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6 Deliberación internacional político-militar

Desde ese búnker AMMI/AMMAA, pues, directamente conectado mediante los más sofisticados ―por tecnológicamente adelantados― medios de comunicación personales con los seis miembros permanentes del Consejo de Seguridad, aparte de una conexión general con las cámaras legislativas de sus Estados, los allí presentes, pero especialmente los seis generales mayores de las Seis Grandes Potencias con sus generales y coroneles adjuntos, estaban al tanto de cuanto acontecía en la Asamblea General de la ONU y particularmente de las actitudes de los miembros permanentes en el Consejo de Seguridad. Pero no sólo con ellos estaban conectados sino también con los reunidos en los edificios de las oficinas de Estados Mayores nacionales de esas potencias militares como el Pentágono en Wáshington, sede también de la Secretaría de Defensa estadounidense, con su representante político, o en Rusia con el Kremlin, etcétera; en los cuales, como en el búnker AMMI, y también en los demás edificios dedicados a los asuntos de gobernación y de la defensa nacional de cada país, habían sido congregados, aparte de sus principales políticos y militares no convocados en el búnker aliado, eminencias de la ciencia, la tecnología, las humanidades y expertos en la ovnilogía* y alienegistas*, entre otros personajes importantes de los poderes fácticos.

Todo ello planificado lo mismo para actuar en junto, políticamente desde la ONU o militarmente desde el AMMI/AMMAA en caso inevitable, o si desbaratado por los alienígenas ese proyecto defensivo-ofensivo unificado mundial que se diere, actuar entonces desde sus sedes nacionales de Defensa, donde permanecerían sus secretarios o ministros con sus Estados Mayores nacionales dirigiendo éstos sus respectivas fuerzas armadas y aquéllos ―los secretarios ministeriales― el control de funcionarios, policías e industrias; junto a los que se irían agregando el resto de los principales representantes de todos los ramos de, además de la ciencia y la tecnología, de la industria, la economía, la cultura y la religión no convocados de principio ni al búnker de la alianza suprema antialienígena ni asistentes en la Asamblea General de la ONU, ante la expectativa del mensaje alienígena por lo que pudiera derivarse; y una vez escuchado éste, con los sentimientos dichos que se generalizaron, de inmediato se tomaron cartas en el asunto a preparar planes de actuación, no sin ocultar la impresión de temor que les invadió a todos, que se reflejaría en el tono y el nerviosismo de cuanto a continuación comentarían unos y otros, desde los reunidos en el búnker internacional a los de los edificios nacionales de las autoridades de la defensa en cada país, siendo el primero que se oyó expresarse, entre la rabia y el temor ante el poder desconocido extrasolar, el general de cinco estrellas del Ejército de Tierra y comandante en jefe de la autoridad militar en el Pentágono, cuyas palabras reflejaban lo que todos temían:

―¡Lo sabía: sabía que el fin de todo esto era un ultimátum!

―¡Dios!, ¿puede ser esto cierto; no se puede ver de otra manera..? ―Exclamó el obispo presente en el mismo edificio―. ¿De dónde vienen? ¡Oh, Dios: ¿los has creado Tú?!

―¿Hemos de entender que hay otras creaciones humanas, o no humanas, de Dios?

―Eso sería si Dios hubiera creado el Universo―: se oyó decir a un no creyente.

―¿Y permitiría una guerra entre sus creaciones estelares?―, se preguntó un creyente indeciso.

―Si Dios permite una guerra será por la obstinación de los mismos beligerantes, como entre nosotros los terrestres, ¿no?

―¡Dios Santo! ¿Qué podemos hacer ante esa amenaza?―Se lamentó ahora el Secretario de Defensa, visiblemente aturdido―. Porque es imposible atender a cuantas obras de ingeniería nos piden, y especialmente sin robots… ―Ahí quedó, sin que cuanto se agolpaba en su cerebro fuera capaz de soltarlo por la boca.

―Nos lo exigen… Para que les pidamos ayuda sintiéndonos incapaces y nos colonicen…―Dijo el historiador Conrad, oído, igual que los anteriores, no sólo por los presentes en el Pentágono, sino también por los asistentes en el búnker AMMI/AMMAA y demás búnkeres militares y edificios de Defensa conectados, especialmente los de las grandes y medianas potencias nacionales, interconectados sus países, como se ha dicho, y mentalizados sus responsables a no demorar la actuación aliada a seguir frente al peligro, de ser evidente, de una intervención invasora extrasolar.

