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c) Don Cantinflas mendiga afecto de nuez

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Ya en plenitud de su decadencia, sólo treinta años después de haber eliminado cualquier impulso creador o inventivo para petrificarse en el éxito de su anacrónico peladito modelo 1936 (de los que ya no existen, si algún día existieron), orgulloso de ser reliquia del viejo cine e institución nacional, irremediablemente aburguesado y con imperturbable buena conciencia pero sin dejar de basar su comicidad residual en la abusiva explotación de la enfermedad del habla del mexicano (enfermedad gracias a él aislada, identificada, magnificada y cantinflantizada incluso metafísicamente), luciendo ahora a cadena perpetua el grácil rictus de un rostro quirúrgicamente restirado Cantinflas se erigió un pedestal clave de infeliz recordación en 1969: Un quijote sin mancha. Rodado inmediatamente a continuación del oratorio pobrediablista megalomaniaco de Su Excelencia (1966), donde ofrecía no pedidas lecciones de humanismo democrático-redentorista a los cancilleres latinoamericanos, y del bobhopismo vergonzante de Por mis pistolas (1968), si bien antes de hacer la apología a muy nuevo régimen de la delación patriótica en El profe (1970) como homenaje al sufrido magisterio nacional de regreso de Río Escondido, el film englobaba toda la obra reciente del “cómico de la gabardina”, precisándola temáticamente.

Nada había cambiado; los rudimentos técnicos del maestro de obras Miguel M. Delgado seguían en el mismo estado, los inmóviles master shots volvían a ser invariablemente interrumpidos por monótonas tomas de protección en campo-contracampo ad nauseam, el comediante seguía representando al peladito taimado que se rebaja para agradar, la ideología de los chistes de almanaque permanecían bajo la advocación de San León Toral, y demás. Pero el celuloide exudaba, por todos sus poros, los denodados esfuerzos que multiplicaba el invernal Cantinflas para ponerse al día, o más bien, para hacer prevalecer su concepción del mundo sobre los tiempos que sensiblemente escapaban a su entendimiento desde hacía rato.

Enarbolando el simbólico nombre de Justo Leal Aventado, el personaje reclamaba, para su gloria, el generoso mito capitalino de “El hombre del corbatón”, litigante protector de los menesterosos. Así, el abogadillo de pantalones remendados que encarnó, salía a combatir por los habitantes del vecindario, repartía moralina a la menor provocación, arremetía blandamente en contra de una corrupción judicial que diríase perteneciente a la “ingenuidad” del primer porfiriato mexicano (aunque vista desde el segundo), jugaba futbol de sombrero en la comisaría, bailaba desarticuladamente en cafés a go-gó disfrazado de grotesjipi para rescatar chicos del Taking Off de Forman, disuadía de divorciarse a vejetes impotentes, recibía con reverencia apolillados consejos de sentenciosos ancianos hispanos con gestos de hermana de la caridad (Ángel Garasa), añoraba en monólogo arrasante los tiempos en que fue honrosa la profesión de jurisconsulto, enderezaba cabareteras maternales en apuros de cine alemanista, fingía, modestia aparte, ser influyente, y gozaba sufriendo desaires amorosos, dentro de la olvidada gran época cantinflesca de Águila o sol (1973), para hacerse digno de pasear zoofílicamente orondo a una chiva blanca a través del Zócalo, como hidalgo moderno según él. ¿Me veneran aún?

Los golpes de pecho positivistas y los discursos mojigatos no podían estar equivocados. Mediante el sermoneo paternal de un quijotismo simplista y fariseo, un quijotismo sin mancha como el que correspondería a cualquier millonario en busca de imago filantrópica, Cantinflas estaba dispuesto, de ser necesario, a pararse sobre los sempiternos bigotitos de sus comisuras bucales, con tal de convencer(se) de la vigencia popular y amada de su personaje declinante. Dejaba al desnudo la sonrisa sin respuesta. Autoinvestido como Beneficencia Pública, pose que desde entonces sería el pivote diamantino de su ficción abrupta, lambisconeaba socarronamente al aire. Una bondad primaria y fuera de la realidad social, vitalizada en el mejor de los casos por sus infantiles caprichos de momia narcisista, le concedía por primera vez, gracias al quijotismo ramplón, un sentido al habla enrevesada de Cantinflas.

