Читать книгу Una candidata inesperada - Romina Mª Miranda Naranjo - Страница 6

Capítulo 3

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Victoria Linton se permitió unos minutos de admiración y alzó la cabeza para abarcar cuanto pudiera de la propiedad que tenía ante sí. Definitivamente la casa solariega del conde de Holt era, con diferencia, el lugar más impresionante que había tenido la oportunidad de ver. Dirigiera su mirada a la dirección que fuera, únicamente veía árboles bien podados, cercas cuidadas y recién pintadas, estructuras que armonizaban con el paraje natural y lo embellecían. Incluso oía el correr de un riachuelo por allí cerca, aunque no podía verlo.

Los sirvientes deambulaban de una lado para otro, siendo lo más invisibles posible. Un lacayo ya estaba guiando al cochero que las había acompañado hasta la zona apartada donde se guardaban los carruajes y su equipaje había desaparecido (ella ni siquiera había visto al mozo que debía haberlo recogido). Con un suspiro, Victoria sacó los guantes del bolsillo de su falda y procedió a ponérselos, como dictaba el buen gusto, mientras intentaba calcular mentalmente cuánto podría costar a los dueños mantener la propiedad en tales condiciones.

–Es impresionante, ¿verdad, hija?

Eleanor Linton, con su cara regordeta y su figura rolliza se abanicaba profusamente mientras seguía con sus propios ojos la dirección que ocupaba la atención de su hija. Se ajustó el corsé de su vestido amarillo y exhaló un quejido. Aunque habían salido pronto, el viaje se le había antojado demasiado largo, no obstante, le sonrió a Victoria cuando la vio hacer un mohín.

–Si no dejas de arrugar el ceño así… envejecerás pronto.

–Deberíamos darnos prisa en entrar, madre –respondió la joven, tomándola del brazo con decisión–. Este calor no te hará nada bien.

Con un asentimiento resignado, la mujer aceptó la petición de Victoria y dejó que empezara a guiarla por el camino que daba a la entrada de la elegante mansión. Conforme iban avanzando hacia la impresionante propiedad, la mirada de Victoria se iba trasladando con más frecuencia al invernadero, situado en el lateral de la casa. Era una estructura acristalada de belleza sin igual, bordeada con rosales y arbustos repletos de unas flores coloridas que no había visto en toda su vida. Con melancolía, se preguntó si, de haber sido las cosas diferentes, ella podría haber tenido un lugar así en el que poder sacar a relucir su pasión por la botánica.

Desde niña le había gustado mucho el mundo de la jardinería, e incluso tenía un pequeño huerto en la modesta casita que compartía con su madre, pero desde luego, nada podía compararse con la majestuosa superficie que ahora veía. Echando cálculos aproximados, se asombró al pensar que era muy posible que el invernadero de los Holt fuera casi tan grande como su hogar entero. La sola perspectiva le daba escalofríos.

Aferró la mano de su madre, que parloteaba más para sí misma que para ella y continuó andando, adecuando el paso al de Eleanor para evitar que se cansara. Todavía se mostraba inquieta ante esa repentina visita a los condes de Holt, y habría insistido más en sus cábalas de no ser porque su madre le había expresado que el aire puro de esa zona de Kent era justo lo que necesitaría para acabar de superar su leve afección respiratoria.

–¿Estás segura de que este esfuerzo no será demasiado para ti, madre? –le preguntó en cuanto la idea de una recaída le llenó la mente.

–El médico lo recomendó, Vicky, y por mujeres instruidas que seamos, no podemos pretender saber más que él. –La mujer le sonrió, como si eso dejara zanjado el asunto.

–Solo digo que tal vez… este viaje esté algo fuera de nuestras posibilidades. –Y fue todo el tacto que pudo usar para referirse a un tema tan delicado–. Después de todo… es la casa de un conde, madre… y parece que se espera que la más alta alcurnia de la aristocracia esté aquí.

