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Capítulo 3. El golpe de la piedra azul Salinas Grandes, septiembre de 183416
ОглавлениеEl cacique Rondeau se sentó entre todos sus capitanejos. Estaba muy satisfecho con la carta que había recibido del forastero. Después de tantos años de caudillaje, le parecía muy adecuado recibir ese trato tan respetuoso de la nueva generación.
Mientras esperaba la llegada del forastero, por su cabeza desfilaron escenas de los tantos eventos que habían ocurrido en su vida. Su infancia del otro lado de la cordillera. Los repetidos viajes a la pampa para traer ganado y cambiarlo en Chile. Tan bueno era el comercio que los boroganos decidieron asentarse permanentemente en el centro de la pampa. Claro que a las tribus de los puelches, ranqueles y tehuelches del norte de la Patagonia, que no eran mapuches, no les gustó; pero tuvieron que aceptarlo a la fuerza, porque la cantidad de conas boroganos era mucho mayor que ellos. A la larga, la relación fue mejorando; si bien no eran de la misma etnia, hablaban todos el mismo idioma, ya que puelches y ranqueles habían dejado sus idiomas ancestrales, no así los tehuelches que se aferraban a lo suyo.
Luego vinieron las guerras entre huincas17. Decían que peleaban por la independencia contra los españoles; pero a los indios eso no les decía nada, simplemente eran huincas contra huincas. Él se sumó a varias de esas batallas, no quería perder la ocasión de degollar algunos huincas y recibir varias cabezas de ganado como premio. Trabó amistad con el general Rondeau y aprendió mucho de él; por eso, por respeto, tomó su nombre cristiano.
Después llegó Juan Manuel de Rosas haciendo la guerra contra todas las tribus. No se podía quedar uno al margen, se estaba con él o se estaba contra él. Rondeau había visto lo que le pasaba a los que se le enfrentaban, el Pancho Ñato arrasaba con las tolderías. Pero Juan Manuel tenía la espada en una mano y tendía la otra con amistad. Le envió al muchachito Del Busto, que hablaba perfecto el mapuche, ofreciéndole un acuerdo de paz. Rondeau debía dejar de malonear las estancias de la Provincia de Buenos Aires, él le pidió a cambio una locura, dos mil cabezas cada tres lunas… ¡y Juan Manuel aceptó! Juan Manuel era un huinca muy especial, Juan Manuel no mentía, Juan Manuel cumplía. Juan Manuel pagó puntualmente las dos mil cabezas como lo acordado, y eso llevó el nombre de Rondeau muy alto en la nación mapuche. Las cabezas llegaban a Chile, donde eran vendidas por ginebra, tabaco y plata. Tan grande se hizo el nombre de Rondeau, que muchos jóvenes boroganos dejaron aquel lado de la cordillera para asentarse en Salinas Grandes. Varias veces se acercaron caravanas con la intención de comerciar con él. El forastero que estaba llegando, Calfucurá, era uno de ellos. Rondeau había averiguado que su nombre, que significa piedra azul, se debía a que, muchos años antes, había encontrado en las orillas del Boroga un amuleto de piedra azul con forma humana. Según él, esa piedra tenía poderes, por eso siempre la llevaba encima.
El murmullo de su gente lo devolvió a la realidad, Calfucurá y su gente estaban llegando nomás. La costumbre era que, antes de entablar comercio o amistad, los mapuches se presentan con largos parlamentos que podían llevar incluso más de un día. Por eso, Rondeau había hecho venir a toda su plana mayor, quería demostrar su importancia.
Un indio corpulento se bajó de un caballo tobiano fogoso, ese era Calfucurá. Lo acompañaba un grueso número de hombres. Mientras se presentaba con gran respeto, Rondeau lo observó. Sus palabras eran pacíficas, pero sus ojos tenían fiereza. Sin duda Calfucurá podría ser un gran capitanejo de Rondeau.
