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Capítulo 6

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Rodajas de piña y tomate verde en crujiente de nueces de Brasil

¿EL MUNDO había girado al revés para el resto de la clientela de Qingting? Ninguno de ellos parecía perturbado. Tal vez el edificio estaba construido para soportar temblores.

Porque la existencia de Oliver se había puesto patas arriba.

Los dos se quedaron en silencio, mirando los curiosos platos. Las porciones eran diminutas, pero Audrey y él se tomaron su tiempo para degustarlos. Necesitaban tiempo porque lo último que les apetecía en ese momento era comer.

Había estado a punto de abrazarla y respirar el aroma de su pelo. Nada más importaba.

A partir de aquel día empezaban de cero, pero en sus ojos no había solo timidez, sino miedo. No quería sentir esa atracción por él y debería estar enfadado consigo mismo. Él era quien no podía dejar de pensar en la mujer de otro hombre. Era él quien ya no podía estar con otra mujer, por hermosa que fuera, porque todas palidecían en comparación con Audrey.

Ella era la mejor persona que había conocido y conocía a gente estupenda. Pero Audrey era la estrella sobre el árbol de Navidad, tan brillante y tan inalcanzable.

Hasta unos minutos antes creía que era territorio seguro porque hasta unos minutos antes no sabía lo que sentía ella. Se había acostumbrado a disimular sus inapropiados sentimientos.

¿Qué iba a hacer en un mundo donde Audrey Devaney estaba libre y se sentía atraída por él?

–¿Qué pasó entre Blake y tú? –le preguntó ella de repente.

No era una conversación que Oliver quisiera mantener. ¿Qué iba a conseguir si Blake estaba muerto?

–Sencillamente, nos distanciamos.

Audrey frunció el ceño.

–No entiendo por qué no me dijo nada. O por qué no sugirió que dejase de venir a Hong Kong. Me parece raro.

–¿Esperabas que te obligase a elegir entre los dos?

–No, no… pero Blake sabía por qué venía y no entiendo que no me dijese nada.

La burbuja de esperanza perdió fuerza. Que hubiese ido a Hong Kong cada año para complacer a su marido era horrible.

–Tuvo que pasar algo. Un incidente, una discusión.

–Audrey, déjalo. ¿Qué más da?

–La verdad es que nunca entendí que fuerais amigos. Erais tan diferentes…

–Ya sabes eso de que los opuestos se atraen –dijo Oliver. Y también servía para Audrey–. No éramos tan diferentes.

Al menos, al principio.

–Estoy intentando imaginar qué pudo hacer Blake para que os distanciaseis.

Su inconsciente solidaridad lo conmovió.

–¿Por qué crees que no fue algo que hice yo?

–Yo conocía a mi marido, con defectos y todo.

Y ese era el mejor pie que iba a tener nunca.

–¿Por qué te casaste con él?

–¿Por qué se casa la gente?

–Por amor –respondió Oliver. Aunque él no sabía nada sobre eso–. ¿Lo amabas?

–El matrimonio significa cosas diferentes para cada persona.

–¿Qué significaba para ti?

Audrey vaciló.

–Yo no creo en eso de perder la cabeza por alguien de repente.

Era cierto. No le había ocurrido con Blake, pero cuando vio a Oliver tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse en sus brazos.

–¿No aspiras a eso?

–¿A una gran pasión romántica? No –respondió ella, sus mejillas se tiñeron de color–. Esa no ha sido mi experiencia. Yo valoro los intereses comunes, el respeto mutuo, la confianza. Esas son las cosas que hacen un matrimonio.

Un matrimonio sin amor, pensó Oliver. Pero ¿qué sabía él? Su experiencia personal era el terrible matrimonio de sus padres, que apenas merecía ese nombre; una mujer viviendo en un purgatorio al saber que su marido no la amaba.

–¿Y Blake estaba de acuerdo con eso?

–Teníamos muchas cosas en común.

Había algo en particular que no tenían en común, pero de lo que Audrey no sabía nada: la fidelidad.

–¿Nunca has mirado a ningún otro hombre preguntándote cómo podría haber sido?

Tenía que saberlo.

–¿Cómo podría haber sido qué?

