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CAPÍTULO 1
La cultura científica y el pensamiento médico

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Existe cierto consenso en señalar que el período de la historia del país abierto en 1880, en el cual se concretó la federalización de Buenos Aires y Julio Argentino Roca asumió su primer mandato, inició una nueva etapa. Nuevos actores irrumpieron en escena y perfiles de singulares personalidades se instalaron en los despachos políticos y los ámbitos intelectuales para propulsar acciones renovadoras que dejaron sus efectos en todas las esferas, mientras la Argentina se insertaba en el escenario mundial con un rol definido (Bruno, 2011). Puertas adentro, el país se organizaba en torno a los ideales del progreso, la paz y el orden, principios que se cristalizaban en medidas concretas y en diversos proyectos.

La Buenos Aires de fin de siglo XIX era una ciudad que se urbanizaba aceleradamente y con un gran crecimiento demográfico. Algunos autores hablan de revolución urbana al hacer referencia al grado de radicalización de este proceso de construcción de nuevos barrios y a la transformación de los viejos cascos urbanos en centros modernos (Liernur, 2000; Lobato, 2000). Destacan la escala –enorme, acelerada y masiva– de estas transformaciones en los lugares de vida y trabajo de la población, transformación que incluye las formas de construcción, el cambio en los materiales utilizados, el incremento en la cantidad de trabajadores involucrados, la disminución de los tiempos requeridos para las obras, entre otros aspectos.

En textos como el de Jorge Liernur (2000) se proponen imágenes de la ciudad como un gigantesco obrador en permanente movimiento, donde la impresión es de desborde y exceso, tanto por el crecimiento de la ciudad más allá de los límites imaginados y planificados como por los nuevos y masivos actores que aparecen con su dinamismo y capacidad de transformación. Ante esta situación que algunas voces dirigentes denuncian la urbanización como una enfermedad y buscan el retorno a un pasado idealizado de equilibrio y mesura, otras sostienen que el territorio urbano debe ser una expresión del mercado y otras marcan la necesidad de generar marcos regulatorios y de control.

Se trata de un proceso histórico en el cual la ciencia se configura como proveedora de legitimidad de discursos y representaciones, a la vez que se desarrolla el traslado de sus categorías al análisis de diversos aspectos de la realidad social. Se sostiene en la tendencia que aparece desde fines del siglo XIX en el ideario argentino –que Oscar Terán denominó la cultura científica– en la cual convergen diversas influencias y conviven conceptos como progreso, evolución, raza, lucha por la vida, selección natural, organismo y enfermedad social, leyes, estadios humanos inferiores y superiores, determinación biológica, entre otros, que son usados para dar cuenta de fenómenos sociales, políticos, culturales y económicos.

Oscar Terán (2000) sostiene que en el lapso que va de 1880 al Centenario, la elite dirigente argentina fue parte y escenario de una batalla intelectual por la construcción de imaginarios sociales y nacionales. Este autor analiza los esquemas de percepción y valoración de la realidad que subyacen en la obra escrita de algunos autores clave del momento. Así, a partir de los nombres de Miguel Cané, Ernesto Quesada, Carlos Octavio Bunge, José María Ramos Mejía y José Ingenieros, reflexiona sobre el concepto de cultura científica en cuanto conjunto de intervenciones teóricas que reconocen el prestigio de la ciencia como dadora de legitimidad de sus propias argumentaciones. Este ideario se apoya en el evolucionismo biológico (Charles Darwin), el evolucionismo social (Herbert Spencer), la criminología positivista italiana (Cesare Lombroso, Enrico Ferri, Raffaele Garofalo) y las teorías sociales que ponían el énfasis en la combinación de lo social y lo psíquico (Gustave Le Bon, Gabriel Tarde), entre otras. Estas tendencias se habrían disputado un espacio para la construcción de imaginarios sociales y nacionales alternativos en detrimento de una cultura religiosa en retroceso.

