Читать книгу La epidemia de COVID-19 en las residencias para personas mayores - M. Enriqueta Fernández Izquierdo - Страница 26
I. Una población con muchos mayores
ОглавлениеTodos pretendemos vivir más años, pero nadie quiere ser viejo
Siempre sentí un deseo de hablar de las personas mayores, sobre todo cuando era joven, ya que siempre pensé que no nos estábamos preparando ni social, ni sanitaria ni económicamente para lo que progresivamente estaba ocurriendo con el tema de la longevidad.
Mucha gente me preguntó porque hablaba y escribía, tan reiteradamente, del impacto de los mayores en los servicios sanitarios y menos de las nuevas tecnologías y de los déficits de financiación sanitaria o de otros temas, también importantes. Contestaba frecuentemente diciendo que para algunos temas había muchos y buenos portavoces y para para hablar de los mayores había pocos, aunque deseo mencionar la extraordinaria contribución al universo de la salud y de las personas mayores de la Declaración de 2002 de la Asamblea Mundial de las Naciones Unidas sobre el envejecimiento del año 2002: Envejecer con Dignidad y Espiritualidad, el informe de la OMS sobre Salud y Envejecimiento o el informe de Ministerio de Sanidad de España sobre la Coordinación y Atención Sociosanitaria de 2013, así como el Informe de la Academia de Medicina de Cantabria de 2004 sobre la salud y personas mayores de 2004: La discriminación sanitaria del mayor.
Centré casi todas mis más personales aportaciones en el impacto de los mayores en nuestra sociedad, en los servicios sanitarios, en la necesidad de una educación socio sanitaria, en el nuevo perfil del ciudadano enfermo, en la necesidad de mejorar la adherencia terapéutica en los ciudadanos mayores, o en lo que modernamente hemos llamado empoderamiento de los ciudadanos, más cuando somos mayores.
Ya avanzábamos sobre este nuevo escenario que se avecinaba y que ahora es una realidad, cuando en mi tesis doctoral de 1991 exponíamos este importante asunto, en las conclusiones del trabajo “Análisis de los factores condicionantes del nivel de salud de la población española en el periodo 1983-1987”, en la Universidad de Valencia. Posteriormente lo expusimos en Congreso Mundial de Hospitales de 1992, y después fue recogido por la Federación Internacional de Hospitales en el Hospital Management Internacional en 1994, en el trabajo The Erderly in acute-patiens hospitals. Más tarde, en año 2000, en la apertura del Curso Académico de nuestra Universidad, la UCAM, dictábamos el discurso titulado “La educación socio sanitaria ante un nuevo siglo”.
Y es que en todos los países de nuestro entorno económico, político y social, a lo largo del pasado siglo, se han producido grandes cambios en la estructura social, tales como la ampliación de las clases medias, el acceso masivo de la mujer al mercado remunerado y la transformación o quiebra de las relaciones jerárquicas en la familia, entre otras, pero sin duda, ha sido el envejecimiento de la población el gran cambio en el orden social.
Todos convendríamos en que si definiéramos nuestra sociedad en este siglo XXI, la llamaríamos la sociedad de los mayores. Hace un siglo no había mayores, más que excepcionalmente. La ancianidad es un fenómeno singular, reciente, y es, a su vez, consecuencia del progreso y del bienestar y uno de los grandes éxitos de las sociedades desarrolladas de finales del siglo XX y del siglo XXI.
Sabemos que la población mundial crece en 100 millones de personas anualmente y la vida, para muchos de ellos, será breve y las vidas de los supervivientes estarán marcadas por la enfermedad.
En Europa, uno de cada tres ciudadanos tendrá más de 60 años en el año 2050 y que habrá dos mayores por cada niño. En España las personas con 65 años o más años superaba en enero de 2019 los nueve millones, un 19,3% de la población total, según el último Informe “Envejecimiento en red” publicado por el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC en marzo 2020, aunque la distribución geográfica no es homogénea.
Además sabemos que el mayor número de personas mayores, 6 millones, viven en las ciudades, donde las redes sociales son más escasas e impersonales, con lo que surge una nueva necesidad en los mayores: el comunicarse y en su ausencia, la terrible soledad. Se trata de una nueva enfermedad, el sentirse solo y a veces abandonado física o socialmente. Por otra parte son rurales 3 millones de mayores, fenómeno muy llamativo en los municipios de menos de 2000 habitantes, ya que en más de 5.500 municipios españoles más del 25% de los habitantes tienen más de 65 años, y los octogenarios se han multiplicado por 13. Son los pueblos vaciados de jóvenes.
