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EL DESARROLLO DE LA FACULTAD DE PENSAR

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Los primeros aspectos que debe desarrollar un niño en su camino hacia la facultad de pensar son la percepción y el reconocimiento. Al final del primer año ha logrado ya grandes progresos en ese sentido.

Podemos decir que a través de la percepción una parte del mundo exterior entra en el mundo interior del niño. Así, desde pequeños, los niños adoptan con todos sus sentidos muchísimas percepciones que se convertirán en sus imágenes interiores.

Un niño viviría constantemente cada nueva percepción como algo totalmente nuevo y desconocido si no se hubiera formado su capacidad de reconocer. Gracias a este primer paso de la memoria, poco a poco reconoce el sonajero, el plato con la comida o el perro, cuando se los encuentra por cuarta o quinta vez. Al principio son solo percepciones aisladas, pero cuantas más cosas reconoce el niño, tantos más sucesos encajan en una imagen mucho mayor. De ese modo aprenden paulatinamente a entender la relación entre las cosas. Cuando la puerta de su habitación se abre, papá o mamá entran en ella y el bebé, con su sonrisa radiante, da a entender que ha comprendido lo que ahora va a suceder. En un siguiente paso, el bebé estira los brazos si alguien entra y así muestra activamente lo que espera. Con esta forma de captar las cosas nos ofrecen los primeros indicios de su capacidad de combinar y de pensar.

Los niños pequeños investigan por su cuenta su entorno y hacen sus primeros descubrimientos. Progresivamente, identifican las relaciones existentes entre las cosas y su capacidad de reconocimiento se afina cada vez más. Esta forma de pensar permanece unida a la realidad visible y al entorno vital de los niños hasta que cumplen cuatro o cinco años. Solo después de ese período adquieren la capacidad de formar pensamientos de forma autónoma, sin ver nada en concreto que esté en relación directa con esos pensamientos.

Además de las percepciones a través de los sentidos, el lenguaje supone un estímulo importante para el desarrollo del pensar. Este se pone en marcha conforme aprenden a denominar los objetos que les rodean.

“Pensar” significa poder establecer una conexión entre los conceptos que se dominan. El niño aprende primero, por ejemplo, lo que es “papá” y después, lo que es “baño”. A continuación logra establecer una relación entre las palabras “papá” y “baño”. Ahora está en condiciones de construir la frase “papá baño”. Aprende a manejar las palabras aprendidas y de ese modo a comprenderlas y a pensarlas.

Las palabras “hilar” o “discurrir” expresan lo que queremos decir: al pensar recorremos un camino. A veces, cuando el niño pequeño piensa en voz alta, podemos seguir ese camino paso a paso.

El mundo interior de los niños no solo se llena del color y de la vida que la realidad diaria les ofrece a través de los sentidos para convertirse en una experiencia anímica; su mundo interior también se compone de la llamada “conciencia mágica”. Es una característica de esta edad gracias a la cual el niño vive en las imágenes. Para él, la realidad y la fantasía van tomadas de la mano. Las brujas, los gigantes, los enanos, los ángeles pueblan ese reino mágico de los niños y son reales para ellos. La mirada de los adultos solo puede entrever de vez en cuando parte de ese mundo, pero la mayoría de las veces nos resulta difícil hacernos una imagen propia. En algún momento determinado, durante la infancia, ese mundo mágico desaparece. Para algunos niños ese proceso se produce de forma paulatina, de modo que los adultos apenas lo perciben.; para otros, tiene un fin repentino.

Durante esta fase, en la que aprenden a reconocer las relaciones existentes entre las cosas, les resulta de gran apoyo que el transcurso de los días sea rítmico y previsible. Cuanto más intenso sea el cuidado que los adultos le dedican a ese ritmo y plan diarios, más fuerte es el sostén y la seguridad que les damos a los niños.

— APRENDER A PONERSE EN LA SITUACIÓN DEL MUNDO MÍTICO DE LOS NIÑOS —

Los padres deben respetar esa conciencia mágica de su hijo y aprender a tratarla de forma correcta. Cuando entienden que los gigantes, los ángeles y los Reyes Magos son miembros de un mundo que conocían y que han perdido, pueden encontrar de nuevo el acceso a ese mundo y hacer que su hijo se sienta comprendido.

De uno a cuatro

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