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3.2. Aportes de la sociología de la niñez y de los estudios contemporáneos con y sobre las infancias

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La mirada occidentalizada puso “al niño” en condición de menor, pasivo, imposibilitado de comprender algunos de sus actos, y sin capacidad de agencia social. Según Andrea Szulc (2015), esto podría explicar, en parte, la relativa escasez de trabajos antropológicos y su registro etnográfico. Alma Gottlieb (2000) sostiene que la vacancia se acentúa más aún cuando se trata de trabajos con bebés, en cuanto se duda de su capacidad de informantes, por la ausencia de lenguaje, su supuesta irracionalidad y dependencia de los adultos.

Carolina Remorini (2013: 823) sostiene:

La primera infancia, los infantes y sus interacciones sociales han ocupado un lugar subsidiario y hasta implícito en las descripciones etnográficas sobre sociedades “tradicionales”. Ellos están de alguna manera presentes en las etnografías clásicas cuando se habla de maternidad, de organización familiar, del parentesco, de ciclo vital o de la división genérica del trabajo, si bien es preciso reconocer que muy pocos estudios etnográficos han tomado como objeto de descripción y análisis la conducta infantil o la vida cotidiana de los infantes.

Franz Boas (2008) es uno de los primeros antropólogos en mencionar en un texto de 1912 el concepto de naturaleza infantil, el cual fue asociado a “riesgos, fragilidad” y, por ende, centró su atención en los cuidados y las necesidades específicas. Boas fue pionero en sostener, frente a la idea de la fijeza de los tipos raciales, que desarrollo y el crecimiento están afectados por factores sociales y geográficos, los que pueden alterar los patrones preestablecidos genéticamente. Asimismo, manifestó que el desarrollo del cerebro en los humanos supone un tiempo más prolongado y, por lo tanto, es absolutamente sensible al contexto ambiental.

Margaret Mead (1993) y Ruth Benedict (citada por Remorini, 2013) discutieron las relaciones entre los sujetos y la cultura en diversos contextos socioculturales. Szulc (2015) sostiene que Mead es quien ha posibilitado romper con la mirada petrificada y universal acerca de la niñez y adolescencia. Los trabajos en Samoa abrieron la posibilidad de pensar lo biológico y social de forma indisociable, mostrando el modo en que las transformaciones corporales y biológicas son afectadas y modificadas por el entorno, lo cultural, lo económico.

Desde la década de 1980 algunos enfoques sociológicos intentan cuestionar la supuesta universalidad del desarrollo biológico infantil y visibilizan las condiciones sociales que inciden y determinan dicho proceso. La antropología retoma algunos aportes de lo que en Gran Bretaña se llamó “la nueva sociología de la niñez” (James y Prout, 1990; Jenks 1996), para pensar otras maneras de acercarse a la infancia en el trabajo etnográfico. Las citadas obras de Chris Jenks y Allison James y Alan Prout se consideran fundacionales en la visión sociológica de la infancia, en cuanto la definen como una construcción social. En Constructing and Reconstructing Childhood, James y Prout desarrollan ejes que permiten tensionar y poner en duda las representaciones occidentalizadas:

1 La infancia es comprendida como una construcción social. Se reconoce su carácter natural (biológico), pero integrado en un contexto social y cultural que modifica los modos de pensarlas y transitarlas.

2 La infancia es una categoría de análisis social que debe ser indagada en las tramas y relaciones sociales en las que se inscribe.

3 Las relaciones sociales de los niños son valiosas para estudiarlas por sí mismas, independientemente de la perspectiva adulta.

4 Los niños son y deben ser vistos como agentes; es decir, como actores sociales activos que participan en la construcción y determinación de sus decisiones, de su entorno y de las sociedades en las que viven.

5 La etnografía es un método fértil para el estudio de la infancia, porque permite considerar la voz infantil en la producción de los datos.

6 La infancia es un fenómeno en relación con la doble hermenéutica de las ciencias sociales actuales. Un nuevo paradigma sociológico sobre la infancia da cuenta de la reconstrucción social y política de la infancia en nuestras sociedades.

Este aporte de la sociología de la infancia a la antropología posibilita discutir aspectos metodológicos del enfoque etnográfico, en cuanto se considera a los niños como interlocutores válidos, capaces de expresarnos sus “puntos de vista” independientes de los adultos. Diversas etnografías y estudios contemporáneos con y sobre la niñez dan cuenta de que es posible producir un saber antropológico recuperando sus sentidos y perspectivas sobre el mundo social, seguramente diferente, pero no inferior a los de los adultos (Milstein, 2006; Hernández, 2019; Szulc, 2015; Cohn, 2005; Cussiánovich, 2018; Liebel, 2016; Morales y Magistris, 2018). Pensar cómo acceder a sentidos con niños que todavía no hablan sin caer en la simple observación descriptiva y naturalista de las conductas se convierte en un desafío.

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