Читать книгу La conquista de Rosas - Gerardo Bartolomé - Страница 27

Alrededores de la ciudad de San Luis

Оглавление

Los dos hombres se confundieron en un abrazo. Tantas cosas habían pasado juntos, y tantas otras habían ocurrido desde la última vez que se habían visto. Muchos años… Videla escapando de los federales, Baigorria en el desierto con los indios. Luego de recordar la vida y la muerte de los hermanos Blas, Ignacio y Luis Videla, todos muy cercanos a Baigorria, Eufrasio exclamó: “¡Pero qué cicatriz tan fiera, amigo!” observando la que le cruzaba a Baigorria por la cara.

—A las mujeres les gusta —mintió este, pero no pudo dejar de sorprenderse del comentario.

En los toldos todos tenían alguna cicatriz y jamás un indio opinaba sobre el aspecto de nadie, fuera hombre o mujer. Con ese solo comentario, Baigorria se daba cuenta de cuánto había cambiado él, y cómo le costaría volver a vivir con los blancos. Con la vista, buscó a uno de sus hombres. —¡Rico! Venga acá —lo llamó—. Tome otro hombre y vayan hasta donde está Pichún. Dígale que no era una trampa. Que ya me encontré con mi compadre. Que ya se pueden volver a sus toldos.

El hombre obedeció inmediatamente. Baigorria se volvió hacia Videla y le pidió que lo pusiera al tanto de la situación militar. Este le explicó que el centro de la ciudad estaba ocupado por federales, mientras que la parte de afuera que daba al Este y al Sur estaba en manos de ellos, los unitarios.

—La verdad es que ninguno está muy interesado en correr riesgos intentando sacar al otro. Los dos bandos esperamos refuerzos. Nosotros esperamos refuerzos de Lamadrid, y ellos esperan gente de Mendoza.

Así estamos desde hace unos días.

Baigorria ya le había adelantado por carta que los indios no se comprometerían en un ataque. Tan solo arrearían ganado de algunas estancias de la redonda. Hábilmente, Videla, con la aprobación de Baigorria, había dado una lista de estancias de federales de las cuales podrían tomar cuanto ganado quisieran.

Respecto de la guerra, Lavalle estaba juntando una gran fuerza y, a medida que avanzaba sobre la Provincia de Buenos Aires, se le sumaba más gente. Pero a su vez, Rosas iba formando un ejército que, manteniendo distancia, buscaba oponérsele.

—Rosas no sabe nada de estrategia militar. ¿A quién puso a cargo de sus fuerzas? —preguntó Baigorria.

—A Pacheco, pero dicen que el que se pondrá a cargo será el uruguayo Oribe —contestó Videla—. Lavalle buscará acercarse a la ciudad para dar batalla allí. Él calcula que cuando esté cerca, los porteños se le van a sublevar a Rosas.

—Yo no creo que le sea tan fácil. ¿Y Lamadrid?

—La posición de él es más comprometida. Se hizo fuerte en el centro, pero está rodeado de provincias enemigas. La verdad es que la victoria, o la derrota, se definirá en Córdoba o Buenos Aires —razonó Videla—. Por más que nosotros venzamos aquí, si la causa es derrotada allá de nada habrá valido nuestro esfuerzo.

—Y los federales de San Luis piensan lo mismo, ¿no? Por eso nadie dispara una bala. Es al ñudo —concluyó Baigorria, que ahora entendía por qué la ciudad estaba dividida en dos bandos sin que hubiera pelea.

Los dos hombres se sentaron a la sombra de un gran algarrobo y se pasaron unos mates mientras se ponían al día con las vidas de sus amigos y familiares.

—La que siempre pregunta por usted es la Micaela…

* * *

—Mi Coronel, ¡los indios están maloneando!

Estaba oscureciendo y Baigorria y Videla se encontraban en un rancho de las afueras de la ciudad.

¿Cómo maloneando? —preguntó Videla preocupado, porque si lo indios producían desmanes él sería el inculpado y varios de sus aliados se le pondrían en contra.

—No se preocupen —tranquilizó Baigorria—. Ya les dije que Pichún arrearía algún ganado de estancias cercanas. Algo se tienen que llevar de vuelta a la toldería.

—Pero no, mi Coronel —insistió Rico—. Es Calvaíñ, que trajo a sus indios y está saqueando las chacras de la ciudad.

—¿Cómo? —gritó Videla indignado—. Voy a buscar mis hombres y los vamos a correr a tiros.

—¡No compadre! —habló Baigorria, con contundencia—. A Calvaíñ lo arreglo yo. Esta es cosa entre nosotros —y subió a su caballo y salió al galope.

* * *

La conquista de Rosas

Подняться наверх