Читать книгу La conquista de Rosas - Gerardo Bartolomé - Страница 21
Médano Redondo, noviembre de 1833
ОглавлениеJuan Manuel no pudo dejar de notar que Pacheco estaba mucho más flaco, su uniforme gastado y manchado, pero su espíritu contestatario seguía intacto.
—Siéntese, Coronel.
—Gracias, mi Comandante.
Rosas había leído todos los partes de campaña que Pacheco le había mandado y había quedado maravillado con el profesionalismo con el que su Jefe de Estado Mayor había llevado adelante la difícil misión que le había encomendado. El hombre había conducido a su grupo por cientos de leguas en territorio hostil, lejos de toda civilización, sin recibir alimentos ni munición y aun así había llegado a la confluencia, como se le había pedido. “Qué bien los preparó San Martín”, pensó Juan Manuel con admiración. Había ejecutado a la perfección la inútil tarea que él le había encomendado.
—No cumplió con mis instrucciones, Coronel —dijo Juan Manuel con tono grave.
—Llegué a confluencia tal como usted me lo ordenó, mi Comandante —se defendió Pacheco.
—No me refiero a eso. Yo le ordené que no tomara prisioneros, y veo que volvió con una chusma de unas setenta personas.
—¿Qué podía hacer, mi Comandante? Se nos entregaron.
—Le dije que los degollara.
—Señor, no creo que sea función del Ejército el degollar mujeres y niños que se entregan mansamente. Creo que hay otras personas que están mejor capacitadas para eso.
Pacheco estaba haciendo clara alusión a Pancho “el Ñato” y a Juan Manuel eso no le gustó ni un poquito.
—El que decide cuál es la función de cada uno, soy yo —dijo Juan Manuel en tono firme, pero sin perder el control—. Usted, como buen militar, no debe cuestionar las órdenes, sino simplemente ejecutarlas. Le advierto que al final de la campaña sus acciones y sus desobediencias serán tomadas en cuenta al momento de dar premios y castigos.
Pacheco lo miró seriamente durante varios segundos sin decir una palabra. Juan Manuel entendía que ya había pasado su mensaje y prefirió intentar distender el ambiente.
—¿Qué más puede agregar a sus informes?
—Que es lamentable que, a pesar de nuestro gran esfuerzo, no hayamos podido tomar contacto con la División Derecha.
Rosas sabía que Aldao había suspendido su campaña mucho antes de lograr su objetivo. Estaba enterado desde hacía bastante tiempo, pero había preferido no hacérselo saber a Pacheco para que este se demorara más en su misión.
—Esta falta de coordinación hace, mi comandante, que todo el esfuerzo de la campaña sea inútil, porque los indios que perseguimos se escapan a Chile y volverán apenas nos retiremos.
—Cuando usted se refiere a que la campaña fue inútil se refiere estrictamente a la suya, ¿no es así? Porque acá nuestra campaña está resultando muy útil. Conquistamos infinidad de leguas de campos productivos y liberamos a miles de cautivas.
—Así es, mi Comandante —contestó Pacheco, mordiéndose el labio inferior.
—Vaya Coronel, y espere instrucciones mías acerca de su próxima misión.
Años más tarde Ángel Pacheco se tomaría venganza por el trato que le daba Juan Manuel.
* * *