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ОглавлениеBosch se presentó otra vez en las dependencias de la unidad para los casos abiertos/no resueltos antes del mediodía. El lugar estaba casi desierto, porque la mayoría de los inspectores llegaban temprano por la mañana y se iban a almorzar muy pronto. No se veía por ninguna parte a David Chu, el compañero de trabajo de Harry, pero eso tampoco tenía nada de raro. Chu bien podía estar comiendo en cualquier otro punto del edificio o en alguno de los adyacentes laboratorios de criminalística. Bosch sabía que Chu estaba trabajando en varias presentaciones, esto es, en las primeras fases de casos, en la preparación de muestras genéticas, digitales o balísticas para su entrega a los diversos laboratorios para su análisis y comparación.
Bosch dejó las carpetas y la caja negra en su escritorio y descolgó el teléfono para comprobar si tenía mensajes. No era el caso. Se sentó y ya se disponía a echarle una ojeada al material que le había prestado Gant cuando el nuevo teniente de la unidad entró en el cubículo.
Cliff O’Toole no solo era nuevo en la unidad de casos abiertos/no resueltos, sino también en la misma división de robos-homicidios. Le habían transferido de la oficina de San Fernando Valley, donde estuvo al frente de toda la plantilla de inspectores en la comisaría de Van Nuys. Bosch no le había tratado demasiado, pero lo que había oído de los demás miembros de la unidad no hablaba muy en favor de O’Toole. Tras ponerse al frente de abiertos/no resueltos, el teniente había conseguido que le adjudicaran en un tiempo récord, no uno, sino dos apodos con connotaciones negativas.
—¿Cómo ha ido por allí arriba, Harry? —preguntó O’Toole.
Antes de autorizar el desplazamiento a San Quintín, O’Toole había sido informado en detalle sobre la pistola que conectaba el caso Jespersen con el asesinato de Walter Regis a manos de Rufus Coleman.
—Bien y mal —respondió Bosch—. Coleman me dio un nombre. El de un tal Trumont Story. Coleman dice que Story le pasó la pistola que usó para ejecutar a Regis y que luego le devolvió el arma. El problema es que no puedo hablar con Story, porque Story está muerto: a él también se lo cargaron, en 2009. Así que he pasado la mañana en la comisaría sur, comprobando algunos datos para confirmar que Story encaja en la cronología. Creo que Coleman me contó la verdad, que no se limitó a culpar de todo a un muerto. Así que el viaje no ha sido en vano, pero no he avanzado casi nada a la hora de averiguar quién mató a Anneke Jespersen.
Con un gesto señaló las carpetas y el fichero en el escritorio.
Con expresión pensativa, O’Toole asintió con la cabeza y se sentó en el borde del escritorio de David Chu, en el punto preciso en que Chu acostumbraba a poner el café. De haber estado presente, a Chu no le hubiera gustado nada.
—No me gusta nada eso de meterle mano al presupuesto para desplazamientos y que luego el viaje no sirva para nada —indicó.
—Tampoco es eso —se defendió Bosch—. Acabo de decirle que me han dado un nombre, y que el nombre encaja.
—Ya. Pues entonces lo mejor quizá sea ponerle un lacito al caso y olvidarnos del asunto —dijo O’Toole.
Lo de «ponerle un lacito a un caso» era la expresión empleada para dar un caso como «aclarado por otros medios». Esta última designación servía para cerrar formalmente un caso cuya solución era conocida pero no podía redundar en una detención o una denuncia porque el sospechoso estaba muerto o no podía ser entregado a la justicia por otras razones. En la unidad de abiertos/no resueltos eran frecuentes los «casos aclarados por otros medios», dado que muchos sucesos habían tenido lugar décadas atrás y las muestras de huellas digitales o ADN habían llevado a la identificación de sospechosos fallecidos hacía mucho tiempo. Si la investigación de seguimiento situaba al sospechoso en el momento y el lugar del crimen, el superintendente de la unidad tenía la potestad de cerrar el caso y enviar el archivo a la oficina del fiscal de distrito para que le estamparan el sello definitivo.
