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Capítulo 1. Esos salvajes unitarios Córdoba, 27 de febrero de 1830
ОглавлениеNinguno de los tres muchachos tenía más de veinte años, pero habían tenido un desempeño tan destacado en la batalla de Oncativo1 que, en una sencilla ceremonia, serían ascendidos al rango de Alférez2. El coronel Luis Videla era el encargado de entregar la espada de Alférez a su protegido y coprovinciano de San Luis, el joven Manuel Baigorria.
Pero cuando llegó ese momento…
—Yo quiero saber, si voy a aceptar la espada que se me ofrece, por qué causa vamos a luchar —le preguntó Baigorria al mismísimo general Paz, que estaba allí presente.
A Videla se le heló la sangre. El mismo había impulsado el ascenso de su protegido ante el General Paz. Sabía que el joven tenía ese defecto que todo militar odia en sus subalternos, el defecto de cuestionar las órdenes. Pero Manuel Baigorria tenía otras virtudes, don de mando sobre su gente, valentía sin límites y mucho sentido común. Baigorria era secote e impredecible, pero también era vivo y sus hombres lo seguían adonde fuera. Eso, en el Ejército, valía mucho.
Al General Paz la pregunta de Baigorria no le pareció impertinente, por el contrario, le pareció una excelente oportunidad para contestar una cuestión que todos tenían en la cabeza, pero que nadie se animaba a preguntar.
—Alférez Baigorria —dijo con voz grave—, la causa que vamos a defender con la espada que se le ciñe es la de la organización de nuestra Patria. Y, si no morimos en el intento, lucharemos hasta verla constituida.
Baigorria frunció el ceño. Había nacido poco antes de la Revolución de Mayo y desde la caída del poder colonial de lo que había sido el Virreinato del Río de la Plata, solo había conocido guerras. Primero, para expulsar a los españoles y, luego, las guerras civiles cuyo único objeto era, para unos, alcanzar el poder y, para otros, retenerlo. Los caudillos habían tomado el control de las provincias y no tenían el menor interés en cederlo en pos de un gobierno nacional. Por eso, al regresar de la guerra con el Imperio de Brasil, los generales Lavalle y Paz habían comprometido sus tropas en la causa de organizar un único gobierno para el país: eran unitarios. Lavalle marchó sobre Buenos Aires, y Paz sobre Córdoba. Su plan era doblegar a los caudillos y organizar el país por medio de una Constitución Nacional.
A pesar de sus éxitos militares, Lavalle no pudo retener el control de Buenos Aires. El fusilamiento de Dorrego y su mal manejo político lo obligaron a dejar la ciudad repudiado por todos. El gobierno de la provincia quedó en manos de un poderoso hacendado: Juan Manuel de Rosas.
En cambio, Paz venció por las armas a casi todos los gobiernos del centro, norte y la zona de Cuyo. Su reciente éxito en Oncativo lo había fortalecido enormemente. Estaba claro que su siguiente paso era enfrentar a Rosas y las provincias del Litoral. El general Paz prometía la Organización Nacional frente al caos de los caudillos. A Baigorria le parecía bien eso. Solo la mano dura podía gobernar el país.
El nuevo alférez tomó la espada que se le ofrecía. —¡Juro dar mi vida por la organización de nuestra Patria!
El general Paz sonrió y lo palmeó en el hombro y le dirigió una mirada aprobatoria al coronel Videla. Ninguno de ellos se olvidaría de aquel día.
* * *