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Capítulo 5. El niño que le habla al papel
Оглавление—¡Lautrán! ¡Lautrán! —gritó el cona al llegar al galope a la toldería de Baigorria—. Pichún quiere que venga ahora al toldo de Painé.
—¿Qué pasó? —preguntó preocupado el militar, que sabía que acababa de volver una partida de malonear el sur de Santa Fe. Siempre corrían el riesgo de que el ejército los persiguiera por el desierto y pudieran caer sobre la toldería. ¿Sería por ese peligro que lo llamaban?
—No sé —respondió el cona—. Están con un chico huinca que le habla al papel.
El cona se fue y Baigorria se tomó unos minutos para ensillar su caballo. Los indios montaban en pelo y, como estribos, usaban unas lonjas de cuero con un pequeño lazo en la punta, donde calzaban el dedo gordo del pie. Baigorria, que insistía en usar botas, prefería mantener la costumbre de usar recado. Los toldos de Painé estaban a casi una hora de cabalgata, por lo que bien valía la pena montar cómodo.
Como no había urgencia, Baigorria avanzaba al paso. Prefería hacerse esperar un poco, le servía para darse importancia. Mientras lo hacía, intentó imaginarse qué era lo que estaba pasando. El cona había dicho que había un niño que hablaba con el papel. El mapuche no se escribía ni leía, por eso no había palabra mapuche para “leer”. Los indios que tenían contacto con los blancos usaban la palabra “leer” en castellano, pronunciada al modo mapuche, pero los que no lo tenían decían que leer era “hablarle al papel”. El cona que le mandaron de mensajero solo tenía una muy vaga idea de lo que era leer.
Mientras avanzaba con paso cansino, siguió cavilando. En las estancias, no cualquier adulto blanco sabía leer, y de los chicos, ninguno, nunca. Seguramente el cona se había equivocado, o no se trataba de un chico, o este no sabía leer.
Como se estaba acercando a lo de Painé, apuró el tranco de su zaino, no quería parecer demasiado displicente. A la distancia, vio que alrededor del toldo había bastante gente, raro… Se apeó de su caballo y lo ató a la rama de un caldén. Caminó hacia el toldo, y la indiada se fue abriendo para darle paso. En el centro estaban Painé, su hijo Calvaiñ, Pichún, Coliqueo, un capitanejo de Calvaiñ, llamado Caniú, y un cona al que no conocía. Al lado de ellos estaba sentada una cautiva de Caniú que tenía de la mano a un chico de a lo sumo seis años. La cara del nene le partió el corazón a ese hombre rudo. Seriecito, con grandes ojos tristes y redondos. Las mejillas sucias, surcadas por el rastro de muchas lágrimas. El nene lo miró y, con miedo, le apretó la mano a Rosario, la cautiva. La fea cicatriz del militar era intimidatoria.
Imagen de indios boleando ñandúes publicada en la edición 1942 de Viaje de un
naturalista alrededor del mundo.
* * *
—Chuesqui —lo saludó Pichún con gran muestra de amistad—. Gracias por venir. Le pedí que viniera para que nos ayude a decidir una cosa.
—Lo que usted quiera chuesqui. Estoy para eso.
—El cona de Caniú cautivó a este chico en el malón.
—Él tiene el derecho de tenerlo como esclavo —dijo Calvaiñ con decisión—. Esa es la costumbre. Los huincas deben servir a los ranqueles.
Painé le hizo una seña de silencio. Si bien Calvaiñ era el hijo del cacique principal, el rango de Pichún era más alto y no debía interrumpirlo. Pichún retomó la palabra.
—Según la costumbre, el cona que lo cautivó puede hacer con el chico lo que quiera. Pero este pequeño huinca tiene algo muy especial que nos hace pensar. El chico habla con el papel.
—Imposible —retrucó Baigorria.
