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Zucchine alla scapece

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En cuanto llegó a casa, Peppe Vitiello sintió un grito escalofriante. Se estremeció, tiró al piso el abrigo y se precipitó hacia el living.

—Angeli’, ¿qué pasó? ¿Qué te están haciendo?

Desparramada sobre el sillón, su esposa Angelina en estado de duermevela frente al televisor encendido, abrió los ojos.

—Hola, Peppe, ¿qué quieres?

—Gritaste.

—¿Yo? —dijo Angelina hinchando el pecho—. ¿Y por qué debería gritar?

Peppe entendió. La esposa estaba mirando una película de su género favorito, el terror, y el grito había salido de la televisión.

—Me hiciste dar un susto; abrí la puerta y escuché un chillido.

—Sí. ¿Y qué pensaste? —preguntó Angelina con malicia.

—Que te estaban degollando.

—¿Te gustaría, no?

—No, me daría asco.

Angelina se levantó. Le llevaba media cabeza a Peppe. Los cabellos cortos, los brazos musculosos y una leve patilla sobre las mejillas le daban un aspecto de marimacho.

—¿Qué hora es? —le preguntó al marido.

—Casi la una.

—¿Y por qué te retiraste tan tarde?

—Angeli’, ¿es posible que todas las veces que vuelvo a casa después de una jornada de trabajo me hagas siempre la misma pregunta?

—No me vengas con rodeos, responde.

Peppe asumió la actitud de un colegial interrogado por la maestra.

—Estuve en la trattoria. Los últimos clientes terminaron de comer a medianoche. El tiempo de ordenar las mesas y la cocina y cerrar el negocio.

—Siempre la misma excusa —exclamó Angelina extendiéndose sobre el sillón—. Siempre atornillado a esa trattoria.

—Pero ¿qué razonamiento es ese? ¿Qué debería hacer?

—Cerrarla.

—¿Cerrar la trattoria? ¿Y después de qué vivimos? ¿Del aire caliente?

—Podrías encontrar un trabajo más decente y regresar a casa antes, así me harías compañía.

Peppe estaba por hacerle un corte de manga, pero se lo aguantó.

—¿Por qué no vienes a hacerme compañía? Me podrías dar una mano.

—Seguramente, cocinaría mejor que tú y tu padre. No saben hacer siquiera un omelette.

A Peppe se le ensombreció el rostro.

—No te permito que digas eso. ¡Somos uno de los mejores locales de la región! Cocinamos obras maestras y todos nos valoran. Nunca nadie se quejó. Estamos casi siempre con todas las mesas ocupadas. Esta noche vino a cenar incluso un inspector de policía.

—¿Y no los arrestó?

Peppe se pudrió.

—Angeli’, ¡basta! No entiendo por qué te la agarras conmigo. ¿Qué te hice? Cuando te conocí, eras cariñosa y amable. Ahora eres una hiena. Peor que Jantipa, la terrible esposa de Sócrates.

—No ofendas a los santos.

—¡Qué ignorancia! Jantipa no era una santa.

—Lo que quiera que fuera, no tienes derecho a ofenderla. Debes entender algo, Peppe: me dejas sola mucho tiempo.

—Me tienes podrido con la cantinela de la soledad. Puedes hacer amigas. Puedes salir y frecuentar algunas personas. O, te repito, ven a trabajar conmigo. No estés siempre tirada en el sillón. ¿Qué película estabas viendo?

La momia.

—Tamaña porquería.

—No entiendes nada. Por culpa tuya me perdí una parte.

—No mientas: cuando llegué estabas en el mundo de los sueños. ¿Qué están haciendo nuestros hijos?

—Seguramente duermen.

—Fuerza, ve a la cama también.

—No. Debo ver el final de la película.

—Entonces, baja el volumen.

—Ya está bajo.

Peppe prestó atención. Efectivamente, el audio estaba apenas perceptible.

—Angeli’, entonces el grito que escuché al entrar no era de la momia. ¡Era tuyo!

Antes de acostarse, Peppe pasó por la habitación de los hijos.

Diego roncaba a pleno.

“Bendito sea —pensó Braciola—. Veintidós años de los cuales la mitad se lo pasó durmiendo. Bueno, por lo menos, no siente los gritos de la madre.”

Isabella, en cambio, estaba todavía despierta. Había apoyado la almohada contra el respaldo de la cama y estaba concentrada leyendo un libro con un par de auriculares.

—¡Hola, pa!

Peppe se acercó y le dio un beso en la frente.

—Hola, belleza mía.

—¿Cómo te fue hoy? —preguntó Isabella dejando de lado el libro y los auriculares.

—Fantástico. Con tu abuelo siempre hay diversión. ¿Cómo no te diste una vuelta? Cristina y Bettina te esperaban.

—No tuve tiempo. Lo lamento. Terminé de trabajar tarde, luego fui a darles una mano a los muchachos de la asociación.

Cabellera pelirroja, ojos color esmeralda y el rostro lleno de pecas, Isabella trabajaba como bióloga en un laboratorio de análisis clínicos y era voluntaria ayudando a personas en situación de calle.

—¿Qué lees? —consultó con curiosidad Peppe sentándose al borde a la cama.

Isabella le mostró la tapa del libro.

—Una novela de García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.

—También lo leí hace algunos años —agregó Peppe—. Es una maravilla.

—Una de las historias más románticas de la literatura.

—Y a ti te han gustado siempre las historias románticas…

Isabella creía en el amor verdadero y sincero, pero no lo había encontrado todavía. Sus noviazgos habían terminado todos de manera traumática, con el adiós o la traición del compañero. Sin embargo, ella no se daba por vencida. Estaba convencida de que en alguna parte del mundo había un hombre dispuesto a ofrecerle el corazón para toda la vida.

—¿Escuchaste qué grito dio tu madre? —preguntó Peppe.

—No, tenía los auriculares puestos.

—Una cosa impresionante. Todavía tengo los pelos de punta debido al susto. Angelina se pone a ver esas películas con monstruos y le dan pesadillas. No sé cómo comportarme para sacudirla, para hacerla salir del entumecimiento.

Isabella le apretó la mano.

—Papá, debes tener paciencia. Yo le hablo a menudo y la dejo desahogarse. Lo sabes, es un poco depresiva, necesita ayuda.

—¿Mañana vienes a la trattoria?

—Ok, voy mañana a la noche.

—¿Prometido?

—Prometido. Resérvame el plato de costumbre.

—¿Tu preferido?

—Sí. Zucchini alla scapece.

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