–Estar con él. ¿Nunca te has sentido atraída por otro hombre que no fuera Blake, un hombre al que desearas con todas tus fuerzas?

Audrey tragó saliva.

–Yo no le habría hecho eso a mi marido. Pensé que tú lo entenderías mejor que nadie.

«Él mejor que nadie».

–¿Estás hablando de mi padre?

Nunca habían hablado de su padre, de modo que debía de habérselo contado Blake. Qué ironía.

–¿Tan malo era, de verdad?

Él respiró profundamente. Si contarle algo tan personal era la única intimidad que podía compartir con Audrey Devaney, lo haría.

–Mucho.

–¿Cómo supiste lo que estaba haciendo?

–Todo el mundo lo sabía.

–¿Incluida tu madre?

–Ella fingía no saber nada –respondió Oliver. Por él. Y tal vez por ella misma.

–¿No le importaba?

Se le encogía el estómago al recordar los sollozos de su madre cuando creía que estaba dormido.

–Sí le importaba.

–Entonces, ¿por qué se quedó con él?

–Mi padre era incapaz de ser fiel, pero no bebía ni era violento. Recordaba todos los cumpleaños y los aniversarios y tenía un buen trabajo. En todos los demás aspectos era un marido y un padre razonablemente bueno.

Si uno no contaba con algo llamado «integridad».

Parte de la atracción que sentía por Audrey tenía que ver con sus valores. No era una mujer que engañase a nadie y, lamentablemente, Blake no le había devuelto el favor.

–De modo que decidió quedarse –dijo ella.

Oliver asintió con la cabeza.

Esa había sido la luz verde a ojos de su padre, como si le hubiera dado permiso.

–Tal vez pensó que no podría encontrar a nadie mejor.

–¿A nadie mejor que un hombre infiel? No creo que pensara eso.

–No creo que tú puedas entenderlo. Eres un hombre con éxito, atractivo, encantador, rico. No es tan fácil para todo el mundo.

–¿Crees que no tengo mis propios demonios?

–Creo que sí, pero dudar de ti mismo no es uno de ellos.

Estaba equivocada. Su ego había sido descrito por los medios de comunicación como vigoroso en general e implacable en el consejo de administración.

–¿Y tú, Audrey? ¿Puedes entenderlo tú?

Ella miró el puerto y los rascacielos, asintiendo con la cabeza.

–Cuando fui al instituto había pasado de ser la chica gordita y lista a la chica normalucha y lista. No me importaba demasiado porque esa era mi identidad, eso era lo mío: la excelencia académica.

–Ojalá te hubiese conocido entonces.

Ella se rio.

–Oh, no… la gente guapa y yo no nos movíamos en el mismo hemisferio. No me habrías visto siquiera.

–¿Por qué dices eso? Me juzgas mal –se quejó Oliver.

–Durante los dos primeros años fui invisible y entonces un día… fui descubierta.

–¿Qué quieres decir?

–De la misma manera que se descubren especies nuevas, aunque llevan siglos aquí. No me hice un nuevo corte de pelo ni era tutora del capitán del equipo de fútbol, no fue como en las películas. Un día era invisible y, de repente –Audrey se encogió de hombros–, allí estaba.

–¿Y a partir de entonces todo fue bien?

–No, para mí no.

El dolor que había en sus ojos lo turbó.

–¿Qué pasó?

–Al principio, nada. Solo me miraban fuera donde fuera, como si no supieran cómo hablar conmigo.

«Me miraban». Como si fueran una manada.

–Uno de ellos me preguntó si quería ir al cine con él, Michael Hellier. Yo no sabía cómo rechazarlo amablemente, así que acepté y se enteró todo el instituto. Al día siguiente, un grupo de chicas me acorraló en el servicio, amenazándome y diciendo que Michael no era para mí. Pero me había pedido que fuese al cine con él y no podía rechazarlo después de haber aceptado, así que fui con él. No recuerdo qué película vimos porque solo podía pensar en esas chicas. Me convencí a mí misma de que estaban espiando desde la fila de atrás, así que apenas le dirigí la palabra. No me quité el abrigo, aunque estaba sudando, y cuando intentó abrazarme me quedé rígida. Estuve así durante toda la película y en cuanto terminó salí corriendo del cine.

–¿En serio?

