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EL PODER DE LA PALABRA
ОглавлениеLos que piensan bien hablan bien.
Y el que habla mal es que no piensa bien.
JULIÁN MARÍAS
Una palabra puede salvar una vida:
«¡Cuidado!», le gritó un señor cura al niño llamado Gabriel García Márquez cuando estaba a punto de ser atropellado por una bicicleta. Así lo relató el escritor colombiano en 1997 en su discurso en Zacatecas (México) titulado «Elogio de la palabra». El ciclista cayó al suelo, y el cura, al pasar junto al niño, sin detenerse le dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?». Gabo lo aprendió aquel día.5
Tres palabras pueden generar una gran esperanza:
«Yes We Can» fue el eslogan de la campaña electoral de Barack Obama de 2008. Sintetizaba en una afirmación todo el discurso sobre la posibilidad de remontar las encuestas y sobreponerse al duro golpe a la autoestima de los ciudadanos estadounidenses después de ocho años de presidencia de George W. Bush.
Con cuatro palabras se pueden ganar unas elecciones:
«Puedo prometer y prometo», acertó a decir el candidato Adolfo Suárez en su último discurso televisado antes de las primeras elecciones democráticas en España tras la dictadura del general Franco. Con estas cuatro palabras comenzó cada uno de los párrafos de su alocución y terminó transmitiendo la idea con esa fórmula, «puedo prometer y prometo», garantía de que no se presentaba con promesas vacías ni vendiendo humo. Cuatro palabras para generar confianza, cuatro palabras que han sobrevivido cuarenta años en discursos de otros líderes.
Siete palabras pueden cerrar una época y abrir otra:
«El pastor tiene que oler a oveja», disparó en una frase de alerta el papa Francisco a los ministros de la Iglesia católica. Difícil, pero se demuestra que no imposible, concentrar en una sola frase de siete palabras una crítica tan rotunda a una organización como la Iglesia con más de dos mil años de vida e inevitablemente cargada de rutinas acomodaticias, y añadir además en esas mismas palabras la consigna de cómo deben hacerse las cosas a partir de aquel momento: con humildad.
Diez palabras pueden derribar un muro, como sucedió en Berlín en 1989, aunque se pronuncien de pasada y con desgana:
«Es efectivo, por lo que yo sé, inmediatamente, sin demora». Con solo diez palabras en una respuesta improvisada ante periodistas un alto funcionario de la República Democrática de Alemania, Günter Schabowski, derribó «sin querer» el Muro de Berlín. El 9 de noviembre de 1989 le preguntaron en rueda de prensa la fecha en la que se haría efectiva la libertad de movimientos, ya acordada, entre las dos Alemanias. «Es efectivo, por lo que yo sé, inmediatamente, sin demora», respondió con naturalidad. Y los berlineses orientales, que llevaban casi treinta años de aislamiento, entendieron el mensaje y esa misma noche derribaron el muro.
En definitiva: tres, cuatro, siete o diez palabras bastan para generar un impacto emocional político o empresarial, dar la vuelta a un estado de opinión y mover a la acción. Cuatro, seis u ocho millones de palabras son las que se pronuncian en una campaña electoral o comercial cualquiera. Ríos verbales que desembocan en mares dialécticos. Un verdadero océano, aunque, a veces, los océanos de palabras escondan en su interior desiertos de ideas.
Porque cualquier palabra ya no es gratuita. Hoy en día, cualquier demagogia ya no queda impune, cualquier discurso vacío es desenmascarado. A la riada de palabras que anegaba la mente de los electores desvalidos se contrapone en la actualidad el análisis metódico de los discursos con técnicas modernas que separan el grano de la paja o, como en el tratamiento de los minerales, la ganga de la mena.
Estamos en el comienzo de una época nueva en la que los candidatos y sus equipos deberán tomar en serio cada discurso. Cada palabra debería ser convenientemente sopesada antes de ser pronunciada. No basta con aturdir al electorado o confundir a los periodistas. Cada discurso merecerá una autopsia semántica para determinar la razón última de su existencia y de su intención. Cada palabra deberá justificar su presencia y no será pronunciada en vano.6
Y, pese a todo, no cuidamos la palabra, no cuidamos la comunicación e, incluso, confundimos su calidad con su cantidad creyendo que hablar mucho basta para convencer. Craso error.
