Читать книгу En sueños te susurraré - Antonio Cortés Rodríguez - Страница 12
Оглавление5. El funeral de Anselmo Paredes
Aprende a observarte a ti mismo con la tranquilidad de un extraño.
Roberto Assagioli, Psicosíntesis: ser transpersonal
Anselmo Paredes había visto muchas veces los ataúdes de pino casi sin desbastar que solían acompañar hasta la tumba a los mineros fallecidos en Aldea Moret. Había porteado a hombros algunos de ellos, y de esos momentos trágicos conservaba el persistente recuerdo olfativo a resina moribunda y, en sus manos, el tacto áspero entre los nudos de la madera y el temor de que alguna imperceptible astilla, ocultamente, se le clavara bajo las uñas. Pero nunca tuvo una imagen tan nítida de esas cajas alargadas y estrechas hasta que vio la suya, con su propio cadáver dentro.
Al llegar a la casa, los subalternos, obreros y aprendices se quedaban en la calle. Salvo los amigos íntimos, los únicos hombres que se atrevían a traspasar el dintel del dolor para arder en la contemplación del cuerpo insepulto eran el director, los técnicos y algunos administrativos, obligados por razón de su cargo a aparentar que aquella desgracia se debía únicamente a los inescrutables designios de la Providencia; porfiaban en que la Unión Española de Explosivos no podía en modo alguno haberlo evitado, como a su juicio probaba el incuestionable hecho de que ni el mismo Dios hubiese podido impedir que el trabajador muriera electrocutado.
Al principio del velatorio, que duró toda la noche, a Anselmo le habían entrado ganas de gritarles a tantos visitantes que salieran de su casa, que respetaran su paz. Las plañideras y las mujeres de los obreros se turnaban para acompañar a Brígida en una habitación que se convirtió en aún más diminuta por la nutrida concurrencia de personas sentadas alrededor del féretro. El espeso humo de las velas y la congoja flotante en el ambiente a veces dejaban algún resquicio menos denso a través del cual se vislumbraban los rostros de Francisco y Juan José, los dos hijos mayores de Anselmo. Francisco, el primogénito, fijaba su mirada de espanto en algún lugar del vacío mental donde no estaba sucediendo nada de aquello; Juan José, sin embargo, parecía haberse desplazado ya a ese lugar en el que nada existía. A la madre, carbonizada por la desdicha, no le quedaban fuerzas para consolar a ninguno de sus hijos.
Ella había dado orden de que sus dos hijas, Brígida y Montaña, que no superaban los diez años, fueran separadas del dolor de la escena familiar para que en otras casas intentaran dormir, si eran capaces de conciliar el sueño en el ambiente mortal que, como una lluvia de pavesas y lágrimas, encenagaba la Barriada Nueva colándose irremisiblemente por puertas, ventanas y chimeneas.
Durante aquella noche, el alma de Anselmo permaneció absorta en la contemplación de su cuerpo inerte, que se había convertido en el barreno detonante que había resquebrajado desde dentro a su familia. Y, durante las largas horas que eran arrastradas por las estrellas hacia el amanecer, tuvo tiempo de recordar los retazos de su vida que se le desprendían a jirones…
Anselmo se recordó a sí mismo abandonando Coria sin volver la vista atrás y luego el día en el que imprimió las huellas de sus dedos pulgar, índice y medio de la mano derecha sobre el espacio destinado al dactilograma en la ficha de personal de la Unión Española de Explosivos… Y se vio recogiendo al principio de cada jornada, y devolviéndola al finalizar, su chapa de control, fabricada en latón, con el número 62 grabado en el centro… Y volvió a sentir que al final del turno salía aterido del pozo, deseoso de despojarse de la ropa vieja y mojada junto a la misma boca de la mina, en la sala de bombas... Y vio desfilar ante él los rostros de tantos enfermos de silicosis que habían sido enviados por la empresa al hospital de tuberculosos de Valdelatas con la esperanza de que el benefactor aire de la sierra madrileña les hiciera recuperar la salud, o al menos restara estertores a la prolongación de la agonía…
Anselmo revivió su afición por el fútbol, así como el entretenimiento que le procuraban la recolección de espárragos y la caza de conejos entre matorrales y vivares cercanos... Y esa visión del campo colindante con Aldea Moret lo llevó a rememorar las ermitas próximas y vio a las mujeres que portaban las andas el día del festejo anual de Santa Bárbara… Y volvió a deslumbrarse con Brígida, aquella joven de dieciocho años que lo encandiló nada más conocerla, el cuatro de diciembre de 1945, y anduvo de nuevo con ella repitiendo su primer paseo juntos, después de la romería, y luego se vio merodeando en mañanas de domingo junto a la iglesia de Santiago para poder verla entrar a misa…
Volvió a escuchar las músicas simplonas y pegadizas que animaban los concurridos bailes que se celebraban los domingos, el único día de asueto de los mineros, bailes que constituían el ambiente primordial para que los jóvenes trabaran conocimiento entre ellos. Y observó de nuevo que en los extremos del salón se mantenían separados el público femenino y el masculino, y se fijó, ya sin ningún interés, en que cuando una chica era solicitada para bailar, antes de acceder, tenía que pedirle permiso a su vigilante madre, que solo lo concedía si la reputación del aspirante y de su familia no podía arrojar ninguna tacha de inmoralidad…
Y Anselmo oyó de nuevo a su esposa hablar de lo que había dejado a deber en el comercio de Chanclón o de algún artículo recientemente recibido en el economato de los mineros, donde se podía comprar más barato, lo cual originaba largas colas de las mujeres, quienes, para respetarse su turno, dejaban una piedra en el suelo y se marchaban a sus quehaceres domésticos...
Y Anselmo se intentó sacudir otra vez del paladar y del interior de los ojos el polvo que había provocado el derrumbe del edificio del Embarcadero que aquel aciago martes 17 de abril de 1957 había dejado un muerto y veinticuatro heridos graves, y sintió también sus manos agarrotadas de escombros y prisa, y luego tragó un nudo de rabia y frustración cuando tras horas de búsqueda desenterraron el cadáver de un carpintero de treinta y ocho años que nunca más podría volver a abrazar a su viuda y a su hijo huérfano…
Y recordó aquellos días de cobro del salario en la oficina que hacía esquina con la calle Real y cómo inmediatamente, como muchos otros mineros, continuaba por la calle hasta llegar a la iglesia de San Eugenio, y allí le entregaba una parte del dinero ganado con el sudor de su frente al Cura Obrero, el cual acogía y cuidaba de los niños huérfanos de trabajadores muertos en las minas… Y recordó que ese sacerdote había conseguido que a esos seres desvalidos les alcanzaran los alimentos del auxilio social e incluso leche en polvo y queso procedentes de la ayuda norteamericana del Plan Marshall… Y se acordó de que en la escuela los niños se sentaban a la derecha y las niñas a la izquierda y del entusiasmo con el que se entregaban al juego de las tabas…
Y Anselmo recuperó la intranquilidad acuciante de aquel vigoroso vendaval que en 1941 descuajó parte del muelle de carga… Y este pensamiento lo llevó a la lastimosa constatación de que ninguna hierba podía volver a crecer bajo las cenizas de pirita esparcidas en el terreno...
Después de eso, ya nada más se le vino a la memoria. Simplemente se sentía como esas cenizas de un hombre ardido, que impedían que bajo su manto de muerte la vida pudiera abrirse paso otra vez.