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Consejos sobre la misión de alcance mundial

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Un tercer aspecto de importancia especial que requirió el consejo de Elena de White a los adventistas del séptimo día en el período entre 1850 y 1888 fue la misión del adventismo ante el mundo. Dada la extensión mundial que la iglesia había alcanzado en esa época, es difícil comprender el hecho de que, en sus comienzos, el adventismo se manifestara en contra de las misiones. De acuerdo con Guillermo Miller, los adventistas observadores del sábado creían, a principios de la década de 1850, que la puerta del tiempo de prueba ya se había cerrado y que, por lo tanto, la labor misionera a favor del mundo ya no tenía razón de ser. Este fue el motivo por el cual Miller escribió en diciembre de 1844: “Lo único que po­demos hacer es estimularnos unos a otros [esto es, entre adven­­­tistas] a ser pa­cientes” hasta que llegue el advenimiento (Advent Herald, 11 de diciembre de 1844). Sin duda, esta era la posición de Jaime White y de José Bates en el “tiempo de reunión” mientras trabajaban exclusivamente entre antiguos mi­lleritas para conducirlos al redil de los observadores del sábado.

Por un tiempo Elena de White compartió ese mismo esquema de pensamiento. Por eso escribió más tarde: “Junto con mis hermanos y hermanas, después del tiempo pasado en 1844, yo creía firmemente que no se convertirían más pecadores. Pero nunca tuve una visión de que no se convertirían más pecadores” (Mensajes selectos, t. 1, cap. 5, p. 84).

Por el contrario, varias de sus visiones de “la puerta cerrada” durante el período en cuestión indicaban exactamente lo opuesto a lo que ella conscientemente creía. Así fue con la visión publicada en noviembre de 1848, gracias a la cual ella predijo que el “pequeño periódico” de su esposo, aunque “al principio será pequeño”, de “este pequeño comienzo brotarán raudales de luz que han de circuir el globo” (Notas biográficas, cap. 18, p. 137). Así también, en julio de 1850 ella escribió que “aquellos que no han escuchado la doctrina adventista [de la dé­cada de 1840] y no la han rechazado abrazarían la verdad y tomarían sus lugares” con los adventistas que guardaban el sá­bado (Manuscript Releases, t. 18, p. 13).

Ni Elena de White ni sus compañeros creyentes entendieron completamente las implicaciones misiológicas de aquellas y otras de sus visiones en esa primera parte de su ministerio. Como dijera ella, “nuestros hermanos no podían entender esto debido a nuestra fe en la inmediata aparición de Cristo. Al­gunos me acusaron de decir que el Señor se tardaba en venir, espe­cialmente los fanáticos” (Men­sa­jes selectos, t. 1, cap. 5, p. 84). Los observadores del sábado solo empezaron a entender su misión al mundo en forma gradual, transición que em­pezó entre las dé­cadas de 1850 y 1860.

En 1863 Jaime White llegó a la conclusión de que tenían en realidad un “mensaje mundial”. Pero no tenían suficientes ministros para enviar como misioneros a otros países. Por otro lado, las publi­caciones que se enviaban por barco a Europa, y las actividades de un ministro de origen polaco (M. B. Czechowski) que fue a Europa por su cuenta, independientemente del apoyo de los adventistas observadores del sábado, habían conducido al establecimiento de varias congregaciones que guardaban el sábado al otro lado del Atlántico hacia fines de la década de 1860. A su vez, este desarrollo creó entre los líderes estadounidenses cierto entusiasmo por la obra de alcance misionero en países extranjeros en 1869 y 1870. Pero no se hizo nada concreto en ese tiempo.

En diciembre de 1871 Elena de White tuvo una visión que estimuló el creciente interés de los adventistas del séptimo día en las misiones mundiales. Ella vio que la iglesia estaba predicando “verdades de vital importancia” que eran “una prueba al mundo”. Por eso los jóvenes adventistas debían “familiarizarse con otros idiomas”, para que Dios los usara como medios de comunicar su verdad salvadora a los de otras naciones.

No solamente debía la denominación enviar publicaciones al extranjero, sino también “predicadores activos”. “Se necesitan misio­­neros que vayan a otros países para predicar la verdad de una manera cuidadosa”. El mensaje adventista “de ad­vertencia” debía ir “a todas las naciones”. “No tenemos un mo­mento que perder –escribió ella–. Si hemos sido descuidados en esta materia, es harto tiempo de que ahora con todo fervor redimamos el tiempo, no sea que la sangre de las almas se encuentre so­bre nuestros vestidos” (Notas biográficas, cap. 33, pp. 226-228).