–Lo pasé bien, de todas formas. Disfrutaba de la atención de esos chicos y me gustaba que no supieran cómo tratar conmigo. Era diferente y eso me hacía sentir poderosa. Era una especie de venganza por las bromas que soporté de niña. Me gustaba ser invisible y también que me buscasen, que mi corazón latiese más deprisa cuando Michael estaba cerca –Audrey suspiró–. Pero intenté jugar a un juego para el que no estaba preparada y perdí. No volví a cometer ese error, no volví a intentar ser una más y después de un tiempo me parecía normal. Tal vez a tu madre le pasó algo así.

Oliver había olvidado que estaban hablando de Marlene Harmer.

Algo le había enseñado a no esperar mucho de la vida. Ni de la gente.

–¿Es por eso por lo que elegiste a Blake? ¿Porque unos idiotas te enseñaron a no apuntar demasiado alto?

Era la primera vez que uno de los dos reconocía lo que había ocurrido esa noche. Que ella había concentrado su atención en Blake y no en él, casi hasta el punto de resultar grosera.

Y también estaba ahí, en luces de neón, la presunción de que Blake era «menos». Pero él sabía que era verdad, sobre todo en comparación con Audrey Devaney.

Audrey no era la mujer para Blake.

En un mundo justo no lo sería.

–Blake estaba a mi alcance –dijo ella por fin, después de pensarlo un momento.

Oliver se echó hacia atrás en el sofá. Siempre se había preguntado por qué había elegido a Blake, pero era un pensamiento arrogante y poco amable tratándose de su amigo, de modo que había enterrado la pregunta bajo un signo de interrogación.

Y allí estaba la respuesta.

Y una absurda esperanza también.

Audrey no había elegido a Blake porque le pareciese el mejor, sino el más seguro.

Y así, de repente, estaba descubriendo una faceta de Audrey Devaney que nunca había sospechado.

–No quiero pensar que mi madre se sentía inferior y que el comportamiento de mi padre reforzaba esa idea.

¿Se daría cuenta de que cuando decía «mi madre» en realidad quería decir Audrey? ¿Y que en lugar de su padre se refería a sí mismo? Pensar que ocho años antes aquella mujer extraordinaria había decidido que no merecía la pena, que no estaba a su altura…

¿Ella, la mejor de las mujeres?

Era insoportable.

–Tú la conoces mejor que yo –murmuró Audrey–. Solo era una hipótesis. Cada uno tiene una historia diferente.

Estaba dando marcha atrás y era lógico. Se había expuesto demasiado y estaba retirándose a terreno más seguro. Pero él no iba a dejar que lo hiciera cuando por fin estaba abriéndole su corazón, cuando estaba dejando que la conociera de verdad.

Oliver tomó su mano.

–Ojalá pudiera explicarle lo asombrosa que es.

–Podrías decírselo.

–¿Y me creería? –murmuró él, pasando el pulgar por la palma de su mano.

–Si se lo dices a menudo, acabará creyéndolo.

¿Sería tan sencillo? ¿Podría eso hacerle olvidar la mala experiencia de años?

Oliver exhaló un suspiro.

–Yo te habría visto, Audrey. Te doy mi palabra.

Porque ella era especial, no porque lo fuera él.

Audrey apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.

–Entonces me habría venido bien un apoyo.

Oliver la habría defendido contra cualquiera que intentase hacerle daño.

–Y a mí me habrían venido bien tu fuerza, tu coraje y tu madurez.

Audrey sonrió, apartando delicadamente la mano.

–¿De verdad? ¿Eras un chico salvaje?

«Ah, de vuelta a un tema seguro».

Pero lo dejó pasar, encantado al haber encontrado la llave para conocerla. Porque lo bueno de las llaves era que uno podía usarlas cuando y como fuera necesario.

Y mientras tanto podía guardarlas en un lugar seguro, en lo más profundo de su pecho. La dejaría respirar un momento.

–Ah, las historias que podría contarte…

–Cuéntamelas –Audrey se arrellanó en el asiento, como si hubiera olvidado que unos minutos antes estaba dispuesta a marcharse–. Aún nos quedan cinco platos.

Eso era lo que tenía: cinco platos y el resto del día para conseguir que Audrey Devaney no desapareciese de su vida para siempre.

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