―O para destruirnos…

Se oyó también decir de alguien no identificado en las interlocuciones que se desarrollaron sin orden de unos a otros búnkeres y sedes políticas y de defensa internacionales conectadas, en un maremágnum de opiniones, de entre las que escogemos a continuación tal vez las más expresivas del momento álgido que se vivía, dichas en distintos idiomas como una babel intercomunicada internacionalmente, pues en la excitación del momento no todos atendieron a expresarse en el idioma más internacional, el inglés.

―¿Se nos escapa pedir a los extrasolares conversaciones al más alto nivel, con los Diez Insólitos por medio, a fin de retirar ese ultimátum? ―Preguntó una voz por todos reconocida.

―Tan pronto se dio el ultimátum desaparecieron los Insólitos, después que lo hicieran los Extrasolares―, respondió otra voz igualmente reconocida.

―Eso nos indica que el ultimátum es indiscutible, a menos que cumplamos todas sus exigencias, que al desaparecer ellos o no las contemplan de buena fe, o realmente quieren vencernos con la amenaza ―concluyó una tercera voz determinante.

―Pero, ¿qué les hemos hecho? ―Se entendió en este caso preguntarse una doctora conocida por algunos en ciencias sociopolíticas―. ¿Tanto les importa nuestro mundo?

―Da lo mismo ―respondió ahora un militar en cuya voz algunos reconocieron a un general de las Fuerzas Aéreas estadounidenses―: el caso es que estamos bajo una amenaza apocalíptica de la que no parece que tengamos salida, dado lo que nos exigen, justo para que no lo podamos llevar a cabo.

―¿Y si abandonamos la robótica? ―Preguntó una voz femenina―. Parece que es lo que más les importa. Y visto hacia nuestro futuro, ¿acaso no sería lo mejor?

―Es una imposición. Y ahora mismo nos es imposible prescindir de tan avanzada tecnología… Que podríamos emplear en nuestra defensa― fue dicho por un general hindú, cuyo país, como sabemos, utilizaba en sus frentes de guerra contra Pakistán soldados-robots.

―¿Y qué plazo nos dan? No se ha dicho…―¿Intervino un tecnólogo ruso?, se preguntaron algunos según su acento.

―Da lo mismo para aceptar sus condiciones…

―¿Qué podemos hacer frente a cuanto nos exigen? ―preguntó el Secretario de Defensa norteamericano, por su voz identificado por la mayoría.

―Lo que sea ―se manifestó un científico francés, al parecer―: habrá que intentarlo. Mejor que no hacer nada …

―Será una decisión acertada ―expresó contundente el almirante representante de la Flota de Guerra estadounidense, en el búnker AMMI*, como muchos reconocieron.

―Pues manos a la obra ―expresó ahora con no menor contundencia el general de cinco estrellas chino en el mismo búnker―: Y entre tanto póngase en alerta la defensa internacional del planeta y prioricemos el rearme extraordinario que…

―¡Adelante! ―no quiso quedarse atrás el representante de las fuerzas armadas rusas―. Ante un ultimátum a toda la Humanidad, la defensa hemos de plantearla, como ya se ha tratado, a escala internacional, de todo y en todo el planeta, empezando y dirigiéndolo desde este búnker. Hay que atender lo que se exprese en AMMI. Y luego habrá que ponerse de acuerdo en cómo llevar a cabo la defensa de todo nuestro planeta a través de la alianza AMMAA* de toda la humanidad, haciéndolo con las demás potencias, especialmente con las más avanzadas tecnológicamente, que además de nuestras Seis, serán: El resto de Europa, Japón, algunos otros países asiáticos y sin olvidar tampoco a los Estados de la América Hispana ni a los países islámicos… Que esperemos se hayan convencido del peligro alienígena…

―¿Y si tratamos de entendernos con los extrasolares? A lo mejor lo que nos exigen vale la pena cumplirlo―: se oyó la voz que pareció del obispo anterior, volviendo a lo desestimado anteriormente.

