Читать книгу Disfruta del problema - Sebastiano Mauri - Страница 6
ОглавлениеEl primer encuentro con Ere sucedió en casa de mi hermano Ilia, también él en Nueva York desde hacía algunos meses.
Obviamente conocía muy bien esos grandes ojos oscuros y esa mirada, la más luminosa que uno pueda imaginar. El rostro de Ere, enmarcado en una catarata de rulos castaños, está impreso en gigantescos carteles publicitarios, repartidos por toda la ciudad. Un metro ochenta y cinco, sutil como el aire, parece una escultura de Giacometti.
Su hija Asia, que a los seis meses ya había logrado su primera portada en Vogue, es una celebridad con todas las letras con tan sólo cuatro años.
Cuando llegué, Ere y la niña estaban a punto de marcharse; nos presentan en el rellano de la escalera, y en esos segundos que tardamos en darnos la mano logro exhibir el máximo de mi torpeza. Apenas la puerta del ascensor se cierra sobre la sonrisa de esa diosa, mi hermano lanza un largo suspiro: “Es tan hermosa que cuando habla no logro escucharla. Si yo no tuviera novia, ya estaría en campaña”.
“Es bonita.”
Instintivamente aplaco su entusiasmo. Vengo de terminar una relación y no tengo ninguna intención de embarcarme en una nueva y agotadora campaña.
“¿Bonita? Es una potra infernal y este mes está en las tapas de Elle y de GQ. Le está quitando contratos millonarios a ese peligro ambulante de Naomi Campbell. Su mirada detiene las guerras, me parece que bonita no es el adjetivo adecuado para describirla.”
Siempre pensé que mi hermano elige a sus novias de acuerdo a cómo lo hacen sentir cuando entra en un restaurante.
Ella es claramente su mujer ideal.
La pasión desenfrenada de Ilia por conchas, culos y tetas puso a mi familia en problemas más de una vez, desde que era un niño.
Crecimos en Loviate, Brianza, un pueblito de 2 232 almas, contando a los dos pordioseros de Borgo Basso que duermen en la Piazza Maggiore.
En la piscina del Hotel Otello, cerca de nuestra casa, entraba a los vestuarios de mujeres fingiendo que buscaba a su mamá. Lo veía aparecer con nuestra hermana mayor Ianka agarrada de su oreja, parecía querer arrancársela: “¡Tarado, sinvergüenza, fuera de aquí ya mismo!”.
La encargada de la piscina puso una foto de Ilia en la puerta del vestuario de mujeres con la inscripción: “Yo no puedo entrar”.
A los seis años se había ganado el título de “El cochino” –que logró sacarse de encima recién cuando se fue de Loviate, ya siendo adulto– por haber traumatizado a Maria Concetta, la hija de la almacenera del pueblo, tres años mayor que él.
“Te doy dos kilos de moras si me dejas meterte un dedo en el culo.”
Maria Concetta no lo tomó a bien, y durante un año no tuvimos más remedio que hacer las compras en una despensa que quedaba del otro lado del pueblo.
El incidente más grave fue cuando un día Anna, la mejor amiga de nuestra madre, vino a buscarnos en auto para ir al jardín de infantes. Ilia estaba obsesionado con sus tetas: cuando dibujaba a nuestra familia la incluía, y le hacía un busto más grande que los árboles que estaban a nuestras espaldas.
Ilia esperó que estuviésemos en la ruta, con Anna al volante a ciento veinte por hora, para abalanzarse sobre sus tetas. Enloquecido, excavaba casi sin aliento como un perro sabueso en busca de sus pezones. Dejó de hacerlo sólo cuando rayamos el costado del vehículo contra el guardarrail.
Anna nunca más subió a un auto con él.
Siento la urgente necesidad de subrayar los defectos de Ere.
“Es demasiado delgada”, le digo a Ilia.
“No seas pesado. Mañana tienes que volver para el brunch. Si alguien tiene que tirársela, mejor que seas tú.”
Eso era exactamente lo que quería evitar: convertirme en su avatar en campaña.
“Perdón, pero ¿por qué?”
“Así, al menos no perdemos el control de la situación.”
Ilia habla una lengua basada en un sistema de valores que se me escapa.
“Perder el control ¿de qué situación?”
“Ella. No queremos que se aparezca aquí la semana que viene con un armador griego diciendo que es su novio, ¿no? Eso sería perder el control de la situación.”