Esta nueva sociedad, en la que vivimos, debe la longevidad de su población a múltiples causas: desde los supervivientes a enfermedades infantiles y de adultos, antes mortales, a la ausencia de guerras recientes, consideradas éstas como uno de los principales destructores de la salud pública, al descenso de los accidentes laborales, como expresión de la mejora de las condiciones del trabajo y de una legislación protectora, para con los trabajadores, o simplemente a la mejora de las condiciones de vida y especialmente a los avances en el ancestral problema de la falta o inadecuación de la alimentación.
Sin embargo, al ser el envejecimiento poblacional un hecho muy reciente, las legislaciones aún no están desarrolladas adecuadamente al respecto, véase la Ley de Dependencia y su incompleta aplicación, al haber actualmente más de 300.000 ciudadanos pendientes de la evaluación de sus discapacidades y grado de dependencia, para recibir las prestaciones necesarias. Y es que el envejecimiento de la población es un fenómeno que plantea nuevos retos para la formulación de políticas sociales, económicas y sanitarias, ya que se han producido importantes cambios en el clásico sistema de cuidados para las personas mayores, apoyado históricamente en la familia en general, y en las mujeres en particular.
Por otra parte, hablar de los ciudadanos mayores y su relación con los servicios sanitarios ha sido, en estas últimas décadas, hablar de un problema, claro, desde una perspectiva miope. Y además, excluir a los mayores de la vida plena productiva, social e influyente, salvo honrosas excepciones, ha sido injusto, ya que el progreso de nuestro país ha estado centrado en el esfuerzo, la entrega, la dedicación y el sacrificio de la generación de los grandes mayores y de los que recientemente entran en la condición de jubilados.
Debemos saber que en las sociedades más ancestrales y en muchas colectividades actuales africanas, los mayores son un tesoro, el cofre de la sabiduría y la fuente del respeto intergeneracional, en términos efectivos y afectivos. El éxito de la ancianidad debe de completarse, no solo con más años de vida, sino con más vida y bienestar en los años vividos, en relación con las actuales expectativas generacionales y a su vez, debe de considerarse lo mejor que ha podido ocurrir en una sociedad que aspira a ser más justa y solidaria. Avergüenza la idea de que en la sociedad europea del post modernismo, los mayores hayan sido considerados como sinónimo de carga, de especie no productiva, en términos puramente mercantilistas, sin ver la fortaleza moral, los valores y la utilidad de la experiencia acumulada por ellos.
Los políticos, ahora cada vez más jóvenes, ven a los mayores como viejos; véase al respecto el número de ciudadanos y ciudadanas que a partir de los 65 años están en los sillones del Congreso de los Diputados y del Senado Español, en los Gobiernos Autónomos y en las Alcaldías de nuestras ciudades. Evidentemente, todos los días sufrimos las consecuencias de decisiones políticas que ni miran a los mayores, ni cuentan con ellos. Estas instituciones pierden la aportación de los mayores en conocimiento, experiencia, ética, generosidad y templanza. Así nos va.
Frente a esta realidad y a veces con una actitud miope, las organizaciones e instituciones políticas han venido separando las competencias de los servicios sanitarios y de los servicios sociales, de una forma abrupta que, sin duda, no corresponde con la realidad de las necesidades más esenciales de los ciudadanos mayores. Todo ello ha contribuido a la visión de crisis poblacional y de cuidados, donde uno de los grandes déficit del sistema público ha sido no abordar el desarrollo de una profesión que sea capaz de comprender y ejecutar, en su conjunto, las necesidades de los ciudadanos mayores, sobre todo en las residencias. A día de hoy, España, con una población con más de 9 millones de personas mayores, carece de una profesión que encaje la prestación de servicios ante necesidades que no son estrictamente sociales, ni sanitarias, sino que son necesidades para un nuevo perfil de ciudadanos, los mayores.
Los mayores, en España, somos más de 9 millones, formando un grupo muy heterogéneo, donde hay mucha experiencia y mucha materia gris, utilizando términos coloquiales. Son fuente del saber, tiene el pasado reciente en sus neuronas y sus corazones y son, por naturaleza y tiempos vividos, generosos.
El problema surge cuando, ante la mayor longevidad, la sociedad no ha sido consciente del derrumbe de situaciones que desde siglos han sido estables, tales como el tránsito de la mujer, desde una posición como cuidadora informal, a su derecho a participar en el mercado laboral, la modificaciones de las relaciones en el seno de la familia, o la pérdida de la red vecinal de apoyo. La sociedad y los legisladores no han sabido anticiparse a este cambio, aunque haya sido largamente anunciado. Así es como se genera la visión de que los mayores son una carga generada, que ha conducido a la institucionalización de muchos de ellos, hoy más aceptada, pero que hace medio siglo, era un enorme drama familiar y social.