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Campamento de Médano Redondo9, agosto de 1833
Оглавление—Mi Comandante, Pancho “el Ñato”, trajo tres bomberos10 indios —le informó el sargento.
—Voy.
Juan Manuel se levantó de su escritorio de campaña; dejó sus cartas a Buenos Aires y salió a la luz del día. En el centro del campamento, estaba un grupo de soldados, recién llegados, alrededor de los prisioneros: dos indios fieros y otro jovencito que no tendría más de doce años, todos fuertemente maniatados. Los tres parecían haber sido golpeados duramente para que revelaran su secreto.
—¡Adiós mi Comandante! —dijo a modo de saludo el capitán a cargo.
—¿Cómo le va, Sosa? Veo que trajo unos prisioneros. ¿Qué pasa? ¿No hablan?
A Francisco Sosa todos lo conocían como Pancho “el Ñato”. Su sobrenombre era a causa de la feísima cicatriz de un chuzazo indio que le cruzó la cara y le cortó parte de la nariz. Lejos de molestarle, la cicatriz era motivo de orgullo para Sosa, e iba perfecto con su reconocida crueldad.
—Ni una palabra mi Comandante. Y… mire que les pegamos ¿eh?
Los traje por su pedido.
—Hizo bien Sosa. Vamos a ver si hablan, o no.
—Creo que el muchacho es hijo de este —dijo “el Ñato”, indicando al indio más musculoso.
—Bien. Entonces empecemos por el viejo.
Sosa pasó por delante del indio musculoso y se paró al lado del mayor de los tres. Sacó su pistolón y lo apoyó sobre la sien del indio.
—Pregúntele dónde está su toldería —dijo Juan Manuel.
El Ñato, que hablaba algo de araucano, le tradujo la pregunta. El indio lo miró con odio y le escupió la cara.
—Dispárele —ordenó Juan Manuel.
Sosa apretó el gatillo y el indio calló muerto con la cabeza deshecha. —Ahora póngale la pistola al chico —Sosa recargó su arma y obedeció.
Juan Manuel se paró frente al supuesto padre del muchacho y lo miró a los ojos. No vio miedo ni odio en sus ojos, sabía su destino y estaba rendido ante él. Sin duda el muchacho era su hijo.
—Hágale la pregunta al padre.
Sosa, sin sacar la pistola de la cabeza del muchacho, le repitió la pregunta al padre. No contestó. Juan Manuel miró al chico, que cerró fuerte sus ojos, y se le mojaron los pantalones. “Pobre muchacho” pensó.
—Dispárele al padre —ordenó Juan Manuel.
El Ñato dejó al muchacho, apoyó la pistola sobre la cabeza del padre y disparó. El indio cayó muerto. El muchacho se quedó duro.
—Mire que estos indios son unos hijos de puta —dijo, indignado, Juan Manuel—. El padre está dispuesto a que matemos a su hijo, antes que decirnos dónde están sus toldos, que vamos a descubrir de cualquier manera.
—¿Qué hacemos con este?
—Póngale la pistola en la cabeza y hágale la pregunta. Ahora que vio la muerte de cerca, va a hablar.
Sosa le repitió la pregunta. El muchacho se puso muy serio y le habló.
—¿Qué dijo? —preguntó Juan Manuel interesado.
—Me dijo que él ya es hombre, y está listo para morir.
—¡La puta madre!
—¿Qué hago, mi comandante?
—Mátelo —respondió Juan Manuel, muy disgustado.
Se dio vuelta y caminó hacia su carpa. Hizo tres pasos y escuchó el disparo. “Qué indios hijos de puta”, murmuró.
* * *
Juan Manuel se volvió a sentar en su escritorio de campaña, pero no podía concentrarse en las cartas. Lo que acababa de pasar hizo que su mente zumbara por la infinidad de eventos que había vivido en esta rara campaña. ¿Qué estaba bien y qué estaba mal? ¿Quién lo sabía? Lo importante era alcanzar los objetivos que se había trazado, y, en ese sentido, no había lugar para “tibios”. Por eso le gustaba rodearse de gente como Pancho “el Ñato”. Gente que no le cuestionaba las órdenes, simplemente las cumplía sin chistar. En ese sentido el coronel Pacheco no era su mejor colaborador, Pacheco era un mal necesario.
