centro. Hizo un negocio redondo con el matrimonio que quería irse a la provincia y de ella trajo muy conforme, a la heredera de la casa quinta, a la que instaló en el coqueto piso dejado por la pareja, el que hoy siente como un nuevo hogar y a Silvia, como una segunda esposa.

Ella es una amante extraordinaria. Llena de delicadeza, de dulzura, dueña de una imaginación portentosa que la lleva a realizar todo tipo de extravagancias durante sus relaciones y que lo enloquecen. Pero también necesita mucho dinero para satisfacer los gustos de ella y sus caprichos, única manera de mantenerla junto a él.

Lo reconoce, ya no es joven. Su abdomen abultado y su calva incipiente, no sirven para conquistar y mantener enamorada a ninguna mujer. Debe compensar su falta de atractivo mediante el aporte generoso de regalos costosos, que en nada mejoran su economía. El pensar en Silvia lo ha excitado. Decide llamarla. Total, Laura volverá tarde y a él siempre le queda la excusa de argumentar que lo llamaron para un asesoramiento inmobiliario y se entretuvo más de la cuenta. Con una sonrisa levanta el auricular.

La señal de llamada se repite varias veces antes de que la voz de Silvia se escuche en el teléfono:

–Hable…

–Hola mi amor. ¿Cómo te va?

–¿Quién es? –la voz de Silvia suena cautelosa.

–¡Cómo quién es! ¿Desde cuándo te llama otro que no sea yo, eh? ¡Confesá! ¿A quién esperabas! –bromea Raúl.

–Raúl…! Mi amor…!– exclama Silvia – ¡Qué alegría! Nunca me llamas a esta hora. Por eso me sonaba extraña tu voz. ¿Cómo está mi papi lindo? ¿Qué quiere de su nena?

–Nada que no me puedas dar– responde Raúl y agrega de inmediato –Quiero verte ahora. ¿Podés?

–Pero mi amor …¿A esta hora? –protesta Silvia.

–Sí,.. a esta hora. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de raro? ¿Acaso hay algún horario para hacer el amor? –interroga Raúl simulando estar enojado.

–¡Toda hora es buena, papito!– contesta mimosa Silvia y agrega –Vení que te espero. Me voy a dar un baño de inmersión para que me encuentres toda perfumada y tibia. ¡Toda…toda para vos!

–Salgo para allá en seguida, chau…–dice Raúl y cuando va a colgar, la voz de Silvia, gritando, le hace levantar nuevamente el teléfono.

–¡Raúl…Raúl…hola…hola…Raúl!

–¿Qué pasa…qué pasa…que querés?

–Traete algo para picar, mi amor. Todavía no cené y ahora ya no voy a salir a comprar nada. ¿Querés? –vuelve a sonar mimosa la voz de la joven.

–Bueno. Está bien. Algo voy a llevar. Quedate tranquila. Chau.–responde él.

–Chau bichito– le contesta ella.

Raúl piensa que ha sido muy tonto comer ese emparedado. Ahora ya no tiene apetito, pero sin embargo tendrá que comprar por ahí cualquier porquería y volver a cenar con Silvia. No importa. Los beneficios bien justifican el sacrificio.

Vuelve a ponerse el traje y la corbata. Escribe unas líneas en una servilleta de papel, explicándole a Laura los motivos de su salida y la deja junto con los restos de su cena, sobre la mesada de la cocina.

Poco rato después, mientras procura que no se le caigan los paquetes adquiridos en la rotisería, apretándolos con el mentón contra el pecho, pulsa el timbre del l0º H, pensando que si acertara el Prode, toda la situación cambiaría. Podría mandar todo al diablo, su mujer, su cuñado, la inmobiliaria, cambiar totalmente la vida que lleva y, quizás, hasta convencer a Silvia de irse con él al extranjero.

El Prode

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