Caniú le hizo un gesto a su cautiva. Ella le dio al chico una estampita y le hizo una caricia en la cabeza. El nene la tomó, le dio un beso, la dio vuelta. Del otro lado tenía impreso un rezo: “Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…”.
Mientras el chico leía, Baigorria se acercó a Pichún y Painé.
—Eso no es leer —dijo, usando la palabra “leer” en castellano para ser más incisivo—. El chico no está leyendo. Es una oración que se aprende de memoria para la misa.
—Sí, el nene lee —dijo la cautiva en castellano.
—¡Chus! —le gritó Caniú, no solo por interrumpir, sino también por hablar en castellano, que estaba totalmente prohibido. El chico empezó a llorar.
Baigorria tomó la estampita de la mano del chico. Era de la Virgen de la Merced. Miró a la cautiva, quien bajó los ojos. La Virgen de la Merced era la virgen que protegía a los cautivos, y a la que le rezaban los cautivos que querían escapar de los toldos. La cautiva Rosario la guardaba porque tendría esperanzas de volver a la civilización, algo que los indios penaban con la muerte. Ese era un secreto que Rosario debía mantener y que Baigorria acababa de descubrir, por eso ella había bajado la vista.
—Chuesqui, ¿tiene algún diario viejo para que veamos si el chico realmente lee o no? —preguntó Lautrán.
Painé trajo un papel amarillento por el tiempo y el sol. Los indios siempre trataban de conseguir diarios para saber que estaba pasando en el mundo de los huincas. Era clave saber si vencían los federales o los unitarios, si había paz o guerra, entre otras cosas para saber si se podía malonear o no. Se los hacían leer y traducir a las pocas cautivas que supieran hacerlo, y esa información era mantenida como un gran secreto, para que no cayera en manos de quien buscara escapar. En general solo los caciques estaban informados, y Baigorria estaba dentro de ese selecto grupo.
El militar le dio el papel al niño, quien lo tomó con manos temblorosas. Lo miró y lo dio vuelta, Baigorria se lo había dado al revés a propósito, para ver si realmente conocía las letras. Él le desconfiaba, jamás había conocido que un chico tan chico supiera leer, él solo lo había hecho a los catorce, poco antes de sumarse al ejército.
—Viva la Santa Federación. Muerte a los salvajes unitarios… —dijo el niño con voz apenas audible.
El chico sabía leer.
Baigorria se acercó y suavemente le sacó el papel, la acarició la cabeza y se sentó para estar a su misma altura.
—¿Cómo te llamás? —le preguntó en castellano, mientras el resto de los indios se impacientaba por no entender—. Santiaguito —dijo el nene, dejando escapar una lágrima.
—¿Cómo aprendiste a leer, Santiaguito?
—Me enseñó mi mamá.
El recuerdo de su madre lo hizo llorar y abrazó a la cautiva. Baigorria dejó que pasaran unos minutos, para que el chico se calmara.
—¿Sabés dónde vivías? ¿De quién es la estancia?
El nene negó con la cabeza.
—¿Cómo se llama tu madre?
—Yo le digo mamá, pero los demás le dicen Doña Felipa.
La candidez del niño casi le dibujó una sonrisa en la cara a Lautrán, que contuvo por el dramatismo de la situación. La vida del muchacho, y la de todos los que lo amaban, jamás volvería a ser la misma.
—¿Y cómo le dicen a tu padre?
—Domingo, como el día en que se va a misa —contestó con su vocecita, sollozando.
—¿Y el patrón de la estancia, cómo le decía a tu papá?
—Don Avendaño.
Así que el nene se llamaba Santiago Avendaño.
Avendaño… Avendaño… Baigorria hacía memoria. Le sonaba el nombre… Avendaño… Avendaño… Si la memoria no le fallaba, había un Avendaño que había peleado con el manco Paz22 en Brasil como soldado raso… de Mendoza… aquel Avendaño había quedado cojo peleando contra el Imperio.23
—Decime, ¿tu papá tenía una pierna lastimada?