Eleanor asintió y palmeó la mano de Victoria con un ademán tranquilizador. Por supuesto, ella compartía las inquietudes de su hija y sabía bien que no podrían situarse al mismo nivel de muchas de las adineradas familias que habían acudido en tropel a la llamada de Joanna, pero también era cierto que había sido puesta sobre aviso, y si bien su necesidad de contar con tranquilidad y un clima más fresco eran parte del motivo que la había decidido a arrastrar a Victoria hacia Kent, no era el único.

–Piensa que no solo mejoraré mi salud –dijo, cuidando mucho el tono para no revelar demasiado–, sino que además estas semanas aquí supondrán un cese en nuestros gastos, querida.

Victoria ya había pensado en eso, por supuesto. Durante el tiempo que ellas estuvieran en la mansión Holt, no harían uso de ninguna de las cosas que tenían en su propia casa, incluyendo alimento, abrigo, cera de velas… y no es que se encontraran en la ignominia social (aunque bien podría parecerlo si se las comparaba con muchos de los otros asistentes), pero aquel receso económico sin duda las aliviaría más adelante.

–Tal vez tengas razón…

–Claro que la tengo. Ahora intenta relajarte y disfrutar de este bonito paisaje –Eleanor respiró hondo mientras se abanicaba–. Piensa que te cansarás de pasear bajo la brisa, rodeada de bonitos jardines donde podrás conversar con gente de tu edad.

La perspectiva animó inmediatamente a Victoria, que se vio escabulléndose al invernadero o acomodada a la sombra de un olmo con uno de sus libros en el regazo. Se anotó mentalmente el obligar a su madre a tomar un paseo corto diariamente, cuando el sol estuviera bajo, para que su espíritu se fortaleciera y sus pulmones se llenaran de aire puro. Cuando volvieran a su confortable hogar, ambas estarían en plena forma.

–Ha sido muy amable por parte de lady Joanna Holt invitarnos –decía Eleanor, levantando la cabeza para admirar el tejado a dos aguas de la zona principal de la casa–. Todo un acto de amabilidad.

–Por lo que he oído, las invitaciones a su reunión han sido la comidilla estas últimas semanas. Las páginas de sociedad no hablan de otra cosa.

–¿Y cómo no ser así, Vicky? Lady Joanna no abre la casa Holt a menudo, pasa toda la temporada en Londres y solo se la ve por el campo cuando su hijo puede contar con algunos días libres, lo que no sucede asiduamente.

–Imagino que ser un conde debe tratarse de un trabajo agotador –comentó Victoria, no sin cierto desdén.

–¿Ya estás prejuzgando al hijo de Joanna? –Eleanor soltó una risilla que hizo que le temblaran los hombros–. Querida mía, esta vez te has superado. Apenas has esperado a que pisemos su casa para tacharle de vago.

–¡No quería decir eso! –Con un mohín, Victoria se detuvo repentinamente–. Únicamente expreso que no me parece que heredar un condado le dé a uno muchas preocupaciones.

–Bueno, eso depende del tipo de persona que uno sea, querida. Y en este caso, tanto el hijo de Joanna como su difunto marido han demostrado ser hombres que se preocupan por quienes viven a su alrededor, que muestran interés y hacen algo más que limitarse a gastar el patrimonio que les ha sido concedido. –Esta vez, fue el turno de ella para suspirar–. El difunto conde era un gran hombre, o de lo contrario jamás habría tenido a tu padre en tanta consideración, ¿no te parece?

Victoria permaneció callada mientras asimilaba la información. Su padre, Charles Linton, siempre había sido un hombre intachable, de buen trato, afable y bonachón, jamás había tenido malas palabras para nadie, ni gestos groseros. Hijo de comerciantes, desde siempre había poseído un talento innato para vender cualquier cosa. Hacer negocios le venía en la sangre, y toda situación era propicia para intentar captar algún cliente.

