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7. El pabellón de los sembradores

De buena simiente, fruto excelente.

Refrán español

Habían recurrido de nuevo al orbe para desplazarse al primero de los pabellones. Después de que se difuminara la pared translúcida del vehículo, Anselmo observó un extenso bosque con distintos matices de verde que por momentos parecía camuflarse en el color que tapizaba todo.

–Son pinos de distintas clases, e incluso algún cedro del Himalaya –puntualizó Calisté, tras captar el pensamiento de Anselmo. Él se quedó absorto contemplando las bandadas de aves que sobrevolaban la formación boscosa.

Según se iban acercando, ante sus ojos se fueron perfilando nuevos detalles: las extensiones de terrenos arados junto al pinar, dispuestos como antemurallas vegetales; las hortalizas espontáneas que manchaban de colores inusuales la tierra en la que crecían; las parras que ofrecían a los insectos y pajarillos sus frutos redondos, revestidos de colores entre verde y grana… Pero lo que más sorprendió a Anselmo fue descubrir un león salvaje en uno de los extremos del perímetro del bosque. Calisté lo calmó:

–Hay cuatro leones en total, uno por cada esquina. No te asustes. Solo están para proteger el lugar, no atacan.

Un intenso olor a resina saturó pronto el olfato del visitante, sorprendido de que al internarse en la espesura del bosque se hubiera adueñado de su oído el constante intercambio sonoro de trinos y rugidos de animales salvajes. Calisté lo miró y sonrió para infundirle tranquilidad. Lo consiguió a medias porque Anselmo siguió recorriendo con inquietud el sendero bordeado de helechos que conducía a un calvero. Dedujo que habían llegado al objetivo.

Una inmensa construcción de tablones ondulados apareció ante sus ojos. Aunque mostraba dos plantas, su altura total no resultaba excesiva. Un porche y un voladizo anclado en columnas espirales de madera asentadas en robustos basamentos de granito ampliaban el aspecto de la primera planta. Había gente sentada alrededor de algunas mesas redondas colocadas en el exterior; mostraban aspecto de campesinos. Calisté y Anselmo empezaron a rodear el edificio recorriéndolo hacia la derecha hasta que dieron con la entrada principal. Sus dos peldaños estaban flanqueados por jardineras rebosantes de vistosos pétalos, multicolores atracciones para la infinidad de insectos que se entregaban a recoger sin descanso la ofenda alimenticia de las flores.

Cuando iban a ascender la breve escalinata, ante ellos surgió repentinamente la figura de una mujer avejentada cuyas arrugas desvelaban las largas horas que su piel habría pasado horneándose al sol. Tras una breve inclinación de cabeza se quitó el gorro de paja que le sombreaba los ojos y se dirigió sin titubeos al visitante.

–Sin duda esperabas otra cosa, a juzgar por tu cara –Anselmo mostró extrañeza, y se detuvo–. ¿Acaso te parecen poca cosa estas flores?

–¿Las flores? –Anselmo las miró con más atención, aunque sin ocultar la contrariedad que le había causado la aspereza del recibimiento–. No, no me parecen poca cosa, aunque…

–¿Aunque qué…? –replicó la guardiana.

–Aunque no me parecen nada del otro mundo.

–¡Del otro mundo, dice el muchacho! ¡Qué gracia! –Calisté y la anciana no pudieron evitar sonreír, lo cual desconcertó aún más a Anselmo–. Bienvenida de nuevo, A60X47H.

Anselmo se giró hacia su acompañante, y volvió a ver la inscripción bordada en su traje que mostraba ese código, mientras se extrañaba del modo tan impersonal con el que se saludaban en el Cielo.

–Recuerda que puedes llamarme Calisté, por favor –replicó ella al punto, como si hubiera advertido el pensamiento de él–. Y ya que estamos, te presento a mi acompañado: se llama Anselmo y viene de la Tierra.

Él sintió el impulso de descubrirse respetuosamente la cabeza, pero nada la cubría; luego sintió el impulso de avanzar al encuentro de la interpelada, pero sus piernas no se movieron ni un solo paso; finalmente, sintió el impulso de hablar para corresponder a su acompañante, pero su boca no logró articular ningún sonido. Lo único que consiguió fue que la joven y la anciana percibieran sus azarosos pensamientos, erráticos como el vuelo de los insectos que sin descanso zumbaban alrededor.

