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La asepsia y la antisepsia en las prácticas médicas

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En combinación con las ideas higienistas, uno de los grandes ejes del período es la consolidación de la asepsia y la antisepsia como marco de toda práctica médica. Una vez que se aceptan y difunden los conocimientos de Louis Pasteur, Joseph Lister y Stéphane Tarnier, esa dupla va a atravesar todos los espacios y procedimientos en torno a la curación y atención. Con la progresiva incorporación de los conocimientos que llegan de Europa, comienzan a imponerse reglas severas para la desinfección de las manos, del entorno y de las pacientes. El ácido fénico se incorpora a la atención como el primer desinfectante que se usa en Buenos Aires de forma sistemática. Con este producto también se desinfectan las ropas de la mujer, la ropa de cama, las cortinas y demás objetos.

Al hacer referencia a estos primeros años de transición entre “la época antigua a la nueva era de la asepsia y antisepsia”, los propios médicos los recuerdan en términos de furor bactericida. Según sus propios relatos:

En todas partes se percibían microbios peligrosos para la salud que se concentraban en el aparato genital, marco que dio lugar a la realización de lavados vaginales desde el principio del embarazo, en el momento del parto y durante todo el puerperio […] hubo una verdadera obsesión contra los microorganismos y en cada casa donde debía tener lugar un parto se ponían en acción todos los medios de defensa, retirando las alfombras y cortinados, empapelando y pintando las paredes y los techos, lavando y desinfectando los pisos y los muebles, los asistentes se cambiaban vestidos de pies a cabeza. (Llames Massini, 1915: 177)

Los médicos de Buenos Aires reconocen en estas transformaciones el inicio de la obstetricia moderna. El cambio de siglo marca en su imaginario no solo el fin de una centuria sino el inicio de una etapa nueva donde ellos serán los únicos e incuestionables protagonistas. A la vez, la obstetricia encuentra la forma de revertir uno de los mayores problemas a los que se enfrentaba: la fiebre puerperal. Bajo esta nominación se incluían gran parte de las complicaciones en el posparto, que afectaban sobre todo a las puérperas que permanecían en el hospital luego del nacimiento. Antes de la época pasteuriana se consideraba que la infección puerperal se relacionaba con unos miasmas maléficos que se hospedaban en el hospital, “las paredes de las salas se suponían cuajadas de miasmas, techos, pisos y cortinas debían alojar a millones de enjambres que se precipitaban sobre las enfermas hiriéndolas de muerte cuando las privaciones y las fatigas debilitaban su organismo” (Llames Massini, 1915: 48).

El cambio de paradigma impulsa una serie de modificaciones en las prácticas y los sentidos en torno al parir-nacer, a la vez que profundiza otros procesos que ya se habían iniciado, sobre todo en la relación entre las mujeres y los médicos, y los espacios donde ocurren los partos. En primer lugar, el triunfo del modelo microbiano, frente al que se sostenía en la idea de los miasmas, habilita una mayor intervención de los médicos en torno a las enfermedades y dolencias, a la vez que ahonda la distancia entre estos y quienes no poseen los conocimientos científicos. A su vez, este conjunto de conocimientos contribuye con el anhelo de poner fin a lo que se llamaba la podredumbre del hospital. Es decir, empieza a ser posible llevar a la práctica el proyecto de los médicos obstetras de trasladar los partos de mujeres de todos los grupos sociales a hospitales y clínicas.

Discurso médico, parto y nacimiento

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