Los discursos e interpretaciones sobre la vida social que encontraron una fuente de vocabulario y referencias en las ciencias naturales y comenzaron a tener fuerza pública hacia 1880. Autores como Carlos Altamirano (2010) y Juan Suriano (2000) dan cuenta de la existencia de un grupo de hombres públicos –profesionales y referentes de la cultura– que desde su autoridad cultural e intelectual introdujeron a las ciencias sociales en la Argentina en un clima de ideas fuertemente marcado por el positivismo, desde el cual se preconizaba la posibilidad de adaptar al estudio de la sociedad métodos similares a los utilizados por las ciencias naturales (observación, experimentación y comparación), de modo de prever el funcionamiento de la sociedad y sancionar las medidas correspondientes para evitar conflictos y mantener el orden social. La aplicación de la metodología de análisis científico a las cuestiones sociales fue una de las líneas de intervención en lo social de esos tiempos.

El discurso médico adquiere un mayor peso y comienza a operar como una matriz interpretativa de suma productividad. Asimismo, provee a los intelectuales no solo de presupuestos epistemológicos acerca del cuerpo, sino también de un criterio de autoridad para legitimar representaciones sociales. Durante el cambio de siglo el uso de conceptos, expresiones y fórmulas positivistas pasó a ser materia corriente en la Argentina. Los grupos dirigentes imaginan el perfeccionamiento de la población mediante los conocimientos científicos, sobre todo aquellos que les proporcionaba la eugenesia y el higienismo. Bajo la misión de asegurar la salud colectiva se organizan una serie de procedimientos gubernamentales de centinela-control-vigilancia de la población –particularmente de los grupos inmigrantes– que incluía la exigencia de ciudadanos sanos, es decir, adecuados a los parámetros definidos por las instancias estatales.

Diversos estudios sugieren que, a partir de la gran participación de los médicos en los ámbitos estatales, el saber médico, en muchos casos en alianza con el saber jurídico y criminológico, se convierte en esos años en un marco interpretativo primordial para vehiculizar un conocimiento de la sociedad, generalmente leída en términos de un organismo enfermo, fragmentado, amenazado o infeccioso. En estos estudios, las ideas y acciones de los intelectuales parecen estar al servicio de las necesidades de un Estado con necesidades y pretensiones de orden social.

Una mención aparte merece el uso de metáforas médicas en los discursos de higienistas, juristas y criminólogos de la época. Varios estudios históricos analizan esta relación. Desde la psicología, Hugo Vezzetti (1985) indaga en el uso de figuras y metáforas provenientes de la medicina en obras de intelectuales y escritores reconocidos. Señala que esas metáforas abonan los intentos de medicalización de la conducta ciudadana y son convergentes con disposiciones y prácticas jurídicas, penales, pedagógicas que responden a la exigencia de armonizar la modernización y expansión del aparato productivo con el control de la masiva conmoción demográfica debida al caudal inmigratorio. Por su parte, desde la crítica literaria, Jorge Salessi (1995) estudia la historia de la metáfora de la nación como cuerpo y explora cómo los intelectuales argentinos, desde Esteban Echeverría hasta José Ingenieros, quisieron sanar ese cuerpo, imponiendo un código higiénico que trató de curar todo fenómeno que se considerara una enfermedad, desde la fiebre amarilla hasta la homosexualidad. Rastreando en archivos médicos y policiales no consultados hasta su investigación, propone un análisis de la ampliación de las políticas sanitarias en el contexto de avance del Estado sobre la sociedad civil hacia fines del siglo XIX, basado en la representación metonímica de la nación/cuerpo. Más allá de la defensa del cuerpo físico de las personas amenazadas por microbios y bacterias, explica Salessi, se empieza a hacer necesaria también la defensa social de un cuerpo demográfico amenazado por la insalubridad criminal, el otro mal moderno e invisible que también era necesario filtrar.