–Pues, ya que estamos de presentaciones, me presento yo también. Mi nombre es Cibeles y soy la guardiana de este pabellón –le dijo la mujer al visitante y luego volteó la cara hacia el dintel de la puerta principal señalando con su mano encallecida el rótulo pirograbado: SE–, el Pabellón de los Sembradores.

A Anselmo le sorprendió más la denominación de la inmensa nave que el nombre de la mujer; no recordaba conocer nada de mitología ni de panteones divinos. Observó el letrero y durante unos segundos permaneció impasible admirando la suave curvatura de las letras, que no contenían ningún trazo recto, tal vez por guardar similitud con la inusual y sinuosa construcción a la que identificaban.

–¿Y cómo has dejado la Tierra? ¿Está bien? –quiso saber Cibeles.

–Sí. Supongo. –Y, al responder, Anselmo por primera vez fue consciente de que nunca hasta entonces había reparado en que había estado habitando un planeta que no era solo una superficie inanimada, sino que también podía ser un ser vivo necesitado de cuidados y de afectos; la reflexión lo turbó, porque una ráfaga de culpabilidad le silbó como un cortante puñal helado junto al sobrecogido corazón. Había pasado años pisándola, sin desprecio pero sin darse cuenta del sustento que le procuraba; años desentrañándole vetas de fosforita sin entusiasmo, sin darse cuenta del valor de la ganga que desechaba en el vertedero; años rindiendo culto a las tumbas excavadas en ella sin veneración, sin darse cuenta de que el auténtico santuario quedaba aún más profundo que los despojos orgánicos de sus ancestros.

–Soy una apasionada de la Tierra, lo confieso –el tono de voz de Cibeles resultaba creíble y veraz–. Es mi debilidad. A veces me escapo y bajo a ver cómo van las cosas por allá. Aunque tengo a los elementales de la naturaleza haciendo una buena labor, me gusta volver para ver cómo sigue lo que yo contribuí a poner en marcha. No es por soberbia pero quiero que sepáis que me esforcé sin límite en domesticar a esas fuerzas naturales que eran tan necesarias para crear un soporte a la vida humana. El entorno inicial era demasiado hostil, y aunque el tiempo fue limando las asperezas de lo inhóspito, tuvimos que aplicar inteligencia superior para acelerar el proceso de habitabilidad del planeta. Si en su momento no hubiéramos sido encomendadas a esa tarea, la evolución del globo terráqueo habría sido demasiado lenta y quién sabe si del todo adecuada para el plan concebido de albergar vida humana inteligente.

–¿Cómo que el «plan concebido»? ¿A qué te refieres? –exclamó extrañado Anselmo, que ante el silencio de Cibeles clavó sus ojos en Calisté.

–Anselmo –dijo la acompañante–, creo que tal vez resulta temprana tu pregunta y puede que a Cibeles le apetezca mostrarte el interior del pabellón.

La guardiana asintió en silencio y empezó a alejarse seguida por Calisté. El visitante aceptó la falta de respuesta a su pregunta y se conformó con escoltar a la silente interpelada y a su acompañante. Se detuvieron ante una larga jardinera, también repleta de flores, colocada en paralelo frente a la puerta principal del pabellón. Allí los insectos habían hallado otra fértil base de operaciones.

–No me has aclarado lo de las flores –dijo Cibeles tras detenerse en seco y volverse impacientemente hacia Anselmo–. ¿Entonces de verdad no te parecen poca cosa?

–No, claro que no –respondió él, sintiéndose un punto violentado por la aparente irritación de la guardiana–. Pero no sé qué más decir…

Cibeles se dio cuenta de que estaba incomodando en exceso a su invitado y le pidió disculpas, alegando que su pasión por la Naturaleza la había convertido en un ser demasiado impulsivo que no se paraba a calibrar cómo encajarían los demás sus actos y opiniones. Ella era la diosa que gobernaba los cambios en la Naturaleza, pero no siempre estaba a la altura de las relaciones humanas.