El nene asintió.
—Quiero volver con mi mamá —susurró, y se largó a llorar.
* * *
—Habíamos dicho que malonearían solo los campos de los federales. Este chico es de familia unitaria —se quejó Baigorria
—¿Cómo podemos saber de quién es un rancho en medio de la pampa? —se defendió Calvaiñ, que era quien había comandado el malón por el sur de Santa Fe. —Además, son todos huincas. A nosotros nos da lo mismo que sean federales o unitarios.
—Quiero que este chico me lo den a mí —dijo Baigorria con autoridad—. Se lo voy a llevar a su familia. Conozco a su padre.
Un silencio siguió a las palabras del militar. Devolver a un cautivo era algo absolutamente inaudito entre los indios.
—Eso es imposible —dijo Painé, con un tono grave que no daba lugar a otra alternativa.
—Entonces solicito que me lo den a mí para su crianza —respondió Baigorria, aceptando la autoridad del cacique.
—El chico le corresponde al cona de Caniú —dijo Calvaiñ con convicción, y el capitanejo asintió con aprobación.
Así estaban sentadas las dos posiciones de Baigorria y el hijo del cacique que, con el correr del tiempo, se habían convertido en adversarios. El silencio fue quebrado por Pichún que buscaba una solución para las dos partes.
—Si al chico lo criamos como a un indio pero dejamos que siga hablando castellano y practique leer y escribir tendremos, dentro de muchos años, un ranquel huinca que podrá hablar y entender a los huincas.
—Para eso ya lo tenemos a Lautrán —le contestó Calvaiñ.
—Dentro de años, ni mi chuesqui Lautrán, ni yo, ni Painé, ni ninguno de nosotros estaremos vivos —explicó Pichún—. La vida de todos los ranqueles depende de que podamos entender a los huincas. Este chico es muy importante para todos los ranqueles.
Painé asintió aprobando.
—Lo que propongo es que a este chico no lo criemos como a los demás cautivos, sino que lo criemos como uno de nuestros hijos —prosiguió.
—¡Pero esa no es nuestra costumbre! El cona de Caniú debe decidir qué hacer con él… —se quejó Calvaíñ.
La mirada de Painé congeló la queja de su hijo. El cacique general tomó la palabra.
—El niño huinca puede ser muy importante para nosotros, pero la tradición dice que él debe quedar dentro de la toldería de Caniú —sentenció Painé—. El chico será criado como hijo de Caniú, no de su cona. La cautiva le mantendrá vivo el castellano y mi chuesqui Lautrán lo visitará seguido para asegurarse que no pierda el poder de hablar con el papel.
Baigorria no había conseguido devolver al hijo del ex soldado de Paz, pero, por lo menos, no sería esclavo de un indio bruto y lleno de odio. Él podría vigilar que el chico no fuera demasiado infeliz y quizás algún día…
—La cautiva y mi chuesqui Lautrán le enseñarán cosas de huinca y Caniú le enseñará a tener corazón de ranquel.
* * *
Nunca se habituó a la marcha india. Como buen militar hubiera preferido que toda la tropa avanzara junta, pero entre los indios primaba la libertad. La costumbre era que cada uno dejara que su caballo trotara a su velocidad preferida, y así el grupo quedaba desperdigado a lo largo de varias leguas. Solo se juntaban todos cuando llegaba el momento de acampar. A Baigorria le molestaba mucho avanzar al trote rebotando sobre el lomo, así que él alternaba el paso con el galope para no perder contacto con el grueso del grupo. Avanzaban a la mañana y a la tarde, cuando el sol no estaba muy fuerte. Al mediodía y durante la noche cerrada, buscaban un monte de caldenes.