Pero Bosch aún no estaba dispuesto a darle el carpetazo definitivo al caso Jespersen.
—No. A este caso no podemos ponerle el lacito —dijo con firmeza—. Lo único que sabemos es que la pistola del crimen estaba en manos de Trumont Story cuatro años después del caso Jespersen. Pero esa pistola pudo pasar por muchas otras manos antes de que llegara a Story.
—Es posible —dijo O’Toole—. Pero no quiero que se tome todo esto como una especie de hobby. Tenemos otros seis mil casos que resolver. Y la gestión de los casos al final siempre se reduce a la gestión de las horas de trabajo.
Unió las muñecas como si estuviera esposado, dando a entender que se encontraba constreñido por las obligaciones de su labor. Era esta faceta burocrática de O’Toole la que hasta ahora le había llevado a mirar con distanciamiento al nuevo teniente. O’Toole era un administrador, no un verdadero policía. Razón por la que le habían asignado el primer apodo de «Chupatintas».
—Lo sé, teniente —dijo Bosch—. Mi plan es trabajar con estos materiales y, si no encuentro nada, entonces será el momento de ponerme con otro caso. Pero con la información que ahora tenemos, a este caso no se le puede poner el lacito. De forma que no servirá para engordar las estadísticas positivas. Porque el caso seguirá estando sin resolver.
Bosch estaba intentando dejarle claro al recién llegado que no pensaba apuntarse al juego de las estadísticas. Un caso estaba aclarado si Bosch tenía el convencimiento de que estaba completamente aclarado. Y el hecho de que ahora supieran que la pistola del crimen había estado en manos de un pandillero cuatro años después del asesinato no era suficiente ni mucho menos.
—Bueno, pues a ver qué encuentra entre ese material —dijo O’Toole—. No estoy tratando de forzar las cosas sin justificación. Pero a mí me han trasladado aquí para que la unidad funcione mejor. Tenemos que cerrar más casos. Y para hacerlo tenemos que ocuparnos de más casos. Por eso digo que si no logra resolver este, póngase con otro, pues a lo mejor es posible cerrar el siguiente. Lo que no quiero es que se tome esta investigación como un hobby, Harry. Cuando llegué a esta unidad, demasiados de ustedes estaban ocupados en casos que tenían más de hobby que de otra cosa. Pero ya no tenemos tiempo para eso.
—Entendido —dijo Bosch en tono seco.
O’Toole echó a andar hacia su despacho. Bosch le dedicó un remedo de saludo militar a sus espaldas y se fijó en que la marca redonda de una taza de café se había transferido en forma de mancha al fondillo de sus pantalones.
O’Toole recientemente había sustituido a un teniente que gustaba de estar sentado en su despacho con las persianas cerradas. Su interacción con los inspectores era mínima. O’Toole era todo lo contrario. Siempre estaba metiéndose en sus asuntos, de forma excesiva a veces. No le ayudaba el hecho de que fuera más joven que la mitad de los inspectores y casi veinte años menor que Bosch. Su dirección excesivamente puntillosa de los inspectores de la unidad —veteranos en su mayor parte— resultaba innecesaria, lo cual hacía a Bosch sentirse irritado cada vez que O’Toole se le acercaba.
A ello había que sumar el hecho de que para O’Toole lo principal siempre eran los números. Insistía en dar casos por cerrados para engrosar las estadísticas mensuales y anuales que tenía que enviar al décimo piso del edificio. Y, por lo visto, O’Toole tampoco parecía estar muy interesado en el aspecto humano del trabajo policial. Recientemente había reprendido a Bosch después de que este hubiera pasado una tarde en compañía del hijo de una víctima de asesinato que quería visitar la escena del crimen veintidós años después de la muerte de su padre. El teniente le espetó que el hijo del asesinado podría haber encontrado la escena del crimen por su cuenta y que Bosch podría haber empleado esa media jornada en la investigación de algunos casos.
