Читать книгу La epidemia de COVID-19 en las residencias para personas mayores - M. Enriqueta Fernández Izquierdo - Страница 28

III. Los mayores en los servicios sanitarios

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Sin duda la dedicación, la vocación y el trato humano están presentes en el quehacer del profesional sanitario, como tantas veces se ha puesto de manifiesto. Y lo es especialmente en los ciudadanos mayores, donde una de las misiones más grandiosas de la profesión médica es el hecho de que el médico atienda, escuche, acompañe, tranquilice y conforte, que dé la mano y que sea capaz de transmitir esperanza y confianza.

En ello coincide el Papa Francisco, cuando en 2016 se refiere que: “Las raíces filosóficas del profesionalismo médico que incluyen la tradición hipocrática de la Medicina, como institución social y moral, coincidente con los principios del humanismo cristiano, y con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, al establecer una alianza que representa el compromiso incondicional entre la competencia profesional, el altruismo y la confianza de la sociedad” y por ello hemos de entender el profesionalismo médico como un valor de servicio incondicional a los pacientes, cualquiera que sea su edad, y a la propia sociedad.

Según Laín Entralgo la medicina del siglo XX estuvo profundamente marcada por la introducción en ella del sujeto humano, por el reconocimiento de la persona concreta que es el paciente. El acompañamiento, así como el cuidado se sitúan entonces como elemento fundamental de la relación. El profesor Rafael Pacheco Guevara lo define magistralmente, al decir que la medicina es trato y tratamiento.

Y aunque Diego Gracia asegura que, desde hace 30 años, la forma de relacionarse el médico con el enfermo ha cambiado más que en los veinticinco siglos anteriores, no es suficiente, tanto por las nuevas necesidades, como por las nuevas expectativas de los ciudadanos mayores. La relación de los profesionales sanitarios con los ciudadanos mayores, camina hacia una relación más claramente participativa, surgiendo una conciencia progresiva de mantener rasgos tales como la confianza, el respeto mutuo y la veracidad.

Esta nueva realidad ha de estar basada en el ejercicio de la autonomía del paciente y en la forma de tomar las decisiones, cuestión a veces alterada, cuando de pacientes mayores se trata, ya que está basada, en los últimos tiempos, en conceptos fundamentales como el consentimiento informado, el desarrollo ético y legal del Principio de Autonomía del paciente y en la necesidad de personalización de la atención, una vez recibida toda la información necesaria, y la toma compartida de las decisiones, como proceso interpersonal, en que el profesional sanitario y el paciente se relacionan y se influyen mutuamente.

Aun así, nunca ha existido una medicina tan sofisticada y resolutiva, pero a su vez, nunca, ha existido tanta deshumanización en la asistencia sanitaria y hay que reconocer que, en general, las instituciones sanitarias clásicas no ofrecen buenos resultados en la asistencia a los mayores, muchos de ellos enfermos con patología crónicas e importantes cargas de enfermedad, tal vez porque la orientación biomédica, centrada en la enfermedad, elimina el enfoque social dirigido al individuo y a su núcleo familiar.

Dentro del colectivo de los mayores, los más ancianos, aquellos más frágiles, no están satisfactoriamente atendidos con la asistencia sanitaria y social más enfocada a otros grupos de edad, y hay un déficit en la asistencia integral de las necesidades de los mayores que superan las estrictamente sanitarias, al surgir la necesidad social en lo sanitario, ya que nuestro sistema sanitario se diseñó en los años 60 del pasado siglo y se orientó a la atención de las enfermedades agudas.

Además, la masiva institucionalización de los mayores en residencias, se ha desarrollado sin avanzar en los criterios de calidad, seguridad y trasparencia en la ejecución de los servicios sanitarios necesarios en las referidas residencias. Se requiere una atención más proactiva que contemple al paciente en su globalidad, con un enfoque integrado, con profesionales formados al respecto y con instituciones sanitarias y sociales que desempeñan sus funciones de forma planificada estructurada y coordinada, cualquiera que sea el lugar donde resida el ciudadano mayor, bien sea en su domicilio, una residencia, un hospital de agudos o un hospital de crónicos o de larga estancia.

Podemos afirmar que el envejecimiento de la población ha generado un incremento de las frecuentaciones de los mayores en los hospitales europeos, con el consecuente gasto sanitario y además, sabemos que la utilización de los hospitales por parte de los ciudadanos de más de 65 años es del 57% de los 40 millones de estancias hospitalarias causadas en 2018, así como el 40% del total de las urgencias hospitalarias. El 76% de la factura farmacéutica del Sistema Nacional de Salud español es consumida por los pensionistas, aunque no todos ellos mayores, y el Ministerio de Sanidad Servicios Sociales e Igualdad publica que el 52% del gasto de Atención Especializada se dedica a los mayores de 65 años y que los mayores de 70 años son los responsables del 40% del total del gasto sanitario. Sin embargo, cuando intentamos establecer una relación entre la edad y la salud, no encontremos explicación general a partir de los 65 años, de tal manera que el ciudadano que llega a los 70 u 80 años tiene, en general, la misma salud que cuando tenía 65 años. Es curiosa la cuestión.

