Читать книгу El vértigo horizontal - Juan Villoro - Страница 27
CEREMONIAS: EL GRITO
ОглавлениеEl cura Hidalgo inició la gesta de Independencia con una actividad que definiría una de las principales costumbres de la nación que estaba proponiendo. Tocó la campana de Dolores y lanzó alaridos para soliviantar al pueblo. No todos los paisanos saben que proponía seguir dependiendo del rey de España con un gobierno local más autónomo. Lo que sí saben es que ese padre fundador abrió la boca para proferir lo que hoy determina nuestra principal ceremonia patria: el Grito.
Después de celebrar el Bicentenario de la Independencia en 2010, ¿qué estado de salud guarda nuestra identidad? Cuando gritamos “¡Viva México!” no pensamos en reconquistar Texas ni en expulsar a los argentinos que ocupan puestos en las pasarelas de la moda o en la selección nacional; preservamos la mexicana costumbre de estar juntos (y de preferencia apretujados).
Aunque las banderas tricolores hayan sido hechas en Hong Kong, representan talismanes de la autenticidad y sirven de salvoconducto para lanzar cuetes, comer esquites, tomar las plazas: el lábaro patrio es un password para todo. Un mexicano con bandera tiene la misma relación ante la norma que un piloto de Fórmula 1 ante el exceso de velocidad.
El 15 de septiembre la vida pública se interrumpe por frenesí. Un día después vendrá el esforzado desfile, pero esa noche ser patriota significa ir al Zócalo, aplastar un cascarón de huevo relleno de confeti en la nuca de tu compadre y que él sonría, agradecido por el fraterno golpe.
El suceso se instala en el alma de cada quien sin que importen las noticias recientes, la conducta del producto interno bruto, los precios del petróleo o la actuación del presidente. No se festeja el estado de la patria, sino el gozo de gritar su nombre.
Por definición, todo país es fundado por amateurs. Los nuestros se sublevaron por precipitación. La conjura de Querétaro fue descubierta y el cura Miguel Hidalgo se vio obligado a llamar a la rebelión con modestos recursos publicitarios: la campana de la iglesia, un estandarte de la Virgen y la fuerza de su garganta. En recuerdo de ese arrebato, el 15 de septiembre el presidente en turno grita los nombres de los héroes de la Independencia y agrega alguno con el que se identifica especialmente (Juárez y Cárdenas son los refuerzos más comunes).
Como en tantos sucesos históricos, el sentido profundo del Grito estaba en el futuro. Hidalgo pretendía liberar al país del yugo del virrey, pero no de Fernando VII, y proponía la fe católica como una religión de Estado. El 15 de septiembre no gritamos por esa independencia. Tampoco gritamos por otra corregida desde el presente. Gritamos porque nos gusta gritar.
De manera paradójica, el México posrevolucionario, manifiestamente jacobino, no ha dejado de buscar un pacto oculto con la Virgen de Guadalupe que Hidalgo llevaba en su estandarte. “No todos somos católicos, pero todos somos guadalupanos”, dice el dicho. El impugnado rescate bancario (conocido como Fobaproa), que salvaría de la bancarrota a los financieros mexicanos y dejaría noventa y cinco por ciento de la banca en manos extranjeras, se aprobó en el Congreso en la madrugada del 12 de diciembre de 1999, día de la Virgen de Guadalupe. Lo mismo ocurrió en 2013 con la privatización de la industria petrolera. Dos decisiones que ponían los bienes nacionales al servicio del capital extranjero buscaron el manto protector de la Virgen. Hidalgo fue menos contradictorio al buscar la Independencia con la protección de la Corona.
Cuando el presidente exclama: “¡Vivan los héroes que nos dieron patria!”, suena como un actor ante un público que no oye bien. Esta retórica ajena a la emoción se perfeccionó en septiembre de 2013, cuando Enrique Peña Nieto recitó por primera vez desde el balcón presidencial los nombres de los héroes en el tono de quien lee en teleprompter.
El día del Grito nos fundimos en un tejido articulado por el agua de horchata; las pepitas atenazadas entre el índice y el pulgar; los hules que pretenden cubrirnos a modo de impermeable y se convierten en una segunda piel; el agrio olor de la multitud matizado por vapores ricos en cilantro y epazote; las exclamaciones de “¡No empujen!”, seguidas de las de “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!” (que sirven para empujar); la olla providente de los tamales y el silbido náutico de los camotes; las demasiadas chelas; el urgente uso de suelo que permite orinar a la intemperie; la inconfundible presión de un palito de elote en las costillas; el zumbante rehilete tricolor; el merolico que anuncia “Llévese su máscara de Trump”; el esplendor de la piratería (en el ojo del huracán humano, alguien vende pilas para cámaras digitales o minicalcetines para proteger el iPod); el gran bazar de la quincalla y la bisutería; los muchos objetos –todos provisionales– que nos permiten reconocernos como parte de la tribu.