Su esposa a menudo decía de él que jamás había amasado una profusa fortuna porque siempre había sido honrado, y la verdad era que Charles, con su pelo rubio ralo y sus ojos tristes, jamás había engañado a nadie, motivo por el que casi siempre era él quien caía en las tretas de los demás. Victoria recordaba oír a su padre hablar de sueños inalcanzables, planes de expandir su imperio comercial más allá de lo que la vista alcanzaba, al otro lado del mar… a países exóticos, extranjeros, donde los hombres y mujeres vestían de formas nunca vistas y hablaban en lenguas incomprensibles para Inglaterra.

Su afán por imponerse a los límites geográficos había sido su perdición, y Charles Linton había muerto dejando a su espalda deudas impagadas y pagarés por viajes a países lejanos en unos barcos que no habían zarpado. Su esposa nunca había criticado sus intentos, pues al menos podía decir que su marido no había sido un hombre conformista que se quedara sentado esperando el golpe de suerte. Este no había llegado nunca, pero al menos Charles lo había buscado incansablemente.

Ahora que estaban solas, Victoria y su madre vivían modestamente, solventando deudas a medida que contaban con un poco del excedente económico que ganaban gracias al alquiler de su casa en Londres. Únicamente la habían usado para que Victoria tuviera su temporada, y después, se habían retirado al campo, donde eran mucho más felices, manteniendo una vida relajada y fuera del furor de la ciudad. Vivían sin riesgos, dentro de unos límites que Charles siempre había querido traspasar.

–Cualquier persona habría tenido en consideración a papá –dijo por fin, retomando el paso–. Era un hombre maravilloso.

Eleanor sonrió y asintió fervorosamente con la cabeza, mostrándose completamente de acuerdo.

–Sí que lo era, cielo… sí que lo era.

Aunque Victoria deseaba entrar en detalles sobre cómo un hombre como el difunto conde de Holt había terminado teniendo algún tipo de amistad con su padre, decidió que podría dejar esa charla para cuando Eleanor hubiera descansado. Recorrer el trecho que las había llevado desde la entrada de carruajes hasta la escalinata de la casa, que daba al porche inferior, parecía haber acabado con el poco resuello que le quedaba a su madre tras las horas de viaje.

En ese momento, al verla secarse el sudor del cuello con un pañuelito bordado, agradeció en silencio que la condesa viuda aún mantuviera trato con ellas. La perspectiva de alojar a su madre en una cómoda cama adoselada donde unas doncellas se ocuparían de que descansara tranquilizaba todas sus preocupaciones. Dándole un pequeño tirón de ánimo, Victoria le sonrió.

–Subamos, madre, estoy segura de que podremos escabullirnos a tu habitación para que puedas descansar.

–¡Tonterías! –Eleanor se recompuso en un instante–. De ninguna manera voy a cometer la grosería de retirarme sin antes haber saludado a Joanna. Muchos invitados están llegando, sin duda debe estar recibiéndolos, como se acostumbra.

Victoria estaba dispuesta a replicar, pero fue Eleanor quien tomó la iniciativa esta vez, tirando de ella escaleras arriba hasta que ambas llegaron a las enormes puertas principales, que estaban abiertas de par en par. El impresionante recibidor, con sus suelos de mármol y sus altas columnas interiores contaba ya con unos pocos invitados, que habían ido llegando más o menos al mismo tiempo que ellas.

Sin duda, nadie quería ser el último en aparecer, y parecía claro que llegar pronto granjeaba una importante oportunidad de pasar unos minutos en compañía de lady Holt. Ligeramente incómoda, Victoria permitió que un lacayo tomara sus sombreros y las informara educadamente de que Joanna las recibiría en unos instantes, en cuanto acabara de hacer lo propio con las personas que las precedían.

–Dios bendito –murmuró Eleanor cerca de su oído–. ¿Has visto cuántos criados? Es abrumador… ¿crees que nos acostumbraremos a tanto servicio, Vicky?

Ella se encogió de hombros, temiendo haber perdido la capacidad para hablar. Distraídamente, se alisó los pliegues de la falda de viaje que llevaba puesta, espiando por el rabillo del ojo los atuendos del resto de damas que se congregaban en la entrada, esperando su momento junto a la anfitriona. Resopló de forma muy poco elegante, deseando con todas sus fuerzas que su madre hubiera aceptado su sugerencia de escapar directamente a las habitaciones.