Si bien Juan Manuel ostentaba el rango de Brigadier General la verdad era que él no era un verdadero militar. No tenía formación militar, no había peleado en las guerras de la independencia, ni había liderado ejército en batalla. Era cierto que había comandado campañas, como por ejemplo contra Lavalle, pero la verdad era que siempre estaba rodeado de oficiales de mucha experiencia y, aún así, siempre había rehuido la batalla. La tarea de él se había limitado a un ejército en la provincia, para ello usó la persuasión y también “otros” métodos. Así levantó una enorme fuerza militar que por sus números obligó a los unitarios a negociar y luego fueron vencidos políticamente. En resumen, la estrategia militar no era el fuerte de Rosas. Por eso, para esta campaña había buscado un Jefe de Estado Mayor y creyó encontrarlo en Pacheco, un militar de larga trayectoria con muchas batallas por la independencia, incluso bajo el mando de San Martín.
Pero Pacheco no era confiable. Pacheco buscaba la gloria en batallas heroicas y no había nada de heroico en esta campaña. Cuando Rosas le daba órdenes, Pacheco le hacía otras propuestas. Juan Manuel nunca estaba seguro de que Pacheco fuera a cumplir con sus instrucciones.
El primer destello de que la relación con Pacheco no sería fácil lo tuvo al principio de la campaña, cuando pasaron cerca de Azul. Aparecieron indios al galope y Pacheco quiso armar una defensa frente al supuesto ataque. A Rosas le costó mucho explicarle que se trataba de Catriel y sus pampas. Era un viejo amigo de Juan Manuel de su época de hacendado al sur del Salado, donde para sobrevivir había que tener a los indios contentos. A Pacheco le costaba entender que Juan Manuel hubiera hecho un trato con Catriel para que este se sumara a la campaña en contra de indios enemigos de su tribu. Pacheco se quejó, alegando que los indios de Catriel nunca serían confiables en batalla y que no tenían la menor disciplina. Pacheco no quería entender que nunca habría batallas, que precisaban indios baqueanos porque no había mapas de la zona y que la estrategia no sería buscar y enfrentar a los guerreros indígenas, sino eliminar sus toldos incluyendo a la chusma.11 Pacheco se quejó ante Juan Manuel diciendo que él debería estar al tanto de todos los acuerdos y planes de Juan Manuel.
A Rosas eso no le gustó ni un poco, pero la campaña ya estaba iniciada y gran parte de la oficialidad y tropa seguía a Pacheco, por eso ideó una manera de sacárselo de encima elegantemente. Una vez que estableció su centro de operaciones de Médano Redondo, le encomendó a Pacheco liderar la vanguardia con la tarea de tomar contacto con la División Derecha. El lugar acordado se llamaba Confluencia, por la unión de dos ríos en el Neuquén. Pacheco debería enarbolar la bandera federal allí al pie de las montañas, como un verdadero acto de soberanía. Esa era una tarea que a Pacheco le gustaría cumplir, era un reto y había heroísmo: lo que todo militar veterano de la Independencia quería. De esa manera Juan Manuel se lo sacaba a Pacheco de encima por varios meses.
El último roce entre los dos se dio cuando Pacheco le observó que los prisioneros que fuera tomando irían haciendo cada vez más lenta su marcha, por lo que la Cordillera sería un objetivo demasiado lejano. Juan Manuel simplemente le contestó que no tomara prisioneros, “degüéllelos” le dijo, a lo que Pacheco abrió grandes sus ojos y se fue.
Una vez que Pacheco estuvo lejos de Médano Redondo Rosas, pudo desplegar su verdadera estrategia. Mandaba, repetidamente, expediciones tierra adentro comandadas por hombres realmente leales, como Francisco Sosa, con instrucciones de exterminar a todos los indígenas que se opusieran. Debían buscar sus tolderías, atacarlas y matar a todos. Tan solo se salvaban las cautivas que, muchas veces contra sus deseos, eran llevadas a Buenos Aires para ser exhibidas como prueba de la efectividad de la campaña del Restaurador de las Leyes, como le decían a Juan Manuel.
Su mente volvió a la carta que tenía frente a sí. Era de Facundo Quiroga, el supuesto Jefe Supremo de la Campaña. La verdad era que su actividad se había limitado a mandar algunas cartas a las provincias que le respondían para que se efectuaran las campañas contra el infiel que estaban previstas. La carta que acababa de recibir estaba fechada en San Juan, muy lejos del teatro de operaciones, lo que demostraba su bajo interés en el tema. Los ojos de Juan Manuel pasaron rápidamente por el texto, prestando especial interés en algunos párrafos.
“… Ya no cuente usted con la División del Centro, cuya moral se ha perdido absolutamente por la conducta de un general quien desatendiendo…
…La deserción es enorme y solo quedaron como trescientos hombres… …Viendo pues que de esta División nada se puede ya esperar sino un estéril consumo de recursos he tomado la resolución que usted…”
Lo que Rosas había sabido por sus informantes era que la División Centro contaba, desde su inicio, con muy pocos soldados y había encontrado una resistencia muy organizada de parte de los indios ranqueles. Le decían que estos estaban ayudados, e incluso liderados, por un oficial unitario renegado que vivía con los infieles como si fuera uno más de ellos; un tal Baigorria.
