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FISURAS

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En este mundo caracterizado por el poder imperial y dinástico, los grandes desplazamientos de población, la pobreza extrema, formas de explotación muy arraigadas y actos de sumisión…, en este mundo existían fisuras que prefiguraban otro nuevo que estaba por venir: indicios que solo ahora se ven con claridad.

Ya hemos mencionado uno de estos indicios, a saber, la apertura de Japón; el país entró así en una senda de modernización y se convirtió en uno de los muchos que formaban la “sociedad de Estados”. En el Congreso de Viena se habían hecho evidentes otras fisuras. Con su dominio imperial sobre Europa, Napoleón había atacado frontalmente el sistema europeo, caracterizado por la coexistencia de múltiples Estados soberanos e independientes. La Paz de Westfalia había establecido este sistema en 1648, y el Congreso de Viena lo restauró.

La legitimidad dinástica y la soberanía territorial fueron los principios fundamentales del Tratado de Viena (véase ilustración de la p. 51). Era imposible, sin embargo, reprimir del todo las ideas de Estado nación y derechos humanos que la Revolución francesa había difundido en Europa. Por mucho que lo desearan, los príncipes, reyes y emperadores europeos no podían forzar al continente a retroceder a la década de 1760, es decir, a los años anteriores a las revoluciones estadounidense y francesa, y a las latinoamericanas. En los siglos XIX y XX el auge de los nacionalismos llevaría a muchos de los Estados dinásticos europeos a transformarse en Estados nación, como veremos en otros capítulos. Es cierto que varias disposiciones del Tratado de Viena venían a afirmar el principio de nacionalidad, entre ellas la que otorgaba a los polacos no un Estado propio, pero sí una serie de instituciones nacionales, y la que unía muchos de los pequeños territorios alemanes que antes habían gozado de soberanía para formar Estados mayores. Por lo demás, el tratado reivindicaba la emancipación de los judíos, afirmando así uno de los principales triunfos de la Revolución francesa.86 La pervivencia del poder dinástico no impidió que las naciones, las constituciones y los derechos se incorporaran al paisaje intelectual y político europeo.87

Las fisuras del viejo orden y los indicios del nuevo asomaron en los tratados y las declaraciones de las grandes potencias, pero se hicieron más evidentes en los movimientos populares. La revolución de los esclavos haitianos, dirigida por Toussaint Louverture, aspiró a abolir una institución que había existido en el país durante milenios. Louverture se imbuyó de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que habían inspirado la Revolución francesa. Si estos principios podían aplicarse a la Francia metropolitana y a los blancos, ¿por qué no a las colonias y a las poblaciones negra y mulata? La Revolución haitiana tuvo una gran resonancia, infundiendo ánimo a esclavos y abolicionistas y pavor a los propietarios de esclavos y sus defensores.88 En toda América se produjeron incontables actos de resistencia individual y colectiva por parte de los esclavos, que huían de las plantaciones y las granjas y formaban comunidades de cimarrones. Los rebeldes y fugitivos demostraron así que se podía hacer frente a la opresión, y expresaron su vehemente deseo de disfrutar de los derechos que la esclavitud les había negado por completo.


Representación en acuarela de los emperadores y reyes de Europa, por August Friedrich Andreas Campe (1777-1846)

Sus acciones impulsaron el movimiento abolicionista que surgió originalmente en Gran Bretaña y Norteamérica a finales del siglo XIX y en el siguiente. Los abolicionistas crearon el primer movimiento internacional en pro de los derechos humanos. Su presión política llevó a Gran Bretaña a prohibir el comercio trasatlántico de esclavos en 1807 y promover la causa de la abolición en el Congreso de Viena, donde las grandes potencias condenaron el tráfico de esclavos, “contrario a los principios humanitarios y la moral universal”, y exhortaron a los signatarios del tratado a poner fin a esta práctica, aunque todavía no estaban en condiciones de hacerlo ni de abolir la institución misma de la esclavitud.89 Sin embargo, muchos otros países se apresuraron a seguir el ejemplo de Gran Bretaña, que se encargaría de hacer cumplir en el plano internacional la prohibición del tráfico de personas. Si bien algunos abolicionistas creían en la inferioridad intrínseca de los negros, el movimiento a favor de la eliminación de la esclavitud (institución que existía desde hacía milenios) supuso en Occidente y el mundo islámico una revolución moral y política que guarda una estrecha relación con el desarrollo de los derechos humanos, como veremos en capítulo IV, dedicado a Brasil.90