Mientras seguía a paso lento, la mente de Baigorria recordó los primeros días de Santiaguito en la toldería. Pobre chico. Por suerte hizo buenas migas con la cautiva Rosario y a pesar de que cada tanto el chico se despertaba llorando, extrañando a su madre, se fue acostumbrando. Caniú al principio era duro con él pero los ojos tristes del chico le fueron ablandando el corazón, y terminó aceptándolo como a un hijo. Caniú no tenía ningún hijo varón. Se esmeró en enseñarle a montar y el niño demostró gran facilidad para hacerlo. Los caballos lo buscaban y eran dóciles con él.
Caniú y Rosario también habían hecho muy buen trabajo enseñándole mapuche. En pocos meses Santiaguito hablaba fluidamente el idioma indio. Con el tiempo podía traducir en el momento, y, como leía muy bien, Painé confiaba ciegamente en la lectura del niño para traducirle cartas que le llegaban de más allá de la frontera. Entre los toldos ranqueles se hablaba del niño que habla con el papel. Hasta Calfucurá había oído hablar de él, pero Painé no quiso exponerlo al viaje que estaban haciendo.
Baigorria notó que se estaba atrasando demasiado del grueso del grupo y llevó su zaino al galope. Su mente cambió de tema. Repasó el porqué de esa travesía a la toldería de los boroganos de Calfucurá. Los ranqueles ya hacía años que lograban su sustento del ganado que conseguían de los malones, pero cada malón implicaba un riesgo y siempre el grupo perdía algunos hombres. A la larga la cantidad de conas perdidos terminaba siendo muy grande. Los ranqueles no eran muchos, no podían seguir perdiendo hombres. Fue entonces que Painé empezó a recibir cartas de Calfucurá. El cacique borogano buscaba con astucia organizar a todos los indios en contra de los huincas. Lo primero era ganar la confianza de todas las tribus. Los tehuelches del norte, que habitaban la zona cercana a El Carmen24 y a la Fortaleza Argentina25 ya tenían una alianza con él. Lo que Calfucurá ofrecía a cambio eran algunas de las más de ocho mil cabezas que recibía por año de Juan Manuel.
Baigorria no quería saber nada de recibir dádivas del Tirano, como le decía a Rosas, pero no tenía muchas alternativas que ofrecer. Quien tenía los contactos con el cacique borogano era Calvaiñ. Siempre le hablaba a Painé sobre la propuesta de Calfucurá. Este no solo le ofrecía parte del ganado de Juan Manuel sino que también decía que podría negociarle acuerdos con los demás gobernadores, y así recibir una buena cantidad de cabezas.
Painé decidió aceptar el pedido de parlamento del borogano, pero dados los antecedentes de Calfucurá, en cuanto a matar caciques enemigos, decidió que ni él ni Pichún acudirían. Envió a su hijo Calvaiñ hasta sus tolderías. Para equilibrar las opiniones le sumó a Baigorria. Este no podía ir con ninguno de sus hombres, porque Calfucurá no aceptaría huincas en el grupo, salvo Baigorria que ya sabía que tenía una posición especial entre los ranqueles.
Algunos gritos lo sacaron de sus cavilaciones. Vio que varios conas, con boleadoras en mano, estaban parados en posición alerta alrededor de un montecito de caldenes y un grueso pajonal. Seguramente ese era el lugar elegido para el acampe, pero algo andaba mal. Al llegar se apeó de su zaino. Calvaiñ también estaba ahí, parecía estar supervisando algo. Los conas arrancaban ramas de los árboles y las tiraban con fuerza al pajonal. Se escuchaba un feo rugido. —¿Qué pasa? —preguntó Baigorria.
—Tigre26 —le contestó Calvaíñ.
—¿Entonces?
—Si no sale seguimos hasta el próximo monte —contestó el hijo de Painé. No quería intentar entrar al pajonal para matar al tigre, ya que el animal era muy peligroso y podía perder algún hombre en el intento.
—¿A cuánto está el siguiente monte? —preguntó Baigorria, que ya estaba cansado.