El teniente de pronto giró en redondo y volvió a entrar en el cubículo. Bosch se preguntó si acaso habría atisbado el sarcástico saludo militar en el reflejo de alguna de las ventanas de la oficina.
—Harry, un par de cosas más. En primer lugar, no se olvide de adjuntar la nota de gastos del viaje. No paran de darme la lata para que les envíe las notas de gastos con rapidez, y quiero asegurarme de que le devuelvan cuanto haya tenido que poner de su bolsillo.
Bosch se acordó del dinero que había depositado en la cuenta del economato del segundo recluso con el que había hablado en San Quintín.
—Por eso no se preocupe —dijo—. No tiene importancia. Entré un momento en el Balboa para comerme una hamburguesa, y nada más.
El bar parrillería Balboa de San Francisco estaba a mitad de camino entre el aeropuerto de la ciudad y el penal de San Quintín y era muy del gusto de los investigadores de homicidios del LAPD.
—¿Está seguro? —insistió O’Toole—. No quiero que acabe perdiendo dinero.
—Estoy seguro.
—Bueno, pues muy bien.
O’Toole iba a marcharse otra vez, pero Bosch al momento preguntó:
—¿Qué era lo otro? Un par de cosas, me ha dicho...
—Ah, sí. Feliz cumpleaños, Harry.
Sorprendido, Bosch echó la cabeza hacia atrás.
—¿Cómo sabe que es mi cumpleaños?
—Porque me sé los cumpleaños de todos los que trabajan para mí.
Bosch asintió con la cabeza. Hubiera preferido que O’Toole dijera «conmigo» y no «para mí».
—Gracias —repuso.
O’Toole se marchó, y Bosch se alegró de que la sala de inspectores estuviera vacía y nadie hubiese oído que hoy era su cumpleaños. Con los años que tenía, los demás seguramente habrían empezado a preguntarle por la jubilación. Y esa era una cuestión que Bosch trataba de eludir.
A solas por fin, Bosch estableció una cronología, empezando por el asesinato de Jespersen el 1 de mayo de 1992. A pesar de que la hora de la muerte no estaba clara y que pudieron asesinarla a últimas horas del 30 de abril, él escogió el día 1 de mayo porque fue el día que encontraron el cuerpo de Jespersen. Y a partir de ahí fechó el último asesinato relacionado —posiblemente— con la Beretta modelo 92. También incluyó los otros dos casos que Gant había desenterrado de los archivos, diciéndose que era posible que estuvieran vinculados.
Bosch trazó las anotaciones de los asesinatos en un papel en blanco en vez de en un ordenador, como habrían hecho la mayoría de sus compañeros. Bosch estaba acostumbrado a trabajar a su manera y quería tener un documento físico. Lo que quería era poder tenerlo en la mano, estudiarlo, doblarlo y llevarlo en el bolsillo. Lo que quería era vivir con él.
Dejó un espacio bastante amplio entre una y otra entrada, con la idea de poder agregar las anotaciones necesarias. Era su forma de trabajar desde siempre.
1 mayo 1992 - Anneke Jespersen - C. 67 con Crenshaw (asesino desconocido)
2 enero 1996 - Walter Regis - C. 63 con Brynhurst (Rufus Coleman)
30 septiembre 2002 - Eddie Vaughn - C. 68 con East Park (asesino desconocido)
18 junio 2004 - Dante Sparks - Av. 11 con Hyde Park (asesino desconocido)
8 julio 2007 - Byron Beckles - Centinela Park /calle Stepney (asesino desconocido)
1 diciembre 2009 - Trumont Story - C. 76 Oeste / Circle Park (asesino desconocido)
Los tres últimos asesinatos de la lista eran los casos seleccionados por Gant en los que no había muestras de balística. Bosch estudió la lista y se fijó en el lapso de siete años transcurrido entre los casos Regis y Vaughn, y a continuación examinó los antecedentes penales de Trumont Story que había sacado de la base de datos del centro nacional de información criminal. En ellos constaba que Story había estado en la cárcel entre 1997 y 2002, cumpliendo una condena de cinco años por lesiones con agravante. Si Story había dejado la pistola escondida en un lugar que tan solo él conocía, el lapso de siete años en el uso del arma estaba explicado.