–Disculpa, Anselmo, me pongo un poco intransigente a veces cuando me domina la pasión… En realidad no estoy muy acostumbrada a tratar con humanos. Más bien me paso la vida relacionándome con seres vivos de eso que en la Tierra consideráis escalones menos evolucionados dentro de la pirámide de las especies. Me sigue haciendo mucha gracia que habléis de reino mineral, reino vegetal y reino animal, supongo que para colocaros encima de todos ellos a vosotros como superespecie y así sentiros más importantes para regir tres reinos distintos. Estáis equivocados, sin duda, porque regir, lo que se dice regir, no regís nada: la Naturaleza es la que os rige a vosotros. Aunque, claro, es verdad que a veces se os olvida y vivís en el espejismo de que podéis controlarla y dominarla… No digo que no la podáis transformar, como de hecho estáis haciendo y aún más lo vais a hacer en los próximos años, no… Lo que quiero decir es que si tenéis esa falsa ilusión de que domináis a la Naturaleza no es porque la Naturaleza se deje dominar, sino más bien porque ella os permite ensayar los supuestos que queréis experimentar, porque, en su humildad, os deja que os engañéis.

La cara de Anselmo mostraba cierta incomprensión, no solo por el contenido de lo que Cibeles le estaba espetando, sino por la motivación que la llevaba a hablarle así. Ella se dio cuenta y prefirió modificar su discurso.

–Ya veo que tampoco tú me entiendes… Estoy acostumbrada. A veces pienso que los únicos que realmente me comprenden son los elementales, ¡y eso que tanto ellos como yo nos desvivimos por satisfacer vuestras necesidades básicas! Pero creo que va a ser mejor que me calle y os deje en manos de alguien más preparado para conversar con humanos… Acompañadme, por favor.

Los tres traspasaron al mismo tiempo el umbral del pabellón. El portón corredero estaba escamoteado dentro de uno de los muros, de modo que el vano de unos diez metros de anchura quedaba abierto de par en par. La repentina penumbra del interior de la sala sorprendió a Anselmo. Una vez se hubieron dilatado lo suficiente, deseosas de captar detalles antes imperceptibles, sus pupilas empezaron a distinguir las diversas figuras que se movían dentro de aquel recinto. El espacio interior rectangular aparecía dividido en cuatro sectores panelados con mamparas grises de material indefinido. De repente oyeron a sus espaldas una recia voz masculina.

–Bienvenidos al pabellón. Soy Empédocles y me ofrezco a guiaros.

Calisté dirigió su mano derecha hacia el pecho de aquel hombre, que estaba ataviado con una larga túnica dorada recogida parcialmente sobre su antebrazo derecho.

–Gracias por tu atención –le dijo ella, y después retiró la mano hasta hacerla descansar junto a su costado. Anselmo permaneció callado y expectante.

–Seguidme si os place –indicó Empédocles, que con una extraordinaria vitalidad impropia de la edad que delataba su semblante nonagenario iba sorteando con rapidez pilas de troncos, cajas entreabiertas, montones de minerales, recipientes rebosantes de líquidos y otros materiales de difícil identificación–. Permitidme que os explique brevemente qué hacemos en este pabellón. –Se detuvo bruscamente; se giró y esperó unos segundos hasta que se pudieron colocar de nuevo junto a él Calisté y Anselmo, que iba jadeante e inquieto. Entonces prosiguió su presentación–. Cibeles me ha pedido que os lo cuente yo… En fin, es lógico, yo estoy más acostumbrado a hablar en público. ¿Cómo no había de estarlo si llevo veinticinco siglos practicando desde aquellos remotos tiempos de mi natal Agrigento…? Pero no nos desviemos con historias que sé que no te interesan, Anselmo, y vayamos a la raíz del problema... ¡La raíz! ¡Eso es! ¿Pero por qué a la raíz? Porque la raíz es el principio de todo. ¿No es acaso el principio del más portentoso árbol que hayáis podido ver jamás en vuestra vida?

Empédocles ahuecó la voz y ralentizó su dicción mientras alzaba los brazos y miraba de hito en hito mostrándose así como el gran amante del teatro griego que era. Sabiendo capturada la atención de sus oyentes, prosiguió:

–Mi mano, que veis aquí –la elevó sobre su cabeza mientras lo decía–, el agua de la lluvia, una flor que veis allá, la mariposa que aletea sobre ella…, todo en la vida está formado por cuatro posibles raíces, o por cuatro elementos, como le gusta denominarlos a ese jovencito llamado Aristóteles... ¿Sabéis cuáles son esas cuatro únicas raíces de todo lo que existe? –Y sin aguardar ninguna contestación prosiguió–. Tú no contestes, Calisté, que ya te lo sabes de sobra: ¡la tierra, el agua, el fuego y el aire! No hay más. Dependiendo de la proporción en la que se mezclen entre sí, se genera un ser u otro. ¿Alguna pregunta?