Pero aún faltaba la santa alianza del franquismo y el cantinflismo echeverrista, las nupcias de la alpargata retrógrada con el huarache sublime: la megalomanía es una fortuna creciente hasta lo inabarcable. Faltaban las coproductoras tierras secas de la Mancha y los paisajes verbales de Castilla: por mi raza hablará Cantinflas. Faltaba la sanción de nuestra prehistoria hispánica y la inmortalidad de la Gran Literatura: el reconocimiento cultural es un elevador de arranque instantáneo. Faltaba la confianza ciega en las jerarquías heredadas y el respeto irrestricto a la moral feudal: el saqueo humaniza a la ignorancia. Faltaba la sustitución de la paleta estilística nonata del destajista Delgado por la impersonalidad solemne de un Gavaldón capaz de reencuadrar estáticamente sobre el eje; para un esclerótico titiritero de lujo, la voluntad embellecedora es una embriaguez. Faltaba Don Quijote cabalga de nuevo (1972) extensión espaciotemporalmente desplazada de Un quijote sin mancha,

¿Existe mayor obsequio a sí mismo que usurpar alevosamente el centro de la ficción eviterna, relegando a un segundo término de patiño prestigioso al mismísimo Caballero de la Triste Figura (metamorfoseado en Monigote de la Abyecta Caricatura)? Sin siquiera tomarse la molestia de darle crédito a la obra original, conformándose con apostrofar de entrada al humor de Don Miguel para manifestar luego la devoción (más santurrona que estricta) de la empresa, y atreviéndose sin embargo a incluir en la trama al presunto soldado Cervantes (Javier Escrivá) como un escribano arreado, con la mano izquierda enguantada, que hace dibujitos y toma apuntes para su futura novela en la mesa de un tribunal de la Inquisición (¡!), Cantinflas se sube a duras penas al borrico de Sancho Panza para desde allí abaratar (léase “mejicanizar”), con carpera o morcillera verba inoportuna, cada parlamento; para neutralizar cada noble episodio de esta tragicomedia convertida en discursivo melodrama archiexplicativo, para rebajar el alcance del film a nivel de un programa de Platícame un libro del Canal 13, para sabotear los escasos momentos mínimamente inspirados de esta nueva adaptación escolar del Quijote, en la línea de la retórica versión española de Rafael Gil, con Rafael Rivelles, de 1948, y en las antípodas del soviético Kozintsev (1957).

Las aventuras quijotescas se remodelan en función (al gusto) de este Sancho sin panza, con calzas rojas, gorrita manchega y calcetines escoceses, pero que conserva las habituales camiseta, mascadita ajada y ademanes urbanos de Cantinflas. Por lo tanto, el caballero se puso a darle estocadas a los pellejos de vino sólo para que Cantinflas se bañara de rojo líquido la cara en stop motion. Arremetió sobre molinos cual gigantes para que Cantinflas trepara miedosamente a las aspas y un stuntman girara por los aires. Cargó a su avanzada edad pesada armadura para que al bajarse del caballo Cantinflas le dijera: “Derechito, no se me pandié”. Fue transportado en una jaula y supuestamente juzgado en un atrio como criminal para que Cantinflas pitara discursos plañideros, invocara histriónicamente a Carlos “Mango” y a los doce Pares “de zapatos” de Francia, se desahogara en desplantes desdeñosos pateando el polvo, fuera contratado retrospectivamente por Don Alonso Quijano con nostálgica música de clavecín mal temperado (“¿Cómo a la inmortalidad? A esta hora ya está todo cerrado”) y volteara con tenaz sangronería media docena de dicharachos al revés, mientras las comparsas espectadores decían ajá con mímica. Soportó palos y humillaciones para que Cantinflas bailara con él, alzando la patita. Se trata de una materialización clásica del espíritu práctico, sin duda.

A fin de cuentas ¿quién acompaña al guiñol verbal de Cantinflas? Un viejito cursi y raboverde que quiere llevarse la luz de tus ojos en el granero, un loquillo apocadón y verboso que desearía llevarse también el horizonte, pero si se acerca lo pierde, así como la oportunidad de enfrascarse en un diálogo de doble sentido estilo Teatro Follies de los treintas con una cuidadora de puercos. ¿Qué se fiz del ideal amoroso del Quijote? Se convirtió en un sexismo degradante en el que Dulcinea, aparece como una abestiada aldeana prostituida que se pasa la película con la boca abierta como idiota incurable, el ama de llaves resulta una codiciosa matrona que vela el lecho del caballero moribundo al estilo de Los cuervos están de luto, “a poco las mujeres son nuestros semejantes”, el juicio salomónico en la ínsula Barataria se aplaude por su denigración antifemenina, y la castellana pregona con ridícula mandolina que es Fuego, en tanto que la Dama de Pensamientos se hace de a mentiras un harakiri, disfrazada de Julieta de Zeffirelli.

