Читать книгу El Prode - Marcelo Tramannoni - Страница 8
ОглавлениеCapítulo II
El teléfono comienza a sonar mientras coloca la llave en la cerradura. Intenta hacerla girar, pero sólo da media vuelta. Maldice entre dientes. Nunca recuerda con cuál cerradura, de las dos que tiene la puerta, cierra al salir por la mañana. Mientras cambia la llave y busca otra en el llavero, el teléfono deja de sonar.
Entra al departamento con bastante mal humor. Tuvo que levantarse temprano para concurrir a la modista. Luego a la peluquería. Al medio día tenía que almorzar con Germán y llegó con tanto atraso, que no lo encontró. –¡También ése…!– Es insoportable de puntilloso y caprichoso con los horarios. Lo aguanta sólo por lo generoso que es con los obsequios que le hace, a cambio de los momentos de sexo que pasan juntos.
Además de ser un pedante, físicamente es totalmente insulso. Es el amante más burgués que ha tenido. Con su bigote a lo Hitler y el cabello corto, parece una caricatura de aquellos oficiales alemanes que ha visto en tantas películas de guerra. Solo falta que hagan el amor al son de alguna marcha militar.
Para colmo, se considera un gran amante, y ella para no ofenderlo y perderlo como cliente, debe simular que luego de cada encuentro queda totalmente agotada y satisfecha, cuando en realidad se siente asqueada y molesta.
Mientras así divaga, ha llegado al dormitorio y comienza a desvestirse. Totalmente desnuda se tira sobre el lecho, enciende un cigarrillo y mientras aspira con deleite el humo dulzón, se masajea distraídamente los miembros doloridos y la nuca tensa.
El sonido estridente de la campanilla del teléfono la sobresalta y se sienta para atenderlo. Piensa que es Germán que la llama para indagar por qué no fue a la cita.
–Hable …
–Hola mi amor. ¿Cómo te va?– la saluda una voz suave del otro lado de la línea. Le resulta conocida pero no está muy segura. Germán no es.
–¿Quién es?– pregunta cautelosa, tratando de ganar tiempo y no equivocarse.
–¡Cómo quién es! ¿Desde cuándo te llama otro que no sea yo, eh? ¡Confesá! ¿A quién esperabas?– le recriminan entre risas y entonces reconoce a su interlocutor.
–Raúl…! Mi amor…!– exclama, mientras piensa para sí: –¡Otro pesado más!– Es que estoy de turno? ¡Debe ser viernes 13, por lo “enyetado”!
Superando el malestar que le provoca la llamada de Raúl, simula atenderlo con dulzura para sacárselo de encima sin ofenderlo, pero no encuentra argumentos suficientemente válidos y finalmente termina accediendo a que él venga.
Cuando va a colgar el auricular, se acuerda que no ha cenado, que en la heladera no debe haber mucho y como tampoco tiene ganas de preparar comida, ni salir a comprarla, vuelve a levantar el tubo y grita:
–¡Raúl…Raúl…hola…hola…Raúl!– con la esperanza que el otro no haya colgado todavía. Por suerte es escuchada y entonces, con su voz más mimosa le pide que traiga algo para cenar, a lo que Raúl asiente. Satisfecha de cómo ha manejado la situación, cuelga el teléfono y desconecta la ficha para llevarse el aparato al baño y poder atender desde allí cualquier otro llamado.
El agua caliente relaja sus músculos tensos. Recuesta la cabeza contra el borde de la bañera y se abandona a la deliciosa sensación de la espuma perfumada que la envuelve en una nube crujiente y vaporosa.
Sin proponérselo, se encuentra comparando a Germán con Raúl. Éste es mucho más humano, más cordial y en cierta forma lo aprecia. Aunque no por ello deja de considerarlo un pesado. Casado con una mujer autoritaria e histérica, le ha confesado muchas veces, que no la ha dejado para irse a vivir solo, por cobardía, por temor a quedarse sin nada, ya que todos sus recursos dependen de la relación con su cuñado, dueño de la inmobiliaria, quién con toda seguridad, en una situación de separación, apoyaría a su hermana.