Anselmo se miró las manos y por un instante volvió a creerse vivo. Pero, al recordar cómo los comisarios le habían demostrado que ya había muerto, se dio cuenta de que la explicación que estaba oyendo de Empédocles no satisfacía plenamente sus dudas. Por eso se atrevió a preguntar:

–Pero no entiendo bien. ¿Cómo no va a haber más que esas cuatro cosas? Yo veo más. ¿Y qué pasa cuando un cuerpo muere? ¿Qué pasa cuando un barreno revienta una veta en la mina? ¿Qué pasa cuando se muele un mineral y se convierte en polvo? ¿Y qué pasa con el agua que sacamos del pozo minero y que fuera, en la piscina, se evapora?

–Muy bien –el filósofo pareció satisfecho por haber sembrado la curiosidad en el visitante–, todo eso se explica porque, además de esas cuatro raíces que conforman todo, hay dos poderosísimas fuerzas que permiten la combinación entre sí de tales raíces. Esas fuerzas son el amor y el odio. El amor une mientras que el odio separa. Según actúen esas dos fuerzas y la proporción de los elementos que entren en juego, una sustancia se va transformando en otra. Aunque en realidad lo único que cambia es su apariencia exterior, ya que esas raíces interiores que la conforman permanecen inalteradas. Así se resuelve la paradoja de que todo cambie para nuestros sentidos, mientras que en realidad nada cambia, pues sus raíces permanecen siendo siempre las mismas, sin modificación.

Cibeles pasó junto al grupo y no disimuló su cara de disgusto. Le dirigió una recriminación a Empédocles:

–¿Otra vez contando batallitas? Basta con que les muestres el pabellón. No hace falta que les expongas toda tu filosofía…

–Claro, claro, ¡qué fácil es decir eso porque no eres filósofa sino únicamente diosa! Pretender pedirle a un filósofo que no aproveche cada aliento para compartir sus dudas y hallazgos con los demás es como esperar que una abeja melífera se abstenga de libar el néctar de una flor sobre la que está posada –replicó Empédocles mientras Cibeles se alejaba de ellos. Cuando estaba tan lejos como para no escucharlo prosiguió, dirigiéndose a Anselmo y Calisté–. Hablando de flores, ¿os ha hablado Cibeles de las flores de la entrada?

–Algo ha dicho –reconoció Anselmo.

–No me extraña –continuó el filósofo–, es su tema preferido. Lo hace con todas las visitas. Pero no nos desviemos con historias que no te importan, Anselmo, y vayamos a la raíz del problema… Mira, en muchas cosas coincido plenamente con Cibeles. Pero sigamos andando mientras hablamos. –El grupo empezó a moverse lentamente, en la dirección y con las pausas que iba marcando Empédocles–. Para que salga una sola flor en un parterre a lo mejor han tenido que caer en ese terreno cientos de semillas, y lo habrán regado miles de gotas de agua, y quién sabe cuántos millones de rayos de sol han tenido que bañarlo... La Naturaleza produce su magia a base de perseverancia y paciencia. Puede que en el momento en el que se produce un resultado este parezca instantáneo, pero ten por seguro que obedece a un lento proceso en el que el ojo humano no suele reparar. Para que pueda aparecer un único ejemplar de una especie en la Tierra o en cualquier otro planeta antes hay que haber creado las condiciones ideales. Una tarea ardua… Es como si hubiera que asegurar la fertilidad de un medio antes de implantar en él lo que se quiere que arraigue y crezca.

–¿Y todo eso se hace en este lugar? –preguntó Anselmo.

–En parte sí, pero solo en parte –contestó Empédocles–, porque en realidad en este pabellón nos dedicamos a formar a quienes luego sembrarán. «Pabellón de los Sembradores», ¿recuerdas?

–¿Los que plantan las semillas de las flores? –pidió aclaración el visitante.