Otras formas de pobreza extrema y explotación también suscitaban el rechazo. La idea del “inglés nacido libre” prendió en Gran Bretaña y sus colonias (o antiguas colonias, en el caso de Estados Unidos). Se propagó por el campo y las ciudades, y a partir de 1815 adoptó múltiples formas, manifestándose en la destrucción de maquinaria industrial, las primeras huelgas y protestas multitudinarias. La poesía de William Blake (entre otros) describía los males de su época e imaginaba un futuro de libertad y prosperidad. El poema “Jerusalén” (1810), en el que abundan las imágenes religiosas, es un furioso alegato contra las condiciones de vida predominantes en Gran Bretaña (Blake habla de las “oscuras fábricas satánicas”) y un llamamiento a la rebelión. Blake cree posible construir en los fértiles campos de Inglaterra un mundo donde reine la libertad.

¿Y caminaron de antiguo esos pies

por las verdes montañas de Inglaterra?

¿Y fue el sagrado Cordero de Dios

visto en las plácidas praderas de Inglaterra?

¿Y brilló el semblante divino

sobre nuestras nubladas colinas?

¿Y se construyó Jerusalén aquí,

entre esas oscuras fábricas satánicas?

¡Traedme mi arco de oro ardiente!

¡Traedme mis flechas de deseo!

¡Traedme mi lanza! ¡Oh, nubes, abríos!

¡Traedme mi carro de fuego!

No cejará en la lucha mi espíritu

ni dormirá en mi mano la espada

hasta que levantemos otra Jerusalén

en el campo verdeante y dulce de Inglaterra.

La Rebelión Taiping, que estalló en el otro extremo del mundo, en China, medio siglo después, representaba otra forma de resistencia, aunque creada en el contexto de una economía y un intercambio de ideas globales. Levantamiento numeroso y principalmente campesino, Taiping fundía elementos cristianos y budistas. Como Blake, los dirigentes de la rebelión proclamaron un porvenir milenario opuesto a las condiciones opresivas que padecían los campesinos y a la incapacidad de la dinastía Qing para defender los principios del gobierno justo. Mientras aguardaban el advenimiento de la utopía, los rebeldes Taiping redistribuyeron la tierra y llegaron incluso a emancipar a las mujeres. Después de más de diez años de guerra en los que los dos lados habían perpetrado atrocidades sin precedentes, los gobernadores provinciales, la pequeña aristocracia local y el Gobierno central, aterrados por la posibilidad de una China gobernada por los Taiping, recuperaron la iniciativa y derrotaron a los rebeldes. La crisis interna china llevó a la intervención de las potencias occidentales. Su influencia creciente se manifestó sobre todo en la segunda guerra del Opio (1856-1860).91

En esta época se empezó a avanzar hacia el reconocimiento de los derechos de las mujeres, y no solo en China con la Revolución Taiping, sino también en Occidente. En la década de 1790, Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft fueron las primeras autoras en reivindicarlos explícitamente. He aquí uno de los primeros ejemplos de cómo el reconocimiento de derechos a ciertas personas (los hombres, en el caso de la Revolución francesa) animaba a otras a reclamarlos para sí, de modo que se iba ampliando el conjunto de individuos dignos de convertirse en ciudadanos con derechos. En Europa occidental y Norteamérica muchas mujeres pasaron de militar en el movimiento abolicionista a fundar las primeras organizaciones de defensa de los derechos de la mujer. Estas activistas relacionaban explícitamente las dos causas y su ideología política solía estar teñida de religiosidad. Mediaría un largo camino entre los hitos que hemos mencionado –los escritos publicados por De Gouges y Wollstonecraft en la década de 1790 y la Revolución Taiping de mediados del siglo XIX– y la Convención de las Naciones Unidas sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, tratado firmado en 1979. Pero el germen del movimiento en pro de los derechos de las mujeres apareció muy pronto.

Desde la perspectiva del poder imperial europeo se podía observar otra fisura. Las potencias coloniales explotaban a los “nativos”, reduciéndolos a la condición de súbditos. El viajero Taylor, al que le repelía el “desdén” con que los ingleses trataban a los indios de todas las clases sociales, señalaba que sus compatriotas, por otro lado, habían traído la prosperidad al subcontinente, además de la justicia y los principios legales británicos.92 Según él, los indios recibían un trato más ecuánime de los tribunales británicos que del sistema judicial instaurado por los gobernantes nativos.93

El principio de trato justo era otra condición esencial para el establecimiento de los derechos humanos. Del mismo modo que Toussaint Louverture invocó los ideales revolucionarios franceses en su defensa de la emancipación de los esclavos, el movimiento nacional indio, fundado más tarde, esgrimiría las ideas británicas sobre la justicia en contra de la dominación británica.