―Intentaremos entendernos con ellos, pese a nuestro convencimiento de que será imposible, como se ha observado anteriormente; pero a la vez hay que reforzarse, que no nos crean presa fácil.

―Desde luego; pero nos respetarán más si todos los países humanos hacemos piña…

―Entiendo que no se puede olvidar a ningún país ni continente ―le interrumpió alguien indetectado.

―Ni mar ni océano ―le interrumpió a su vez un almirante.

―Todo eso nos confina a una defensa terráquea, planética ―apuntó la brillante radioastrónoma Sagan, según fue reconocida―: ¿No nos olvidamos de algo?

―Del espacio ―intervino una voz desde la NASA, hasta entonces escuchándoles pensativo―. En una situación como esta, y por mucha diferencia tecnocientífica y cosmonáutica entre nosotros y los alienígenas, no nos cabe otra que esforzarnos al máximo en superar nuestra astronáutica, hasta convertirla en cosmonáutica*; aunque sólo fuera finalmente, si ejecutan su amenaza, para lanzar al espacio cósmico los suficientes seres humanos que salven nuestra especie de la aniquilación; en Marte, en algún satélite de Júpiter o de Saturno; o, en algún exoplaneta de alguna estrella...

―Todo indica ―aprovechó el momento para intervenir un representante de la industria armamentística norteamericana―: que hemos de priorizar aun con más diligencia de la que llevamos el rearme general a la altura de las circunstancias… Sin hecerles caso acerca de los robots, de los que de momento no podemos prescindir para la industria, sobre todo si hemos de ser diligentes... Se habrán referido a los androides, y a los robots de superior inteligencia…

―No será válido ―apuntó el representante de la NASA―, mientras no se haga desarrollando toda una nueva tecnociencia astronáutica, que habrá de ser cosmonáutica, defensiva, ofensiva y de escape, como he señalado… Y observemos que si son extrasolares, y realmente nos declaran la guerra, a menos que tengan una base en nuestro Sistema Solar, o provengan de ese planeta Nibiru de que se habla acercándose, un ataque de ellos podría tardar lo suficiente para entretanto convertirnos en una potencia tecnológica y militarmente cosmonáutica.

―¿Nos olvidamos que sus cosmonaves ya han estado en nuestro planeta, y sus cosmonautas se han ganado a diez terrestres? ¿Y qué hay de esa cosmonave alienígena todavía bajo el lago Titicaca, que no ha sido detectada?―, apuntó el jefe del cosmódromo ruso en Kazajistán, como señalando la falta de eficacia de su búsqueda―. Si nos apoderamos de ella, podríamos dar un salto gigantesco en nuestra tecnología cosmonáutica y defensiva

―Señores ―dijo el Secretario de Defensa estadounidense―: ¿Estamos locos? ¿Vamos a enfrentarnos, aunque sea a la defensiva, a unos alienígenas evidentemente con una inimaginable potencia tecnocientífica, seguramente de miles de años por delante nuestro, que no podremos alcanzar en el poco tiempo que nos pueda quedar? Ni aun juntándonos todas las naciones. ¿Qué queremos, inmolarnos todos en un acto heroico, igual que desde la Antigüedad, en tantas guerras nuestras terrícolas, lucharon sin esperanzas de sobrevivir ciudades y pueblos enteros? ¿Por qué no preguntamos a la gente del mundo entero si quiere ese sacrificio de muerte segura? ¿A todos los líderes mundiales? ¿A nuestros Jefes de Gobierno?

―Se preferirá que nos esclavicemos horadando la tierra o sumergiéndonos en las profundidades de los océanos… Y seguramente sin máquinas robóticas…―dijo alguien.

―Ésa es otra… ―fue a intervenir un ingeniero robótico, al que se le interrumpió con la siguiente intervención:

―¿Nos damos cuenta que nos amenazan directamente por los robots, pero que luego nos advierten de otros peligros…?

―Sí, entiendo que de las fuerzas telúricas… ―entendió un geólogo.