—Dos leguas.
Eso significaba casi una hora más arriba del caballo. Seguiría pensando en la propuesta de Calfucurá.
* * *
“Juan Manuel te quiere muerto” le dijo Calfucurá al pasar, casi como no dándole importancia. Esa no era información nueva para Baigorria, pero dicho por Calfucurá sonaba como una amenaza. El mensaje oculto era que él, si quisiera, podría tomarlo prisionero y mandárselo en bandeja a Rosas, pero que no lo hacía tan solo por respeto a Painé. Solo faltaba que agregara que, quizás, la próxima vez Baigorria no tendría tanta suerte. Al coronel no lo dejaba muy tranquilo el saber que su vida dependía de indios que no sentían por él ningún cariño. Se felicitó de traer un revólver e hizo nota mental, por la noche, de dormir con él bajo los cueros de abrigo.
Ya habían tenido un primer parlamento. Como ocurre siempre entre los indios, este fue meramente protocolar, nada nuevo se dijo. Al cabo de ese primer encuentro el cacique borogano había organizado un gran juego de palín27 como parte de la bienvenida a su amigo Calvaíñ.
Se formaron dos equipos de catorce jugadores cada uno. Por un lado los boroganos y por el otro los ranqueles. Todos tenían un largo palo que, en la parte baja, tenía otro palo menor, atado en forma atravesada. Se trazó en el suelo una gran cancha rectangular de unos trescientos pies de largo por algo menos de la mitad de ancho. Calfucurá y Calvaíñ se sentaron a un lado de la cancha a observar.
Un gran alarido dio inicio al juego. Los jugadores, blandiendo sus palos, le pegaban a una pelota de trapo intentando llevarla al extremo de la cancha del otro equipo. Unos para un lado, y los otros para el otro. Que con los palos le pegaban a la pelota de trapo era una forma de decir, porque en realidad Baigorria se daba cuenta de que la mitad de los palazos estaban destinados a los oponentes. Si bien esto, en teoría, no estaba permitido, nadie se quejaba.
Calfucurá y Calvaíñ gritaban desaforados, según las alternativas del juego. Luego de varios minutos, los boroganos lograron hacer pasar la pelota por el fondo del campo ranquel, con lo que la multitud deliró de alegría. El juego continuó, ya que debía pasarse el fondo cuatro veces. Baigorria, a quien el juego le recordaba el viejo juego español de la “chueca”, podía ver que los boroganos eran más diestros que los ranqueles. Entre estos, si bien el juego era conocido, no era muy practicado, en cambio entre los mapuches, y especialmente los boroganos, este era muy popular.
En un momento la pelota salió despedida, alejada del grueso de los jugadores, y cayó cerca de un joven cona ranquel que, rapidísimo, corrió llevándola sin que ningún borogano pudiera alcanzarlo. “¡Cruzó el fondo!” Calvaíñ y Baigorria gritaron y aullaron de alegría.
El juego continuó y enseguida la pelota volvió al joven cona ranquel pero esta vez tres boroganos lo chocaron, tirándolo al suelo, donde lo pisotearon sin misericordia. El joven cona se levantó, con sangre en la nariz y cierta dificultad para pisar. Sin embargo no se quejó. El juego continuó como si nada. Más que un juego, era una guerra donde todo valía.
Los boroganos siguieron dominando, aunque los ranqueles a veces le llevaban peligro. Luego de casi una hora de juego, el equipo de Calfucurá consiguió llevar la pelota al fondo ranquel las cuatro veces que hacía falta para triunfar. Los ranqueles, extenuados, se dejaron caer al piso, estaban todos muy lastimados. El público se empezó a desbandar. Calfucurá lo buscó a Baigorria con la mirada y le hizo una seña para acercarse. “Lautrán, vamos a parlamentar”, le dijo indicándole que los acompañara a él y a Calvaíñ a sus toldos.
