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VI.
LAS IDEAS DE TILLY

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Al día siguiente de enviar la carta a Santoña con el patrón del quechemarin se presentó Jorge Tilly en la fonda de Iturri.

Venía de San Sebastián, en compañía de un joven inglés alto, moreno, de cabeza pequeña y enérgica. Habían estado los dos en Madrid, en Sevilla y en Barcelona. Tilly traía mucho que contar; había tenido una serie de aventuras y de amores muy extraños.

Lacy presentó su amigo Tilly a Aviraneta, quien le hizo una porción de preguntas relativas a la situación política; todo parecía confirmar que el Gobierno español estaba admirablemente preparado.

—¿Enseñaste mi carta?—dijo Tilly a Lacy.

—Sí.

—¿Y qué dijeron?

—Muchos creyeron que era una fantasía. Respecto del comandante Oro se duda...

—¿Cómo que se duda? ¡Si ya está en España trabajando por Calomarde!

—¿De verdad?

—Sí, él, el francés Husson de Jour y un español, D. Manuel Ruiz, estaban en Vitoria cuando yo he pasado por allí.

Tilly venía con un gran caudal de impresiones nuevas de la península; su punto de vista general era creer que España era un país aparte de los otros.

En los días siguientes se estableció entre Tilly y Aviraneta una relación cortés y de suspicacia ambos se hablaban como para estudiarse; parecía que se habían adivinado los dos como intrigantes, y estaban en guardia.

—He conocido a un Tilly hace unos años—le dijo Aviraneta.—Venía de Jersey.

—Sí, probablemente algún pariente mío.

—¿No lo sabe usted?

—No; somos tantos los Tillys, que no hay manera de saberlo. Los hay franceses, los hay alemanes, los hay españoles...; unos son liberales, otros reaccionarios.

—El que yo conocía creo que era conde.

—Quizás; había un conde, tío de mi padre. No sé más. Como le digo a usted, no conozco la historia de estos Tillys. Respecto a mí, sólo sé que mi padre desapareció de casa hace años y que probablemente murió; mis hermanos están ahora con unos tíos, excepto una hermana que se encuentra en San Sebastián.

—¿Y tú pensarás sacar adelante a tu familia?—dijo Lacy.

—Yo pienso ver cómo salgo adelante yo. Cada cual que se las arregle como pueda.

Lacy no veía con agrado tan tranquilo egoísmo y afeó este sentimiento de su camarada; pero Tilly se rió; él creía que el ser egoísta era una condición necesaria para la vida.

—¿Y tu hermana?—le preguntó Lacy.

—Está en San Sebastián con unas señoras amigas, pero no quiere quedarse con ellas; me ha dicho que el mejor día se escapará.

—¿Sigue tan voluntariosa como antes?

—Igual; no ha variado nada.

A Tilly no le gustaba mucho hablar de la familia, y siguió exponiendo sus ideas. Era un producto de corrupción, de inmoralidad, y veía todo lo que fuera intriga con gran simpatía.

Aviraneta, a quien chocaba las ideas del joven, le preguntó:

—¿Dónde ha estudiado usted?

—En un colegio de frailes, en Rennes, donde, la verdad, creo que no aprendí nada de provecho. Lacy fué mi condiscípulo.

—Entonces era un tanto místico—dijo Lacy riendo.

—Luego he ido aprendiendo un poco—añadió Lacy—a fuerza de curiosidad y de algún ingenio. He leído en historias y en memorias la vida de Napoleón, de Fouché y de Talleyrand.

—¡Buena enseñanza!—exclamó Lacy.—Creo que hubiera sido mejor que hubieses leído Las Vidas Paralelas de Plutarco.

—Yo no lo creo así. De conocer, conozcamos la vida actual. Aprendamos un poco lo que es en una historia no falsificada y que puede comprobarse.

—Creo que en esos libros que has leído no se aprende más que a mentir.