Al igual que las concentraciones celebratorias en el Ángel de la Independencia, la grey del 15 toma las calles, pero en este caso no llega animada por una insólita victoria deportiva o un esforzado empate (variante mexicana del triunfo). En la noche del Grito, la patria puede atravesar su peor momento o competir con Irak en índice de secuestros y periodistas asesinados sin que eso detenga las serpentinas. No celebramos el logro ni el mérito inaudito, sino la norma, ser como somos, o como semos, que no es lo mesmo.
Los requisitos del 15 de septiembre son sentimentales; la remota promulgación de un derecho hace que nos suba la bilirrubina. Nadie revisa con rigor histórico lo que pasó en 1810 ni lo que habría sucedido si Hidalgo hubiera tomado la capital cuando pudo hacerlo o si se hubiera asociado a España en forma confederada como hubiera querido. El motivo original –los insurgentes de gran patilla– se borra ante las necesidades del presente, consagradas al relajo.
Para participar en el convite no se requiere de otra seña de identidad que pronunciar siquitibum. No es necesario conocer la letra del himno ni estar enterado de quién fue el Pípila. En ese momento se es mexicano con la afrentosa naturalidad con que se agita una matraca o se porta un sombrero de un metro de diámetro. El linaje no depende del ius soli o el ius sanguinis, sino del derecho a echar montón, a ser uno con los muchos otros.
Una figura esencial del desmadre mexicano es el colado. En la fiesta del Grito abundan los que no son de aquí, pero se naturalizan con buches de tequila y alaridos de triple impacto. ¿Importaría que un despistado gritara “¡E-cua-dor!” en medio del coro vernáculo? La verdad, no nos daríamos por enterados o volveríamos a escuchar “Mé-xi-co”, las tres sílabas que equivalen al bombo de la batería, la base sonora de la noche, el tam tam que se oye con el estómago, el latido tribal que se sobrepone al reguetón, la quebradita tex-mex, el ponchis ponchis, los ritmos híbridos incapaces de acallar la sangre devota que cita a Ramón López Velarde.
Al fragor de las cornetas de plástico, los talismanes nos congregan mejor que los héroes. Aldama, Mina y Allende son menos significativos que el penacho azteca, la melena afro tricolor y el jorongo de chiles serranos. Noche del disfraz y la artesanía, del exvoto y el souvenir, el 15 de septiembre sigue el decurso del carnaval sin sus implicaciones religiosas o esotéricas. La gente se conoce y desconoce, se pinta las mejillas de verde, blanco y colorado, accede a arrebatos pánicos y llega a la catarsis de los fuegos de artificio sin otra causa oficial que la pasión republicana. ¿No es raro estar frenético en nombre de la ley? El mismo país que ignora la Constitución y refuta la normatividad convierte un principio jurídico, un acto de soberanía, en ocasión de gran pachanga.
A diferencia de las muchas ceremonias nacionales que combinan el cristianismo con la sensualidad pagana, el Grito no pide el apoyo de los mitos. No incluye otro ritual que repetir los apellidos de los héroes. Lo demás es la juerga propiciada por lo que juzgamos nuestro, los recursos naturales que van del ponche a “El mariachi loco”.
La intensidad sensorial de la madrugada trae los gestos unitarios del faje rápido y la manita de puerco, el pisotón y el albur, la caricia entibiada por el jarrito de atole, la espalda de junto que sirve para limpiarnos el agua que cayó del cielo y tal vez fuera de riñón.
¿Qué identidad cristaliza ahí? Las plazas se llenan de mexicanos tatuados, mexicanos torcidos, mexicanos rubios (algunos de ellos oxigenados), mexicanos con piercing, mexicanos pirata, mexicanos jodidos, mexicanos gallones, mexicanos alienígenas, mexicanos exprés, mexicanos de siempre, mexicanos de exportación, mexicanos típicos, mexicanos raros, mexicanos de calendario, mexicanos hartos de ser mexicanos, mexicanos de dibujos animados, mexicanos como no hay dos, los muchos modos que tenemos de configurar La Raza, la muchedumbre que sólo admite una estadística: “¡Somos un chingo y seremos más!”