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Septiembre de 1831

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—¿Pero, entonces, qué alternativa tenemos? —le preguntó Baigorria a De la Cuadra.

Cuando fue puesto en libertad, el alférez huyó de Mendoza antes de que el Gobernador se diera cuenta de su error. Intentó en vano volver a incorporarse al ejército unitario, pero este sólo había encontrado derrotas. San Luis había vuelto a caer en manos federales, y eso le cortaba el camino a Córdoba, donde estaba Lamadrid.

Evadiendo al enemigo en las sierras cerca de su San Luis natal, se había juntado con muchos otros soldados unitarios que deambulaban sin destino. Caer en manos federales significaba, lisa y llanamente, la muerte. Así, se fue formando un grupo que llegó a contar con casi cincuenta hombres. A cargo estaba el oficial De la Cuadra, siendo Baigorria su segundo.

Las sierras dejaron de ser un lugar seguro y debieron internarse tierra adentro, cerca del Desierto, dominado por las tribus indígenas. —Solo tenemos dos alternativas —contestó De la Cuadra—. Avanzar a toda velocidad hacia el Norte, intentando tomar contacto con Lamadrid, o ir hacia el Oeste, hasta Chile.

—Hacia el Norte es una locura. Está lleno de federales. Además, Lamadrid va a ser derrotado tarde o temprano —dijo el alférez—. El camino a Chile no lo conozco.

—Yo sí, nací en Chile. Hacia el Oeste se llega a un manzano, de allí sale un camino que cruza los Andes4.

—¿Sabría llevarnos a Chile? — preguntó Baigorria esperanzado.

—¡Claro!

—Entonces, no hay nada que decidir. Tenemos que ir a Chile.

—Sí, hombre. Pero es importante que entienda que quizás nunca más pueda volver a la Argentina. Que quizás nunca más vea a su familia —le explicó De la Cuadra—. Si nos vamos a ir a Chile, le diría que se despida de su familia.

Baigorria juntó a todos los soldados puntanos y organizó una partida. Visitarían a sus familias por la noche, para evitar ser reconocidos. A la madrugada saldrían nuevamente hacia el sur. De la Cuadra quedaría en el campamento con el puñado de soldados que no tenían de quien despedirse.

Esa noche la madre y las hermanas de Manuel se alegraron de verlo con vida, pero lloraron cuando supieron que probablemente no lo verían nunca más. Con dolor en su corazón Baigorria y sus soldados emprendieron una triste marcha hacia su campamento al sur. Cuando llegaron, ni De la Cuadra ni ninguno de los otros soldados estaban allí.

—¡Traidores! ¡Se fueron a Chile sin esperarnos! —gritó un soldado.

* * *

El campamento mostraba signos de violencia, lo cual excluía la posibilidad de que De la Cuadra y los demás se hubieran ido por su cuenta. Lo primero que pensó Baigorria fue que una partida de federales los habría encontrado. De ser así estaban sentenciados. Pero uno de los soldados encontró huellas que venían del sur. ¡Indios!

La moral del grupo se desplomó. No solo porque con la pérdida de De la Cuadra se esfumaba la posibilidad de una huida hacia Chile, sino porque ahora descubrían que el peligro también podía venir del sur.

Baigorria no se dejó ganar por la desazón. Organizó una guardia al norte del campamento para detectar la posible llegada de federales, y otra guardia al sur, para detectar indios. No sabía qué harían en un futuro, simplemente planificaba la supervivencia. A pedido de sus hombres, estableció que una vez por semana dos hombres fueran a la ciudad a traer noticias y visitar su familia. Así pasaron las semanas…

* * *

—¡Villa! ¿Dónde está Cordero? —preguntó Baigorria con preocupación, al ver volver sólo a uno de los enviados, sin su compañero. Dos días antes, los dos habían partido juntos hacia la ciudad —Lo agarraron.

Los demás soldados se agolparon alrededor.

—¿Y usted, cómo se escapó?

—No pude… también me agarraron.

—¿Y entonces, cómo llegó acá? —preguntó Baigorria, casi desesperado, imaginándose que quizás los federales estaban ahí nomás.

—Me agarraron y me soltaron.

—¿Por qué? —preguntó el alférez, sin entender.

—Me mandaron con un mensaje, señor.

—¡Vamos, hable!

—Dicen que si nos entregamos y aceptamos pelear contra Lamadrid, nos salvamos. Si no, vienen y nos matan a todos.

Los soldados se miraron. La propuesta no parecía tan mala. Ninguno amaba la causa unitaria más que su propia vida y, además, siempre estaba la alternativa de desertar del ejército federal.

—¡Silencio! —Baigorria cortó el murmullo con autoridad—. ¿Qué más, soldado?

—De la Cuadra, señor.

—¿Qué hay con él?

—Los indios les entregaron a los federales a De la Cuadra y los demás soldados, a cambio de aguardiente, yerba y azúcar.

—No sé qué destino es peor, si los indios o los federales.

—También tomaron prisionero al coronel Videla —Eso le dolió a Baigorria. Luis Videla era quien lo había ascendido a alférez—. A él y a De la Cuadra los están llevando a Buenos Aires, para entregárselos a Rosas.

—Sólo les espera la muerte —dijo Baigorria con tristeza, ya que conocía a toda la familia de Videla. Y mirando a todos agregó: “Y la muerte es lo que le espera a todos los que se entreguen.” 5

* * *

A la madrugada, el clima era de franco motín. La mayoría de los soldados juntaron sus cosas en silencio. Villa se acercó a Baigorria.

—Señor. Si no nos rendimos, vendrán por nosotros.

—Y si se rinden, los matan —contestó el alférez—. Yo no pienso rendirme al déspota de Buenos Aires.

—¿Usted… qué alternativa nos ofrece, señor?

A Baigorria le molestó el tono insolente. Se paró y se dirigió a todos levantando la voz.

—Los que quieran entregarse al enemigo y pedir clemencia, ¡háganlo! Yo ya estuve en su prisión y me salvé de casualidad. Esa gente no tiene palabra, son pura crueldad. Los que se queden conmigo correrán otro destino. —Apuntando hacia el Sur, dijo: —Iremos exactamente hacia el otro lado. Tierra adentro.

—¿Con los indios? —preguntó Villa, incrédulo.

La mayoría de los soldados montaron sus caballos y partieron hacia el Norte. Solo cinco se quedaron con Baigorria.

* * *

Durante diez días cabalgaron hacia el sur, sin ver ni una persona. Baigorria sabía que las tolderías de los indios estaban muy lejos de la zona poblada por los cristianos, pero nunca imaginó que fueran tan lejanas.

Mientras avanzaban al paso, había intentado pensar en un plan, pero nada se le había ocurrido. Todas sus estrategias se estrellaban contra la idea de la hostilidad indígena. Él era el invasor en la tierra de esa gente violenta. ¿Cómo encararlos?

Uno de sus soldados indicó un punto lejano. “Un toldo indio”, dijo. Había llegado el momento de la verdad. Baigorria no tenía nada pensado. Improvisó. Desmontó. “Espérenme acá”. Le pasó la rienda de su caballo a otro soldado, y caminó sin armas hacia el lejano toldo.

Los soldados lo miraron mientras caminaba con los brazos en alto.

Al cabo de unos minutos, un indio salió del toldo. Vio que Baigorria se acercaba, tomó su chuza6 montó un caballo y galopó, amenazante, hacia el alférez.

* * *

La conquista de Rosas

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