Acababan de llegar y ya se sentía terriblemente insegura. Irguiendo los hombros, Victoria decidió que era imposible que lograra ser partícipe de todo aquel festejo. Solo esperaba que nadie se diera cuenta de cuan fuera de lugar estaba. O al menos, que tardaran en descubrirlo.

Mientras tanto, y con las botas cubiertas de suciedad, Andrew se remangaba las mangas de la camisa de lino, antaño impoluta, dejando marcas del barro que cubría sus manos en la superficie blanca. Con un resoplido, abandonó el sector norte, dejando tras de sí los cultivos. Afortunadamente, con la ayuda de los mozos había podido reparar la fuga del canal de riego antes de que se encharcara toda la plantación. Habría sido catastrófico perder la cosecha de verduras cuando faltaba tan poco tiempo para la recolección.

Al final, únicamente una tomatera había quedado insalvable. Ahora tendrían que arrancarla y volver a preparar la tierra antes de que la parcela estuviera lista nuevamente para ser útil. Los arrendatarios se habían apresurado a traerle las herramientas a medida que se habían enterado de lo ocurrido, pero para entonces Andrew ya se había metido en la tierra hasta las rodillas.

Lo primero había sido desviar el cauce del canal estropeado a través de una zanja, para que el agua que se seguía vertiendo no contaminara más los cultivos mientras encontraban dónde estaba la fuga. Una vez hallado el lugar, habían tenido que cambiar dos piezas del canalón y volver a montarlas con un refuerzo. Les había llevado más tiempo que poner un simple parche, pero Andrew había sido tajante y así se lo había dicho a sus mozos.

–Sé que no es agradable hacer este trabajo bajo el sol… pero sería mucho peor arriesgarnos a una nueva crecida del riego –explicó, apoyado en la pala con la que había cavado la zanja–. Hemos conseguido actuar rápido, y de que rematemos bien ahora depende que esta cosecha nos alimente en las próximas semanas.

Todos se habían puesto a ello y el resultado había sido inmejorable. Era gratificante para los trabajadores ver a su conde tan sucio como ellos, preocupándose de mantener en óptimas condiciones la tierra de la que todos comían. Satisfecho tras una sesión de trabajo físico, Andrew había estrechado la mano a sus arrendatarios a medida que estos se iban despidiendo para volver a sus otras ocupaciones. Josh se había quedado para hacer unas últimas comprobaciones, lo que le valía de excusa para verse libre de usar la librea.

Deseoso de poder asearse y con Harvey pisándole los talones (el muy truhán no podía estar más contento después de haberse revolcado por el barro a placer), Andrew pensó que tendría mucha suerte si no era visto por nadie en las condiciones en que se encontraba. De ningún modo podría entrar a la casa por la cocina, puesto que Josephine le golpearía con la cazuela más pesada si su suciedad amenazara por una milésima de segundo a la pulcritud que reinaba en su templo culinario. Así pues, solo le quedaba una opción: la puerta principal.

Durante el tiempo en que había estado trabajando, había visto llegar algunos carruajes más por el camino de acceso a la propiedad. Aunque todavía mantenía vivo en un rincón de su mente ese momento de curiosa ansiedad, en el que había querido descubrir quiénes venían en el coche de segunda mano, Andrew decidió dejar sus cavilaciones para cuando estuviera presentablemente vestido. El hecho de que hubieran llegado más invitados dificultaba mucho su entrada a la casa, pero lo único que podía hacer era confiar en que su madre estuviera recibiéndolos en el entoldado del desayuno, situado en el porche trasero.

Poniendo todas sus esperanzas en este hecho, Andrew subió los escalones de la entrada de dos en dos y entró a grandes zancadas, esperando que sus botas embarradas no dejaran huellas delatoras sobre el mármol. Bajó la mano hasta el hocico de Harvey, indicándole con un roce suave que mantuviera el paso lento, por si tuvieran que detenerse abruptamente. Lo cual, por supuesto, sucedió.