Quizá lo crean así en algunas escuelas de oratoria, especialmente presentes en el sistema educativo italiano, argentino o de otros países donde es frecuente la extensión de las intervenciones. Los discursos deben ser editados y el centro de edición del discurso es el cerebro. No se trata de hablar mucho, sino de planificar la comunicación, pensarla, escribirla, meditarla, corregirla y exponerla.
Identificar al receptor, conocer tanto como se pueda su identidad, sus expectativas hacia el emisor y el momento en el que se encuentra. Hay que escucharle antes de hablarle, y cuando nos decidamos a hacerlo tratar de interesarlo. Es vital abrir su puerta, atraparlo con una eficaz conexión cuanto más emocional mejor, de modo que esté en buena disposición para recibir nuestros mensajes.
Una palabra puede cerrar una negociación o arruinarla, y generar un conflicto o resolverlo. Una palabra de más puede crear un incendio, incluso en la vida personal, que cueste meses sofocar. Una palabra de menos no te permite llegar a la persona o al objetivo deseado.
No basta con tener una idea de lo que queremos decir porque, como afirma el profesor Daniel Rodríguez, «de la idea a la palabra que vamos a utilizar hay un territorio de riesgo para ganar eficacia en la comunicación».7
Hay palabras que matan y hay palabras que curan. «Las palabras pueden herir y matar, como se dice en la Biblia; por eso hay que controlarlas», advertía el escritor vasco Bernardo Atxaga, quien, acosado en su día por el entorno del terrorismo independentista vasco (ETA), reclamó la atención sobre el inicio del proceso: «Se empieza a llamar de una forma despectiva y a reírse de unas personas, se las margina y se las acaba eliminando».8
Por el contrario, hay palabras que curan. Pongamos un ejemplo: la comunicóloga Mónica Deza, experta en neurociencia aplicada a los negocios y a la comunicación, describe en un libro enternecedor el efecto terapéutico de las palabras que acompañaron el crecimiento de su hijo, enfermo desde que era bebé, a lo largo de los primeros veinte años de su vida.9 Es la historia contada por una madre y su hijo, Pablo —su nombre en latín significa «indestructible pequeño», recuerda Mónica—, en donde se explica la existencia de un chaval que nace con todo en contra y que en su narración genera esperanza porque quiere ser feliz. Explica Pablo:
Cuando salí del hospital y la luz del sol me dio de lleno en la cara me sentí feliz.
Lo había conseguido.
Me iba del hospital, aunque esta vez en silla de ruedas, porque mis piernas no aguantaban mi peso y mi cerebro se quejaba cuando intentaba ponerme de pie. Los efectos de la radio y de las quimios son horribles, pero...
Daba igual, allí estaba yo una vez más. Pablo, el Invencible.
Y Mónica continúa el relato:
Pablo estaba feliz pero agotado, y de pronto, mientras yo hablaba con mi marido, un periodista de una televisión se acercó para entrevistar a Pablo.
—Acabas de entregarle una carta a Su Santidad. ¿Querrías contarnos qué le has dicho?
Y Pablo, haciendo añicos su timidez y contra todo pronóstico, contestó con total dominio de la situación:
—Le digo que, en mis circunstancias, pues desde pequeño he estado enfermo, no entiendo por qué Dios permite que nos pasen cosas a personas inocentes.
Del mismo modo que hay palabras que curan hay otras que siembran el odio. Esto sucede en algunas mezquitas radicalizadas y en recintos de cualquier religión frente a palabras que llaman al diálogo y a la reconciliación, tal y como promovieron en su día el escritor judío Marek Halter y un grupo de imanes franceses capitaneados por Hassen Chalghoumi, cuando todos juntos acudieron a Roma en septiembre de 2013 para abogar ante el papa por un diálogo que impulsase la reconciliación entre cristianos y musulmanes.10
Y no perdamos de vista que, por más que la galaxia audiovisual nos deslumbre, la palabra seguirá siendo el epicentro de la comunicación entre los humanos, porque tal y como proclamaba García Márquez en su discurso de Zacatecas en 1997:11 «Nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas, o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, en el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio».
Comunicación eficaz es, ante todo, dar poder a la palabra, restituir el poder de la palabra, recuperar la credibilidad de la política, de la economía y del periodismo tan dañado en todo el planeta por errores de sus protagonistas.
Demos importancia a la palabra, estudiémosla, cuidémosla y alejémonos de esa verborrea que anega las conversaciones y que retrata a la perfección un dicho popular florentino: «Algunos hablan por airear los dientes».