Con pocas probabilidades de éxito Quiroga había decidido usar esas tropas para mantener a San Luis bajo su férrea mano. Seguramente eso le resultaba mucho más efectivo que correr indios por tierras estériles.
No tenía noticias de la División Derecha, pero seguramente también seguiría un destino de fracaso. Pero eso no decepcionó a Juan Manuel, todo lo contrario, era lo que esperaba. La única fuerza eficaz era la que estaba bajo sus órdenes, y todos verían la diferencia entre lo que comandaba Quiroga y lo que comandaba Rosas. Todos los laureles irían para Juan Manuel.
La siguiente carta era de Encarnación, su mujer. Esa sí que era una persona eficiente. Ella había organizado un fuerza rosista, llamada La Mazorca. El nombre aludía a que se trataba de un grupo cuya fuerza estaba en la unión, como la mazorca de maíz. Pero los pícaros enemigos decían que el nombre derivaba de las muertes que los rosistas estaban llevando a cabo, pues según ellos mazorca venía de “más horca”. Juan Manuel sonrió, el humor no les serviría de nada.
Encarnación había logrado que la servidumbre de las casas elegantes de Buenos Aires le hiciera llegar la información de dónde se reunían los enemigos, y hacia allá mandaba a sus matones. Así, en una tertulia de falsos federales, el negrito que servía agua a los reunidos o el sereno que gritaba “Viva la federación” en medio de la noche, podía ser quien los delatara y a la salida de la reunión alguno recibía palos o tiros. En Buenos Aires no pasaba semana sin que apareciera el cuerpo de un contrario a Juan Manuel.
Los enemigos, esos falsos federales a los que se llamaba “cismáticos” o, despectivamente, “lomos negros” por preferir ese elegante color para vestirse, apoyaban al gobierno de Balcarce. Los rosistas, en cambio, eran los “restauradores” o, también, los “apostólicos”, por su lealtad a Juan Manuel. Decía Encarnación:
“Las masas están cada vez más dispuestas y lo estarían mejor si tu círculo no fuera tan callado, pues hay quien tiene miedo. ¡Qué vergüenza! Pero yo les hago frente a todos y lo mismo me peleo con los cismáticos que con los apostólicos. Aquí en mi casa solo pisan los decididos.”
Dejó la carta de su mujer. Las cosas iban bien en Buenos Aires.
* * *
Rosas se bajó de su caballo y se le acercó Harris, un comerciante inglés al que conocía desde hacía algún tiempo.
—Su Excelencia, qué bueno verlo en buen estado, a pesar de una guerra tan peligrosa.
—Señor Harris, el gusto es mío. No hace falta que me llame Excelencia, ya que no soy más Gobernador de la Provincia. ¿Qué lo trae por esta zona tan inhóspita?
—Estoy acompañando al naturalista del barco de un muy buen amigo mío, el capitán Fitzroy —contestó el inglés señalando al joven que estaba con él—. Quiero presentarle al señor Charles Darwin.
Los hombres se estrecharon la mano y Juan Manuel los invitó a tomar unos mates juntos. Rosas ya estaba informado de que un barco inglés estaba relevando la costa, pero no le quedaba muy claro el porqué. Menos entendía qué hacía el naturalista tan lejos de su barco. “¿En qué los puedo ayudar?” les preguntó. Harris le comentó que Darwin pretendía atravesar la provincia de Buenos Aires. “Una locura” comentó Harris mientras seguía adelante. Sabían que Rosas había establecido veintiún postas, que no eran más que pequeñísimos fortines con cuatro o cinco soldados que conectaban Médano Redondo con la ciudad de Buenos Aires. Le pedían permiso para viajar pasando las noches en las postas, teniendo así algo de protección contra los ataques indios en su viaje por un territorio en guerra. Juan Manuel accedió y escribió de puño y letra un salvoconducto.
—¿Qué busca en nuestra pampa, señor Darwin? —le preguntó Rosas, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—Fósiles de animales extintos —respondió con dificultad el joven británico.
Juan Manuel lo miró sin entender y Harris ensayó una rápida explicación que nadie entendió, para rematar con: “Ya sabe, son cosas de científicos.”12
Rosas despidió a los ingleses y volvió a sus cartas. Leía los informes de sus oficiales: Ramos, Delgado, Rodríguez, Miranda e Ibáñez. Estos operaban haciendo centro en Médano Redondo o la Fortaleza Protectora Argentina entrando y saliendo en el desierto, buscando y destruyendo las tolderías. La metodología le producía mucho daño a los indios, pero estos ya habían aprendido cómo combatirla, levantaban sus toldos y se internaban más adentro. Esto obligaba a los militares a efectuar entradas más largas, menos efectivas y, por lo tanto, exponerse a mayores riesgos.