―Y del espacio; de algún cometa o asteroide que aún no hallamos descubierto ―concluyó un astrónomo―. De hecho nos ayudaron con sus cálculos a desviar Ajenjo de su impacto con la Tierra…

―Entonces…

―Podríamos aceptar ponernos a trabajar en esas obras descomunales que nos exigen, mientras desarrollamos tecnológica e industrialmente nuestra defensa militar…―Se animó en el AMMAA un general de cinco estrellas francés ―. Los misiles apuntando al cielo, por ejemplo, con la excusa de protegernos de los asteroides…

―Y a la vez desarrollamos nuestra astronáutica y espacionáutica*, para en último término salvar a nuestra especie…

―¿Y cuántos de los miles de millones que somos podríamos protegernos en los refugios que nos exigen, o escapando de nuestro planeta? ―se oyó ahora la voz de un británico―: Contando con llegar a tiempo…

―Por lo menos no pereceríamos todos. ¿No falta aquí algún espeleólogo?

―¡Eso, que nos hagamos cavernícolas..!

―¿Y un oceanógrafo?

―Y hombres-peces.

―Tal vez perfeccionando nuestras máquinas robóticas y haciendo uso de las más modernas tuneladoras―logró decir el ingeniero de robótica anterior―, conseguiríamos un adelanto suficiente a construir refugios, incluso adaptando las cavernas, que nos salven a millones tanto de las convulsiones de nuestro planeta, de la caída de asteroides como de los mismos extrasolares por hacerles caso…

―¿Caso? Nos han prohibido la ingeniería robótica…

―Yo diría que los robots militares e inteligentes, esos sapierrobots…

―¿Sapierrobots? ¿Qué es eso?

―Los robots inteligentes, sapienses; sobre todo los que puedan ser androides militares.

―Pero se podrían hacer robots inteligentes que no sean militares…

―Serían sapierrobots, que expresamente nos los prohiben los extraterrícolas.

―¡Vaya por Dios!

―Y habría que salvar plantas y animales, como en el diluvio de tiempos de Noé.

―Y además la exigencia de desarmarnos, implícita en la coacción. ¿O no recordáis la crítica a nuestra militarización y el armamento… nuclear, digamos? Por eso no quieren sapierrobots inteligentes, que podrían sernos militarmente útiles, programados para la lucha antialienígena…

―¿Se podrían programar los sapierrobots, después de ser ellos mismos inteligentes…? Entiendo que habría que establecer un contacto directo con los extraterrestres para buscar una solución ajustada a nuestra situación.

―Me temo que nuestro contacto sólo puede ser mediando los Diez Insólitos; y ya les habéis oído.

―Les hemos oído darnos el mensaje extrasolar… No que ellos estén de acuerdo.

―Pero parecían convencidos…

―Dejemos esa cuestión ahora.

―Entretanto, ¿no debemos buscar el origen de los extrasolares? ―Volvió a hablar la radioastrónoma Sagan―: Es misión nuestra, de los astrónomos: ¿vienen realmente de la constelación de Andrómeda? O… ¿más bien de Alfa Centauri?

―Señores ―cortó un general de cinco estrellas―: Estamos perdiendo un tiempo valiosísimo. Propongo que de inmediato nos pongamos a trabajar por equipos proyectando todo lo que se nos ocurra en las circunstancias actuales, innovando desde planes militares, industriales, tecnológicos, científicos, oceanográficos y astronáuticos o cosmonáuticos. ¿Y por qué no sapierrobots multiusos, e incapaces de rebelión? En cuanto a contactar con los alienígenas…

―¡Ahí está! ¿Acaso nos olvidamos que todavía tenemos, como se ha dicho, escondida en el lago Titicaca, no sabemos cómo, una cosmonave extrasolar, con la que podríamos buscar el medio de relacionarnos?

―¡Cierto!

―¡Pues a qué esperamos!

De pronto alguien dijo:

―¿Y si nos enfrentamos… al Juicio Final, al Armagedón? ¡Dios Misericordioso, el Apocalipsis!

―¡Reverendo, no nos lo ponga peor! ¿No tiene otra cosa que decirnos?

―Que nos encomendemos a Dios.

Se oyó entonces una voz islamista:

―Nada salvará a la Humanidad pecaminosa e infiel, si los llamados extrasolares los envía Dios, Alá.

Siguió un silencio ominoso, hasta que otra voz alertó:

―¿Nos damos cuenta que nos pueden estar escuchando los Extrasolares?

Ultimatum extrasolar

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