Bosch abrió su guía urbana Thomas Brothers de Los Ángeles y señaló con un lápiz los asesinatos cometidos en la retícula de la ciudad. Los cinco primeros crímenes habían tenido lugar en una misma página de la gruesa guía, en el territorio de los Rolling Sixties. El último caso, el asesinato de Trumont Story, había tenido lugar en la siguiente página de la guía. El cuerpo se había encontrado en una acera de Circle Park, en el mismo corazón del territorio de los Seven-Treys.
Bosch estudió la guía largo rato, pasando de una a otra página repetidamente. Jordy Gant le había dicho que el cadáver de Story había sido trasladado, casi con toda seguridad, al punto donde fue encontrado, por lo que Bosch concluyó que todo estaba concentrado en un punto muy pequeño de la ciudad. Seis asesinatos, en los que posiblemente se había utilizado una sola arma. Y todo había empezado con el asesinato que no encajaba con los demás: el de Anneke Jespersen, la fotoperiodista muerta muy lejos de su casa.
—Blancanieves —musitó Bosch.
Abrió la ficha de asesinato de Jespersen y miró la foto de su acreditación de prensa. Le resultaba imposible adivinar por qué había ido a aquel lugar por su cuenta y qué le había sucedido.
Harry acercó la caja negra que había sobre el escritorio. Mientras la estaba abriendo, sonó su teléfono móvil. La identificación de llamada mostraba que era Hannah Stone, la mujer con la que llevaba casi un año saliendo.
—¡Feliz cumpleaños, Harry!
—¿Quién te lo ha dicho?
—Un pajarito.
La hija del propio Harry.
—Maddie haría mejor en ocuparse de sus propios asuntos.
—Yo diría que también es asunto suyo. Sé que va a tenerte para ella sola esta noche y por eso te llamo, para ver si al menos puedo invitarte a almorzar por tu cumpleaños.
Bosch consultó su reloj. Ya era mediodía.
—¿Hoy?
—Hoy es tu cumpleaños, ¿no? Te habría llamado antes, pero mi sesión de grupo se ha alargado. Venga, ¿qué me dices? Ya sabes que por donde estoy se mueven los mejores vendedores ambulantes de tacos de toda la ciudad.
Bosch tenía claro que necesitaba hablar con ella sobre San Quintín.
—No sé si esto último será verdad, pero si el tráfico no pone problemas puedo estar ahí dentro de veinte minutos.
—Perfecto.
—Nos vemos.
Cortó la llamada y miró la caja negra sobre el escritorio. Se pondría con ella después de comer.
Decidieron almorzar sentados en un restaurante de verdad en lugar de comerse unos tacos en la calle. En Panorama City no había casi ningún establecimiento mínimamente elegante, por lo que condujeron hasta Van Nuys y almorzaron en la cafetería situada en el sótano de los juzgados. El establecimiento tampoco era un prodigio de elegancia, pero sí que contaba con un viejo músico de jazz que la mayoría de los días tocaba un piano de media cola en un rincón. Era uno de los secretos que Bosch conocía de la ciudad. Hannah se quedó impresionada. Se sentaron a una mesa cercana a la música.
Compartieron un gran emparedado de pavo y ambos dieron buena cuenta de sendos platos de sopa. La música puntuaba de forma agradable los momentos de silencio en la conversación. Bosch estaba empezando a sentirse cómodo en compañía de Hannah. La había conocido el año anterior mientras investigaba un caso. Hannah era psicóloga y trabajaba con condenados por delitos de violencia sexual después de su puesta en libertad. El suyo era un trabajo difícil, que le aportaba parte de la oscura comprensión del mundo característica de Bosch.