–¡No solo eso, hombre! –respondió el filósofo en medio de una carcajada contenida–. Los sembradores que aquí se forman son los encargados de crear las condiciones necesarias para que arraiguen los procesos vitales de la Naturaleza. La acidez de un determinado manantial de agua puede ser modificada de modo que sus filtraciones entre las rocas generen un lago subterráneo que permita la instalación de una determinada colonia de bacterias extremófilas. O pueden provocar unas erupciones magmáticas que modifiquen la orografía del lecho marino y encaucen de un determinado modo un flujo de agua más cálida que bañe las costas de un continente alejado para aumentar su biodiversidad. O permitir el crecimiento de pantallas vegetales que moderen el rigor de los vientos costeros. O estimular fallas tectónicas que permitan liberar controladamente la presión interna del planeta para no afectar a las poblaciones de la superficie. O favorecer la proliferación de determinadas plantaciones silvestres que puedan asegurar la supervivencia de alguna especie herbívora dependiente de aquellas plantas. El catálogo de posibles actuaciones es inagotable…

–¿En serio? ¿Todo eso hacéis? –la cara de Anselmo no podía ocultar su asombro.

–Bueno, al menos está en nuestra carta de servicios –aseguró el filósofo con un intencionado guiño–. Pero nada de eso se hace aquí, sino luego en los lugares de operaciones, sobre el terreno. Aquí solo se forma al personal que tendrá que actuar, a los sembradores.

–¡Pues vaya un papel importante! –exclamó Anselmo.

–Cierto que lo es, pero no lo exageres. No creas que todo sale siempre bien a la primera. Ya digo que para un sembrador son fundamentales la paciencia y la perseverancia pero también la confianza en que los procesos acabarán dando su fruto. Como suele decirse, no siempre el sembrador ve su cosecha. Puede que se pase toda una vida intentando implantar unas determinadas condiciones favorables para que suceda algo y eso no termine sucediendo, o incluso puede que suceda pero tan tarde ya que no lo llegue a conocer. ¿Ha sido entonces inútil su siembra? ¿Qué opinas, Anselmo?

Anselmo sintió crecer su admiración por los sembradores, esos seres que podían dedicar toda una vida a desear que sucediera algo concreto, a hacer todo lo posible para que sucediera aun sin acabar viéndolo. Se imaginó a sí mismo bajando con el carburo a la mina, con su ardiente esperanza de encontrar la más importante veta de fosforita jamás explotada en Aldea Moret, picando y picando, profundizando y profundizando en la galería, pero sin acabar de hacer aflorar el ansiado mineral. Y así un día tras otro con la misma esperanza. Y con la misma paciente perseverancia. No, no era fácil ser un buen sembrador. Dejó escapar su considerado respeto:

–¡Menuda tareíta la de los sembradores! ¡Y más si no llegan a ver los resultados de su trabajo! ¡Me quito el sombrero! ¿Y todos ellos hacen lo mismo o se especializan en algo concreto?

Empédocles miró a Calisté para saber si aquel era el primer pabellón que visitaba Anselmo. Comprendiendo la respuesta, sacó al regresado de sus dudas:

–Como no has ido antes a ningún pabellón, todavía no te han informado. Bien, lo hago yo ahora porque esto sirve para los siete pabellones. La instrucción que aquí se recibe no es siempre la misma. No podría serlo porque el proceso con el que alguien aprende también enriquece las capacidades y hasta el contenido de quien enseña. Digamos que el enseñante aprende a impartir una enseñanza en la medida en que hay alguien que aprende a recibirla. Y esto es un proceso dinámico que no tiene final sino que crece y se perfecciona. Sin fin. Como además aquí la enseñanza es individualizada, atendiendo a las necesidades e inquietudes del educando, podrás comprender que no salen igual de formadas dos almas. Con mayor motivo, nunca una promoción podrá ser igual a otra. Pero además ni siquiera se puede afirmar que haya «promociones» de modo ordinario. Eso sí, cada uno de los sembradores que sale de aquí se va con la seguridad de que ha tenido la mejor formación posible y que es la mejor porque es la que ha merecido recibir.

Mientras Anselmo escuchaba la disquisición del filósofo, se dejó llevar por el recuerdo de aquellas cartillas de palotes que había conocido en la escuela de Coria, siempre las mismas para todos los pupilos, que volvían a utilizarse al año siguiente, y también al posterior, y le dio cierto reparo sentir lo anticuado que estaba el sistema educativo en el que había aprendido los rudimentos de la escritura.