Las fisuras del viejo orden y los indicios del nuevo también se hicieron evidentes en la estructura misma de los imperios. El naturalista y viajero francés Charles Sigisbert Sonnini, clarividente observador de su tiempo, ya había predicho en la década de 1770 una revolución nacional griega que inspiraría otras en todo el mundo.94 A pesar de la aparente estabilidad del llamado sistema vienés existía una intensa actividad política en las sociedades y los clubes democráticos fundados en ciudades europeas como Madrid y Moscú, y en toda América Latina. En la década de 1820, los intelectuales y los activistas empezaron a debatir sobre las ideas de democracia y revolución. Esta efervescencia política llegó a su apogeo con las revoluciones europeas de 1848. Si bien no triunfó ninguna a excepción de la suiza, todos los movimientos ulteriores que llevaron a la fundación de Estados nación en Europa, así como todas las declaraciones de derechos y constituciones occidentales, tendrían su origen en los trascendentales acontecimientos de ese año, en el que, por lo demás, se publicó El manifiesto comunista. En los decenios siguientes y en casi todo el mundo, Marx y Engels atraerían seguidores fervorosos con su llamamiento a la instauración del comunismo, presentado como remedio contra todas las injusticias.

Muchos emperadores orientales se hicieron cargo del peligro que suponían los sentimientos nacionalistas y las tendencias reformistas, así como la expansión de la hegemonía occidental. Los soberanos otomanos, persas y chinos tenían relaciones con Occidente desde hacía siglos. En la década de 1830 tomaron conciencia del creciente dinamismo de las potencias occidentales, cuya superioridad militar, tecnológica y administrativa (su capacidad para movilizar recursos, incluidos los humanos) amenazaba gravemente su poder. Los gobernantes orientales observaron cómo los británicos iban consolidando poco a poco su dominio sobre la India y los franceses se iban apoderando del norte de África. En ciertos territorios otomanos, persas y chinos existía el peligro de una invasión rusa.

Los imperios hicieron frente a la agitación interna y al peligro de la dominación europea acometiendo reformas. Las más profundas y ambiciosas fueron las introducidas en Japón y el Imperio otomano. Si el proyecto modernizador japonés triunfó espectacularmente, el otomano no tuvo tanto éxito. “El islam fue durante siglos […] un instrumento extraordinario para el progreso –dijo el estadista turco Fuat Pasha en la década de 1850–. Hoy en día es un reloj que se ha atrasado, y hay que ponerlo en hora”.95 Los imperios reformistas ampliaban el sistema educativo, principalmente en ingeniería, ciencias e idiomas, de este modo, el Ejército y la burocracia estaban en mejores condiciones para hacer frente al creciente poder de los Estados europeos y controlar con eficacia los extensos territorios imperiales y sus heterogéneas poblaciones. El Imperio otomano fomentó la creación de asambleas representativas de las diversas comunidades religiosas y prometía a todos sus súbditos un trato justo, igualdad ante la ley y, lo que era más importante, proteger su vida y sus bienes y poner fin a la abusiva práctica de encargar a particulares la recaudación de impuestos: el sistema tan vivamente descrito por el viajero Vere Moro.96 Ahora bien, ¿cómo podía establecerse la igualdad fundamental para la ciudadanía si el islam era la religión oficial del Estado, y todas las demás se consideraban inferiores?

Japón aplicó otro método modernizador. Townsend Harris había esperado meses para desempeñar su misión y tenía muy restringida su libertad de movimiento. Veinticinco años más tarde, la inglesa Isabella Bird, que viajó por el país sin demasiadas dificultades, observó que había un gran número de europeos y estadounidenses trabajando para el Gobierno. El Estado japonés “sacaba el mayor partido posible a los extranjeros, y luego prescindía de sus servicios”. El ministerio de telégrafos estaba desde hacía poco exclusivamente en manos japonesas, pero la escuela naval aún tenía profesores británicos; la de medicina, alemanes, y la de ingeniería, un director británico; y había una comisión francesa encargada de instruir al ejército en tácticas militares europeas. También había misioneros traduciendo la Biblia al japonés y, en la ciudad de Yokohama, una comunidad china muy numerosa que desempeñaba un papel decisivo en el comercio.97 Todo ello era consecuencia de la Restauración Meiji, una revolución modernizadora dirigida desde arriba, y de una expedición oficial japonesa que había llevado a los viajeros por todo el mundo, y de la que habían vuelto al cabo de dos años con un amplio conocimiento de la tecnología y las prácticas administrativas occidentales.98

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