El parlamento de Calfucurá se remontaba a la lejana época de cuando llegaron los primeros huincas y comenzaron a robar las tierras de los mapuches. Su familia había peleado con fiereza contra ellos. Habían matado a muchos y habían robado a muchas de sus mujeres. Había que ser muy listo para luchar contra los huincas. Había que aprender de ellos y pelearlos con astucia. Los huincas se habían quedado con todo el ganado de la tierra, pero el ganado era de la tierra, no de los huincas. Había que sacárselo, pero con astucia. Y por eso Calfucurá admiraba a Rondeau, porque había logrado doblegar al más fiero de los huincas, al mentado Juan Manuel. Lo había puesto de rodillas y le sacaba dos mil cabezas cuando él quería. Calfucurá admiraba a Rondeau, por eso era posible para él venir a comerciar con ese cacique que era conocido y reverenciado en todo Chile.
Frontera interior y principales tribus entre 1834 y 1874.
Rondeau sonrió con placer. Ese reconocimiento era muy valioso para él. Calfucurá siguió hablando por mucho tiempo todavía, pero Rondeau se quedó con esas palabras en sus oídos.
Finalmente, el forastero terminó su largo parlamento y le obsequió ginebra y tabaco. Ahora era la vez de Rondeau. Tomó un vaso de agua ardiente y esta enseguida le llegó a la cabeza y las palabras comenzaron a fluir. Él también empezó hablando de mucho tiempo atrás, de cuando los mapuches eran señores y no había ningún huinca en la tierra. Para volver a esos tiempos debían luchar. Rondeau continuó hablando y cada tanto tomaba agua ardiente y fumaba otro poco. Calfucurá lo seguía con sus ojos atentos, toda la gente de Calfucurá seguía sus palabras atentamente. En cambio, los capitanejos de Rondeau tomaban ginebra y fumaban sin parar. El cacique continuó hablando y hablando. Cada tanto volvía su vista a Calfucurá, que parecía haberse acercado más. De repente, cuando volvió a mirar al forastero, se encontró con que este estaba saltando hacia él con un cuchillo en la mano.
* * *
Juan Manuel quería estar al tanto de todo. Se acercaba el momento de volver al poder. En la comodidad de su despacho recibía informantes de todas las provincias. Este en particular le traía un dato de San Luis que a Juan Manuel le resultaba algo inquietante.
—¿Me puede contar con más detalle eso que me acaba de decir de los ranqueles?
En su campaña contra los indios, Rosas había lidiado, ya fuera peleando o acordando la paz, con tehuelches, puelches y chilenos, pero los indios que más odiaba, los ranqueles, estaban fuera del alcance de su división. Estos tendrían que haber sido atacados por la División Centro, organizada por Quiroga, pero esta prácticamente nunca salió de sus fortines. Por lo tanto la fuerza de los ranqueles había quedado casi intacta.
—Le decía, Su Excelencia, que los ranqueles están azotando las estancias de los federales del sur de San Luis, Córdoba y Santa Fe.
—¿No malonean a los campos de unitarios, entonces? —preguntó Juan Manuel, para tener seguridad en la respuesta.
—No, señor. Solo de federales. Y además, lo hacen muy organizadamente. Parece como si hubieran aprendido disciplina militar. Hay quien asegura haber oído un clarinete marcando el ataque o la retirada.
—Dígame, Ordoñez, ¿ese salvaje unitario de Baigorria, sigue en los toldos?
—Sí, Su Excelencia. Se convirtió en el protegido del cacique Pichún. Dicen que tiene un grupo de renegados junto con él en las tolderías ranqueles.
—Entonces, él es el culpable de esto. Dígale al Gobernador que le ponga precio a la cabeza de Baigorria. Que le ofrezca ganado al cacique general Painé a cambio de Baigorria.
—Pero, Señor, Pichún lo protege.
—¡Haga lo que le digo! —bramó Juan Manuel, que detestaba ser contradicho—. Painé es jefe de Pichún, y ese indio vende hasta a su madre por unas cabezas.