Calfucurá les explicó todas las ventajas de acordar con Rosas y con él. Recibirían cabezas de ganado sin tener que arriesgarse en malones cada vez menos productivos y cada vez más peligrosos. El ejército huinca no los acosaría más, podrían intercambiar cueros y plata chilena por tabaco, azúcar y agua ardiente.
—¿Y qué pide Juan Manuel a cambio? —preguntó Calvaíñ con astucia. —Muy poco —respondió el borogano mirando a Baigorria de reojo.
Baigorria temió que lo que Juan Manuel pidiera fuera su cabeza, y lamentó haber dejado el revólver en su toldo.
* * *
Unos días más tarde, en la toldería ranquel, Calvaíñ le explicaba todo a Painé, Pichún y Coliqueo. La exigencia de Juan Manuel, inicialmente los había indignado, les parecía inaceptable, pero Calvaíñ les fue explicando las ventajas y fueron cediendo en sus posiciones.
—¿Y qué piensa mi chuesqui Lautrán? —preguntó Pichún.
Baigorria aspiró una bocanada de su cigarro para pensar antes de contestar. Cualquier arreglo con el Tirano le parecía abominable.
—No se puede confiar en Rosas. Me parece muy peligroso entregarle sus hijos.
—¡Pero Calfucurá mandó el suyo! —se defendió Calvaíñ—. Además, así los chicos aprenderán castellano y sabrán cómo piensan los huincas. Así sabremos cómo pelearles cuando las cosas estén mal con ellos.
A Baigorria le costaba argumentar en contra de esa posición. La verdad es que había sentido gran alivio cuando escuchó de boca del borogano que la exigencia era el envío de un hijo menor de cada cacique para estudiar en Buenos Aires. Temía que la exigencia fuera la vida de él. Pero después se imaginó que, quizás, la movida de Juan Manuel, que sabía que Painé no aceptaría entregar a su chuesqui Lautrán, fuera más adelante chantajearlo con la vida de un hijo suyo. Rosas podría exigirle a Painé la vida de Baigorria a cambio de la de su hijo y en ese caso el cacique no tendría alternativa.
—Con un hijo de ustedes, Rosas los puede traicionar en cualquier momento —atacó Baigorria.
—Calfucurá dice que la palabra de Juan Manuel no se quiebra nunca.
Él es el único huinca en el que confía —respondió Calvaíñ.
—Pero el día de mañana puede ser que Rosas no esté más en el gobierno y sus hijos estarán en manos de alguien que ustedes no conocen.
—Ningún huinca va a vencer nunca a Juan Manuel.
El silencio marcó que Baigorria se había quedado sin argumentos. Painé se tomó unos segundos para decidir. No le resultaba agradable actuar en contra de los consejos de su chuesqui Lautrán, pero claramente este estaba enceguecido por su odio hacia Juan Manuel.
—Pichún y yo elegiremos uno de nuestros hijos para enviarlo a Buenos
Aires —dijo Painé con voz grave, dándole la razón a Calvaíñ—. Pero haremos que Juan Manuel escriba el acuerdo en una carta, para que después no se olvide de lo que prometió. Nuestros hijos deberán poder volver cuando sean necesarios acá en el desierto.
—Coliqueo también es cacique —le recordó Calvaíñ—. Él también debería mandar a un hijo a Buenos Aires.
—Coliqueo no es ranquel. Además, su gente es muy poca. Le daremos ganado del nuestro, sin que él deba exponer a unos de sus hijos —respondió Painé, y Coliqueo le agradeció.
El parlamento se levantó y Baigorria se volvió a sus toldos con la sensación de que se había iniciado algo que lo pondría en peligro. Decidió que en el futuro cercano buscaría una excusa para, por precaución, mover su toldería a una mayor distancia de la de los demás ranqueles. Quizás, cerca de la de Coliqueo, en quien podía confiar plenamente, ya que no tenía ningún hijo comprometido.