“Personalmente, acabo de conocerla y no siento la necesidad de controlar, ni a ella ni la situación. Pero Asia me encantó, es preciosa.”
“Ere, bonita, y Asia, preciosa, pero ¿qué te pasa?”
Al día siguiente, en vez de seguir mi instinto y pasar parte de enfermo, me presento puntual al brunch con un regalito para Asia comprado en un negocio de juguetes inteligentes: un pato de peluche al que le falta una patita, y ciego de un ojo.
La idea sería enseñarles a los niños el valor de la belleza interior. Cuestión educativa central, pensé, para una niña que en un futuro podría llegar a ser valorada únicamente por su aspecto.
No sé qué es lo que me impulsó a tener ese gesto, tal vez me intriga la idea de competir con imaginarios armadores griegos. Pero la mía es sólo una fantasía de revista del corazón, sin un gramo de erotismo. Ere me deja sin aliento de lo hermosa que es, pero no me calienta en lo más mínimo. La veo como una obra de arte sagrada, más digna de un altar que de mis sábanas revueltas.
Asia se encariña inmediatamente con su patito y yo me acabo de convertir en su tío preferido. En la mesa quiere sentarse entre Ere y yo.
El clima del brunch es informal y ligero, se habla de cosas superfluas, se come y se toma poco.
Delante de mí está Marcel, a quien Ilia conoció en el avión. Es un parisino absolutamente esnob, con una bufanda marca Hermès y un acento insoportable. No deja de hablar, mantengo la cabeza baja y me concentro en Asia.
La hermana de Marcel, Karen, una fotomodelo serie B con una nariz ya a esta altura casi inexistente, no hace otra cosa más que reírse ella sola de sus propias ocurrencias. Julie, la novia de Ilia, está radiante, su maquillaje que está pero no se nota, debe haberle costado horas de trabajo.
Yo entretengo a Asia haciendo monigotadas, mientras los demás discuten si en el mes de julio es mejor ir a South o East Hampton.
Ni bien llego a casa recibo una llamada de mi hermano. “Martino, ¡qué hijo de puta! Ere la llamó a Karen, que llamó a Marcel, que me llamó a mí y me dijo que le gustaste muchísimo. Le gustaste a E-R-E, ¿te das cuenta? Dijo que estuviste increíble con su hija, que los hombres por lo general ni siquiera notan su presencia porque están demasiado ocupados mirándole las tetas, mientras que tú, pequeño bastardo, diste en el clavo con ese patito rengo. Te subestimé. Incluso dijo que tu culo es sexy, ¿te das cuenta de lo que quiere decir? Ya estamos, es nuestra. Ya hemos organizado una cena, todos juntos, para mañana a la noche en BondST para apoyarte. Te la vas a voltear, lo presiento, vas a entrar en los libros de historia.”
Me desembarazo de mi hermano y de su insoportable entusiasmo lo más rápido que puedo, simplemente porque no logro sostener el personaje. Me queda un día para enfermarme gravemente, caerme por las escaleras o comprar un pasaje sólo de ida a las Islas Vírgenes (el nombre me resulta tranquilizador).
Desarrollo una devastadora forma de diarrea que me confina en el baño durante horas. Sentado en el inodoro mientras lucho contra los cólicos en el estómago, tomo conciencia de que la situación ya no está más en mis manos. Es como si Cleopatra prefiriese un simple cortador de piedras antes que a Richard Burton. El cortador de piedras se vería obligado a considerarse a sí mismo afortunado y arrojarse en sus brazos.
Nadie puede darle el olivo a Cleopatra y al mismo tiempo salvar las apariencias. Ya está todo escrito, no me queda otra que plegarme a lo inexorable del destino. Lo mejor que puedo hacer es llegar preparado al nuevo encuentro. Pero ¿cómo se prepara uno para una cita con Cleopatra?
¿Horas de gimnasio? ¿Masaje ayurvédico? ¿Yoga? ¿Inyecciones de bótox? ¿Psicoterapia? ¿Hipnoterapia? ¿Cartas de tarot? ¿Sexo preventivo? ¿Alcohol? ¿Drogas alucinógenas?
Viendo que no logro encontrar una respuesta, decido distraerme un poco con una visita a la Bienal del Whitney Museum.
Lo demás es historia.