Ordoñez salió de la habitación con la cabeza gacha, pero con sus órdenes bien entendidas. Cuando la puerta se cerró, Juan Manuel comenzó a ver su correspondencia. Una carta que venía de los fortines de frontera atrajo su atención, venía de un tal cacique Calfucurá. Nunca había oído hablar de él.
* * *
El puñal se clavó en la parte alta del pecho, casi en el cuello. Cuando Calfucurá lo sacó del cuerpo de Rondeau, salió un borbotón, tal que el cacique agonizante tosió ahogándose en su propia sangre.
De un vistazo, Calfucurá se aseguró que sus hombres hubieron hecho exactamente lo mismo que él, con cada uno de los capitanejos que estaban frente a ellos. En unos segundos, había muerto la plana mayor de los boroganos de Salinas Grandes. Todo estaba perfectamente organizado. Inmediatamente, salió un chasque a avisar a la gran fuerza de hombres que Calfucurá tenía acampada a unas leguas de distancia. Pero sin esperar eso, el forastero y su gente entraron en los toldos de los muertos y degollaron uno por uno a los hijos adolescentes y la primera mujer de los asesinados. No podían darse el lujo de que en el futuro estos se tomaran venganza.
* * *
Coliqueo llegaba tarde al encuentro al que su cacique, Rondeau, lo había llamado. Por suerte, por ser un cacique de cierta importancia, el cacique general tendría consideración hacia él por su atraso. Además, como sus toldos eran los más lejanos, él fue el último en enterarse de la convocatoria. Sabía que habría comprensión de parte de Rondeau, pero igualmente apuró su caballo todo lo que pudo.
Al llegar cerca de los toldos principales, notó gran revuelo. Pudo detener un cona que huía a gran velocidad, y lo poco que pudo entender le pintó el cuadro de lo que estaba pasando. Boroganos de Chile estaban haciendo una gran matanza. El porqué, no lo sabía, pero lo que sí sabía era que, para salvarse, él y su gente debían llegar a su toldería antes que los forasteros y llevarse a toda la chusma a algún lugar muy lejos.
Mientras galopaba a toda velocidad, Coliqueo pensaba. El único lugar donde podría tener a su gente a salvo era junto a los ranqueles. Allí vivía un huinca que les había enseñado a guerrear. Los Ranqueles eran los únicos que podían hacerle frente a los boroganos de Chile. Coliqueo conocía a Painé, el cacique general de los Ranqueles. Hablaría con él. Painé lo aceptaría.
Coliqueo apuró su caballo. Cada segundo contaba para salvar a su gente.
* * *
Después de poco más de una hora, la matanza terminó. Muertos los líderes y los pocos que opusieron resistencia, Calfucurá llamó a la paz.
Reunió a toda la tribu de Rondeau y les habló con autoridad.
Mintió, dijo que sabía que Rondeau planeaba malonear contra la Provincia de Buenos Aires y traicionar a Juan Manuel de Rosas. Si hacía eso se desataría una guerra contra los huincas que nadie podría detener y que llevaría al aniquilamiento de la nación mapuche. Calfucurá sabía esto porque se lo había dicho su amuleto azul, su Calfú Curá.
La muchedumbre hizo silencio.
Ahora él, Calfucurá, sería el nuevo cacique de los boroganos de Salinas Grandes. Él y sus capitanejos tomarían el lugar de cada uno de los muertos. Tendrían a las mismas mujeres, los mismos hijos, los mismos caballos y el mismo ganado. Los conas de cada capitanejo muerto ahora deberían aceptar a los nuevos capitanejos como sus jefes. Aquellos que tuvieran más de dos mujeres deberían elegir una para cederla a uno de los conas que Calfucurá había traído de Chile. Así, entre los boroganos de Salinas Grandes y los de Chile, formarían una nueva y gran tribu borogana que sería el corazón de la nueva Nación Mapuche en el corazón de la pampa.
Terminada la reunión, Calfucurá siguió adelante con el plan que tenía previamente ideado. Mandó llamar a su escriba de confianza. Se trataba de Elías Valdés Sánchez, un chileno que había tomado cautivo hacía muchos años. Calfucurá le dictaba en mapuche y el lenguaraz lo escribía en castellano.