En esta línea, los trabajos de Gabriela Nouzeilles (2000) dan cuenta de la relación entre la literatura, el nacionalismo y el saber médico hacia fines del siglo XIX. Desde su perspectiva, esta alianza indica la especificidad de las ficciones del naturalismo finisecular argentino y manifiesta la “visión corporalizada de la nación” que sostuvieron los autores inscriptos en esa corriente. La autora analiza las novelas médico-naturalistas de cuatro escritores del período, que se presentaron como ejercicios de diagnóstico de patologías sociales según los principios del saber médico y que en su trama argumentativo-literaria tienen como objetivo la conformación de ciudadanas y ciudadanos de características homogéneas en una sociedad que se presentaba plural y diversa. En esta lógica, las narrativas de la nación apuntarían a la generación de iguales, en un movimiento en el que a través de la lógica médica se expulsa –por patológico– de la comunidad nacional a aquellos identificados como espurios y extranjeros.

Desde la historiografía, son también variados los estudios que se centran en los tópicos vinculados con el control social practicado por el Estado en el contexto de la modernización. En varios trabajos, Ricardo Salvatore (2001) desarrolla las características del surgimiento de un Estado médico-legal en la Argentina, organizado en torno a una serie de discursos y acciones ligados a los saberes médicos. Destaca que la medicalización de los problemas sociales implica una reorganización (imaginaria o real) del poder social. Sostiene que las lecturas patológicas de la sociedad y la creación de métodos punitivos modernos son el legado de los criminólogos positivistas, quienes operaban desde nuevos espacios de poder-saber. Así, la experiencia y la ciencia, la terapia y el diagnóstico, el esquema clasificatorio y el programa de acción parecen estar entrelazados, ya que esta matriz discursiva no describe solamente cuerpos enfermos, sino también grupos sociales, posiciones políticas y géneros sexuales. De esta forma, la relación entre la criminología positivista y la construcción del Estado a principios del siglo XX, otorgan a la elite dirigente, la retórica y las tecnologías del ejercicio del poder, aplicables a una sociedad en vías de masificación. En particular, tanto la modernidad como el tinte científico son los elementos que hacen persuasivo el discurso criminalista positivo. El poder argumentativo de la criminología positivista se complementa con los nuevos tipos de evidencia otorgados por las tecnologías modernas (balísticas, caligráficas, fotográficas, dactiloscópicas, pericias médico-psicológicas y autopsias) que superan al testimonio en los procesos médico-judiciales. Los aparatos institucionales de salud, justicia, educación y bienestar social, que en muchos casos operan en forma integrada, experimentan la reorientación positivista del Estado.

Por su parte, Lila Caimari (2004) explica cómo la concepción de defensa social se construye sobre la base de la idea de peligrosidad. La misión de la criminología, cualquiera fuese su vertiente, es defender a la sociedad de la peligrosidad, definida como el estado potencial del impulso antisocial de cada individuo. En la reformulación de José Ingenieros de la teoría lombrosiana, ahora orientada a detectar las debilidades, anormalidades y psicopatologías, la criminalidad se asimila a una enfermedad conjunta (cuerpo, mente y espíritu), detectable mediante exámenes clínicos. En este marco, Marisa Miranda (2018) reflexiona sobre la medicina en cuanto saber constitutivo del andamiaje de las instituciones estatales en el período de referencia. Plantea que la eugenesia aporta un marco de ideas que otorga un ropaje seudocientífico a muchas de las estrategias de identificación, clasificación, jerarquización y exclusión de las personas. La contundencia del consenso y la aceptación de este tipo de legibilidad parecen haberse dado en todos los terrenos, conviviendo con un espectro amplio de posturas ideológicas que aseguraban un heterogéneo y extendido apoyo.

El discurso médico-científico se va configurando así en un modelo de conocimiento, de análisis y diagnóstico de las condiciones de la población y de los individuos en el proceso de modernización, que modificó las formas de nominalización y conceptualización de lo social en términos del funcionamiento del cuerpo.

Discurso médico, parto y nacimiento

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