—Hace unos días que no sé nada de ti —dijo ella—. ¿En qué andas metido?
—Bueno, pues en un caso. Estoy llevando una pistola de paseo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que estoy conectando el uso de una pistola, o «paseándola», de un caso a otro. No tenemos la pistola de marras, pero los análisis de balística nos llevan a vincular un caso con los demás. Ya me entiendes, a lo largo de los años, a lo ancho de la geografía, entre unas víctimas y otras, etcétera. Lo que llamamos sacar un arma de paseo.
No dijo más al respecto. Hannah asintió con la cabeza, sabedora de que Harry nunca respondía en detalle a las preguntas sobre su trabajo.
Bosch escuchó al pianista terminar Mood Indigo, tras lo cual se aclaró la garganta y dijo:
—Ayer estuve hablando con tu hijo, Hannah.
No había tenido muy claro cómo abordar la cuestión. Así que lo hizo sin delicadeza. Hannah dejó la cuchara en el plato, con tanta fuerza que el pianista levantó las manos de las teclas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Que he ido a San Quintín —explicó Bosch—. Tenía que ver a un preso en relación con esa pistola de la que te hablaba. Cuando terminé de hablar con él, me quedaba algo de tiempo, así que solicité hablar con tu hijo. Tan solo estuve diez o quince minutos con él. Le dije quién era, y me respondió que ya había oído hablar de mí, que tú se lo habías explicado.
Hannah tenía la mirada fija en un punto en el espacio. Bosch comprendió que había obrado con torpeza. Hannah nunca le había escondido la historia de su hijo. Habían hablado largo y tendido sobre él. Bosch sabía que después de haberse confesado culpable de violación, en la cárcel se había convertido en un agresor sexual. El crimen casi le había destrozado el corazón a su madre, pero Hannah había encontrado un medio de sobrellevarlo todo: cambiar de especialización en su trabajo. Abandonó la psicoterapia familiar y pasó a tratar a criminales como su propio hijo. Y fue esta labor la que le llevó a conocer a Bosch. Por su parte, Bosch agradecía que Hannah formara parte de su vida y fuera consciente de las sombrías circunstancias fortuitas que les habían llevado a entablar una relación que prometía. Si el hijo no hubiera cometido un crimen tan horrendo, Bosch nunca habría conocido a la madre.
—Supongo que tendría que habértelo dicho —repuso él—. Lo siento. Pero es que ni siquiera estaba seguro de que fuera a tener tiempo de verlo. Con los recortes en el presupuesto, las dietas por desplazamiento ya no cubren que pases la noche en un hotel. Tienes que ir y volver en el mismo día, por eso no estaba seguro.
—¿Qué aspecto tenía?
En su voz había miedo de madre.
—Diría que bastante bueno. Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí. No vi en él nada preocupante, Hannah.
Su hijo vivía en un lugar en el que uno era depredador o presa. No era un hombre especialmente fuerte o corpulento. Para cometer su crimen, lo que hizo fue drogar a su víctima, no forzarla mediante la violencia. La situación dio un vuelco en la cárcel, donde varias veces se convirtió en la presa de otros depredadores. La propia Hannah así se lo había contado a Bosch.
—Mira, no tenemos que hablar de esto —dijo él—. Tan solo quería que lo supieras. No fue algo que tuviera planeado, sencillamente me encontré con un poco de tiempo libre, pedí que me dejaran hablar con él y me dijeron que sí.
Hannah guardó silencio un instante y apuntó, con urgencia en la voz:
—Sí, sí que tenemos que hablar de esto. Quiero saber todo lo que él te ha dicho. Y todo lo que tú has visto. Es mi hijo, Harry. Hiciera lo que hiciera, es mi hijo.
Bosch asintió con la cabeza.
—Me ha pedido que te dijera que te quiere.