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Higienismo y eugenesia
ОглавлениеNumerosos trabajos –Armus (2001), Belmartino (2005), Checa (2009) y Di Liscia (2005)– señalan que los médicos de la época conforman un grupo fuertemente influido por las ideas del higienismo y la eugenesia con diferentes énfasis, matices y combinaciones. En lo que hace al higienismo, esta perspectiva se constituye en la Argentina durante el último tercio del siglo XIX como un movimiento que, si bien es liderado por profesionales de la medicina, incorpora a intelectuales y políticos. Sus promotores conforman un grupo heterogéneo, con contradicciones internas respecto de concepciones ideológicas y políticas, ya que confluyen en él liberales (tanto los ligados a la filantropía librepensadora como los ortodoxos), socialistas, e incluso ciertas propuestas apoyadas en el catolicismo social. Los une la convicción de la necesidad de la racionalización de las prácticas destinadas a dar respuesta a la cuestión social y la inscripción al positivismo.
Luego de las epidemias de cólera (1867-1868) y de fiebre amarilla (1871) en la ciudad de Buenos Aires, junto con la aparición de brotes infecciosos (escarlatina, disentería, cólera, fiebre amarilla, fiebre tifoidea, peste bubónica, viruela, sarampión, difteria, tuberculosis, sífilis) y de los llamados males sociales urbanos vinculados, la cultura de la higiene aparece con fuerza de la mano de los grupos médicos de la ciudad. En líneas generales, los preceptos del higienismo establecen conjuntos de reglas de comportamiento con fuerte impronta ético-moral (Nari, 2004). A partir de sus pautas, cuestiones consideradas del ámbito privado –como la limpieza, la sexualidad, el modelo de familia, la distribución espacial en el hogar, la maternidad, la alimentación, el ocio, entre otros– se conforman en un terreno de dominio público.
Los médicos higienistas consideran que la salud es una resultante de las condiciones del medio físico y social en que desarrollan su vida las personas. Es una noción que desborda lo biológico y se extiende hacia zonas de lo moral; de modo que las prácticas de las personas también pueden ser higienizadas. La hipótesis higienista de que son las condiciones del medio físico y social las causantes de la enfermedad y de que ellas ponen en peligro la sociedad toda lleva a los protagonistas del movimiento a centrar sus análisis y propuestas en dos lugares: la vivienda y el taller.
De esta forma, junto con la noción de higiene, se va a impulsar y/o reconfigurar el desarrollo y la institucionalización de profesiones como la de asistentes sociales, puericultoras y las propias parteras. La educación, la salud y las instituciones de asistencia social van a ser los pilares de una institucionalidad que se considera apta para dar respuestas acordes con la idea de nación e integración que impulsaban los grupos dirigentes. Desde esa racionalidad de base científica, la administración centralizada y la racionalización de los recursos constituirán los ejes para la institucionalidad de este momento.
Específicamente en relación con la maternidad, los higienistas despliegan acciones que incluyen el control sanitario de las mujeres en edad reproductiva cuyo fin es garantizar, a través de ellas, la salud del niño en su dimensión física, psíquica y moral (Checa, 2009). Estas acciones sanitarias tienden a la prevención de las enfermedades de transmisión social de la primera infancia, incidiendo sobre la lactancia y las enfermedades venéreas mediante el control del embarazo, la legislación de nodrizas, los controles sistemáticos y la divulgación de normas de educación. La madre y la familia se convierten en los agentes tempranos de contención del niño para luego dejar el lugar a la escuela, que toma la vigilancia de la salud, incorporando la revisación médica y el suministro de vacunas, previniendo enfermedades infectocontagiosas, en particular la tuberculosis.
Por su parte, la eugenesia es una corriente de pensamiento que, partiendo de la premisa de que todos los caracteres de los seres humanos son hereditarios (las capacidades y los talentos como la propensión a la enfermedad), se propone lograr el mejoramiento de la raza a través de la reproducción de determinados individuos o grupos humanos calificados como mejores, inhibiendo la multiplicación de otras personas consideradas inferiores o indeseables (Miranda, 2003). Surge bajo los parámetros de la ciencia en Inglaterra a finales del siglo XIX. Su fundador, Francis Galton, sostiene la posibilidad de perfeccionar la especie humana a través de los mismos métodos utilizados con los animales domésticos. Primo de Charles Darwin e influido por sus ideas, su propuesta se centra en favorecer los matrimonios entre “los mejor dotados” y evitarlos entre aquellos que tuvieran características que pudieran perjudicar la raza (Billorou, 2005).
En líneas generales, las teorías sobre la existencia de razas humanas coinciden en afirmar una continuidad entre lo físico y lo moral, la acción determinante del grupo sobre el individuo, una jerarquía única de valores (etnocéntrica) y, en algunos casos, la voluntad de implementar una política fundada en ellas (Todorov, 1991). La categoría de raza, en cuanto construcción científica, es utilizada por intelectuales de renombre para interpretar diversos fenómenos sociales de la época. Se utiliza para entender y legitimar diferencias en una sociedad donde la igualdad es un valor social y político, aunque considerado peligroso para sus clases dirigentes. La idea de raza intenta solapar los orígenes políticos de las relaciones de poder entre grupos de individuos al tiempo que, al arraigarlas en la naturaleza, pasan a ser consideradas ahistóricas e inamovibles. Así, la existencia de razas permitía justificar y legitimar desigualdades sociales.
En la Argentina, la eugenesia fue una ciencia práctica, unida a la política. Como propone Marcela Nari (1995), la identificación, descripción y tipificación de diferencias biológicas jerarquizadas en las poblaciones dominadas permite no solo ocultar la desigual distribución de las relaciones de poder (entre clases, razas y sexos), sino también descalificar categóricamente toda lucha por modificar el orden social. Los científicos e intelectuales van a definir dos campos de acción principales: por un lado, la interpelación al Estado y, por otro, las acciones educativas que impulsaran la formación de una conciencia eugenésica en la población. Así, el éxito de una eugenesia preventiva consistía en generar una conciencia sanitaria popular a través de la prensa, las conferencias, los carteles, el cine, los folletos, además de la acción directa de educadores especializados en escuelas y hospitales (Felitti, 2011). En este marco, también las mujeres madres van a tener que convertirse en agentes propagadores de esta ideología al interior de las familias, como parte de las políticas eugenésicas en torno a la maternidad cuyo fin es extirpar “la degeneración”, impulsar “la regeneración” y construir una “nueva raza”.
Bajo estas influencias, de manera implícita o explícita, los gobiernos despliegan numerosas medidas que inciden de manera significativa sobre los cuerpos de las mujeres y las condiciones de su reproducción (Jelin, 1996). Para los grupos médicos, una de las formas de crear argentinos fuertes y sanos es educar y controlar a las madres para así preservar la familia. En ese contexto, el discurso higienista y también el eugenésico encuentran legitimidad y apoyo: el deber maternal se construye como una obligación de las mujeres con su patria.