No puede evitar una sonrisa al recordar cuando un domingo, luego de hacer el amor, él le propusiera ver en la televisión el resultado de los partidos de fútbol para poder controlar los aciertos en su tarjeta del Prode. Le ha confesado que es un fanático del concurso y que si llegara a acertarlo, toda su vida cambiaría. No sólo se separaría de Laura, sino que la llevaría a ella de vacaciones a Europa y hasta le propondría irse a vivir juntos.
–¡Las pretensiones del viejito! ¡Querer vivir con ella!– Bueno, tan viejo no es. Debe tener alrededor de 45 años, pero su aspecto lo muestra mayor. Debe ser por su incipiente abdomen y su calva precoz.
Pero como amante es mucho mejor que Germán. Diría que realmente está enamorado. Tiene delicadeza en el trato y sus palabras de pasión suenan casi sinceras. Es respetuoso con sus tiempos y considerado en todo. La visita generalmente en horas de la tarde o al medio día, previo llamado por teléfono y muchas veces, sin haberse acostado con ella, le deja dinero “para los gastos de la casa”, como él dice. En ocasiones se aparece con obsequios para uso personal o para engalanar el departamento.
Tiene el don de acertar casi con sus gustos o sus necesidades. Claro que ella contribuye a ese acierto, dejando deslizar ocasionalmente comentarios inocentes y al paso, en los que se refiere a cosas que le agradan o le hacen falta y que en cuanto pueda las va a comprar. Es casi seguro que, a los pocos días, él aparece con el objeto en cuestión.
Otro que no resiste comparación con Raúl es Rogelio, uno de los empleados de la inmobiliaria. Con él tuvo hace mucho tiempo un breve romance, pero que duró el tiempo suficiente como para llegar a conocerlo. Es un petulante, egoísta y aprovechador que vive sólo para sí, procurando sacar el mayor beneficio con el menor esfuerzo, sin importarle los demás, incluso pidiendo dinero, que generalmente no devuelve o favores que nunca retribuye.
Quiso la casualidad que cuando una amiga le recomendara la inmobiliaria de Morandi y Asociados por el tema de la permuta, se encontrara con Rogelio como empleado de la misma. Cabe reconocer que por una vez se portó correctamente y la contactó directamente con su superior.
Así conoció a Raúl. La empatía fue inmediata. Minutos después de iniciar el trato, los diálogos se sucedían fluidos y entre risas, como si llevaran mucho tiempo de conocerse.
Él le propuso algunas alternativas que ella aceptó de inmediato, totalmente convencida de su profesionalismo y de que el resultado sería positivo. No se equivocó. Una semana después concretó la permuta. Quedó asombrada cuando Raúl declinó cobrarle honorarios por su intervención, claro que después, ella lo invitó a cenar y dieron comienzo a su relación, estrenando el departamento en el dormitorio.
Desde entonces la visita periódicamente y contribuye generosamente con sus gastos. Además, acepta todo cuanto ella le hace y todo parece producirle gran satisfacción, lo que no deja de agradar a Silvia, que se siente halagada en su fuero íntimo.
El agua se ha enfriado. Sale de la bañera y mientras se seca frente al espejo se mira en él. Todavía tiene formas firmes y opulentas. La sesión semanal de gimnasia y el régimen de comida que observa, contribuyen a que con treinta años, siga conservando las formas que tenía hace más de diez atrás. Sabe que su cuerpo es hermoso y que los hombres gustan de él. Por eso, haciéndole un guiño picaresco a su imagen, exclama: –¡Que paguen si lo quieren disfrutar!
Se está envolviendo en un toallón cuando suena la chicharra del portero eléctrico. Sabe que es Raúl por la forma de tocar. –Adelante– murmura en el auricular, mientras presiona el interruptor y escucha el zumbido de apertura.
Apaga las luces del living y de la cocina. Deja encendida sólo una pequeña lámpara roja que proyecta su luminosidad desde atrás del sofá y la del marco que sostiene el gran espejo que cubre casi la totalidad de una pared del dormitorio, junto al lecho.
Se apresura a abrir la puerta, que deja entornada y se esconde detrás de la misma. Cuando Raúl entra, se detiene extrañado ante la penumbra que lo recibe y entonces ella surge por detrás y le hecha los brazos al cuello, mientras lo muerde en la oreja.