Andrew no había llegado aún al centro del recibidor cuando escuchó la voz de su madre. Intentando por todos los medios no ser visto, trató de desviarse para llegar a la gran escalera de caracol que le llevaría arriba, a salvo en sus aposentos. Pero por desgracia, Joanna había elegido precisamente ese lugar, por estar situado frente a la entrada, como punto exacto en el que recibir a sus invitados. De modo que mientras él entraba a hurtadillas, cubierto de suciedad y con el perro a la zaga, intentando no hacer el menor ruido, tanto su madre como las dos damas que tenía delante le habían visto en todo momento.

Levantó la vista, dispuesto a presentar sus más sinceras excusas, pero cuando sus ojos hicieron contacto con las figuras que tenía ante sí, se quedó mudo. Una de las mujeres desconocidas, una señora de edad, de estatura media tirando a baja y proporciones redondeadas, llevaba un vestido amarillo pálido y no paraba de abanicarse con ahínco. Sus ojos, pequeños pero vivarachos, le miraban con curiosidad. Andrew pudo notar que tenía el cabello envuelto en canas pero con algunos elegantes mechones rojizos, recogido con unos sencillos pasadores. Pensó que la dama iba a gritar escandalizada, pero en lugar de eso, usó su abanico para esconder una mueca simpática.

En cuanto a la otra mujer… Se trataba de una joven esbelta y quizá, un poco demasiado alta para lo que era deseable en la sociedad. Tenía la piel de un tono superior al manido cremoso que tan de moda estaba, y sus coloreadas mejillas le daban un aspecto muy saludable. Llevaba puesta una falda larga en corte simple de color azul que le caía con gracia desde sus estrechas caderas; y una blusa con mangas ligeramente abullonadas, rematada en un ligero bordado que le enmarcaba el cuello y las muñecas. No obstante, lo que llamó la atención de Andrew no fue su vestimenta, lo que le dejó parcialmente sin aliento, estático, fue su cabello.

La muchacha poseía un pelo que podría rivalizar en tono y fuerza con las llamas del infierno. Se trataba de una mata de profusos cabellos rojos que iban desde el centro mismo de su cabeza hasta posarse sobre su hombro, cayendo hasta casi la cadera. Lo llevaba recogido en una gruesa trenza, de la que sobresalían unos pequeños rizos que le tocaban graciosamente las orejas y la frente. La recorrió con la mirada, admirando cada ensortijado mechón encarnado hasta llegar al final.

Un hombre podría dar todo lo que tenía por enredar sus dedos en aquella honda final de la trenza, se dijo, incoherentemente.

Su madre se aclaró la garganta, recuperando aparentemente el control del momento. Andrew no sabía si había estado callado, mirando a las invitadas durante un instante o por varios minutos, pero le quedaba absolutamente claro, especialmente por la expresión confusa en los ojos almendrados de la joven, que su aspecto no había pasado desapercibido para ellas. Joanna se dispuso a hacer las presentaciones, girando el cuerpo parcialmente hacia él para incluirle en la conversación. Y de algún modo, antes incluso de que empezara a hablar, Andrew lo supo, tuvo la certeza clara, precisa, de quiénes eran.

–Hijo, te presento a la señora Eleanor Linton, una dama cuya presencia aquí siempre ha sido muy apreciada tanto para mí como para tu padre. –Le sonrió a la mujer, que se ruborizó–. Y a su hija, la señorita Victoria. Señoras, este es mi hijo, Andrew Ferris, vigésimo conde de Holt.

Tres pares de ojos se posaron sobre él, incluso Harvey parecía expectante. Las dos mujeres Linton hicieron la debida venia y luego aguardaron a que él correspondiera el saludo tal como era apropiado. Probablemente debería quitar hierro al asunto y comentar cualquier tipo de tontería que rompiera el incómodo momento y disculpara su atuendo, pero el caso es que, cuando volvió a mirar a Victoria, con su tez resplandeciente coronada por aquella cabellera de fuego, solo pudo decir una cosa.

–Se ha ahogado una tomatera.

Una candidata inesperada

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