Hay que mencionar que autores como Lubitz, y Casado opinan que una importante parte del incremento del gasto sanitario viene determinado por la evolución de factores no demográficos, como son el tipo e intensidad de la atención sanitaria, el coste de los tratamientos y la utilización de nuevas tecnologías médicas, a veces con utilidades y resultados no bien evaluados, por lo que sólo una parte del aumento del gasto sanitario se puede atribuir al envejecimiento poblacional estrictamente, ya que el aumento de la utilización sanitaria por las personas mayores, en los países desarrollados, es la opción de una sociedad que aspira a una mayor longevidad y calidad de vida, y no una consecuencia directa del envejecimiento poblacional y de su estado de salud.

Estaríamos ante un importante dilema, basado en la hipótesis de que los gastos sanitarios dependen más de los factores de oferta (incremento de los servicios ofertados) y de demanda (mayor perceptibilidad de morbilidad y la correspondiente capacidad para beneficiarse de las intervenciones sanitarias) y mucho menos de los factores demográficos. Y es que la demanda, como materialización del consumo, solo se produce cuando coinciden la necesidad, como sensación de privación de un estado saludable, y el deseo, como interés por conocer la necesidad y querer satisfacerla, y en todo este círculo los factores culturales sociales y económicos tienen mucho que decir.

Llegado a este punto hay que preguntarse si realmente hay discriminación sanitaria por la edad, como algunas organizaciones de personas mayores, como CEOMA, manifiestan, o, tal vez, la pregunta es si los actuales servicios sanitarios de nuestra sociedad son los adecuados para atender a una población envejecida, en la que la valoración del riesgo social es fundamental, sobre todo en aquellos que tiene más de 75 y 85 años.

No podemos dejar de mencionar un asunto de capital importancia en el momento actual relacionado con las necesidades sanitarias y sociales, el autocuidado, como dimensión de como el ciudadano se implica en la gestión de su salud y de su enfermedad. Esto supone el uso eficaz de estrategias de apoyo y capacitación que faciliten que el paciente adquiera la motivación, los conocimientos, las habilidades y los recursos necesarios, basado en la evaluación del paciente para el autocuidado, la educación terapéutica estructurada, la activación psicosocial del paciente y apoyo mutuo, ayudado por los servicios telefónicos entre los pacientes y los profesionales sanitarios, pero la auténtica solución será la tele monitorización, con lo que se implantará la e-salud. Un elemento de especial relevancia.

En la adecuación de la estrategia de implantación del autocuidado, como en la ejecución del cuidado estrictamente y la estrategia sanitaria básica, es fundamental la profesionalización de los cuidadores, con una visión integral de las necesidades y expectativas de los mayores. También el tiempo dedicado a comunicarse adecuadamente, así como explicar los cuidados, indicaciones sanitarias y tratamientos a seguir. Su ausencia o poca calidad genera la conocido falta de adherencia terapéutica, que se agrava por el hecho de que la población envejecida es más pluripatológica y está más polimedicada y la solución se basa en la mayor dedicación en tiempo e intensidad multiprofesional.

A la vez, nadie duda del impacto en los servicios sanitarios y sociosanitarios de las nuevas tecnologías digitales y las técnicas de análisis avanzados para conseguir excelencia en los resultados sanitarios. Pero estas tecnologías no son adecuadas para un colectivo que es, preferentemente, analfabeto digital. Tantas veces decimos que la innovación ha sido el motor tanto del cambio social, como de la medicina, pero esa innovación no puede dar la espalda a las necesidades reales de los ciudadanos mayores, infantilizándolos y convirtiéndolos en sujetos pasivos de su salud y del seguimiento y evaluación de su enfermedad y dependencia.

Por último señalar la necesidad abandonar los indicadores de salud clásica, basada exclusivamente en la mortalidad, insuficiente para describir la evolución del estado de salud de la población en general, y de los mayores en particular, e implantar indicadores de salud que tengan en cuenta la morbilidad y la discapacidad. Se trata de los indicadores denominados de esperanza de vida saludable, pues combinan información sobre la mortalidad, la morbilidad y la discapacidad y ponen de manifiesto si los años de vida ganados son vividos con un buen estado de salud o están afectados en alguna medida por la enfermedad y la discapacidad y dependencia.

La epidemia de COVID-19 en las residencias para personas mayores

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