Juan Manuel revisó la lista de cautivas liberadas. A Juan Manuel le gustaba hacer listas de todo, de partidarios, de enemigos, de tibios, etc. Sabía que más adelante le servirían. Pero volviendo a la lista de cautivas, le llamó la atención que no se trataba solo de mujeres, como pensaba que sería, había muchos niños y niñas, varios de los cuales no hablaban castellano porque habían sido secuestrados muy de chicos. A ese momento ya había más de trescientos cautivos liberados, pero Juan Manuel había dado instrucciones de que las listas reflejaran números mayores que ese, para lograr un mejor impacto en Buenos Aires.
El siguiente tema a resolver era también sobre una cautiva, pero, en este caso, de una cautiva indígena tomada prisionera ocho años atrás en la campaña contra los indios del coronel Rauch. Esta mujer tenía que ver con la nueva estrategia que Juan Manuel quería poner en acción. Mandó llamar al lenguaraz13 teniente Eugenio del Busto.
Del Busto había sido tomado cautivo por los indios a los seis años de edad. A los catorce, fue liberado por Rauch, pero para entonces el muchacho ya no hablaba castellano. Se convirtió en un lenguaraz, de gran utilidad para el ejército. Sobresalía el rencor que demostraba hacia los indios. Juan Manuel lo había integrado a la campaña porque, si bien era muy joven, de tan solo veintidós años, tenía una clara inteligencia y cumplía sin chistar todas las órdenes que se le daban.
—¿Me llamó, mi Comandante? —preguntó Del Busto desde la puerta de la barraca de Rosas.
—Adelante Teniente, siéntese —lo invitó Juan Manuel—. Explíqueme la situación de los boroganos.
Los boroganos eran una serie de tribus de mapuches oriundos de Chile, que se habían establecido en las salinas grandes.14 Su cacique principal se hacía llamar Mariano Rondeau por ser ahijado del general Rondeau, héroe de las guerras de la independencia. Su importancia radicaba en que se trataba del cacique con mayor número de “conas” o guerreros, y en que su posición le permitía atacar y malonear15 la provincia de Buenos Aires, Santa Fe o Córdoba. Durante la campaña de Rosas, Rondeau había tenido una actitud cambiante. Si bien decía apoyar a Juan Manuel, varios de sus actos habían sido de guerra. Por tal motivo Rosas había mandado varias veces a Catriel y su gente a atacarlos, sin comprometerse él. Al mismo tiempo Juan Manuel había enviado a Del Busto a los toldos boroganos para tantear la voluntad del cacique por llegar a un acuerdo. El lenguaraz cumplió con su misión de alto riesgo sin quejarse.
—El cacique está dispuesto a pactar, pero tiene ciertas condiciones que se deben cumplir —explicó el joven teniente.
—¿Qué condiciones?
—En primer lugar pide que, para dejar de malonear, se le entregue ganado.
—¿Cuánto?
—Ocho mil por año, señor.
—¡Ocho mil!
—Sí, señor.
—Qué indio ladino, este —dijo Juan Manuel concediendo—. ¿Y qué más?
—La otra exigencia es más fácil, señor. Pide que se libere a una china mujer suya, que Rauch tomó cautiva hace tiempo.
—Esto me va a traer problemas con Catriel… —dijo Juan Manuel.
Rosas había aprovechado la larga enemistad entre las dos tribus, mandando a Catriel contra los boroganos. Acordar con Rondeau inevitablemente sería interpretado, por Catriel, como una traición. Diría que la sangre de sus guerreros había sido derramada inútilmente. Pero pacificar a los boroganos era fundamental para concentrar sus fuerzas sobre ranqueles y tehuelches del norte. Sería necesario controlar con mano de hierro a Catriel y su gente, incluso fusilar a algunos si fuera necesario.
—Está bien. Dígale a Rondeau que estoy de acuerdo pero yo también le exigiré algo —dijo Rosas con voz grave—. Debe demostrar su lealtad atacando a los Ranqueles de Llanquetruz y deberá entregarme cien cautivas.
—Perfecto, señor —dijo el obediente Del Busto, poniéndose de pie.
—Y otra cosa más, teniente.
—Diga, mi comandante.
—Dígale al coronel Ibáñez que haga venir a esa china y que la traiga bien custodiada. Estoy seguro de que los de Catriel van a tratar de matarla.
Prisionero indio en 1833 según El viaje del Beagle, de Charles Darwin,
edición de 1890.
* * *