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XIII

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Tanto los hombres como las mujeres estamos, por nuestra educación, llenos de respeto hacia ese sentimiento que se llama amor. Preparado desde mi infancia para él, lo conocí durante mi juventud y no me produjo más que alegrías. Habían inculcado en mi espíritu la idea de que amar es la cosa más meritoria, la más noble y sublime del mundo. Cuando llega ese sentimiento tan deseado, el hombre se abandona; pero por desgracia ese amor, que es ideal, etéreo, en teoría, en la práctica es algo miserable y sucio de lo que no se puede hablar sin avergonzarse. Por algo lo hizo así la Naturaleza. Sean cuales fueran las vergüenzas y el asco que hace nacer en nuestro ánimo, nos vemos obligados a tomarlo tal cual es, y hacemos cuanto está a nuestro alcance para imaginar que esa suciedad y ese horror están revestidos de una belleza sublime.

Llamemos a las cosas por su nombre. ¿Cuáles fueron las primeras señales de mi amor? El abandono completo a mis instintos, sin delicadeza, sin orgullo y sin tener ni siquiera en cuenta lo que podía pasar en el ánimo de mi esposa… No se me ocurrió pensar en su vida física ni en su vida moral; no comprendí tampoco de dónde provenían sus frialdades, cuando con poco trabajo lo habría adivinado, pues no eran nada más que otras tantas protestas del alma contra la bestia que amenazaba convertirse en señora absoluta. Ese rencor, ese odio era el que experimentan y divide a dos cómplices de un crimen premeditado y cometido en común. ¿No era por, ventura un crimen la continuación de nuestras relaciones deshonestas, desde el primer mes en que ella estuvo encinta?

¿Crees que me estoy yendo por las ramas? Nada de eso. Todo esto es necesario para explicarle cómo llegué a cometer el asesinato de mi mujer. ¡Imbéciles! ¡Se creen que la maté el 5 de octubre con un cuchillo! Fue antes, mucho antes, cuando lo hice, lo mismo que todos, sí, al igual que todos asesinan hoy a sus esposas. Bien sabe que la idea más generalizada que circula por el mundo es la de que la mujer no es ni más ni menos que un objeto, origen de placeres para el hombre y viceversa. Lo supongo, porque no sé nada, y no hablo más que de mi propia experiencia. «El vino, las mujeres y las canciones.» dicen los poetas.

¡El vino, las mujeres y las canciones! ¿Será verdad? Fíjese en la poesía de todas las edades, en la pintura, en la escultura, en los ligeros versos de nuestros poetas, en las Frinés, en las Venus, en todas las desnudeces, en fin, y en todas y siempre, la mujer se nos presenta como una fuente de placer, lo mismo en los sitios de recreo más populares que en los bailes de la corte. Lo mismo en la Trouba que en la Gratchevka (2). Es una estratagema del demonio.

Primero vinieron los portaestandartes de la adoración de la mujer. ¡La adoran, y sin embargo no la consideran más que como un instrumento de placer! Luego, en nuestros días, apareció el respeto a la mujer, a la que se ensalza, aunque se recoge con ansia lo que deja caer, llegando algunos al extremo de reconocerle el derecho de sufragio, el de desempeñar ciertos cargos, etc. En el fondo, las opiniones siguen siendo las mismas; la mujer no es más que un instrumento de placer y ella no lo ignora. Y esto es para ella como la esclavitud, porque no es ni más ni menos que la explotación del trabajo de los unos para el goce de los demás. Si se quiere abolir la esclavitud, es preciso impedir esa explotación y hacer que sea considerada como una vergüenza y un pecado. Se han figurado que ha quedado abolida hoy en día, porque cambiaron las condiciones y se prohibió la venta de esclavos, y no se fijan en que, a pesar de eso, sigue subsistiendo. ¿Por qué? Porque hay siempre un impulso hacia la explotación, que parece equitativa y buena. Y la verdad es que, desde que esta opinión se abrió paso, se encuentran hombres que, siendo más astutos y más fuertes, se dedican a explotar a los demás.

Lo mismo sucede con la emancipación de la mujer. Su esclavitud consiste en que a los hombres les parece equitativo el deseo que experimentan de convertirla en instrumento de placer. Se emancipa a la mujer; se le conceden diversos derechos iguales al hombre; pero no se la deja de considerar como un ser consagrado al servicio del placer, y en ese sentido se la educa desde su infancia bajo la influencia de la opinión pública.