–Además, los sembradores se van formando atendiendo también a los objetivos globales que se pretenden obtener. Por ejemplo, al acabar la fase de «vida desnuda» de los astros… Perdón, para que puedas entender mi discurso antes tendré que explicarte ese término. Verás, la finalidad de todo astro es contribuir a albergar vida consciente, aunque también la podrías llamar vida inteligente o superior. Da igual. Eso se puede lograr bien permitiendo que la vida inteligente se asiente en ese astro, bien creando relaciones y equilibrios macrocósmicos para que en otro astro vinculado se produzca esa implantación. Esto último, por ejemplo, es el papel que cumple vuestra Luna… Pero no me quiero desviar del tema, que además no es mi especialidad. Volvamos a la raíz del problema… Aquí llamamos fase desnuda a ese primer periodo temporal en el que en un astro se están creando las condiciones físicas pertinentes para que pueda llegar a albergar vida consciente en su superficie o en su interior. A partir de ese momento, a la nueva fase la llamamos «vida hospitalaria».

–¡Qué sugerente!

–Pues bien, como te iba diciendo, al acabar la fase desnuda de los astros y empezar la hospitalaria es muy importante redoblar esfuerzos de todo tipo para que se mantenga esa hospitalidad, para que los procesos de la Naturaleza se decanten a favor de la opción que mejor garantice que arraigue esa consciencia o inteligencia de la que te hablaba. Y siempre pasa igual. También era así antes de que llegara yo aquí. Pues bien, en esos momentos de transición tan delicados para un astro surgen de este pabellón sembradores especiales, servidores muy singulares que se caracterizan porque se han adiestrado con la idea específica de realizar determinadas tareas que en ese momento requiere el astro. En el caso de la Tierra, así surgió la necesidad de formar una promoción de Elementales de la Naturaleza, que es ese cuerpo del que está tan orgullosa Cibeles. Son seres inasequibles al desaliento. No pueden desanimarse, no está en su configuración. Dedican toda su energía, sin descanso, a apoyar los procesos de conquista del ser humano sobre el planeta y actúan a modo de mecanismo intercomunicador entre las Potencias Supremas y la materia más densa del astro traduciendo a impulsos materiales los afanes espirituales. No sé si me entiendes…

Anselmo se sintió desbordado por tanta información. Y aún más por la conmoción que le provocaba. Ya se encontraba sin fuerzas para lanzar nuevas preguntas, de modo que optó por silenciar sus dudas, conservando así la energía no consumida en expresarlas. Siguió recorriendo el pabellón. Primero cabizbajo y después alzando poco a poco la mirada.

Súbitamente se le vino a la mente el recuerdo de un día en el que pudo haber muerto, enterrado en la galería. En ese momento estaba solo, agotado por las horas que llevaba picando la roca. Su extenuación le hizo espaciar cada vez más las comprobaciones de la jaula del jilguero. Todos los picadores bajaban a la mina con algún pajarillo enjaulado, porque si dejaba de cantar o de moverse era un anuncio de una fuga de grisú o de algún otro gas que podía resultar letal para los obreros. Ese día Anselmo no se dio cuenta de que el jilguero se había desplomado. Pero sintió un súbito soplo de viento que le hizo girar la cara y entonces se percató de la situación. Corrió hasta el final de la galería a tiempo de evitar el hundimiento de la entibación del tramo en el que había estado trabajando, causado por una deflagración de gas. «¡Por los pelos…!», había dicho siempre cuando se refería al percance, dando gracias por la suerte que tuvo para librar el accidente. Pero ahora se daba cuenta de que la intensa corriente de aire que aquel día notó en la cara había sido propiciada por Elementales de la Naturaleza que intentaban advertirlo del peligro. El minero empezó a tambalearse asustado. Necesitaba una tregua.

–Lo siento, tengo que salir a tomar el aire –dijo atropelladamente mientras se llevaba una mano a la boca y buscaba con premura la salida del pabellón. Pero lo que no pudo evitar fue convertir el hermoso parterre donde antes zumbaban las diligentes abejas en un silencioso terreno arruinado por su vómito.

En sueños te susurraré

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