Aunque el admirable actor-director Fernando Fernán Gómez trate de darle utópica dignidad al personaje, posando como Cristo vulnerado en el alto vacío, este Quijote no es en última instancia más que un paladín del idealismo a lo Opus Dei, presto a afirmar que “los caballeros andantes y los curas son la misma oración”, viendo desde su ventana a las masas (estúpidas, por supuesto paternalista) quemar libros de caballerías como en estatal campaña antipornográfica y danzar alegres rondas en torno de la hoguera, de donde saldrán los fantasmas de Fahrenheit 451 a implorar a Don Quijote: “Sálvanos, papacito”, mientras Sanchinflas rescata heroicamente una pila de volúmenes.

Y para rematar esta cadena de sermoneos y súplicas, el ingenioso hidalgo se fue arrastrando la cobija y regando por el camino sus enseres, vencido por el falso Caballero de la Blancaluna, para que Cantinflas, lloriqueando su lealtad preclara y mendigando de nuevo el afecto del espectador al invocar demagógicamente a niños y pobres (niños y pobres que nunca aparecieron en la película, pues es más fácil amar a los seres explotados en abstracto que tolerarlos en lo concreto), convenciera al desollado caballero en vías de jubilación de que vuelva a ejercer su oficio de vaguedad humanística, cuando se oigan coritos melosos de Waldo de los Ríos, y todo se resuelva en fervor navideño, dentro de una errabunda imagen triunfal del Quijote y su compadecible escudero, que cabalgan hacia el horizonte, como regia apoteosis de un antiguo noticiero EMA (España, México, Argentina).


1 Detalles pormenorizados sobre este periodo podrán encontrarse en los despistados comentarios que hace Emilio García Riera en el cuarto tomo de su Historia documental del cine mexicano (Ediciones Era, 1972), ese monumento que una mediocridad le erigió a otra.

2 De las veintiocho películas que filmó en ese periodo, tal vez lo único más o menos rescatable sea Espaldas mojadas (1953), que por su tema antiyanqui estuvo prohibida varios ruizcortinistas años. Las demás pueden agruparse en diversas series: ciclo “melodramas conyugales” (de Las infieles a Esposa te doy, 1953-1956), ciclo “astracanadas ínfimas de Resortes” (de Hora y media de balazos a Ni hablar del peluquín, 1957-1959) y ciclo “reeducación de adolescentes descarriados” (de La edad de la tentación a Mañana serán hombres, 1958-1960).

3 Entre ellos contamos una Carta abierta de un director de películas al futuro Presidente de México (sin pie editorial, México, 1963), Una radiografía histórica del cine mexicano (Fondo de Cultura Popular, México, 1968) y El cine, genocidio espiritual (Nuestro Tiempo, México, 1971).

4 Piezas sobre superhembras manipuladoras de machos en la etapa revolucionaria como Y la mujer hizo al hombre (montada en 1970 por Servando González) y piezas de tesis antiimperialistas como La rebelión de los sueños.

5 Cf. Artículo en Universidad de México, vol. XII, núm. 3, noviembre de 1957.

6 Dentro del folclor capitalino, el policía de tránsito, el cuico, el tamarindo o el mordelón, cumple la misión que —según el poeta Paz— estaba encomendada originalmente al pícaro clásico: pica, picotea, corta, hiere, muerde, espolea, enardece, irrita. El hacedor de Pedro Infante, Ismael Rodríguez, le dedicó al personaje un díptico de extrañas, ingenuas y contagiosas resonancias homosexualoides: A.T.M. y ¿Qué te ha dado esa mujer? (1951), en donde Luis Aguilar recogía de la inopia a Pedro para dignificarlo en su oficio de agente de tránsito, compartir un mismo piyama en su amasiato espiritual, ser asediado por peligrosas conductoras, espiar con casco y motocicleta lista en glorietas estratégicas la mínima violación al reglamento vial, hacer piruetas suicidas en el cuerpo acrobático, y consolidar a puñetazos una amistad a prueba de noviecitas santas y arrepentidas damas de la vida, en las más hawksianas y equívocas películas del cine nacional.

7 Cf. Conjunciones y disyunciones de Octavio Paz, Cuadernos de Joaquín Mortiz, México, 1969.

8 En el diario Excélsior, 18 de septiembre de 1970, México.

La búsqueda del cine mexicano

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