De este modo continúa en la humillación de la esclavitud, y el hombre sigue siendo el mismo amo, tan poco moral, tan libertino siempre. Para que semejante esclavitud se pudiese abolir, sería preciso que la opinión pública estigmatizase como la más grande de las ignominias el no ver en la mujer más que un instrumento de placer. No es en los establecimientos de enseñanza ni en los ministerios donde puede realizarse esa emancipación;

es en la familia y no en las casas de tolerancia donde se debe combatir eficazmente la prostitución. Emancipamos a la mujer en los elogios y en el trato social, y no obstante, no dejamos de considerarla como instrumento de placer.

Enseñad a la mujer a conocerse, como nos conocemos nosotros, y seguirá siendo un ser inferior, o con el auxilio de médicos poco escrupulosos procurará no concebir y llegará a ser, no ya un animal, sino un objeto, o bien, y éste es el caso más frecuente, será desgraciada, estará agotada por los nervios, y no tendrá esperanza alguna de emancipación moral.

—Pero ¿por qué? —pregunté.

—A mí lo que me extraña, más que nada, es que nadie quiere ver lo que salta a la vista: algo que todos los médicos saben y que callan en vez de proclamarlo en alta voz como tienen el deber de hacer. El hombre quiere gozar sin preocuparle la ley de la Naturaleza, los hijos. El nacimiento de éstos interrumpe el placer, y el hombre, que no ansía más que el placer, apela a todos los medios para evitar ese impedimento. No hemos llegado en este punto a lo que se hace en el resto de Europa, y especialmente en París; no conocemos el sistema de los «dos hijos» y no hemos hallado nada, porque no hemos buscado nada. Comprendemos que esos medios son malos, queremos conservar la familia, y nuestra manera de proceder es la peor.

La mujer, entre nosotros, es madre y querida al mismo tiempo, es decir, nodriza y amante a la vez, y sus fuerzas no bastan. A esto se deben las histéricas, las neuróticas, y en el campo, las poseídas. Y fijaos que no me refiero a las mujeres solteras, sino a las que están al lado de sus maridos. La razón es bien clara. De ahí es de donde procede la decadencia moral e intelectual de la mujer y su relajamiento. ¡Si se tuviese en cuenta el trabajo inmenso de la mujer mientras está encinta y amamanta a sus hijos!… En su seno se desarrolla el ser que debe ser un día el continuador de nuestra existencia y ocupar nuestro lugar. ¿Y quién es el que perturba la santidad de esa obra? ¿Para qué? ¡Horroriza pensarlo! ¡Y luego hablan de la libertad de la mujer y de sus derechos! Esto es lo mismo que si se pretendiese que los antropófagos, al engordar a sus cautivos para comérselos, lo hacen para cuidar exclusivamente de su libertad y de sus derechos.

Me llamó mucho la atención esa nueva teoría.

—¿Cómo debo entender lo que acaba de decir? —repuse. —El hombre, en las condiciones que acaba de expresar, no podría en realidad ser el marido de su mujer más que una vez cada dos años, y el hombre…

—No puede substraerse a esa necesidad, ¿no es cierto? Los sacerdotes de la ciencia lo han dicho, y lo cree así. Quisiera que esos distinguidos profetas desempeñasen el papel de esas mujeres que juzgan necesarias al hombre. ¿Qué es lo que dirían entonces? Decidle sin cesar a un hombre que el aguardiente, el tabaco o el opio son indispensables para su vida y acabará por creer que es verdad. De todo esto parece resultar que Dios no comprendió lo que hacía falta, puesto que, por no haber pedido consejo a esos profetas nuestros, no supo hacer bien el mundo. Admita que lo hizo muy mal.

¿Cómo puedo explicarlo? Encarémonos con nuestros profetas, que encontrarán alguna solución, si no la han encontrado ya. ¿Cuándo llegará el día en que se les eche en cara sus infamias y sus embustes? ¡Ya sería hora! ¡Ay! Los hombres van a parar a la locura, al suicidio, y siempre por la misma razón. ¿Y cómo no ha de ser así?

Los animales, que al parecer se dan cuenta de que la descendencia perpetúa la especie, siguen en esto una ley fija que el hombre es el único en no reconocer. El hombre, el rey de la Naturaleza, no tiene más que una idea: la de gozar continuamente. Para el hombre, la obra maestra de la ciencia es el amor, y en nombre del amor, es decir, de esa infamia, mata a la mitad del género humano, y a la mujer, que debía ayudarle a guiar a la humanidad hacia la justicia y hacia la dicha, la convierte, en nombre de su goce voluptuoso, en la causa de la destrucción del género humano. Y el obstáculo que en todas partes encuentra en su camino la humanidad es la mujer. ¿Por qué? Pues siempre por la misma razón.

Narrativa Breve de León Tolstoi

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