—El que lucha para elevarse tiene que mentir—replicó Tilly,—por mucha suerte y por muy bien que le vayan las cosas tendrá que mentir. Ahí está el caso de Napoleón.

—¡Tipo repugnante este Napoleón!—exclamó Lacy.—Yo antes tenía entusiasmo por él. Ahora que conozco su historia, no. Es de una falta de nobleza y de simpatía, de un egoísmo tan bajo que repugna. Su epopeya es en gran parte una novela, una historia falsa amañada, ¡Avanza de una manera tan vil! Se casa con una vieja intrigante que es la querida de su protector Barras y que ha sido una cortesana, y va avanzando con ella hasta que le da un puntapié. Las alocuciones no las escribe él, las batallas no las gana siempre él, pero él se aprovecha siempre de todo.

—Esa es la política—dijo Tilly.

—Yo veo en Napoleón la falta absoluta de gracia y de humanidad—siguió diciendo Lacy.—Carlos V, el gran Federico, Gustavo Adolfo, tienen gracia, son a veces humanos; Napoleón es la quintaesencia de la bestialidad y del egoísmo. Si yo hubiera nacido en su tiempo y hubiera sido francés, hubiera sido partidario de Babeuf.

—Yo también—dijo Aviraneta;—pero eso no importa. Yo estoy conforme con usted en que Napoleón no era simpático; pero aun así era una fuerza, y ¡qué fuerza!

—Una fuerza de egoísmo.

—Todos obramos por egoísmo—afirmó Tilly—y todos empleamos la mentira.

—Todos, no.

—Yo sí. Yo me siento el eje del universo. Respecto a la mentira, muchas veces cuando necesito un dato para completar un plan lo invento.

—Eso es absurdo.

—El señor Tilly nos va a dejar muy atrás a los discípulos de Maquiavelo—dijo Aviraneta con ironía;—le tendremos que decir como Talleyrand a Fouché, cuando éste hizo una de sus hábiles maniobras ante Luis XVIII: Je vous salue mon mâitre.

—Usted, señor Aviraneta, nunca será discípulo mío, sino mi maestro—replicó Tilly con su impasibilidad habitual.—Si entre los liberales españoles hubiera muchos hombres como usted, de otro modo irían los asuntos.

—¿Así que para ti los liberales españoles lo hacen mal?—preguntó Lacy.

—Muy mal.

—¿Por qué?

—No obran con rapidez y con energía. Su historia es una historia de vacilaciones. Cuando tuvieron al rey en sus manos, en 1823, debieron haber acabado con él.

—Hubiera quedado el hermano.

—Matar a toda la familia.

—¿Tú lo hubieras hecho?

—Yo, sí.

—Obrando de una manera violenta se hubieran precipitado los acontecimientos—dijo Aviraneta, que era de la misma manera de pensar.

Después de hablar de política, Lacy le preguntó a Tilly por su amiga lady Russell.

—La voy a dejar—dijo Tilly.

—Pues ¿por qué?

—Me estorba.

—La vas a dar un disgusto.

—Bah. Ya se consolará. Esa clase de mujeres necesitan hombres jóvenes. Cuando yo le deje le tomará otro.

—¡Esa clase de mujeres!—exclamó Lacy—ciertamente no demuestras con esa frase ni ser muy agradecido ni muy amable.

—Hablo de ella por lo que es—contestó Tilly, sencillez;—no tomo en cuenta sus beneficios como no tomaría sus perjuicios si me los hubiera hecho.

Tilly pasó algún tiempo en Bayona, haciendo nuevas conquistas y dando nuevos escándalos.

—El amigo de usted es un perdido—dijo Aviraneta a Lacy.

—Sí; es un muchacho que va alimentando la parte mala de su alma con la sustancia de la buena; cada vez más cínico y más atrevido, va asesinando al buen muchacho que había en él y va a terminar siendo un canalla.

Los Caudillos de 1830

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