La primera carta era para Juan Manuel de Rosas. En ella explicaba que él, Calfucurá, venía de Chile, donde el nombre de Juan Manuel era venerado como el huinca más corajudo de la Argentina; un huinca con palabra.
Él se enteró de que el cacique Rondeau planeaba un gran malón en la Provincia de Buenos Aires para que Juan Manuel perdiera el apoyo de los estancieros y de esa manera complicarle el nuevo ascenso a la Gobernación. Calfucurá honraba a los hombres de palabra y detestaba a los mentirosos, por eso, cuando se supo de esta gran traición que planeaba Rondeau, decidió intervenir y así salvar el buen nombre de las tribus boroganas a ambos lados de la frontera, e impedir que una guerra trajera muerte y destrucción para los dos pueblos. De esa manera, él, Calfucurá, se había convertido en el nuevo cacique general de Salinas Grandes y estaba dispuesto a confirmar la validez del tratado por el cual él garantizaba la paz y recibía dos mil cabezas cada tres meses. La carta finalizaba con una nueva muestra de admiración, ya que decía que, en honor a Juan Manuel, adoptaría el nombre cristiano de Juan por lo que, en adelante, se haría llamar Juan Calfucurá.
Si bien el escriba era de confianza, el nuevo cacique lo hizo salir e hizo traer a una cautiva que sabía leer y escribir. Le hizo leer la carta en mapuche para asegurarse de que lo escrito fuera lo que él había dictado. Terminado eso llamó, a un chasque para que la llevara urgentemente al fortín Mulitas para que se la hicieran llegar a Rosas.
Terminada esa carta, quizás la más importante, siguió dictándole a su escriba. La siguiente iba dirigida al Comandante de la frontera de la Provincia de Buenos Aires. En esta Calfucurá le informaba que él había asumido el cacicazgo de Salinas Grandes, ya que había recibido un llamado de Juan Manuel de Rosas para asumir el poder porque Su Excelencia sabía que Rondeau traicionaría el acuerdo que habían celebrado. De esta manera él, Calfucurá, de acuerdo con lo pedido por Juan Manuel de Rosas, seguiría adelante con los tratados que los mapuches de Salinas Grandes habían acordado con la Provincia de Buenos Aires.
Nuevamente Calfucurá hizo leer la carta por otra cautiva para estar seguro de que no hubiera una traición en el texto, y la despachó con un chasque hacia el fortín de la comandancia.
Luego encaró otra carta muy importante, la que le enviaría a Painé, el cacique general de los Ranqueles. Al igual que las anteriores, esta carta estaría en castellano, ya que el mapuche no se escribía. Calfucurá la dictaría en mapuche, su lenguaraz la escribiría en castellano y Painé haría que alguna cautiva de confianza se la leyera en mapuche.
Calfucurá empezó a dictar. Lo primero era decir que él había asumido el cacicazgo de Salinas Grandes y deseaba continuar manteniendo una relación de paz con los ranqueles y con todas las demás tribus de la región. Él había tomado el poder de Rondeau porque este había colocado a la nación indígena de rodillas frente a los malvados huincas. El huinca era el verdadero enemigo de los Indios. A la larga ellos querían quedarse con todas las tierras indias, y los acuerdos y tratados eran todos unas mentiras que les permitían ganar tiempo y dividir a los indios, para ir venciéndolos uno a uno. La única alternativa del indio era atacar cada vez que pudiera, y hacerlo con astucia. Usar los tratados para poder elegir el momento en que el ataque indio sería más doloroso para los huincas. Lo que Calfucurá le ofrecía a Painé era que los caciques generales de las grandes tribus se pusieran de acuerdo para pelear juntos contra su gran enemigo, el huinca.
Después de leída por otra cautiva, la carta fue despachada a los toldos ranqueles.