–¡Eh…pará …pará…salí loca, me vas a hacer tirar todo al suelo!– protesta él, entre enojado y divertido. Silvia advierte entonces la pirámide de pequeños paquetes en precario equilibrio en una mano y en las dos botellas que lleva en la otra.
–Hay mi amor… perdóname. No me di cuenta de todo lo que traías– y cerrando la puerta con un golpe de pie, ayuda a Raúl a llevar todo hasta la cocina. Luego se vuelve y, mientras lo empuja suavemente le dice: –Bueno, bueno…usted se me va de aquí, se me pone cómodo y me espera en el living. ¡Papito lindo!– y dándole un breve beso en los labios termina de hacerlo salir.
Ya sola, rápidamente guarda una de las botellas de vino en la heladera, acomoda el pollo trozado y las distintas ensaladas en varias fuentes pequeñas sobre una bandeja, agrega un bol con hielo, la otra botella de espumante y con todo ello se dirige al living.
Raúl se encuentra junto al tocadiscos. Se ha quitado el saco, la corbata y arremangado la camisa. Al verla llegar, sale a su encuentro, ayuda a dejar todo sobre la mesa ratona y luego la abraza y besa apasionadamente. Deja correr sus manos por la espalda desnuda y deslizándolas por debajo del borde del toallón, trata de aprisionar las nalgas de la muchacha que, con un gritito agudo, se desprende del abrazo y dando un paso atrás, lo amenaza sonriendo.
–¡Quietas las manos! ¡Si no te portás bien, no te doy nada! ¿Estamos? ¡Por favor, un poco de juicio! Lo primero es lo primero. El pollo está caliente y el vino frío. Mi corazón sólo tibio. ¡Disfrutemos primero de la cena y después veremos qué pasa!
Raúl se ha quedado un poco sorprendido por la actitud de la joven, a la que sabe desprejuiciada y que nunca ha rehuido acostarse con él. Ante su evidente perplejidad, Silvia vuelve a aproximarse y oprimiéndole suavemente la cara, mientras lo besa levemente, murmura: –No hay apuro, mi amor…, primero cenemos. Después escucharemos música, querido… y cada minuto que transcurra envuelto en melodías…acrecentará mi impaciencia por amarte y mi corazón arderá junto al tuyo. Ven, siéntate a mi lado– y sin esperar respuesta se deja caer en el diván, recogiendo las piernas debajo de ella, mientras reconoce lo cursi y poco creíble de su discurso y espera que él no lo haya notado.
Raúl la sigue sonriendo y se sienta a su lado. Toma la botella, quita el corcho y sirve el vino. En tanto Silvia coloca algunas porciones de pollo y ensalada en sendos platos. La cena resulta breve. Si bien, para la impaciencia de él, le parece demasiado extensa.
Silvia deja el plato sobre la mesita, cruza los brazos por detrás de su nuca y mirándolo a los ojos se dejar caer contra el respaldo del diván. Raúl vuelve a llenar las copas y se acerca a la joven, ofreciéndole una.
–Eres una gatita. Una gatita traviesa y sugestiva que me tiene loco – le dice mirándola a los ojos y sentándose junto a ella comienza a besarla. La joven se deja acariciar, pero cuando él avanza osadamente sus manos por debajo del toallón, lo aparta con suavidad y poniéndose de pie le recrimina sonriente:
–¡Raúl Vergara, eres un hombre imposible! ¡No te puedo dar un minuto de confianza que ya te tomás toda una hora!– e inclinándose nuevamente sobre él, le muerde ligeramente los labios y sin darle tiempo a reaccionar o detenerla, recoge su copa y haciéndola tintinear contra sus perlados dientes, se dirige hacia la alcoba mientras deja caer el toallón que la cubría.
–¡Por favor…no tardes…!– le dice en un murmullo por sobre su hombro desnudo, al llegar a la puerta del dormitorio.
Los ojos de Raúl brillan de amor y deseo. Siente los labios secos, la garganta áspera y el corazón acelerado. Se sirve una nueva copa de vino y con ella en la mano se encamina tras la joven.