En el verano de 1873, Jaime White insistió en que J. N. Andrews debía ir a Europa como primer misionero oficial de la iglesia. Pero todos seguían sin hacer nada.

Elena de White llegó a aceptar el amplio punto de vista de su esposo. En abril de 1874 ella tuvo un sueño “impresionante” que ayudó a vencer la oposición que quedaba entre los adventistas a las misiones extranjeras. En su sueño, “el mensajero” proporcionó la siguiente instrucción para los líderes adventistas que dilataban la acción: “Estáis concibiendo ideas demasiado limitadas de la obra para este tiempo [...] Debéis tener una visión más amplia. [...] Vuestra casa es el mundo [...] El mensaje avanzará con poder a todas partes del mundo, a Oregón, a Europa, a Australia, a las islas del mar, a todas las naciones, lenguas y pueblos”. A ella se le mostró que la misión de la iglesia era más extensa de lo que “nuestros hermanos han imaginado, o de lo que jamás han contemplado y planeado”. Como resultado, la Sra. de White abogó por una fe más grande que se expresara en acción (ibíd., cap. 34, pp. 231, 232).

Aunque pasaron dos décadas antes de que los líderes de la iglesia empezaran a entender todo lo que implicaba el “sueño” de 1874 de Elena de White, ese verano acordaron enviar a Andrews a Suiza “tan pronto como sea posible” (Review and Herald, 25 de agosto de 1874). Él salió a ocupar su nuevo puesto en septiembre. Desde entonces, la Iglesia Adventista del Séptimo Día ha mantenido un flujo constante de personal yendo a todos los confines del globo terráqueo. A principios de 1995, la iglesia tenía programas establecidos en 208 de las 236 naciones del mundo y estaba predicando el mensaje del advenimiento en 732 idiomas.

Elena de White no era simplemente una misionera en teoría. Ella también tuvo su participación. Su primera misión fue hasta la lejana California, donde ella y su esposo colocaron sobre una base más firme a la Iglesia Adventista de la costa oeste, que estaba todavía en pañales.

Su primera misión en el extranjero se extendió desde 1885 hasta l887, cuando ella y su hijo Guillermo White hicieron tanto para fortalecer y guiar la creciente obra adventista en Europa. Ella estableció su base en Basilea, Suiza, viajando largas distancias desde Italia hasta Escandinavia, brindando sus orien­taciones tanto a miembros de iglesia como a dirigentes.

Los creyentes adventistas de Inglaterra fueron los primeros en beneficiarse con sus labores. Ella pasó varias semanas en ese país, tiempo durante el cual desarrolló un interés especial por las multitudes de las atestadas calles de Londres. De Ingla­terra, pasó a Suiza, donde participó con los líderes de la iglesia en las reuniones anuales del recientemente establecido Con­cilio Europeo de los Adven­tistas del Séptimo Día.

En conjunto, se reunió con creyentes de ocho países europeos: Inglaterra, Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega, Francia, Ale­ma­nia e Italia. Sus actividades en Europa coincidieron con un período crucial en la expansión de la iglesia en esa parte del mundo. La iglesia en Europa había alcanzado un nivel de desarrollo que demandaba planificar en forma más adecua­da la ampliación de su base institucional y estructural. Elena de White tomó parte en esa planificación. Ade­más, sus presentaciones a favor de la temperancia llegaron a tener mucha demanda en varias naciones europeas.

El último viaje de Elena de White al extranjero se ex­tendió desde 1891 hasta 1900, tiempo durante el cual ella proporcionó orientaciones muy importantes a las nuevas misiones establecidas en Australia y Nueva Zelanda. En el próximo ca­pí­tulo examinaremos algunos de los frutos de esos años.

Mientras tanto, necesitamos considerar el papel que desempeñó en el desarrollo inicial de la educación adventista. Al co­mienzo de la década de 1870 la educación se estaba convirtiendo en una parte importante en la iglesia. Después de todo, si la iglesia iba a enviar misioneros a otros países, tenía que educarlos en alguna parte.

Introducción a los escritos de Elena G. de White

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