Lo siguiente era mandarle un mensaje similar a otro gran cacique, a Catriel “el Viejo”, gran cacique de los puelches. Pero esta vez Calfucurá no la escribiría, no tenía confianza en Catriel, que muchas veces le había hecho el juego a los huincas. Le mandaría a uno de sus hermanos. Si algo le pasaba, caería sobre Catriel para exterminar a su gente.
* * *
Cuando Juan Manuel terminó, la carta una sonrisa se le dibujó en los labios. ¡Qué indio ladino, este Calfucurá! No le creía una palabra, pero eso no importaba. Estaba a punto de volver a tomar el poder de la Provincia y lo último que precisaba era que las tribus se levantaran, y con ellas las voces de sus opositores diciendo que su “conquista” había sido inútil. No podía poner su plan en riesgo. Además, a él le daba lo mismo que las cabezas fueran para Rondeau o para Calfucurá, eran más o menos lo mismo… Es cierto que seguramente este Calfucurá era más inteligente y por lo tanto a la larga sería más peligroso, pero por otro lado si era inteligente sabría que no le convenía meterse con Rosas…
Juan Manuel le escribió una corta respuesta en la que le agradecía su lealtad y el que hubiera desbaratado los planes del traidor Rondeau. Le aseguró que el tratado seguía en pie con él, como lo estuvo con Rondeau. Una nueva sonrisa esbozó Juan Manuel cuando escribió las siguientes líneas, lo pondría en un pequeño aprieto a ese Calfucurá… le pediría que, como prueba de lealtad, liberara a quince cautivas. No le saldría gratis a Calfucurá y de paso él, Juan Manuel, podría dar nuevas pruebas a los porteños de que él manejaba la frontera. También le serviría para que las provincias, siempre atentas a sacarle algo a Buenos Aires, supieran que el nuevo hombre fuerte de Salinas Grandes obedecía a Juan Manuel y que podría dirigir sus malones adonde este quisiera. “¡Hecho!”, pensó Juan Manuel cuando, muy conforme, firmó la carta y la despachó al fortín Mulitas para que algún chasque la adentrara en el Desierto.
* * *
—Felipa, tenemos que irnos rápido —dijo Domingo Avendaño, muy preocupado, cuando entró con apuro al rancho.
Ella amamantaba al pequeño Santiaguito, que nunca lloraba pero tampoco sonreía.
—¿Irnos? ¿Adónde? ¿Qué pasó? —preguntó ella angustiada.
—Son los federales. Desde que están en el Gobierno de Mendoza, buscan soplones que les digan quiénes son unitarios. Ya fusilaron a varios. Hoy unos colorados anduvieron preguntando por lo de Coria, en Luján de Cuyo.
—¿Te descubrieron?
—Creo que todavía no, pero en cualquier momento alguno que me conoce puede soltar la lengua.
—¿ A dónde nos vamos?
—Estuve pensando… Podría pedirle trabajo a Uribe. Él me debe favores de la época en que peleamos con Lavalle. Él seguro que nos ubica sin que nadie sepa.
—¿Pero, dónde está viviendo Uribe? —preguntó ella preocupada.
—Rufino.
—¿Rufino? —exclamó Felipa—. ¡Al sur de Santa Fe! ¡Cerca de la frontera con el infiel! Qué lejos, por Dios. ¿Cuándo deberíamos partir?
—Yo diría que salgamos esta noche. Así nadie nos ve. Cuando se aviven, estaremos a muchas leguas.
—¿Esta noche? —dijo ella, entendiendo la gravedad de la situación—.
Entonces mejor que empecemos a movernos.
—Pero sin que nadie se dé cuenta… —suplicó él.
Felipa dejó al nene en su cuna, la que le había regalado la patrona del campo. No podría despedirse de ella. Qué triste… Volvió a mirar a Santiaguito. Tan chiquito, tan seriecito. Él sería como ella. Él tampoco nunca había sido feliz, ni lo sería. Una lágrima le bajó por la mejilla. Se la secó y le dio un beso al nene y bajito le dijo “Santiaguito, pobrecito. No sabés cómo te quiero. Pobrecito mi nene.”